¿Cómo correr un maratón? Testimonios de resistencia

Un poco más allá del muro

¿Por qué la gente concibe el proyecto de correr un maratón? Todavía me lo pregunto. Es una carrera tortuosa y quien la emprende debe dedicarle mucho tiempo a prepararla. ¿Tiene sentido?, ¿es lógico? No obstante, los que han cruzado la meta, muchas veces chapoteando en una mezcla de lágrimas y sudor, saben que de alguna forma esa recompensa lo vale todo.

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A pesar de que hoy se corren aproximadamente ochocientos maratones cada año alrededor del mundo, en realidad la práctica de esta carrera es bastante reciente, si se compara con otros deportes. Aunque el primer maratón se celebró en Atenas en los Juegos Olímpicos de 1896, con la complicidad de su fundador Pierre de Coubertin y la del filólogo francés Michel Bréal, quienes buscaban un evento popular para conmemorar las glorias deportivas de la Grecia antigua; y no obstante que el Maratón de Boston es la carrera anual más antigua de su clase y se lleva a cabo desde 1897, la práctica generalizada del llamado jogging comenzó en Estados Unidos hasta muy entrada la década de los setenta y se extendió por muchos lugares del planeta desde entonces. Hasta ese momento, correr o trotar largas distancias era una experiencia casi exclusiva de orates o de atletas de alto rendimiento, y no estaba rodeada de esa aura de salud y bienestar tan en boga el día de hoy.

Uno de los responsables del auge de correr y, por ende, de la popularización de los maratones en la década de los setenta, fue Jim Fixx, quien de ser un treintañero obeso y fumador comenzó a recorrer kilómetros con gran pasión buscando redimirse. Súbitamente una persona dedicada a escribir libros sobre juegos de ingenio era ya un gurú y evangelista del running. Fixx, quien pertenecía a un club de personas inteligentes, publicó en 1977 un best seller que cambió el mundo de los corredores para siempre: El libro completo del corredor. Dos son sus hipótesis: para quienes gozan de la soledad y la sutileza, no hay deporte más placentero que correr; y esta actividad tiene incuestionables beneficios para la salud. La paradoja es que Fixx murió a los 52 años mientras entrenaba en una carretera de Vermont.

La pregunta de la razón por la que se decide correr un maratón, si es un pasatiempo tortuoso y afligido, más allá de si es una actividad benéfica, provechosa y curativa o de si uno puede terminar agonizando en el asfalto, me trae malos recuerdos. Entre el kilómetro veinticinco y el treinta y cinco se yergue el temido muro que impide seguir la carrera. No les sucede a todos los corredores, pero sí a muchos. Se acaba la energía. Se agota el combustible. Se engarrotan los músculos. El mundo deviene sombrío y denso. No se puede avanzar por más que se intente. Los calambres aparecen junto con un dolor insoportable en la cabeza. A mí me ha ocurrido en tres ocasiones y sólo en el último maratón –que corrí hace unos meses– no se erigió frente a mí. Cuando se ha levantado esa almena metafísica, he debido detenerme, respirar, vociferar algunas maldiciones y mentadas, y continuar, arrastrándome y caminando hasta lograr trotar de nuevo. El muro o la pared es el momento en el que al cuerpo se le acaban las reservas de glucógeno, de las que nos provee nuestro organismo y que se almacenan en el hígado y en los músculos; comienza a consumir su propia grasa, es decir, inicia una autofagia acerba y penosa.

Que se levante o no el muro o la pared depende en buena medida de los entrenamientos que haya tenido un maratonista en los meses previos. Si se han corrido suficientes kilómetros, es muy probable que no aparezca, pero si no ocurrió así puede ser que se edifique frente a quien ose desafiar esta distancia sin la preparación necesaria. Ricardo Barraza nunca se ha enfrentado con el muro. Con catorce maratones a cuestas y 52 años de edad, los programas de entrenamiento que ha seguido siempre han sido elaborados, de acuerdo con su capacidad, por distintos coaches. Su práctica deportiva estuvo unida a la de su papá. Compartía con él su amor por el basquetbol, que jugó desde la primaria hasta la universidad, y luego comenzó a correr a instancias de él. Cuenta que su padre iba a correr “con unos pants de algodón; se ponía un plástico abajo para sudar, contrario a lo que hoy se recomienda: entre más encuerado vayas, mejor, porque uno tiene que respirar”.

Su padre murió hace veintiséis años corriendo en un parque y fue en ese momento que Ricardo decidió correr de forma más estructurada. Se acercó a coaches y revisó distintos programas de entrenamiento. Comenzó a usar una banda que se colocaba en el pecho para medirse la frecuencia cardiaca. “Vas conociendo y te topas con gente que comparte la misma pasión y te va llevando a lecturas, experiencias, a gente que ya ha hecho el maratón”, cuenta. Festejó su cumpleaños número cuarenta corriendo su primer maratón en Nueva York, carrera que en esa fecha celebró también su cuadragésimo aniversario. Desde ese entonces se ha dado a la tarea de conocer a fondo la carrera, no sólo la parte recreativa, sino la alimentación, los tenis, la ropa, los tiempos, las frecuencias, las estrategias.

A diferencia de Ricardo, Víctor Carbajal, quien tiene veintiún años y estudia la Licenciatura en Fisioterapia, corrió en noviembre pasado su primer maratón, el de la Ciudad de México, casi sin ningún entrenamiento previo. Cuenta que durante toda su vida había hecho distintas actividades físicas, excepto correr, deporte que nunca le había gustado, como al atleta checoslovaco Emil Zátopek que odiaba las carreras antes de que en su trabajo lo obligaran a participar en una y después se convirtiera en dieciocho veces plusmarquista mundial. La espinita de la carrera se le metió a Víctor a fines de 2020, pero por la pandemia retrasó su preparación hasta principios de 2021. Al igual que Ricardo, comenzó a correr con su papá. Recuerda que vio un cartel que promovía un Ironman (competencia que consiste en nadar casi cuatro kilómetros en mar abierto, recorrer ciento ochenta kilómetros en bicicleta y finalmente correr un maratón, en un tiempo máximo de diecisiete horas) y tuvo la idea de hacerlo, sin tener antecedente alguno en la práctica de deportes de resistencia.

En mayo pensó en participar en el Medio Maratón de la Ciudad de México, pero como había incertidumbre sobre si se iba a llevar a cabo o no, dejó de entrenar en forma. En agosto anunciaron que se realizaría el Maratón de la Ciudad de México y se inscribió. Como parte del programa de entrenamiento que sacó de una página de internet, corrió un medio maratón virtual que se celebró en octubre. Se sintió bien, fue a un paso tranquilo y no tenía en mente hacer un tiempo.

Víctor reconoce que correr los cuarenta y dos kilómetros fue descubrir un mundo nuevo. “Escuché que la mente te juega ciertas trampas a lo largo de la carrera, pero no creí que fuera tan drástico, fue un factor enorme en lo que viví”. Víctor se topó con la pared en la segunda parte del maratón. Narra que se desfondó al comienzo de la carrera al intentar alcanzar a los corredores y reconoce que iba a un paso más veloz del programado.

“El ego tienes que dejarlo en casa, tienes que dejar a la gente pasar, y tú tienes que seguir el plan que llevas”, dice reconociendo uno de sus aprendizajes en esta primera experiencia como maratonista. Y es que cuando uno transita por una distancia tan descomunal, debe ceñirse al ritmo con el que se ha preparado, sin importar la velocidad de los otros competidores; de lo contrario, el maratón cobra factura en los últimos kilómetros, como le ocurrió a Víctor que, pese a las dificultades, logró terminar en aproximadamente cuatro horas y media.

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