Hubo una vez, quizás. Una historia de los Pumas - Gatopardo

Hubo una vez, quizás. Una historia de los Pumas

Los Pumas fueron, alguna vez, el equipo de la UNAM. Entonces significaban mucho más que fútbol: eran parte de una comunidad estudiantil, autónoma y pública, hasta que el neoliberalismo arrasó con esos valores que hoy se echan de menos.

Tiempo de lectura: 24 minutos

La ciudad

A los seis años de edad mi padre me llevó por primera vez al Estadio Universitario a ver jugar a los Pumas. Más adelante supe que en México no se va a los estadios justamente a ver fútbol, sino a comer y a tomar chela. Yo no tomaba chela pero sí comía unas larguísimas paletas de limón de un fosforescente falso verde. Paletas que en el primer tiempo valían mil pesos, en el segundo dos por mil y afuera del estadio te pedían que te las llevaras, por favor. El colorante verde duraba en el hielo exactamente los noventa minutos de partido y después comenzaba a desplazarse hacia abajo, dejando al descubierto la punta trasparente de la paleta, que declaraba ser un pedazo de hielo de agua muy dudosa. Dicen que si no te mueres después de diez paletas, no te mueres nunca más. Yo me las comía feliz y después me lengüeteaba gustoso el verde derramado en dedos, manos, muñeca y antebrazo. No me chupaba los codos por una simple imposibilidad física.

Desde ese día fui al estadio todos los domingos de mi vida en que jugábamos de local. Los Pumas ya eran mi gran amor. Antes de la adolescencia, el único cosquilleo lo provocaba ese equipo de fútbol. El Estadio Olímpico Universitario, o CU, como lo llamamos, era una especie de santuario de creencias. Un imponente lugar que trasmitía la fuerza de una cosmovisión a través de las piedras con la que fue construida. Una ciudad entera en el interior de una reserva natural dibujada por los surcos que había dejado la lava volcánica derramada tras la erupción del Xitle allá por no sé qué año. Una ciudad edificada a mediados del siglo pasado, y estructurada por gigantescos monumentos que en sus formas y en sus muros contaban la historia de un país indígena, mestizo y rebelde. Una ciudad que buscaba imponerse y conformarse como el corazón universitario y autónomo de la patria. Entre facultades, bibliotecas, esculturas, monumentos, murales, lava volcánica y reservas naturales, se encontraba el Estadio Universitario.

Hubo una vez, quizás, una ciudad adentro de otra. Una ciudad aparentemente prehispánica y anticapitalista donde se cultivaba el amor por la educación, la igualdad y la libertad. Ese era nuestro hogar, nuestro espacio de pertenencia. Ahí veíamos y jugábamos fútbol y formábamos parte de ese ecosistema social y cultural que nos daba cobijo. Una ciudad al sur de otra ciudad: la verdadera ciudad de México. Un universo dentro de otro con reglas completamente opuestas.

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