Los últimos días de Trump: crónica de una revuelta fallida

Los últimos días de Trump: crónica de una revuelta fallida

Entre la muchedumbre que irrumpió en el Capitolio, en Washington, hubo quienes se consideraron patriotas, quienes creyeron que era su última oportunidad para defender el país, quienes se opusieron a la violencia y quienes recurrieron a ella; son algunas de las personas que integraron la multitud trumpista.

“Somos patriotas”, respondió agitado Michael cuando le pregunté cómo calificaría al grupo de personas que, junto con él, entraron por la fuerza al Capitolio. La pañoleta roja que llevaba al cuello cubría el borde de una barba mal rasurada; una chamarra verde militar que le quedaba grande completaba su aspecto rebelde. La noche empezaba a caer. “No vamos a permitir que se consume el fraude”, agregó con seriedad mientras caminaba de prisa para alejarse de la zona. Al fondo, el imponente edificio de mármol blanco, brillante e iluminado.

Michael tiene 21 años, llegó a Washington, DC, con una docena de jóvenes pro-Trump a los que conoció por Facebook. Les tomó 40 horas sin descanso recorrer en coche 4,400 kilómetros desde Seattle. Pero lograron llegar a tiempo al mitin del presidente. Como ellos, decenas de miles acudieron el miércoles a la convocatoria de Trump, quien lleva meses incitándolos a defender a la nación de un fraude del que no hay evidencia alguna. Ese miércoles era un día importante. Los legisladores se reunirían a la una de la tarde para certificar la elección presidencial y, en consecuencia, el triunfo de Joe Biden.

“China, Rusia, Venezuela… todos los países que quieren un cambio de poderes están del lado de Biden porque saben que Trump sí va a defender a Estados Unidos. Los ciudadanos patriotas debemos apoyar a nuestro presidente”, me dijo Sharlyn, quien dejó a sus hijas encargadas con su hermana y tomó un vuelo el día anterior desde Nashville, Tennessee.

Desde temprano, se oía en sus voces el descontento pero el ambiente lucía festivo. Las banderas azules y rojas decoraban los jardines amplios del National Mall, la balada “Don’t Stop Believing”, de Journey, sonaba en unas bocinas enormes al lado del escenario y el olor de los pretzels calientes, que se vendían por dos dólares, circulaba entre la gente. Habría sido imposible predecir lo que sucedería a continuación si no fuera porque el evento tenía el único objetivo de detener, a como diera lugar, el proceso democrático que se llevaría a cabo a tan solo unas cuadras de distancia, en el Capitolio.

A pesar de haber salido con tiempo de su casa en Virginia, Julián y Martha no encontraron lugar cerca del escenario, así que no alcanzaban a escuchar lo que Trump decía desde el estrado, pero aplaudían o abucheaban cuando lo hacía el resto de la gente. Julián le iba narrando en español a Martha lo que sucedía. Tan pronto vieron a la multitud moverse, ellos también empezaron a caminar.

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