Archivo Gatopardo

El secreto de La Central

La industria del libro se desploma, dicen. Las humanidades, la literatura, la poesía no son rentables, dicen otros. Un negocio no puede sobrevivir si no se atienden las leyes del mercado. Etcétera. Ni se desploma, son rentables y aquí está la prueba de ello, una de las bibliotecas más emblemáticas de España.

Por María Fernanda Ampuero / Fotografía Italo Rondinella

"Nos interesa otro tipo de literatura, si todas las librerías tienen lo mismo, ¿para qué ser uno más?"

"Nos interesa otro tipo de literatura, si todas las librerías tienen lo mismo, ¿para qué ser uno más?"

“Nos interesa otro tipo de literatura, si todas las librerías tienen lo mismo, ¿para qué ser uno más?”

Uno de los dueños de las siete librerías La Central —cuatro en Barcelona, tres en Madrid— se llama Antonio Ramírez y está sacando de su bolsillo una llavecita dorada para meterla en una ranura que está sobre el número 2 del ascensor de la nueva sucursal madrileña, muy cerca de la Plaza de Callao. La llavecita permite acceder al tercer piso, que no está abierto al público. El ascensor sube y en esos pocos segundos se superponen fantasías: libros que nadie más ha visto destellando como dientes de oro. Pero ahí, en el tercer piso de La Central de Callao, no hay nada de eso.

Es un salón más parecido al aula de una escuela de idiomas sin inaugurar que al ático de una gran librería —mil doscientos metros cuadrados y setenta mil libros en exposición—. Hay una gran mesa de madera clara con sus sillas a juego, cajas de cartón por el suelo, algunas estanterías pobremente llenas y eso es todo. En una esquina, una mujer de pelo corto y rojizo, de cuclillas frente a una caja —¿clasifica?, ¿revisa?—, levanta la cabeza, saluda, comenta algo a Antonio acerca de una cita y desaparece en el ascensor. Falta un cuarto de hora para las cinco. Antonio se sienta, dice que Marta Ramoneda, la mujer de pelo rojo que acaba de deslizarse hacia abajo, es la copropietaria de todas las librerías. Luego dice que sólo tiene quince minutos. Pone su teléfono sobre la mesa con el reloj bien visible.

Antonio Ramírez tiene cincuenta y tres años y aparenta algo menos a pesar de su melena blanca y vaporosa. Ayudan la camisa gris, que usa por fuera, con las mangas dobladas como si estuviera a punto de lavar los platos. Ayudan también los vaqueros, la figura menuda, la nariz de estatua y las cejas negras sobre los ojos pequeños, oscuros. De él podríamos decir que es colombiano, pero sólo porque en su partida de nacimiento figura Antioquia como departamento natal y porque las calles de Medellín lo vieron ir al colegio y asistir un par de años a clases de Ingeniería, carrera que no soportó porque desde muy chico se le había metido un vicio por el que renunció con alegría, con una sensación de descanso, a todo lo demás: los libros. No escribirlos: leerlos, comprarlos y venderlos. No era, desde luego, lo que se esperaba de él.

—Yo nací en una familia donde todos eran de vocación técnica. Mi padre era médico, mis hermanos ingenieros. Muy pocos libros había en casa, pero por razones raras a mí me empezó a gustar mucho la lectura y creo que mi padre se dio cuenta de que no me podía ofrecer libros porque no había una biblioteca, así que cuando yo tenía quince o dieciséis años me dijo: “Te voy a hacer una cuenta en la librería, ve tú y escoge”. Había una librería en el centro de Medellín, yo iba y me pasaba muchas horas porque no podía gastar más de una cantidad de dinero determinada, así que debía escoger bien: si compraba la colección de Alianza Bolsillo o la de Bruguera o no sé qué. Aprendí de adolescente el oficio del libro sin darme cuenta. Quizá lo habitual es que alguien te da lecturas en casa o en la de un tío que tiene una biblioteca fantástica. Yo no, yo entré al libro por su parte más comercial, yo la biblioteca me la fui haciendo a mí mismo, un poco a tientas, comprándola. Luego empecé a trabajar en una librería cuando ya estudiaba la carrera. Un poco por casualidad. Eso que eres estudiante y buscas un trabajo por las tardes. Tuve la suerte de que la librería no tenía mucho público y me dejaban en la parte de arriba. Como alguien haga eso aquí en La Central… Así que me pasaba la tarde leyendo. Luego me dejó de interesar la carrera de Ingeniería.

A los veinte años, el niño que negociaba consigo mismo para comprar libros, el estudiante de Ingeniería que quería dedicarse a otra cosa, el empleado que leía a escondidas en la segunda planta de una librería de Medellín, abandonó definitivamente la carrera y su país, Colombia. Emigró primero a México, donde trabajó —aprendió el oficio de librero siendo librero— en la librería El Juglar, y luego a España, donde se quedó. Mucha gente recuerda a Antonio como el buen librero de Laie, considerada la mejor librería de Barcelona hasta que en 1996, él mismo y su socia Marta, fundaron en esa ciudad La Companyia Central Llibretera, La Central, y rápidamente se convirtió en hito —parada, destino, fetiche— para los amantes del libro.

Muchos atribuyen el éxito de la primera Central —y de las que vinieron luego— a la suma del exquisito ojo editorial de Marta Ramoneda, también ex librera de Laie, con el riguroso ojo gestor de Antonio Ramírez. Cuando abrieron, hace ya diecisiete años, tenían treinta mil libros a la venta. Hoy, sumando los ejemplares de todas las sucursales, poseen trescientos mil.

“Trataré de decir por qué cierta librería me parece hoy un modelo al cual se podría aspirar […] Se trata de la librería La Central, de Barcelona […] La regla es la siguiente: la buena librería es aquella donde cada vez se compra al menos un libro, y muy a menudo no el que se tenía intención de comprar (o no sólo ése). Como ves, nada más simple, pero también nada más difícil de lograr para un librero […] El cliente mira a su alrededor y nota rápidamente la primera extrañeza: se encuentran juntos libros de diferentes idiomas. Del mismo autor se encuentran las traducciones españolas pero también los textos originales, acaso con títulos aún no traducidos […] Una fórmula difícil, me dirás, que requiere de una información impresionante y de mucho trabajo con las editoriales extranjeras. Sin embargo, ¿no debería presentarse así una verdadera librería europea?”, escribió Roberto Calasso, escritor y director literario de la editorial Adelphi, a Roberto Montroni, director de las librerías italianas La Feltrinelli.

Decíamos que se puede saber que Antonio es colombiano básicamente porque así lo dice su partida de nacimiento. Fruto de sus mudanzas, su acento tiene capas: un paisa lejano en la trastienda; un mexicano que a veces sale y saluda, y el escaparate lleno del español de Cataluña, el audio de sus últimos veintiocho años. Esto, lo del acento entremezclado, no se lo perdonan compatriotas como el escritor colombiano —antioqueño— Fernando Vallejo que decidió incluir a Antonio, su librería y su forma de hablar en La rambla paralela, su novela que se desarrolla en Barcelona: “Los colombianos de Barcelona hablaban todos con la zeta, como españoles. No acababan ni de llegar a lavar inodoros, e ipso facto estaban hispanizados […] Le contaron que un colombiano tenía la mejor librería de la ciudad, y sí, era cierto, según constató el día que fue a verlo: hablaba con la zeta y estaba absolutamente apeninsulado, españolizado. Y eso que era de Envigado, un pueblo de las afueras de Medellín, que es la capital de Antioquia, y que los de allí no cambian: como nacen se mueren, con el mismo tonito y las mismas mañas.

“—¿Oí bien? —se preguntaba el viejo, incrédulo, cuando oía a su paisano pronunciar la zeta.
“Era como si a una liebre le hubiera salido lana de oveja. ¡Un milagro!
“—¿Cuántos libros tenés ahí, en los dos pisos?
“—Cincuenta mil.
“—¿Cincuenta mil? ¡Uy! ¡Cuántos millones y millones de palabras tendrán cincuenta mil libros! ¡Qué devaluación tan hijueputa la de la palabra!
“—No. Mientras más, más vendo.
“Bueno, si era así, qué bueno. El viejo al final de cuentas no era tan malo, pues se alegró de que a su paisano le fuera tan bien”.

Al “paisano” del protagonista de La rambla paralela, con sus sobresaltos y sus preocupaciones, le va “tan bien” como a su álter ego en la ficción, cosa que en la España de ahora mismo es sinónimo de que no le va mal. La facturación prevista para 2013 de las librerías La Central es de casi catorce millones de euros: los ingresos de este año serán de un uno por ciento menos que los de 2012 —mientras que en el sector las pérdidas son ya, a mitad de año, de nueve por ciento— y tendrán una baja de apenas tres por ciento en relación con 2011, el mejor año en facturación que han tenido. Esto, recordemos, en el sexto año sucesivo de crisis económica española, con casi cinco millones de personas sin trabajo y los sueldos de los trabajadores públicos congelados. En España, según datos de enero de 2013 del Ministerio de Empleo, en los últimos seis años se han cerrado casi doscientas cincuenta mil empresas, es decir, ciento ochenta negocios propios caen al día. En el ámbito del libro, las cifras no son muy distintas: según datos de Juan Manuel Cruz, presidente de la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros, CEGAL, en los últimos cuatro años las ventas de libros han descendido treinta y cinco por ciento. Eso quiere decir que si en 2008 facturaban unos tres mil millones de euros, al día de hoy ingresan poco más de dos mil millones. En números, el cierre de librerías —todas: las de libro de texto, las que también son papelerías, las de segunda mano— no ha sido tan devastador: cien librerías de las tres mil quinientas que había en España. Tampoco la cifra de empleos perdidos en el sector —mil doscientos de once mil— es demasiado cruenta en comparación con el festival de cifras drásticas que es hoy la economía española. Pero, según el presidente de CEGAL, lo más significativo no es el cierre de los negocios en sí, sino la pérdida de empleo en el sector, es decir, los recortes de personal o las reducciones de jornada que han tenido las librerías. Y la nostalgia, claro, la nostalgia. El cierre de librerías emblemáticas en todo el país —Catalònia, Renacimiento, Villar, Ancora, Delfín, Ona, La Regenta, Rumor, Tragaluz…— ha hecho que alrededor de una última bajada de persiana se congreguen lectores apretando pañuelos en los ojos, diciendo adiós, como ante un féretro.

Mientras esto pasaba —pasa—, se abría una enorme librería: La Central de Callao, en Madrid. El balance de sus primeros seis meses, según palabras de Antonio Ramírez, han sido “mejores de lo que esperábamos”. ¿Cómo es posible? Uno de los secretos para que una librería sortee la crisis de esta manera ha sido expandirse en lugar de contraerse. E ir a lo grande. Y contar con aliados poderosos.

La Central de Callao es un edificio entero en pleno centro de Madrid que hace honor a la sentencia “ten cerca a tus amigos y más cerca a tus enemigos”: a muy pocos pasos de La Central están sus dos gigantescos competidores: la francesa FNAC —libros, películas, discos—, con veinticuatro tiendas sólo en España, y La Casa del Libro, con veintiséis tiendas en el país. Y hay más: a diferencia de sus vecinos, La Central no vende libros de esoterismo —astros, piedras, ángeles—, ni libros de texto, ni de autoayuda ni manuales técnicos, todo eso muy demandado, sino únicamente humanidades, es decir, arte, literatura —teatro, poesía, narrativa, libro ilustrado—, historia, sociología, etcétera.

Y sin embargo, se mueve.

La sucursal de Callao se inauguró en septiembre de 2012 con padrinísimos: los escritores Mario Vargas Llosa y Alessandro Baricco. Ese día se armó un revuelo en la prensa, en los blogs culturales y entre los fanáticos del mundo del libro. Decenas de personas hicieron una larga fila en la calle para poder subir y bajar por la flamante librería. Vargas Llosa dijo: “Puede ser un acto demencial, contracorriente, suicida, en un mundo en el que las pantallas derrotan poco a poco al libro y vivimos una crisis sin fondo, pero resulta algo absolutamente racional, no una ceguera, sino la convicción de que no existen leyes inflexibles y que la historia no está escrita. En una época que incita al pesimismo, es necesario tomar iniciativas a favor de lo que el libro representa”. Alessandro Baricco, que ya había comentado que cuando él era joven en las librerías no se podía tomar trago —La Central tiene un bar en el sótano, El Garito, que abre hasta las dos de la madrugada—, fue más poético: “El futuro está aquí dentro. Frente al invierno del alma que parece que vivimos, actos así nos demuestran que estamos ante una primavera”.

Antonio Ramírez, que hoy sólo tiene quince minutos antes de susurrar “me tengo que ir”, cuenta que la remodelación del edificio, que no es propio sino alquilado, costó millón y medio de euros. Y revela el gran truco, la forma de hacer posible lo imposible: semejante cifra la financió La Feltrinelli, el emporio librero italiano —cien tiendas, mil doscientos empleados—, que decidió asociarse con Antonio y Marta a cambio de que abrieran una nueva librería en Madrid, donde ya existían otras pequeñas sucursales de La Central, ligadas a dos museos: la del Reina Sofía y la de la Fundación Mapfre.

Una vez embarcados en el carísimo proceso de transformación del edificio madrileño, que tenía zonas que literalmente se caían a pedazos, Antonio tuvo un ataque de pánico al ver que España se hundía a sus pies. Fueron los socios italianos de la cadena La Feltrinelli quienes sostuvieron el acto de fe: que una librería colosal funcionara en la España desahuciada.

—En enero de 2012, les dije: “Esto que estamos haciendo es una locura. Lo mejor es que no lo hagamos, este país se está hundiendo, esperemos a ver qué pasa”, y ellos dijeron: “No, tú tira hacia adelante”. Y nos está yendo muy bien. Creo que todos teníamos el convencimiento de que en momentos tan delicados y complejos como éste, en donde todo parece que se resquebraja y se rompe, hay que dar señales de que no todo está perdido y que hay que probarlo. Creo que uno está un poco obligado a eso. Si los productos culturales tienen que tirar pa’lante, pues hay que romperse el coco para buscar soluciones nuevas: lo peor que puede pasar es quedarse sentado esperando a ver cómo todo se desmorona y se caen las ruinas encima de la cabeza de uno mientras está quejándose y lamentándose. De alguna manera, la decisión en un momento determinado fue esa: seguimos adelante justamente porque las cosas están mal.

Entre los planes de Antonio está el de abrir una nueva librería en Madrid, aunque aún no sabe cuándo ni dónde, y saltar el charco: México D.F. podría albergar la próxima librería La Central.

En la novela Dublinesca, del escritor español Enrique Vila Matas, la librería La Central de la calle Mallorca de Barcelona, la primera que se abrió hace diecisiete años y que ya es mítica, es un espacio fundamental en la cartografía de Riba, el protagonista, un editor retirado, ex alcohólico y al borde de un ataque de nervios que quiere viajar a Dublín para organizar allí un funeral al invento de Gutenberg, la imprenta: “No, no es un encuentro casual, aunque Ricardo pueda pensar que lo es. Acaban de chocar casi de frente y se han dado un buen topetazo, y por poco vuelan los dos paraguas. Todo ha sido calculado por Riba para que sucediera así, y ahora simula ante Ricardo que estaba simplemente dirigiéndose a La Central, la librería a cuatro pasos de allí, en esa misma calle”.

A La Central se le conoce en el circuito intelectual español como “la librería de los escritores”. Antonio Ramírez, quitándole rimbombancia, dice que es lógico que a los escritores les gusten los libros, aunque reconoce que a lo largo de estos años ha hecho amistad con varios de los autores cuyos libros se pueden comprar en La Central. Tres de ellos, el colombiano Juan Gabriel Vásquez, el español Javier Calvo y Enrique Vila Matas, mandan por correo electrónico textos sobre la librería:

Vásquez: “En Barcelona hay cuatro o cinco librerías que forman parte de mis recorridos cotidianos. Una de ellas es Laie, en la calle Pau Claris: un sitio que nació hace más de veinte años, adonde llegó en 1987 un tipo llamado Antonio Ramírez, y de donde salió el mismo tipo para fundar, ocho años más tarde, junto a Marta Ramoneda, la primera librería que yo conocí cuando visité Barcelona por primera vez. Puestos a hacer psicologías, tal vez sea por eso que tengo debilidad por La Central: porque es la librería de las primeras veces […] No puedo hacer el inventario de lo que he comprado desde entonces, un poco por la misma razón que un fumador no hace el inventario de la plata que se ha gastado en tabaco: por puro miedo […] Me gusta que Antonio y Marta hayan abierto la librería a pesar de que todo el mundo les advirtiera, en esos años del nacimiento de internet, que las librerías iban a morir en poco tiempo. Me gusta que esta librería desmesurada […] me parezca más bien la biblioteca desmesurada de un desmesurado bibliófilo, porque todos los libros que hay en ella son libros que, si yo viviera varias vidas, me gustaría tener. Eso, como lo sabe cualquiera que visite librerías, ocurre cada vez en menos lugares. El otro día, hablando con Antonio, le pregunté por qué creía él que una librería especializada en humanidades había dado tan buenos resultados. ‘Justamente —me dijo él— es que no es una librería especializada: es una librería especial’. Quería decir que su labor no es sólo vender libros, sino anticiparse a los intereses de sus lectores, hacer que un libro y su lector se conozcan. A Antonio le gusta decir que Marta y él son como telefonistas antiguos: quitan un cable aquí y lo ponen allá y logran que ciertos libros y cierta gente se comuniquen”.

Vila Matas: “Con José Francisco Yvars hice el discurso inaugural de la primera Central, la histórica de la calle Mallorca. Eso terminó llevándome a decir unas palabras de presentación en todas las inauguraciones de las diversas Centrales que hay en Barcelona y Madrid (a excepción de la última, la del Callao), lo que ha unido en cierta forma mi destino a esta cadena de librerías. Si bien es cierto que para la inauguración del Callao contaron con Vargas Llosa (yo no pude asistir), no menos lo es que Antonio y Marta me invitaron hace poco a un encuentro con los lectores en Callao, seguramente para que pisara el lugar y lo bendijera y evitar así posibles contratiempos, pues todos tenemos la impresión (algunos con mayor convicción que otros) de que les di más buena suerte que mala suerte a las diferentes librerías. El encanto de La Central hay que descubrirlo por uno mismo. He conocido a mucha gente que no había estado en La Central y que han quedado conmigo allí citados y no he tenido que convencerles nunca de los atributos del lugar. Todo el mundo sale impresionado”.

Calvo: “Hicieron ya de entrada, en los noventa, una serie de apuestas acertadas: asociarse con la alta literatura, lo exclusivo-intelectual y el mundo académico de las humanidades, en un contexto donde se tendía a lo contrario: por entonces aparecían en Barcelona las franquicias de la Casa del Libro, la FNAC, etc., con sus campañas de apoyo al best seller y sus expositores gigantes. Ellos siguieron el itinerario opuesto a ese adocenamiento y en consecuencia crearon un público rabiosamente fiel, que les ha permitido expandirse hasta abrir todos los locales que tienen ahora. Su imagen corporativa siempre ha sido magnífica, su personal lo compone gente con el mismo perfil intelectual que los clientes, son casi un símbolo de distinción y saber hacer. Las famosas bolsitas rojas de papel de La Central son un clásico en la ciudad. ¡Hasta se ve a gente con camisetas de La Central!”.

La entrevista de trabajo “más cabrona de su vida”, según el poeta y traductor de treinta y ocho años Martín López-Vega, fue la que le hizo Antonio Ramírez para un puesto en La Central del Museo Reina Sofía. Fue larguísima y complicadísima, Antonio le preguntó profundamente sobre sus lecturas, sobre su conocimiento del mundo del libro —editoriales, librerías internacionales, quién publica a quién—, sobre sus conocimientos en arte e historia, sobre autores y géneros. Martín, que tiene la cara beatífica y sonriente de un franciscano con barba de tres días y habla de entrevistas cabronas mientras devora una tarta de queso y galleta Oreo, tuvo que usar toda su erudición y su conocimiento del mundo del libro para convencer a Antonio de que lo necesitaba. Las personas que consiguen trabajo en La Central —ciento treinta al día de hoy— pasan a llamarse libreros, no empleados, y se reconocen por una formación plural en humanidades. Es decir, si son filósofos deben saber moverse también en arte, historia y literatura. El caché de “libreros” no es sólo semántico: una vez elegidos por el tribunal Antonio-Marta, tienen voz y voto en la elección de los libros, las recomendaciones, la música que se escucha en los altoparlantes —estilo indie: Nick Cave, Devendra Banhart, Adam Green—, las actividades culturales, la redacción de la revista bimensual que publican y todas esas decisiones que en otras empresas se toman desde arriba, unilateralmente. En La Central es un poco distinto: se sabe quién es el jefe, pero la jerarquía no es la de “aquí mando yo”, sino la de “todos arrimamos el hombro”. Los trabajadores de La Central que dieron su testimonio coincidieron en mencionar que cuando llegan los camiones con las cajas de libros —quinientas novedades por semana—, Antonio y Marta son los primeros que se arremangan y se ponen a descargar.

Después de siete años como librero, Martín López-Vega dejará la librería para emprender nuevos proyectos, pero antes explica por qué cree él que los lectores respetan a La Central.

—Creo que la base de lo que hace La Central es el trato directo con los libros. Nos da igual lo que nos digan los boletines de prensa, nos da igual lo que las editoriales nos digan que destacan: los libros que nosotros recomendamos son los que a nosotros nos gustan, independientemente de quién los haya editado, independientemente de dónde se han editado. O sea, si nos parece mejor podemos poner una pila de una editorial pequeña que sólo ha tirado trescientos ejemplares, quitando un libro de una gran editorial que es la gran apuesta de la temporada. Tenemos muy claro que es una librería de lectores.

Martín habla ahora del escritor Yuri Herrera y del libro La transmigración de los cuerpos (editorial Periférica), una de las recomendaciones más notorias y entusiastas de la librería en los últimos días. La novela apocalíptica del mexicano lleva semanas con la pegatina roja y redonda que reza “La Central Recomienda”, feroz objeto de deseo de los autores porque garantiza visibilidad, pero también orgullo: son míticos los rígidos criterios bajo los que se reparten las recomendaciones de La Central. Marta Ramoneda y Antonio Ramírez, explica Martín, le exigen a todo libro que llevará esa especie de firma suya en forma de pegatina que trascienda la novedad, que sea inteligente, que tenga una voz literaria rica e interesante, que se noten un trabajo y un talento detrás. La librería, con lo que destaca y lo que oculta, con lo que vende y con lo que jamás, parece hacer la función de suplemento cultural, de crítico literario.

—Claro, es un negocio y hay que vender libros, pero nos interesa asumir la responsabilidad de ser un agente cultural —dice Martín López Vega—. Como una de las mayores librerías de Madrid, somos responsables y conscientes de que tenemos capacidad de intervención cultural, e intentamos responder a eso con una propuesta que contribuya al debate. Ahora, por ejemplo, tienen mucho peso las discusiones de economía, política, la gente está reclamando más libros de este estilo. Y luego también ser una librería internacional, tener no sólo las novedades en castellano editadas en España, sino también una buena representación de las cosas que se publican en México, en Argentina, en Chile, o en donde lleguen nuestras distribuidoras. Y luego estar muy al día en lo que se publica en inglés, francés, italiano, alemán… En ninguna librería del mundo caben todos los libros que se publican. Lo que tienes que asumir es la responsabilidad de hacerla con un cierto criterio y no siguiendo lo que te digan los distribuidores o las editoriales.

En el segundo encuentro con Antonio Ramírez, pocas semanas después del primero, nadie pone un reloj sobre la mesa. Es el día siguiente de Sant Jordi, esa extraordinaria fiesta catalana en la que se regalan libros y rosas y en la que, si todo va bien, los libreros hacen en un día la facturación de un año. La cara de Antonio confirma que fue agotador —en la Central de calle Mallorca y en la del Raval había que esperar que alguien saliera para poder entrar—, pero también exitoso —sólo en las Centrales de Barcelona se vendieron, en un día, veinticinco mil libros: 7.5% de las ventas anuales en la ciudad—. Cuando se relaja —descruza los brazos, desarruga el ceño, recuerda en vez de enumerar—, Antonio es un poco menos catalán, si pensáramos que todos los catalanes son secos y directos, y un poco más paisa, si pensáramos que todos los paisas son cálidos y amistosos. Una cosa característica de la librería —que los responsables de La Central destacan constantemente— es que en ninguna de sus sucursales el best seller Cincuenta sombras de Grey o el libro del tío resentido de la princesa Letizia o el del papa Bergoglio tiene el don de la ubicuidad que ostentan en otras librerías. Antonio asegura que “muchas sombras de Grey” sí está “por ahí”, pero después de una buena búsqueda no aparece. La ironía es que en cambio sí está, bien visible, el simpático libro de recetas Fifty shades of chicken (Cincuenta sombras del pollo), de F. L. Fowler.

—Desde el principio fue así —dice Antonio mientras sube las escaleras de la librería—. La raíz del proyecto es una librería que no venda best sellers. La gente del sector nos dijo: “Estáis locos”. No, quizás no. Nos pusimos a hablar con los editores. Decían: “Pero esto es imposible, tienes que vender aquel, esto, esto”. No, no, yo esto no quiero, no quiero la autoayuda. Nos decían: “Es que sois muy elitistas”. Yo digo no, nosotros pensamos que no existe un lector al que le interesen todos los libros: de cocina, las guías de viaje, los best sellers, los policiacos, la alta literatura, Thomas Mann, etcétera, sino que hay gente que tienen unos universos de lectura, unas expectativas que son reconocibles porque, si tú has leído tal cosa, te gusta tal cosa, pero no te gusta cualquier cosa. Nosotros conocemos esos universos de expectativas porque nosotros mismos formamos parte de ellos: ésta es la librería de la que yo sería cliente.

Hoy, una zona del Parque del Retiro, en Madrid, lejos de la librería de Callao, está colonizada por la Feria del Libro de Madrid: durante siete días, más de trescientas casetas transformarán el parque en una librería al aire libre. Sobre la mesa de información de La Central de Callao, detrás de la cual trabaja el librero Jesús Casals —veintiocho años que parecen varios menos, gafas de pasta, cuerpo delgado y menudo— se apilan más de diez ejemplares de Inferno de Dan Brown y otros tantos de La casa redonda de Louise Erdrich. El primer libro es el nuevo best seller del impúdicamente famoso autor de El código Da Vinci. El segundo, una novela de secretos, racismo y sagas familiares que se desarrolla en Dakota del Norte, Estados Unidos, de una autora estadounidense poco conocida. La presencia de La casa redonda sobre la mesa se explica bien. La novela de Erdrich es un hallazgo: muy bien escrita, profunda, llena de tonalidades complejas. Es uno de esos títulos que se esperaría encontrar en La Central. Pero Jesús toma nota de la mirada sobre Inferno, un libro de superventas que no se exhibe en ningún lugar de la librería y que, si uno no pregunta directamente por él, no es capaz de encontrar. Pone la mano sobre la pila de Infernos, y responde a una pregunta que no se ha formulado.

—Esto está para llevar a la Feria del Libro.

Luego explica que en El Retiro, con su confusión de gente, casetas y libreros, el público no hace distinción de dónde se compra qué y, entonces, La Central durante esos días amplía su oferta con autores que normalmente no expondría en ninguna de las sucursales.

—Dan Brown lo tenemos porque se vende, porque lo piden, pero para nosotros no es la propuesta editorial más interesante que queremos ofrecer a nuestros lectores, en primer lugar porque nos interesa otro tipo de literatura, en segundo lugar si todas las librerías en sus escaparates tienen lo mismo, ¿para qué ser uno más? Preferimos ofrecer algo diferente.

A tres mujeres cuyos nombres empiezan con M se les debe la oferta de La Central: Marta Ramoneda, Meritxell Ral y Mireya Valencia. Marta se dedica a seleccionar los libros que formarán parte de la sección literatura, Mireya se encarga del ensayo —historia, filosofía, arte— y Meritxell de títulos infantiles y juveniles. Ellas son, podríamos decir, el comité editorial de todas las Centrales. Pero, ¿cuáles libros salen y entran y cuáles permanecen con los años? ¿Cómo se decide eso?

Jesús Casals explica que la lógica en La Central es más o menos la misma de las bibliotecas: hay un núcleo de libros imprescindibles —Nabokov, La Ilíada, El Quijote, por ejemplo—. A ese “fondo” se le van superponiendo y quitando las novedades, las reediciones, las traducciones. Además de los “imprescindibles”, La Central tiene otras categorías como los long sellers (ese libro que no pierde actualidad y se vende con constancia, como Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, o El nombre de la rosa de Umberto Eco); la “novedad a prueba” (los libros que aún no se sabe qué tal van a funcionar entre el público); los libros “de paso” (aquellos que, por alguna coyuntura particular —aniversarios, elecciones, casos de corrupción— están de actualidad); los “de temporada” (en Navidad, por ejemplo, se refuerza la oferta de libros navideños y, en verano, esas grandes novelas que se leen en la playa). Gracias a un programa informático, todos los libreros saben en qué categoría está cada uno de los ejemplares.

El día anterior al encuentro con el librero Jesús Casals se supo que el autor español Antonio Muñoz Molina era el premio Príncipe de Asturias de las Letras 2013. De inmediato, en una exposición de La Central se quitó el homenaje al escritor José Luis Sampedro, fallecido en abril, y se colocaron las novelas de Muñoz Molina. Así funciona: hay una noticia —un premio, una muerte, un suceso histórico, el lanzamiento de un libro importante— y los libreros de La Central, cada uno en su área, se apresuran a organizar un expositor o una mesa sobre el tema. Varias veces recurren a los compañeros de otra sección y también a libros que no son de actualidad. Así, por ejemplo, al lado de una novela de 2013 sobre la Guerra de los Balcanes puede haber un ensayo publicado en 2005, un libro de crónicas periodísticas que se lanzó en 2002 y un cómic del año pasado sobre el tema. En la planta baja de la librería del Museo Reina Sofía, por ejemplo, Dalí ha explotado y chorrea sobre todo lo demás: libros de arte, reproducciones de cuadros, tazones de desayuno. La razón es evidente: la muestra Dalí todas las sugestiones poéticas y todas las posibilidades plásticas se podrá ver hasta el 2 de septiembre en el Museo y, por lo tanto, una parte de La Central del Reina Sofía es ahora mismo daliniana y —a juzgar por la venta de unos perfumes marca Salvador Dalí llamados Aphrodite— bastante surrealista.

Mientras nos movemos por la librería de Callao con Jesús Casals, el encargado de la sección de Narrativa, Luis de Dios, reemplaza un expositor de novelas clásicas —Platero y yo, Moby Dick— con uno de novelistas estadounidenses. La excusa es la edición de mayo de la revista francesa Le Magazine Littéraire dedicada a les romancières américaines (las novelistas americanas). Luis, que es jefe de sección y, por tanto, decide sobre sus destacados. Reparte a Carson McCullers, Harriet Beecher Stowe y a Joyce Carol Oates en las hileras del expositor. Jesús Casals explica a propósito que los libros más vendidos de La Central, con diferencia, son los de narrativa anglosajona: seis estanterías de suelo a techo de autores traducidos del inglés frente a las cinco de autores en español. Se encoge de hombros y dice:

—Lo español es “qué pereza”, mientras que con lo americano dices “qué buena pinta”. Se podría hacer un estudio sociológico con eso.

Esto lo repiten todos: el respeto que entre los lectores exigentes despierta La Central tiene mucho que ver con Marta Ramoneda, la otra mitad de la librería. Marta es filóloga e historiadora de arte y lee y critica todo lo que tiene intenciones de figurar en su catálogo. Asegura que en veinte páginas sabe si un libro tiene calidad y si va a merecer la pegatina roja de La Central Recomienda.

Marta baja las escaleras color melcocha de La Central de Callao sosteniendo en increíble equilibrio una pila de libros. En el camino pregunta a alguien por la temperatura, se acerca al termostato, vuelve y consulta algo con un camarero del restaurante. Andará por los cincuenta y algo, pero es tan delgada y tan menuda que, de espaldas, parece adolescente. Lleva el pelo corto, rojizo y desflecado, viste jeans, zapatos deportivos y camiseta blanca con motivos geométricos en rojo y negro. Mira poco a los ojos porque parece estar controlándolo todo a su alrededor, la columna vertebral inquieta como una cobra. Luego se atusa el pelo. Luego resopla. Luego vuelve a mirar al camarero que se acerca para tomar el pedido. Marta Ramoneda no tomará nada. Parece que quisiera estar en cualquier sitio menos aquí, en la cafetería El Bistró, escuchando preguntas. A varias de ellas responde: “Pero eso ya te lo dijo Antonio”; “¿Para qué vamos a perder el tiempo contando esto otra vez?”. Y luego, en modo telegráfico, responde a preguntas sobre elección de los libros. Sobre sus momentos de ocio:

—No tengo separado el ocio de la librería, los libros son mi trabajo y también mi ocio.

Sobre sus librerías favoritas del mundo: Ombres Blanches en Toulouse, Francia, y La Central.

Sobre lo que no venden:
—Chorradas.
—¿Y chorradas qué son?
—Chorradas como Mario Vaquerizo (el extravagante marido de la cantante Alaska tiene un libro: Haciendo marajadas, diciendo tonterías). No es lo a mí que me gusta. No todo lo bueno me gusta, pero todo lo que recomendamos es bueno.

Al terminar la entrevista, Marta no se va, se evapora. //

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