Construir a Cruzvillegas. Un perfil del artista que rompe los esquemas.

Construir a Abraham Cruzvillegas

El año pasado, la Tate Modern de Londres comisionó la instalación del Turbine Hall a Abraham Cruzvillegas. Su pieza, Empty Lot, estuvo exhibida hasta hace unas semanas. A pesar de esto, la obra del artista mexicano es poco conocida en su país.

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En su conversación y en su obra, Abraham Cruzvillegas tiende a ramificarse, a la asociación, al “apilamiento”. Sin embargo, en su casa, en su taller, y en su pensamiento impera un orden peculiar. Es un apilamiento coherente. A veces sus esculturas (y sus textos) parecen a punto de caerse, y como en la Ciudad de México donde nació y creció, el equilibrio en ellos es un asunto casi milagroso. A partir de una crisis del artista —que sucedió cuando pasó una larga temporada fuera de México—, empezó una reflexión sobre la relación entre su forma de trabajar y la casa y el barrio donde creció, una colonia marginal en la que los vecinos, colonos llegados de provincia, se hicieron sus propias casas con materiales encontrados en la zona o con lo que podían comprar con sus presupuestos limitados. Sin arquitectura, sin planes, y respondiendo a necesidades urgentes, la forma de construir de sus padres y sus vecinos es análoga a la forma en la que Cruzvillegas ha armado su propio lenguaje, que abunda en preguntas e incertidumbre. Autoconstrucción, más que una serie de obras reunidas bajo un mismo título desde el 2007, es un intento de comprenderse a sí mismo.

Es uno de los artistas mexicanos más destacados del mundo en este momento. O eso piensan los directores de la Tate Modern de Londres que le otorgaron la comisión del Turbine Hall 2015-2016. La primera serie de comisiones, patrocinadas por Unilever (2000-2012), presentó a artistas como Louise Bourgeois, Anish Kapoor, Doris Salcedo y Ai Weiwei. El inmenso espacio dentro de la Tate Modern mide 35 metros de alto por 153 de largo, y los artistas realizan instalaciones sitio-específicas que serán vistas por millones de personas a lo largo de seis meses. Después de tres años sin comisionar el Turbine Hall, la Tate Modern invitó a Abraham para iniciar la nueva serie, esta vez patrocinada por Hyundai. Abraham construyó una enorme chinampa, una isla de tierra sobre andamios. No sembró nada, como en un lote baldío. Así se titula la pieza: Empty Lot.

Empty Lot se levanta sobre dos enormes andamios triangulares divididos por una pasarela sobre la cual pasean los visitantes. Sobre los andamios colocó una retícula de cajones triangulares de madera que fueron rellenados de tierra de unos 35 diferentes lugares: parques, jardines públicos y privados, y otras áreas verdes de Londres. Durante los seis meses que duró la instalación, crecieron todo tipo de plantas, tal y como crecen en cualquier pedazo de tierra abandonada a su suerte. En algunos de los casos parecen como bromas: en la tierra recogida del Buckingham Palace ha brotado un rosal; en la de una guardería de niños, unas opiáceas.

“El material principal es la esperanza”, dice Abraham en el video que presenta Empty Lot en la página de la Tate. Es la esperanza de que crezca algo, de que algo suceda. Desde luego, ya sucedieron muchas cosas. Igual que en los lotes baldíos, en esta escultura a gran escala crecieron yerbas (buenas y malas) y las críticas (buenas y malas), además de juegos, interpretaciones e ideas. Los galeristas de Abraham en México, José Kuri y Mónica Manzutto, relatan el momento en el que les dieron la noticia:

La Tate ya tenía quizá veinte obras de Abraham dentro de la colección permanente, así que no fue una ocurrencia del momento —comienza José—. Pero es quizá la comisión más visible que hay en el mundo del arte, la más mediática. Era un compromiso enorme, tanto para la Tate como para el artista que escogieran, por esta visibilidad. A él se lo avisaron con dos años de antelación. El primer año fue absolutamente secreto. Lo sabían cuatro personas.

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