Los Revueltas: ¿para ser artista hay que venir de familia de artistas?

Los Revueltas: para ser artista ¿hay que nacer en familia de artistas?

El Fondo de Cultura Económica reeditó Los Revueltas. Biografía de una familia. Más allá de lo que se pueda saber sobre Silvestre, Fermín, José y Rosaura, los linajes de artistas son una señal de la desigualdad de oportunidades en México.

Tiempo de lectura: 7 minutos

En México, se sabe, el talento artístico es algo que se transmite de generación en generación. Nuestro campo cultural es tan saludable que se basta a sí mismo para reproducirse de manera que el acervo y el legado cultural del país se mantengan siempre en las mismas familias. Por eso nos parece normal que de la amorosa unión de un escritor y una fotógrafa, salga una actriz; o que de editor y poeta nazca una cantante; o que de ensayista y compositora nos aparezca un cineasta. Las probabilidades de triunfar en el arte nacional crecen considerablemente si desde chiquito te hizo gracia que los funcionarios culturales llamaran “Maestro” y “Maestra” a Pepe y a Luisa, los papás de tus mejores amigos de la escuela y, probablemente, tus vecinos.

La familia Revueltas debe ser uno de los ejemplos que más rápidamente llegan a la mente cuando pensamos en familias de artistas pero, para ser justos, la historia de Silvestre (músico), Fermín (pintor), José (escritor) y Rosaura (actriz) es un poco más compleja que la de toda la gente que fue al Colegio Madrid y luego se dedicó a publicar sus libros de poesía en la editorial independiente de sus mejores amigos de la escuela primaria. Al contrario, la reedición del libro Los Revueltas. Biografía de una familia (Fondo de Cultura Económica, 2021) es una oportunidad para conocer lo que podríamos considerar como el inicio de las muchas historias de las familias donde la gente, tres generaciones después, acaba repartida en secretarías de cultura, aulas universitarias y galerías de arte en Polanco.

Escrito por Rosaura Revueltas y publicado originalmente en 1980, el libro deja claro que lo que años después Pablo Neruda describiría como una de las “dinastías del pensamiento americano” empezó como una familia de origen humilde en Durango y poco a poco fue creciendo hasta llegar a la Ciudad de México gracias al dinero que el padre, don José, acumuló en su trabajo como comerciante y al trabajo no remunerado de la madre, doña Romana, que cuidó a doce hijos durante buena parte de su vida. El libro trata parcialmente de los padres de Rosaura, de cuatro de sus hermanos (Silvestre, Fermín, José, Consuelo) y principalmente de la vida de la autora, que toma el mayor espacio en el libro y es el capítulo más fascinante de todos.

Esta nueva edición de 2021, además, incluye notas al pie de Eugenia Revueltas (hija de Silvestre) y un prólogo ilegible de Eva Bodenstedt (nieta de Rosaura), en donde las descendientes moldean, corrigen o directamente enfrentan puntos de vista enfocados a construir una idea precisa de sus antepasados. Si, por ejemplo, Rosaura se queja de que los lugares donde Silvestre vivía eran siempre feos y sucios y deprimentes, Eugenia defiende a su papá en una nota al pie diciendo que bueno, que sí, que la tía siempre tenía una mala impresión de esos lugares, pero que el centro de la ciudad era donde los artistas e intelectuales se juntaban y vivían y que era uno de los “barrios más ricos y sugerentes” de la ciudad en los años treinta.

La primera parte se lee rápido y es simplona. Como bien advierte la autora al principio, esta no es una historia exhaustiva de la familia. De hecho, ni siquiera es una historia sino, más bien, la colección de cosas que le da la gana escribir. Y a mí me parece muy bien. Que si el papá se la pasaba viajando en su trabajo de comerciante. Listo: siguiente capítulo. Que si la mamá estuvo siempre atada a la familia y que pasó una existencia más bien deprimente. Listo. Que si Silvestre era un borracho y lo metían al hospital psiquiátrico cada vez que se le pasaban las copas. Listo. Que si José estuvo en la cárcel quién sabe por qué. Listo. Que si Consuelo era un gran ser humano. Listo: siguiente capítulo. Las cosas más interesantes son las que no se dicen y que probablemente en 1980 pasarían inadvertidas, pero que en 2021 llaman más la atención que todo lo que sí está allí.

Por ejemplo: durante todo el libro, Rosaura Revueltas (y a veces también Eugenia Revueltas en las notas) hace malabares para que dos ideas diferentes convivan sin antagonismo. Una es: desde que vivíamos en un pueblito de Durango éramos muy pobres. La otra es: mi papá nos inscribió en el Colegio Alemán en la Ciudad de México y desde los cinco años tomábamos clases de piano. Igual que una buena cantidad de habitantes del mundo artístico mexicano, Rosaura exagera el origen humilde de su familia y minimiza las ventajas socioeconómicas que sí tuvieron y que hicieron posible que varias vidas se dedicaran al arte. Se queja, por ejemplo, de que por su “miseria” no les alcanzó para un coche-cama en el tren a Alemania, pero luego también cuenta todo lo que extraña su mansión y a sus sirvientes en México, probando que lo primero que van a hacer dos mexicanos cuando se encuentran afuera del país es competir para saber quién de los dos es más pobre. Como ella dice en el capítulo de su autobiografía: “nunca me ha atraído el lujo, pero sí el confort” (p. 214).

Otro ejemplo: el capítulo dedicado a su hermana Consuelo es el más breve de todos y consiste en unas dos o tres páginas en las que se asegura, como de todos los demás, que su talento fue natural pero, a diferencia de todos los demás, no se cultivó sino hasta los últimos años de su vida. ¿Por qué? Bueno, esto no se dice de ninguna manera, pero queda claro cuando llegamos al capítulo donde Rosaura cuenta que, a diferencia de Fermín y de Silvestre, que se fueron a los Estados Unidos a estudiar arte de jóvenes, a ella la casaron con un alemán rico, o en proceso de serlo, a los quince años. ¿Qué posibilitó el talento precoz de Fermín y de Silvestre y de José? Obvio: que eran hombres. Aunque, según se nos cuenta, Consuelo Revueltas fue la única que probó ser una niña prodigio cuando le tocó tomar clases de piano, los papás la pusieron a acompañar a Silvestre para que el muchachito perfeccionara su técnica en el violín. ¿Algo de esto niega el talento de Silvestre para la música? No, pero sí dice mucho de las dinámicas de género que la familia se esforzó por vigilar y explica por qué Consuelo no tiene su capítulo, sino apenas unas breves menciones.

En todo caso, no hace falta que Rosaura Revueltas nos cuente más cosas de su familia. Queda claro que su padre hizo buen dinero antes de morir. Que eso posibilitó que se mudaran a la Ciudad de México. Que cuando se murió todos tuvieron que buscarse la vida. Que se siguen escribiendo libros sobre los hermanos a quienes todos hemos leído, escuchado y admirado. En cambio, el capítulo que Rosaura dedica a su propia vida, y que conforma aproximadamente un tercio de todo el libro, es la historia espectacular de una mujer que pasó de ser una niña obligada a casarse a una edad temprana a convertirse en un ícono internacional del cine y actriz protegida de Bertolt Brecht, hasta su breve paso como guerrillera en la Revolución cubana. Es un documento de una honestidad brutal en donde la autora dice en una página que a ella la Revolución cubana la tenía sin cuidado porque tenía muchos problemas personales como para estarse preocupando por el mundo y luego le responde a un reportero en La Habana, dos páginas después: “Claro que yo pensaba que era uno de los acontecimientos históricos más importantes de este siglo” (pp. 244-245).

Rosaura Revueltas no titubea al presentarse como la persona compleja que es. Una mujer rica que, debido a su posición acomodada, logró convertirse en personaje estelar de una película, La sal de la tierra (Herbert J. Biberman, 1954), que le causaría la deportación de Estados Unidos y la censura en México por haber participado en un proyecto sobre mineros de origen mexicano peleando por sus derechos laborales, pero que al mismo tiempo le daría el suficiente prestigio para tener una vida de aventuras de carácter internacional. Su capítulo mezcla la confidencia —sus aventuras amorosas, sus paseos turísticos, sus quejas sobre lo que ella concibe como un retraso cultural en México— con la historia documental de la grabación de la película y de su paso como actriz de teatro en Alemania y las repercusiones negativas que su actuación como protagonista en La sal de la tierra tuvo en sus intentos de volver a México a hacer carrera artística.

Un momento fascinante: está en Alemania haciendo no sé qué cosa cuando Bertolt Brecht le propone que se quede para trabajar con él. Sin saber qué hacer, llama a México para preguntar la opinión de su marido, un magnate alemán que cuando no está en la Ciudad de México, está viajando por “lugares lejanos”, como dice Rosaura, o haciendo berrinche en Cozumel. Total, que el marido no tiene idea de quién es Bertolt Brecht, pero da la casualidad de que en ese mismo momento, en la casa de Rosaura en México, están Diego Rivera y Raquel Tibol cenando con el marido y son ellos quienes la convencen de que sí, claro, obvio, cómo no te vas a quedar, aquí todo está bien, tú dale. Esta es la misma mujer que algunas páginas después se va a quejar de la censura y la marginalidad a la que el medio cultural y político mexicano la ha condenado por ser la protagonista en La sal de la tierra. ¿Y cómo se da cuenta? Bueno, porque el presidente Adolfo Ruiz Cortines le da una audiencia privada pero no la ayuda como ella quiere.

No es queja. En serio. Durante la lectura me ha parecido conmovedor y sorprendente que estos dos registros —el de la censura que sí pasó y el de su posición privilegiada en la sociedad— convivan de manera tan natural y poco contradictoria. Para ella, quiero decir. El libro es una ventana a un mundo de posibilidad y acceso que muy pocos de nosotros conocemos, pero que para un sector de la clase artística en México es cotidiano y normal. Sobre todo, es una oportunidad para ver una cápsula del tiempo en formación: la memoria de una familia siendo escrita, reescrita y revisada en tiempo real y mediante la prosa de una mujer que no tiene empacho en aceptar sus peores defectos mientras te conmueve y te sorprende con sus grandes momentos.

Comparen, por ejemplo, la manera tan analítica y, al mismo tiempo, comprometida y entregada con la que habla de sus amantes velados o confesos con las descripciones que hace de su esposo: “Yo quería mucho a mi marido. Para mí era todo: marido, hermano, padre, amigo, compañero” (p. 179). Su historia está llena de episodios así, en los que uno, como lector, no entiende —“¡déjalo ya!”, pensaba yo, leyendo de sus aventuras en Francia y Alemania—, pero al mismo tiempo entiende perfectamente. ¿Y qué es lo que uno entiende? Pues bueno, que la vida no es una novela, aunque lo parezca. Y Rosaura Revueltas hace exactamente eso: escribir sobre una vida fascinante y compleja de manera compleja y fascinante.

Si no existiera editado, este último capítulo sería un gran candidato a ser un volumen independiente y a formar parte de la colección Vindictas de la UNAM, que se ha dedicado a recopilar y circular un archivo invaluable sobre el trabajo y la creación de mujeres artistas de México durante el siglo XX. Rosaura Revueltas no ha pasado a la historia del arte del país por su escritura, pero este capítulo basta para incluirla en la lista junto con las grandes autobiografías de la historia mexicana.

 

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