La ruta de los cocoteros: un fragmento de la historia cubana

La ruta de los cocoteros

Un cronista cubano llega a pasar las vacaciones con su padre en Miami. Ahí termina trabajando en un oficio que nunca imaginó: recolector de cocos. Este fragmento de la crónica “La ruta de los cocoteros” hace parte de Cuba en la encrucijada: 12 perspectivas sobre la continuidad y el cambio en La Habana y en todo el país. 

Tiempo de lectura: 9 minutos

Mi padre vivía en la 418 E 60 St de Hialeah, en un efficiency tan pequeño que, una vez dentro, no había ningún punto donde yo dejara de verlo a él, o él a mí. Cama, closet, baño y cocina en una promiscuidad que no admitía distinciones. Los espacios eran menos fruto de la arquitectura que de nuestra imaginación. Yo dormía en un colchón de aire a los pies de su cama, justo bajo la rejilla que soplaba frío desde el techo. Mi asma antigua resurgió. Mi tos y mis expectoraciones no nos dejaban dormir. Mi padre tenía que despertarse cada día a las seis de la mañana para repartir y arreglar aires acondicionados hasta bien entrada la tarde.

Trabajaba en el negocio de refrigeración de un viejo amigo que no pagaba mucho, unos cuatrocientos dólares a la semana, y luego, en la noche, se iba a la escuela de inglés.

A veces, ya de regreso, con los codos apoyados en una mesa pequeña, escuchaba varios tracks para ejercitar la pronunciación o afinar el oído, o buscaba algún dato en Google tecleando solo con dos dedos, como si fuera un mecanógrafo disciplinado que en medio del caos transmite mensajes de vida o muerte desde el África profunda. Cada vez que mi padre marcaba una letra, miraba la pantalla para comprobar si la letra había salido. Demoraba insanas cantidades de tiempo en completar una palabra. La humanidad había depositado en él viejas maneras que de otro modo ya se hubieran perdido. Era como un cofre que mantenía ciertos gestos —la lentitud medieval de los copistas— a salvo de las nuevas costumbres. Con el alma empolvada, intentando aprender a los cincuenta años un idioma nuevo, era, mi padre, toda la nostalgia. Es probable que para ese entonces sus mejores horas fueran por la madrugada, cuando podía soñar en español.

Pero mi asma había venido a entorpecerlas. Entonces, aunque yo quería pasar mi estancia juntos, le dije que sería mejor que me fuera a vivir a casa de una amiga, y que él me recogiera los domingos, o en su tiempo libre. Una semana después —durante la cual, por alguna razón, no supe de él— se apareció en la casa de la amiga donde yo pernoctaba y me dijo que tenía trabajo nuevo: tumbar cocos de los jardines de las casas y los espacios públicos de la ciudad, y luego venderlos al por mayor en Hialeah, el barrio cubano de Miami. Cuando me pidió que lo ayudara, dije que sí.

La ruta de los cocoteros, foto 3

Él era un guerrero y estaba feliz con sus nuevos planes. Yo era un cobarde y estaba triste por él. Aunque quizá, después de todo, la vida solo había sido milimétricamente justa. De un pueblucho rural extraviado, y con padres que fueron a la escuela junto con él, Manolo había logrado estudiar y hacerse médico. La Revolución fue la catapulta que lo encauzó. Luego, la misma Revolución, Saturno devorando a sus hijos, hizo que decidiera emigrar, después de haber dirigido policlínicos y hospitales del país durante casi treinta años. Si la Revolución no hubiese ocurrido, dos cosas serían distintas: Manolo cargaría con menos contradicciones que las que carga, y Manolo siempre habría tenido que ganarse el pan como mismo íbamos a ganárnoslo de ahora en adelante. Enfundados en overol, tumbando cocos por la ciudad.

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