Mi abuela no soporta tener un nieto "contrarrevolucionario" - Gatopardo

Mi abuela no soporta tener un nieto “contrarrevolucionario”

“Cómo le explico a sus 84 años que el universo en el que ella cree es una farsa. Cómo le digo que la Cuba que el periódico Granma le cuenta, no es el país donde ella vive, sino el reino de entelequias”.

Habíamos tejido toda la jugada perfectamente, pero sabíamos que no se iba a concretar la ocasión. Siempre es así en estas escenas, ¿no?

Corría el último minuto, sacaron de banda, triangularon el balón en el centro del campo, abrieron para el habilidoso extremo, un quite, dos, una pared, hasta que logró lanzar un centro con todo el empeine de su pie derecho, bien cerca del banderín de corner. Estábamos volcados al ataque, era a matar o a morir, no quedaba de otra. El partido languidecía y a esa altura nadie respetaba sus posiciones en el terreno, lo único que importaba era, como sea, llevar el balón hasta la meta rival. Yo, que era uno de los centrales, seguí en paralelo toda la jugada. Atravesé el medio del campo en una cabalgata sin mirar siquiera lo que ocurría en el costado. Si perdíamos la posesión, el árbitro pitaría el final.

“Tírala, tírala”, grité con la mano derecha en alto cuando el extremo recibió de vuelta la pared en solitario. Observé como su taco derecho cortó algo de césped cuando le pegó al balón con rosca, pequeñas virutas de hierbas verdes se levantaron y cayeron sobre su cuerpo sudado. El balón sobrevoló a los defensores y en el borde del aérea, sin dejarlo picar, lo empalmé como venía con un acrobático golpeó sin moverme de lugar. En cámara lenta lo vi alejarse de mi pie en dirección a la escuadra izquierda del arco y estrellarse contra la cruceta del ángulo.

Al unísono, todos nos desplomamos en el césped cuando uno de los defensores rivales despejó con un balonazo al aire y segundos después sentimos el silbato.

El sueño no me dio demasiados detalles sobre aquel partido. Sólo conocía la locación: el viejo estadio universitario de La Habana, pero mis compañeros de equipo o las camisetas que vestíamos, me eran desconocidos. Caminé con el pecho apretado y con ganas de llorar hacia el banquillo, pero antes de llegar, levanté la vista hacia la grada y entre la multitud que brincaba y celebraba, divisé sentada a mi abuela paterna, inmutable, de piernas cruzadas. Me miraba fijo, sus ojos eran un látigo. Tenía en sus manos una pequeña banderita de papel con mango de madera. Los colores eran los del equipo contrario. Nos sostuvimos la mirada durante largos segundos, ella no parpadeó, su rostro era una escultura en mármol. Le guiñé un ojo, la saludé con la mano. Nada. En el vestuario me senté en el suelo, mis compañeros de equipo pasaban por mi costado y me daban palmaditas en el hombro, en la espalda, me acariciaban la cabeza, “pa la otra será”, me decían. Mientras me desvestía, alguien que estaba a mi lado, me clavó el codo en las costillas y me dijo: “te buscan”. Ahí estaba de nuevo mi abuela. Seguía sin hablar y  mirándome con frialdad. Me percaté que la mano que sostenía la banderita de papel apretaba hasta más no poder la madera del agarre. De pronto, nos quedamos solos, ella y yo, ella de pie y yo sentado, ella en silencio y yo preguntando: ¿Estás bien? ¿Estás bien? Solo dime, por favor. Sin responderme, dio la espalda y se largó arrastrando por el suelo un largo vestido color aceituna.         

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