Las escenas ocultas de Maribel

Maribel Verdú fue la musa y fantasía sexual de toda una generación en
España cuando apenas era una adolescente. Se convirtió en una actriz
honesta y versátil gracias a dos mexicanos: Alfonso Cuarón y Guillermo
del Toro.

Hay escenas que parecen eso, una escena, pero que esconden muchas más.

En ésta, Julio (Gael García Bernal) y Tenoch (Diego Luna) beben cerveza y tequila en una palapa de Boca del Cielo (Roca Blanca, Puerto Escondido, en realidad) mientras se confiesan pecados sexuales. Luisa (Maribel Verdú) los mira y ríe. Los tres brindan. Luisa se levanta de la mesa y se dirige al jukebox. Desde el otro lado de la palapa, frente a una mesa de bebedores silenciosos, en el calor de la noche oaxaqueña, con el Pacífico llamando a la puerta, les pide a sus colegas de farra un número y una letra. Enseguida canta Marco Antonio Solís:
“Te extraño más que nunca y no sé qué hacer/despierto y de recuerdo mal amanecer/espera otro día por vivir sin ti/el espejo no miente, me veo tan diferente/me haces falta tú”.

Los tres bailan. Luisa entre ambos. Pegados y restregándose hasta formar un solo cuerpo.

Es un plano secuencia, sin cortes, de siete minutos de duración. La escena que conduce al clímax final, al desenlace total, el trío sexual en una cabaña de madera, de Y tú mamá también, la película de Alfonso Cuarón que en el verano de 2001 rompió los récords de recaudación del cine mexicano y que calentó el otoño en todos los cines del mundo.

Pero la escena esconde mucho más.

Los dos días previos al rodaje Cuarón llevó a sus actores y a su equipo técnico a la misma palapa. Pidieron chelas y tequila. Bebieron. Rieron. Se emborracharon y bailaron. Improvisaban. Decían lo que les venía en gana. Al final de la segunda noche, el director les anunció que ya estaban preparados. Al día siguiente rodarían la escena. Sin alcohol. Deberían recuperar entonces las sensaciones que habían tenido esas dos noches de juerga. Recordar cada detalle para repetirlo. Cuando anunció acción, los tres lo hicieron: revivieron la víspera.

“Aquello fue lo más mágico que me ha pasado. Ahí ves lo listo que es Alfonso. Nos acordábamos de las cosas que habían pasado las noches anteriores. Si no, nunca se nos hubieran ocurrido. Fue maravilloso”. Maribel Verdú abre los brazos como si aún bailara junto al jukebox. No estamos en ese rincón paradisiaco de Oaxaca abierto al océano, sino bajo el calor seco y asfáltico del verano de Madrid, en una terraza frente al parque del Retiro, junto a su casa, en su cafetería de cabecera, donde saluda cariñosamente al camarero y pide una copa enorme de agua con hielo y una raja de limón. Se acaba de quitar las grandes gafas de sol de pasta tras las que había llegado parapetada. Viste un ligero vestido negro de gasa, por encima de las rodillas. Apenas luce maquillaje. Un toque de rímel, reciente, porque después se marchará a la carrera a una cena con amigos argentinos. “Esa noche yo estaba exultante, porque además llegaba Pedro [Larrañaga, su marido] a verme”, recuerda.

Maribel Verdú, 1

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