Álvaro Enrigue: Un novelista sin etiquetas

El escritor Álvaro Enrigue, uno de los más prestigiosos de México, recibió a Gatopardo en Nueva York, ciudad en la que vive hace varios años y que define como “un suburbio acomodado del DF”. Habló sobre su oficio y su obsesión con ciertos personajes del pasado.

Gatopardo: Escribiste Muerte súbita con el apoyo de instituciones como la Biblioteca Pública de Nueva York y la Universidad de Princeton. ¿Qué significa llegar a un momento de tu carrera en el que puedes dedicarte a escribir en condiciones inmejorables?

Álvaro Enrigue: Hay una paradoja en el oficio: nunca hay condiciones inmejorables para ponerte a escribir y cada minuto es el minuto inmejorable para escribir. Es una cuestión de marcos mentales, más bien misteriosa. Terminé Muerte súbita en junio de 2013, mientras revisaba las pruebas de Valiente clase media y Un samurái ve el amanecer en Acapulco. Tenía el cerebro hecho plastilina —por no hablar de la espalda y los riñones—. Me tomé el verano para descansar y empezar en septiembre el libro en el que estoy trabajando. Tenía dinero para sobrevivir un año y no lo quería desperdiciar. Lo desperdicié. Estuve trabajando en la investigación del libro nuevo, escribí muchas notas, llené un cuaderno, emborroné unas ochenta páginas cerradas de ficción —un buen tramo para mí, que suelo escribir libros de entre 250 y 300 páginas—. A fines de agosto de este año empecé a trabajar en la Universidad de Columbia, no con una beca de investigación como la de la Biblioteca Pública sino con un trabajo de verdad, que arranca a las ocho de la mañana, termina a las seis e implica dar clases, asistir a reuniones, atender estudiantes. La novela no vino como debía hasta entonces, hasta que tuve que empeñarle de nuevo las noches, agotado, robándole tiempo a la vida real. Tiré a la basura las ochenta páginas que tenía y volví a empezar, en esas condiciones totalmente adversas. Lo que está quedando en el cuaderno ya funciona. Algo así me pasó con Muerte súbita, aunque de una manera menos obvia. En la Biblioteca Pública había las mejores condiciones del mundo para levantar un libro: un cubículo, cafetera exprés, silencio absoluto, las conversaciones más estimulantes que voy a tener en la vida durante el almuerzo —estaba en el Cullman Center con autores a los que admiro muchísimo, como Ian Buruma, Darryl Pinckney o James Fenton. Pero la verdad es que escribí muy poco —70 páginas más o menos—. Leí como nunca, pero la escritura sucedió realmente al año siguiente, cuando ya estaba en Princeton —que es un trabajo demandante: las mejores bibliotecas del mundo, pero también los mejores estudiantes y los más demandantes; viaje en tren dos o tres veces a la semana y así—. Tengo la sospecha de que los libros se inscriben en el cerebro en los periodos de condiciones inmejorables, que son periodos mayormente ociosos en términos productivos —leer me da tanto placer que no lo puedo enumerar entre las actividades productivas—. Luego viene el periodo del dictado, en el que te sientas y escribes, así, como si fuera obvio que lo que querías decir necesitaba esa forma, ese ritmo, ese léxico, esos personajes.

G: En Muerte súbita hay tres personajes que cambiaron la Historia, no sólo en sus disciplinas, sino en la evolución del pensamiento. ¿Cómo tomaste la decisión de escribir sobre Caravaggio, Quevedo y Hernán Cortés en un mismo libro?

AE: Llevaba años con ganas de escribir una novela sobre Caravaggio como tenista y Quevedo me parecía un contrincante digno. Era unos años más joven que el pintor e igualmente fascinante: el poeta
 más inteligente en toda la historia de la 
lengua y al mismo tiempo un salvaje
—perdulario y putañero, facilito con la espada—. Ya había salido en otras novelas. Lo de Cortés, que es lo que más le gusta a la banda, vino de la nada, se gestó en ese periodo de incubación del que te hablaba. Es una novela que funciona por parejas que compiten entre sí y yo sabía desde el principio que Caravaggio iba a tener una de sus contrapartes en un amateca —un artista tenochca que trabajaba con plumas y no con pigmentos—. Sabía que ése iba a ser el episodio mexicano del libro y sabía que en algún momento Caravaggio iba a ver una de las alucinantes mitras de plumas que Vasco de Quiroga llevó a Europa como regalos para la jerarquía eclesiástica cuando lo invitaron al Concilio de Trento. El nexo se estableció casi solo cuando, en esos días deliciosos, nomás leyendo en la Biblioteca Pública, descubrí que la esposa de Pedro Girón, el duque de Osuna, gran amigo, jefe y protector de Quevedo, estaba casado con una de las nietas de Cortés, que el dinero que ambos se quebraban en las farras criminales por culpa de las cuales se pasaron la juventud bajo arresto domiciliario, era la herencia del Conquistador. Fue como estar papando moscas en el área y que te caiga un servicio de Rafa Márquez: nomás le pegas a la Chicharito —con cualquier parte del cuerpo— y es gol.

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