La extinción de las abejas: 8,800 millones han muerto en Colombia

La masacre de abejas en Colombia: han muerto 8,800 millones desde 2010

Un grupo de apicultores demandó al Estado colombiano porque los productos químicos agropecuarios han envenenado y causado la muerte de más de ocho millones de abejas. Ellos mismos pagaron las pruebas de laboratorio y fueron a todas las instancias debidas, pero “fue muy difícil hacerles entender y por eso nos tocó elevar el nivel de los reclamos hasta llegar a la demanda al Estado”.

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Faber Sabogal cuenta que fue hace diez años y Abdón Salazar calcula dieciocho: ambos empezaron a ver que las abejas de sus colmenas se estaban muriendo.  Ahora, junto a una treintena de personas dedicadas a la apicultura, esperan la resolución de una demanda contra el Estado colombiano, presentada en diciembre, en la que piden una indemnización de 189 millones de dólares por los daños morales y materiales provocados tras la muerte de 176 mil colmenas en el país desde 2010. Con un promedio de 50 mil habitantes por colmena, se trata, en total, de 8,800 millones de abejas muertas. En un contexto mundial de extinción de abejas, estos números resultan preocupantes.

Abdón Salazar es gerente de Apícola Oro, una empresa con 1,200 colmenas repartidas entre el departamento de Quindío, en el centro de Colombia, y los llanos orientales, en la que también trabajan su esposa y su hijo. Se dedican al milenario oficio de la apicultura –la crianza de abejas para obtener de ellas miel, polen y propóleo– y elaboran colmenas, marcos y maquinaria apícola. Por su parte, Faber Sabogal cuenta con colmenas en varios municipios del Quindío –todas habitadas por Apis mellifera, la especie más distribuida en el mundo e introducida en el continente durante la Colonia–. Faber desarrolla un proyecto de conservación de abejas nativas americanas y es representante de la Asociación Colombiana de Productores y Protectores de las Abejas (Asoproabejas).

“Nosotros registramos muertes de abejas desde 2004 en esta zona del Quindío”, recuerda Abdón. “Ese año comenzaron los vuelos de fumigación con avioneta y hubo un episodio de 163 colmenas muertas. Entonces uno no sabía cómo reclamar o poner en conocimiento el problema”. Los apicultores tampoco estaban seguros de las causas de la mortandad, “pero sacamos conclusiones lógicas: ayer fumigó una avioneta esta zona y hoy aparecen las abejas muertas, no vuelan ni moscas ni mariposas, se escucha un silencio tenaz. Pensamos en los agroquímicos. Indagamos con nuestros vecinos, campesinos que fumigan y utilizan los productos, y supimos cuáles eran: Thiodan, Lorsban, clorpirifós. En adelante eso ocurrió con cierta frecuencia hasta que en 2016 en todo el Quindío, con dieciocho apiarios establecidos, hubo una muerte total de colmenas. A mí me mataron 550”.

Al teléfono, Faber, que atravesaba la misma situación, comenta qué ocurría y sigue ocurriendo: “A veces, cuando hay una aplicación muy cerca, los pesticidas llegan a nuestro apiario con el viento y las colmenas mueren de forma instantánea. O cuando las abejas viajan a un campo envenenado y no regresan, usted ve que la población de la colmena baja. Pero los casos más complicados son cuando ellas llevan el veneno en el polen y la colmena empieza a morirse: miles de abejas agonizando, dando vueltas en el suelo, borrachas. Llega un momento en el que la estampida es tan grande que se tapona la piquera [la entrada] y adentro queda un cementerio”.

Sabogal y Salazar comparten opinión sobre por qué la muerte de abejas es tan notoria en el Quindío: es el segundo departamento más pequeño y el tercero más densamente poblado de Colombia. Eso, sumado a la tierra verde y fértil, hace que el campo entero esté cultivado, sobre todo, con café, cítricos y aguacates. “Entonces al agricultor le dicen: a sus cítricos les está entrando un hongo y tiene que fumigar con esto para que se le quite”, explica Faber. Ambos creen que los apicultores quindianos, quizás más que en otras regiones donde también mueren abejas, han sabido expresar su reclamo.

En 2016 Abdón los convocó a una reunión y entre todos hicieron un conteo de 3,420 colmenas destruidas. Cuatro años antes, en 2012, se registró la muerte de 1,200 colmenas a 940 kilómetros de allí, en el departamento del César, en el Caribe colombiano. Entonces, en lo que Abdón recuerda como el primer caso grande de mortandad de abejas analizado por un laboratorio, los resultados arrojaron la presencia de fipronil, el ingrediente activo de varios productos químicos de uso agropecuario. “Los casos se repitieron y tomamos la iniciativa de invertir en exámenes de laboratorio. Todos arrojaron la molécula fipronil”, puntualiza Abdón.

Tras la reunión de 2016, los apicultores quindianos, y otros de departamentos como Casanare, al oriente del país, y Cundinamarca, al centro, enviaron muestras al único laboratorio certificado por el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA); tomaron fotos y videos de colmenas muertas; acudieron a entidades agrarias y ambientales y a la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales (ANLA), que regula el ingreso de productos químicos al país; avisaron a medios de comunicación y conformaron colectivos como Abejas Vivas, por la protección de abejas y polinizadores. Para Abdón Salazar: “Al principio fue frustrante. Las entidades no sabían que había una actividad apícola importante en el país y desconocían el problema, entonces lo negaban, sacaban pretextos sobre la muerte masiva de abejas. Fue muy difícil hacerles entender y por eso nos tocó elevar el nivel de los reclamos hasta llegar a la demanda al Estado. Esto porque nos han ido obligando debido a la falta de atención real”.

“Hicimos la demanda con trece personas afectadas y ahora se están uniendo otras veinte que han tenido eventos de abejas envenenadas y aportan la documentación. La gente es muy reacia, dice: ‘No nos van a pagar nada’. Pero la cuestión no es que paguen, sino sentar un precedente y mostrar el problema. En los últimos años yo he contado más de 150 colmenas envenenadas: estoy haciendo una reclamación de 120, que son las que tengo documentadas”, dice Faber Sabogal y agrega que Asoproabejas, la asociación que él lidera, incentiva a los apicultores a denunciar: “Esto pasa en Guaviare, Meta, César, Huila, y muchos apicultores se sienten amenazados por el terrateniente que les dice: ‘Saquen a sus abejas’. Es complicado, la mayoría de los apicultores no tiene tierra propia, trabaja en tierras arrendadas. Por eso hemos puesto una voz de alerta”.

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