Sobre Cuernavaca, una crónica de Daniel Saldaña París

Malcolm Lowry en el supermercado

Esta crónica sobre Cuernavaca parte de una verdad conocida —la memoria no es fiable—, pero el autor la convierte en el núcleo de su escritura. Su dificultad no se limita a los escasos recuerdos que tiene sobre la ciudad, sino que se extiende hacia algo más inquietante. La memoria, en su esfuerzo por reconstruir, inevitablemente termina distorsionando el pasado. Así, su crónica está atravesada por la inestabilidad, por la sensación —insuperable— de haberse “equivocado en algo fundamental, cuyo contenido ha olvidado para siempre”. Por cortesía de editorial Anagrama, reproducimos este texto que forma parte del libro Aviones sobrevolando un monstruo.

Tiempo de lectura: 13 minutos

Me entra una cierta desesperación al escribir sobre Cuernavaca. La desesperación de haber perdido algo y no encontrarlo por ninguna parte; de haber olvidado un detalle fundamental sobre la propia historia y ser incapaz de reconstruir, sin esa pieza, la serie de acontecimientos que desembocan en este momento –en esta luz que me pega de lado mientras escribo, en un húmedo cuartito de azotea, a las cinco y media de la tarde–. Desde hace años emprendí la búsqueda: escarbé en los recuerdos infantiles, removí las ruinas de mi adolescencia, contacté a viejos amigos, leí cuanto pude y desenterré fotos que estaban mejor en el olvido. Pero Cuernavaca sigue estando lejos, como al otro lado de una barda que apenas me permite entreverla, distorsionada por el afán y el terco esfuerzo de la memoria.

En el camino recolecté historias, buenas y malas. Las mías están borradas, pero hay otras, muchas, que han terminado superponiéndose, conformando un pastiche con el que ahora reemplazo la experiencia. No tengo más que un puñado de recuerdos propios, pero puedo señalar la casa de la avenida Humboldt donde murió Charles Mingus, consumido por la esclerosis lateral amiotrófica, o el hotel donde unos nazis agredieron a Neruda, o la calle por la que Howard Fast vio bajar a Cristo montado en un burro, o la funeraria donde descansó el cuerpo de Manuel Puig, rodeado de sus propios libros, antes de que se lo llevaran de regreso a la Argentina.

Pero primero fue Bajo el volcán, de Malcolm Lowry. Hace unos quince años la leí por primera vez en la virtuosa traducción de Raúl Ortiz y Ortiz que publicó en México la editorial Era. Por aquel entonces yo vivía en Madrid y, después de varios años sin visitar Cuernavaca, emprendí esa lectura, en principio, como una estrategia para acercarme a ese jardín mitológico que era para mí la “Ciudad de la Eterna Primavera”. Pero debo reconocer que entonces, en Madrid, no comprendí ni disfruté cabalmente los méritos del libro; las frases largas, sostenidas durante párrafos enteros, me expulsaron, y tampoco encontré por ningún lado la magdalena proustiana que me devolviera a los territorios de mi etapa formativa. Hay libros así: que no se abren fácilmente a quien tiene todavía demasiadas ilusiones, pero a los que, si regresamos más jodidos, se les puede arrancar un significado nuevo, más profundo.

Hace un par de años, en una residencia de escritores cerca de Hudson, en el estado de Nueva York, encontré un ejemplar en inglés de Bajo el volcán en la pequeña biblioteca del lugar y me lo robé con total descaro. En medio del predecible paisaje del upstate neoyorquino, pensé que leer Bajo el volcán me sería útil para reapropiarme de ese pasado esquivo, eclipsado; para volver imaginariamente al terruño o, al menos, para contraponer un rostro de la ciudad distinto al que dibujaba la lectura del periódico, más bien devastador.

Desde luego no encontré lo que buscaba, porque los buenos libros nunca responden a las expectativas instrumentales del lector. La ciudad que Lowry describe ya no existe, y quizá nunca existió del todo. Pero, de alguna manera, la lectura encendió la desesperación necesaria: esa “sed de luz” de Geoffrey Firmin y el cartel que descubre en un jardín público atizaron algo en mis entrañas y, desde entonces, una imagen de Cuernavaca, o algo parecido, ha ido perfilándose detrás de mis ojos con cada nuevo libro. Mi recuerdo, atravesado por las investigaciones, ha dejado de pertenecerme, y por eso es mío nuevamente, en toda su desnuda extrañeza.

El comienzo de Bajo el volcán es una escena de esas que les gusta recordar a los lectores: la conversación entre el Dr. Arturo Díaz Vigil y M. Laruelle en el famoso Casino de la Selva, que albergaba murales de Siqueiros y de Josep Renau, entre varios otros. Se trataba de un hotel con canchas de tenis, terrazas, árboles centenarios que llenaban la zona con graznidos de zanates al caer la tarde.

Todo eso es ahora un centro comercial enorme, situado entre dos centros comerciales enormes y perfectamente contiguos. Hay también un museo, para guardar un poco las formas, pero todo el mundo sabe que el museo es una sección más del mall, como el área de comida rápida o los cines. Cuando anunciaron la demolición del hotel y la tala de árboles, muchos ciudadanos protestaron y ocuparon el predio para impedir la entrada de la maquinaria. Algunos de ellos eran excompañeros míos de escuela, y sé que al menos uno terminó encarcelado durante un par de días por su afán conservacionista.

Dice Beatriz Sarlo en La ciudad vista. Mercancías y cultura urbana que el emplazamiento de un shopping mall en el fondo “es indiferente y puede caer al lado de una autopista, en un baldío yermo, sin necesitar nada de lo que en una ciudad lo rodea”. No debemos buscar, entonces, en el fenómeno mismo del shopping mall la razón de que Costco haya decidido construir su mole sobre los hules centenarios que daban cobijo a los zanates, o sobre los murales de Siqueiros –ideológicamente opuestos a las ambiciones del gigante comercial–. Lo que estaba en juego en ese antagonismo de dos visiones del espacio urbano en realidad era un mecanismo de reemplazo entre dos sistemas mitológicos, bajo el esquema fagocitante del sincretismo religioso: al construir un museo de arte dentro del centro comercial, el consorcio se agencia simbólicamente el aura del Casino de la Selva, para presentarla empaquetada con la asepsia de su arquitectura fría. Otra vez Sarlo:

El shopping asimila, como una medusa gigantesca, todo lo que encuentra dentro de sus límites […]. Como los medios audiovisuales, el shopping gobierna todos los elementos extraños (artísticos, por ejemplo) que incorpora o tolera porque no le queda más remedio o porque puede agitarse como argumentos de prestigio […]. El shopping supera siempre los restos artísticos o arquitectónicos colonizados, tanto si los desquicia como si los vuelve invisibles, ya que su finalidad no es conservar un fragmento valioso del pasado, sino incorporarlo a su espacio.

He hecho algunos cálculos personales (poco fiables, tal vez) para saber qué parte del antiguo Casino de la Selva estaba en qué punto y, según lo que he podido deducir, esa primera escena de la novela de Lowry –la conversación entre Díaz Vigil y Laruelle– tuvo que suceder (de esa manera extraña en que decimos que sucedieron ciertas escenas de la ficción) en lo que actualmente es el área de cárnicos del Costco. Es decir, que quizás el propio Lowry, mientras fue huésped del Casino de la Selva, estuvo parado en el punto exacto en el que ahora despachan chicharrón al peso.

Me gusta pensar así las ciudades, como territorios que existen en diversos planos: el histórico, el real, el político, pero también el ficticio; buscar coincidencias entre un topos físico y uno más liviano, inconsútil, que no es real en el mismo sentido pero también existe.

Mi papá y yo fuimos parte de la oleada de chilangos que llegó al estado de Morelos a finales del siglo pasado, no tanto por los estragos del terremoto del 85 –que nos agarró en una de las zonas menos afectadas del Valle de México, en las lindes de Coapa– cuanto por la amenaza que la contaminación del aire capitalino suponía para mi asma infantil.

Después de algunos meses de transición en un barrio periférico al sur de la ciudad, nos instalamos en un pequeño departamento de interés social cerca de la colonia San Miguel Acapantzingo. Esa misma colonia aparece como escenario en la novela de Lowry, cuando Hugh e Yvonne divisan una cárcel durante su primera conversación. (Ya se sabe: Yvonne acaba de regresar a Quauhnáhuac y se va de paseo con Hugh, hermano del Cónsul, para ponerse al día.) La cárcel es ahora un parque ecológico y sede del Museo de Ciencias de la ciudad, pero en 1991, cuando mi padre y yo llegamos al barrio, era todavía la prisión que Lowry describió en la novela de 1947, con sus muros blancos y altos, sus torretas y alambres de púas.

La cárcel estaba sobre la avenida Atlacomulco, lo mismo que la entrada a la Unidad Habitacional Fovissste Cantarranas, donde vivíamos. Casi enfrente de mi casa, además, había un hospicio para niños huérfanos del Ejército de Salvación. Esos dos puntos, la cárcel y el orfanato –separados por no más de quinientos metros–, eran presencias ominosas en las que pensaba con frecuencia, y que aparecían de forma reiterada en las conversaciones con mis amigos. No era poca cosa vivir tan cerca de una cárcel y un orfanato. Era casi como vivir a las puertas del infierno, con un recordatorio constante de todas las cosas que podían salir mal en la vida: mis padres podían morir accidentados; yo podía matar a alguien y terminar encerrado en la penitenciaría, etcétera.

En el mapa de mi imaginación infantil, la cárcel y el orfanato marcaban los polos Sur y Oeste respectivamente. Los otros dos polos de esa cosmogonía estaban representados por edificios que se ubicaban, también, sobre la avenida Atlacomulco: mi casa (polo norte hacia el que señalaba la brújula de mis afectos) y mi escuela (oriente de mi psique, por donde salía el sol cada mañana).

Toda esa temprana psicogeografía, esta versión miniatura de mi Infierno (con círculos para los huérfanos, los criminales, mis familiares y los maestros bienintencionados), nimbó mi infancia con un aire siniestro que quizás he aprendido a exagerar mediante la repetición neurótica de su anecdotario.

Unos años después, mi papá y yo nos mudamos de nuevo, al norte de la ciudad. Un puñado de calles que serpentean sobre un cerro, una iglesia entre los primeros peñuscos de una barranca: Santa María Ahuacatitlán. En tiempos prehispánicos, aquel pueblo era un asentamiento tlahuica conocido como Izteyocan o Itztoyucan. Antes incluso que Hernán Cortés, llegaron allí los primeros franciscanos, en torno a 1525, y erigieron una de las primeras capillas de esa región, conocida desde tiempos de Sahagún como “tierra caliente” (“revolution rages too in the tierra caliente of each human soul”, escribe Lowry en Bajo el volcán). El propio Cortés apadrinó el saqueo de los recursos naturales de Santa María Ahuacatitlán: mandó extraer de allí toda la madera de aguacate para construir la maquinaria de su ingenio azucarero en Tlaltenango, unos kilómetros al sur.

El pueblo de Santa María no aparece mencionado en Bajo el volcán, pero sí en un libro fascinante de mi amigo Rubén Gallo: Freud en México.

Allí, Gallo cuenta la historia de un monasterio que existió no muy lejos de la casa en la que viví: Santa María de la Resurrección. El monje benedictino que fundó dicho lugar en 1950, Gregorio Lemercier, convirtió su monasterio en un enclave del catolicismo progresista, en una época en la que Cuernavaca entera estaba bajo el influjo de la Teología de la Liberación.

En 1959, a raíz de una crisis personal, Lemercier descubrió el psicoanálisis y decidió que aquella práctica se complementaba a la perfección con la fe católica. Al poco tiempo, todos los monjes de Santa María de la Resurrección empezaron a asistir a sesiones grupales de análisis. Lemercier predicó esta nueva fe con tal entusiasmo que incluso viajó al Vaticano para convencer a las élites católicas de la necesidad de complementar sus ejercicios espirituales con sesiones de psicoanálisis. Aquella heterodoxia no fue bien recibida: después de múltiples llamadas de atención, la Iglesia obligó a Lemercier a elegir entre la santa doctrina y las ideas freudianas, y el monje colgó los hábitos y convirtió su monasterio en el Centro Psicoanalítico de Emaús, que se arrogó la misión de divulgar la palabra de Freud en Cuernavaca.

Después de leer el capítulo que Gallo le dedica a ese episodio, busqué el libro de Lemercier y lo hojeé precipitadamente en una sala de la Biblioteca Británica durante un viaje a Londres. La historia es todavía más estrambótica de lo que había supuesto. Lemercier fundó primero un monasterio a unos kilómetros de Santa María, en Monte Casino, junto con otro cura belga con el que llegó a México. Puesto que tenían unos terrenos en el norte del país, el otro cura le dejó encargado a Lemercier el monasterio de Monte Casino y se fue a liquidar las tierras, para llevarse ese dinero a Morelos. Pero cuando regresó de su misión, el cura había colgado los hábitos y tomado las armas: se presentó junto con una banda de forajidos y obligó a Lemercier a dejar el monasterio a punta de pistola, permitiéndole tan solo llevarse los libros. Así, expulsado y llevando a rastras su biblioteca, llegó Lemercier a Santa María, donde al cabo de no mucho tuvo una crisis de fe y de salud mental que lo llevó al diván de una psicoanalista argentina.

El monasterio freudiano de Santa María Ahuacatitlán cerró sus puertas poco antes de mi llegada al mundo, pero me parece que no ha pasado mucho más en ese pueblo desde entonces. Cuando llegué a vivir allí, existía una comunidad de intelectuales y artistas que recordaban todavía al monje Lemercier, y me gusta creer que hay una especie de vibra psíquica residual, emanada del monasterio psicoanalítico, que continúa percibiéndose en las calles empedradas.

Además de Lemercier, que fue su hijo adoptivo, el único prócer que Santa María Ahuacatitlán le dio a la patria, que yo sepa, fue un tipo con el nombre –que siempre me pareció perfecto– de Genovevo de la O. Se trata de un héroe de la Revolución a quien el pueblo le dedicó una calle más bien secundaria –del ancho de una camioneta, como mucho–. Cuando pienso en Santa María y en su prócer no puedo evitar recordar aquel misterioso verso de Gerardo Deniz: “Morir no será más extraño que apellidarse De la O.”

Cuernavaca es una ciudad con muchos jardines; o más bien, una ciudad donde la disparidad económica permite la existencia de barrios residenciales con jardines y albercas junto a colonias que sufren de la escasez de agua.

En Bajo el volcán, el jardín descuidado del Cónsul, signo público de su alcoholismo, le permite al personaje una apasionada reflexión edénica en el capítulo quinto. En ella, de algún modo, Lowry logra trenzar las referencias bíblicas con los ecos de una voz más laica: la de Voltaire y su “Il faut cultiver notre jardin”. Al Cónsul se le ocurre defender, a raíz de una conversación sobre jardines con su vecino, que el verdadero pecado original por el cual Adán y Eva fueron expulsados del paraíso fue la propiedad privada (a la que, irónicamente, se le erigió ese hipertrófico templo que es el Costco, sobre las ruinas del antiguo Casino de la Selva).

Mi madre se mudó a Cuernavaca –a una casa con jardín cerca del antiguo Casino de la Selva– cuando mi padre y yo llevábamos ya casi diez años allí, en el año 2000. De los varios lugares en los que viví en esa ciudad, el que más me recuerda a los ambientes de la novela de Lowry es la casa de mi madre. Pese a ser una edificación de finales de los años cincuenta, el estilo de la casa evoca la década anterior, cuando Lowry se hospedaba en el Casino.

Un día descubrí que en el jardín, bajo una escalerita de piedra, vivían dos iguanas gigantes. Lentas y majestuosas, salían a media mañana a tomar el sol y luego, cuando la luz de la tarde se filtraba entre las flores del tulipanero africano, volvían a esconderse en su guarida. Empecé a dejarles papaya, que devoraban con lento agasajo. Al mismo tiempo, me puse a indagar cómo habían llegado hasta allí aquellos magníficos dinosaurios.

Me enteré de que las iguanas habían pertenecido a la anterior ocupante de la casa, que había muerto unos meses antes de que nosotros llegáramos: una mujer de noventa y muchos años que, según los rumores de los vecinos, gustaba de asolearse desnuda, despreocupada y longeva como sus iguanas.

Aquella mujer, a la que había pertenecido la casa, era María Asúnsolo. Galerista y modelo, comunista y embajadora de las artes mexicanas en todo el mundo, Asúnsolo fue una mujer célebre y polémica, de legendaria belleza, desde finales de la década de 1930.

Hija de Manuel Dolores Asúnsolo, general zapatista que tomó la ciudad de Cuernavaca durante la Revolución (con ayuda de Genovevo de la O), María Asúnsolo posó para artistas como María Izquierdo, David Alfaro Siqueiros y Juan Soriano. “En toda la historia de las artes plásticas del siglo XX, ninguna mujer ha sido tan retratada y esculpida como María Asúnsolo”, afirma Fabienne Bradu en Damas de corazón, libro en el que le dedica un retrato biográfico.

En la Ciudad de México, María Asúnsolo fue una celebridad como pocas durante los años en que Lowry se ahogaba en mezcal recorriendo el estado de Oaxaca. Se decía que era la mujer más hermosa del país –aún más que su prima, Dolores del Río–. Efraín Huerta le dedicó un poema (“Esta región de ruina”) que incluye cinco versos hermosos: “esta pequeña tierra de perfecta tibieza, / este agrio transcurso de agonías, / es, en puras palabras, / la antigua, / la agotada raíz de la ciudad”. También Siqueiros sucumbió a sus encantos y vivió con ella un intenso amorío, plasmado en una correspondencia copiosa y un anecdotario exaltado: cuenta Julio Scherer (en Siqueiros: La piel y la entraña) que Asúnsolo se entusiasmó, en una iglesia de un pueblo tlaxcalteca, con un Cristo de madera de la época de la colonia. Siqueiros, pese a su inveterado ateísmo, se robó el Cristo para regalárselo a Asúnsolo como muestra de su amor.

Hace poco visité el Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional, donde yo creía que se guardaba esa correspondencia autógrafa entre Siqueiros y Asúnsolo. En un artículo periodístico de hace unos años se anunciaba la exposición, en la planta baja del Fondo Reservado, de algunas de aquellas cartas de amor, y yo tenía una curiosidad irreprimible por consultarlas. Pero el director del fondo me dijo que allí no tenían nada de eso, solo la biblioteca personal de Asúnsolo y el archivo de su tercer marido. Traté de contactar a una sobrina de la modelo y galerista, por ver si ella tenía las cartas y podía enseñármelas, pero nunca logré que contestara.

Derrotado, tomé el metro hasta Bellas Artes y entré al Museo Nacional de Arte, dispuesto a consolarme con los cuadros y ver si, en alguno de ellos, reconocía la casa de mi madre. Asúnsolo tenía una colección importante de óleos, dibujos y esculturas de artistas mexicanas que donó al Munal, una de cuyas salas lleva su nombre.

Ahí hay un retrato fotográfico de Asúnsolo, firmado por Manuel Álvarez Bravo, en donde se la ve recostada de lado sobre un canapé, en una pose que recuerda a las majas de Goya. La luz cae sobre su flanco derecho de tal modo que su falda y su blusa parecen hechas de mármol. No tengo ni idea de dónde se tomó esa foto –el encuadre es demasiado cerrado como para que sea posible adivinarlo–, pero me gusta especular con la posibilidad de que Álvarez Bravo disparara su cámara, precisamente, en la casa de las iguanas, donde viví muchos años más tarde.

La señora Asúnsolo mandó construir esa casa para retirarse en ella, alejada ya de los reflectores y muy cerca, en cambio, del Casino de la Selva –que ahora es un enorme supermercado en cuya sección de cárnicos el fantasma de Malcolm Lowry se está tomando un mezcal en este preciso momento.

Cuenta Bradu que un compositor boliviano, José María Velasco Maidana, le dedicó a Asúnsolo un poema sinfónico que tiene la peculiaridad de tener una parte para pistola: en los momentos cumbre de la pieza se escucha el repiqueteo de un revólver, que pretende evocar los disparos con los que murió Manuel Dolores Asúnsolo, después de brindar por la Revolución –provocadoramente, si me preguntan– en el Club de Industriales.

María Asúnsolo, por su parte, murió en esa casa, quizás en el cuarto que después fue el de mi madre, o a la sombra del tulipanero africano. No creo demasiado en los fantasmas, pero en los momentos en que cedo al pensamiento mágico, a la seducción de lo inexplicable, pienso que al habitar un espacio lo marcamos de algún modo. Así como el monasterio psicoanalítico de Santa María Ahuacatitlán es parte de mi experiencia de aquel pueblo, y así como al recorrer ciertas zonas de Cuernavaca no puedo evitar pensar en los delirios alcohólicos de Geoffrey Firmin, la ausencia de María Asúnsolo en la casa de mi madre me parecía tan real e inevitable como la pareja de iguanas que dejó.

De los cuadros en los que posó para Siqueiros, quizás el más conocido sea “Retrato de María Asúnsolo bajando una escalera”, de 1935. En él, María Asúnsolo mira como expectante hacia la derecha mientras se recoge el vestido con la mano y desciende el penúltimo escalón de una serie que se pierde, hacia atrás de ella, en las sombras. Las paredes rojas y el ambiente sulfuroso de la escena hacen pensar que, más que la escalera de una casa, María Asúnsolo desciende a su propio Infierno, quizá tan oscuro como el de Lowry.

Pero hay un retrato de Asúnsolo que me gusta más. Fue pintado por Jesús Guerrero Galván un año antes que el de Siqueiros, en 1934. A la todavía joven María se le ve solamente el busto, el cuello alargado y el rostro. Tiene un gesto como de decepción, como si mirara al artista condenándolo mientras él la pinta; por lo mismo, la modelo parece expresar esa misericordia desdeñosa también hacia el espectador. Al observar detenidamente la mirada de Asúnsolo, uno puede llegar a sentir –como el Cónsul en sus simas dipsómanas– que se ha equivocado en algo fundamental cuyo contenido, sin embargo, ha olvidado para siempre.

 


«Malcolm Lowry en el supermercado» es parte del libro Aviones sobrevolando un monstruo, de Daniel Saldaña París, publicado en 2021. Reproducimos el texto por cortesía de la editorial Anagrama, cuyo catálogo puede consultarse aquí: https://www.anagrama-ed.es/.

 

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