Desde el malecón: acceso denegado
El gobierno cubano decidió bloquear el acceso a Gatopardo desde la isla.
enero 23, 2019

El gobierno no quiere que Gatopardo se lea en la isla. Desde finales de noviembre denegó el acceso al sitio de la revista en todo el territorio nacional. Desde entonces y hasta ahora, Gatopardo está bloqueado en Cuba. Al parecer algo les molestó, algo los enfadó y no encontraron otra alternativa que sacar el bisturí y extirpar la incomodidad del ya limitado acceso a internet desde la isla. Una práctica común, nada sorprendente ya en un país donde expresarse con libertad parece casi un despropósito.

No quería escribir este texto, no se me dan los encargos, las cosas forzadas me dan repulsión, les huyo. Pero este caso es diferente, es una obligación deontológica. Después de recibir la noticia, como era de esperarse, la editora me pidió que escribiera sobre ello.

Este texto no es un alegato ni una declaración o una denuncia. Este texto, aunque bien pudiera ser todo eso por separado y también todo eso en conjunto, es la confirmación de que Cuba sigue en el mismo sitio, con o sin los Castro.

Es enero y tenía intención de empezar el año en el blog con una historia ligera. Como ya habrán notado quienes me siguen cada mes aquí, esta entrega sale retrasada. Acostumbro publicar los primeros días de cada mes y ya estamos en las postrimerías de éste. Quise dejar algo de tiempo pasar para estar seguro y no hacer un swing al aire, para cerciorarme de lo que es un hecho: si desde Cuba pinchas Gatopardo, el resultado será una página en blanco donde en la barra superior hay una frase que anuncia: acceso denegado.

Gatopardo pasó a engordar la lista de medios que el régimen cubano considera desafectos a su “revolución”. Un saco en el que están El Estornudo, 14 y medio, Cibercuba, Cubanet y Diario de Cuba, entre otras publicaciones que con regularidad tocan las cosquillas a un Estado que se cree supremo e inquebrantable. Lo sorprendente del asunto es que Gatopardo no es un medio cubano ni es un medio que tenga como fin último que lo lean con devoción en Cuba. A lo sumo, en las páginas de esta revista, se habla de la isla dos o tres veces en un semestre -como mucho, repito-. Es evidente, entonces, que el gesto burdo y grosero de bloquear el sitio está relacionado con la existencia de “Desde el malecón”.

Este blog existe desde hace ocho meses y no sé cuánto más durará. Nunca he pensado en ello y quizás es lo que me atrae de él, lo bonito: que no tenga pretensiones y que haya nacido sin ellas. En un principio yo no quería comprometerme a tener un espacio fijo en una revista como Gatopardo. Primero, su prestigio me aterrorizaba, dos, se me da horrible la primera persona y odio hacer el ridículo. El contenido tampoco me convencía: narrar mi cotidianidad, mis historias dentro de Cuba en un contexto en el que el gobierno me tiene vetada la posibilidad de salir del país hasta el 2 de junio de 2021. Me pareció innecesario exponerme, contar los padecimientos de un castigo que a nadie le importa y que sólo yo entiendo en su magnitud y limitaciones. Tampoco quiero ir de mártir, de héroe, mucho menos victimizarme, ser noticia. Pero, también entonces, la editora me convenció. Me dijo que no sólo era atractivo, sino que mi testimonio era emblemático del momento histórico que vive mi país. Un texto quincenal fue la propuesta, luego quedamos en uno mensual. Intentémoslo tres meses, le dije, si esto no se lee en ese tiempo, lo dejo.

 


 

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En este tiempo he escrito sobre por qué estoy atrapado en la isla, sobre mi abuelo fallecido, sobre mi tío preso, sobre cómo comencé a ver el fútbol de manera clandestina porque las antenas satelitales son ilegales en Cuba; sobre la muerte de Fidel Castro, sobre un policía que tenía hambre y me hizo sobornarlo con bolas de helado, sobre las implicaciones del periodismo y sobre las noticias de este país. También narré el peor día de mi vida, cuando pasé once horas detenido por la Seguridad del Estado. De eso va este blog y eso es lo que han censurado. Es tan absurdo que me cuesta creerlo. A cada rato me viene a la cabeza una sensación de incredulidad. Me digo, “no es cierto, es imposible, no puede ser”. Desactivo mi VPN e intento entrar a la revista, una vez más, infructuosamente.

Que el gobierno cubano censure un medio de la reputación de Gatopardo deja claro que no hay en su política un ápice de temor a la chapucería o a la desfachatez pública. Cualquier jugada, por riesgosa que sea, que vaya en favor de limpiar su imagen es aceptada y ejecutada para salvaguardar el “prestigio de la nación”. Cuba evita mirarse al espejo, no puede verse a sí misma. Su propia imagen la descompensa, pues padece una gran incapacidad para reconocerse. La razón: su retrato actual es el retrato de su muerte. Por años ha caminado sola, sin escuchar a nadie al costado. De 1959 a la fecha se acostumbró a anular las voces que la exponen, las extinguió. Leerse a ella misma le produce una gran depresión, descubre su estado de putrefacción moral.

Para volver a leer Gatopardo en su versión digital, los lectores en la isla tendrán que hacer malabares: instalarse un VPN en el teléfono o en las computadoras, encontrar proxis que le abran el camino; cualquier escaramuza que sea válida para evadir la censura a partir de ahora. No hay dudas de que Desde el malecón perderá lectores -si es que los tiene-, pero tengo que agradecerles algo a los señores censores: le han otorgado a este espacio un sentido y razón para existir que no tenía. Muchas gracias. Nos vemos en febrero.

Sobre el autor


Abraham Jiménez Enoa es periodista. En 2016 fundó junto a varios amigos El Estornudo, la primera revista digital de periodismo narrativo hecha desde Cuba. Hoy, tras volverse incómoda al régimen, ya no puede leerse desde la isla pero sigue adelante a modo de guerrilla internacional, con colaboradores en varias partes de Cuba y del mundo. Por decisión del Ministerio del Interior, Abraham tiene prohibido salir del país hasta el año 2021 y escribe desde su isla para medios de varios países a pesar de su lento y costoso servicio de internet.

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