Japón a toda velocidad
Viajar por Japón en tren es una experiencia única que te hace recorrer el país al mismo tiempo que te permite devorar su cultura.
agosto 17, 2018

Son las seis de la mañana cuando aterrizo en Narita, el aeropuerto de Japón, Tokio. A diferencia de lo que uno podría pensar, aterrizar a estas horas tiene sus ventajas. La primera es que en un aeropuerto desierto no hace falta hacer fila en la compañía telefónica para comprar un chip —y tener un teléfono funcional en un viaje como éste hace toda la diferencia—. La segunda es que hay tiempo de llegar a desayunar en Kioto o almorzar en Hiroshima. Pero hoy no hay prisa. Tampoco hay filas en migración, pero sospecho que eso es algo que no pasa nunca ni en las horas pico. Detrás de la ventanilla, amigables pero serios, aguardan los japoneses a los viajeros. No importa que sean las seis de la mañana, todos y cada uno está impecablemente vestido. El trabajo en Japón siempre se honra, a cualquier hora y en cualquier lugar.

Para viajar en tren por Japón, como extranjero, conseguir un Rail Pass es básico. No sólo garantiza el acceso a la mayoría de la red de trenes (algunos de los trenes de alta velocidad, como el Nozomi y el Sakura, quedan fuera, pero esto afecta poco o nada el viaje, pues hay otros Shinkansen alternos que usar), sino que además el precio es mucho más bajo que si se compraran por separado. El sistema es muy eficiente, el pago se hace en línea y se entrega vía correo certificado en un par de días. Se pueden adquirir pases por regiones o de todo el país, pero generalmente vale la pena comprar el pase completo, pues con utilizar dos regiones es suficiente para que sea más conveniente el precio. Eso sí, llegando a Narita hay que hacer efectivo el pase intercambiándolo en la estación, pero de nuevo, la ventaja de llegar de madrugada es que no hay filas. De hecho, me toca esperar un rato a que abran la ventanilla. Café caliente en mano (que bebo de una lata que salió de una hermosa maquinita llena de colores), me dispongo a esperar mientras repaso mi plan para los próximos días. De Narita a Tokio, donde haré mi primera escala de un par de días. Después, seguir hasta Kioto. De ahí, un detour para caminar por las montañas. De vuelta en el tren, seguir hasta Hiroshima, luego continuar en la ruta cruzando por Kōbe, para finalmente desembarcar en Fukuoka. A las 6:30 en punto, tal y como marcaba un amigable letrero, un personaje aparece del otro lado de la ventanilla. Le entrego mi pasaporte y mis papeles, y a cambio me da una especie de pequeño pasaporte plastificado con mi pase de tren. Todo listo para comenzar la aventura. *** También te puede interesar: Retrato desde Japón Siete destinos turísticos en peligro de desaparecer Guía para convertirte en un viajero verde *** La estación central de Tokio está en Marunouchi, en el corazón de Ginza, el distrito financiero de la ciudad. El edificio, original de 1914, ha sido restaurado hace poco, recuperando ese esplendor que habla de tiempos en los que Japón quería parecerse a Europa. La parte antigua de la estación es pequeña, y el resto es un complicadísimo laberinto de andenes, escaleras y pasadizos que, para ser honestos, suelen asustar a los viajeros. Una buena idea para ahorrarse el pánico inicial es bajar una estación antes, en Shinagawa, un hubun poco más pequeño donde es más fácil encontrar la entrada al metro. Desde aquí, y dependiendo de la dirección en Tokio, conviene seguir en metro o en alguna de las líneas de tren que cruza la ciudad. El taxi debe ser siempre el último recurso, básicamente porque es caro.

Instalada en Tokio me dispongo a aclimatarme, o más bien a acostumbrarme al cambio de horario. Dejo mi maleta en el hotel, cerca de la estación central, y camino hasta Yūrakuchō, junto a las vías del tren. En el Muji más grande de la ciudad hay un café abierto todo el día, ideal para desayunar o almorzar, o para sentarse a cargar las pilas después de un vuelo transpacífico. Después de comer algo y tomarme un café, y de hacer la primera parada en la tienda (un par de camisetas negras, calcetines, y plumas que no necesito) regreso al hotel para hacer check-in. Como solamente tengo unos días para Tokio he decidido hacer un recorrido por los barrios y los museos que más me gustan, y los que sé que nunca fallan. Después de un buen baño salgo hacia Roppongi, una de las zonas comerciales más animadas de la ciudad, repleta de oficinas, restaurantes y comercios. Ahí, en el edificio Mori, con una de las vistas más espectaculares de toda la ciudad se encuentra el Mori Art Museum, un espacio dedicado al arte moderno con especial hincapié en los jóvenes creadores asiáticos. Las exposiciones cambian constantemente, pero las vistas son siempre espectaculares.

Después de un par de horas en el museo es hora de comer. Muy cerca, en un subterráneo cercano, se esconde uno de mis locales favoritos de tonkatsu (lomo de cerdo frito). Butagumi se especializa en servir este plato clásico y, como debería de ser, lo preparan con absoluta seriedad. Únicamente se prepara este platillo, y los comensales sólo tienen que decidir qué calidad del lomo quieren y la cantidad de grasa en el mismo. El tonkatsu se sirve siempre acompañado de arroz blanco, sopa miso y col, y se adereza con sal rosa. El puerco es siempre jugoso, aunque dependiendo de la cantidad de grasa del corte es más o menos rico, y el empanizado está siempre perfectamente crocante. Una delicia que no tiene pierde. Para aprovechar la tarde en Roppongi, y para bajar la comida, camino hasta International House of Japan. Un hermoso edificio modernista en las colinas del barrio fundado en 1952 que busca estrechar los lazos culturales de Japón con el resto del mundo. Con el apoyo de la Fundación Rockefeller, éste es un sitio que ha estado funcionando desde entonces, con un edificio y unos espectaculares jardines a los que vale la pena asomarse, muestra lo bien que combina la arquitectura modernista con la arquitectura de paisaje japonesa. Sigo hasta Azabu-Jūban, el barrio donde querría vivir si viviera en Tokio: bien ubicado pero tranquilo a la vez, comunicado con dos estaciones de metro, con una gran comunidad de expatriados que hace que comunicarse sea bastante sencillo, tiendas, restaurantes y un par de izakayas. Después de pasear un rato entre sus calles regreso al hotel para descansar un rato antes de salir a cenar. Finalmente, en Japón, la comida es tan importante (¿o más?) que en cualquier otro viaje.

Como es el primer día del viaje hay que celebrarlo. Y no hay mejor manera de hacerlo que con un buen sushi. Yoshino Sushi Honten, en Nihonbashi, justo detrás de Takashimaya, es el lugar perfecto. Muy buena calidad de sushi a un precio razonable. No, no es exactamente barato, pero bien vale los 100-150 dólares de la experiencia, finalmente es una de esas cosas que uno hace una vez en la vida. Para ahorrarme la complicación del idioma suelo utilizar la palabra mágica omakase, y dejo que, del otro lado de la barra, las expertas manos del hombre que prepara el sushi me vayan alimentando hasta que no quede recuerdo de hambre en ninguna parte. Después de una noche de sueño, y de una desmañanada para levantarse con el sol y hacer ejercicio, me dispongo a disfrutar un clásico desayuno japonés que incluye: arroz, sopa miso, una pieza de pescado asado, verduras encurtidas, una especie de pudín de huevo, sashimi y una fresa. Para muchos, el desayuno japonés es una tortura, para mí, por suerte, es un verdadero placer, y mientras estoy en Japón lo disfruto cada día. *Este es un fragmento del reportaje “Japón a toda velocidad”, publicado en la revista Travesías, número 166. Descubre más en travesiasdigital.com.

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