El porro del Pepe

En Uruguay es legal fumar mariguana en la calle, pero no la posesión, la plantación ni el tráfico. En 2013 se discutió una ley con la que el Estado controlaría su comercio.

Era un viernes de junio de 2012 y el chofer del ómnibus, Daniel Pintos, a quien todos llaman Kimba, hacía lo que todos los uruguayos por esos días: hablaba con un compañero de trabajo sobre el mentado anuncio del gobierno de legalizar la mariguana en el país. Era durante el descanso entre la llegada de un ómnibus y la salida de otro de la línea 103, que va desde la Ciudad Vieja de Montevideo hasta el kilómetro 23 de la ruta 8, en la periferia de la ciudad. Kimba y el guarda, Martín, escuchaban las noticias y se enteraban de algunos detalles del proyecto de ley. Entonces, Martín dijo: “Me voy a registrar”. Kimba le preguntó qué quería decir con eso, le respondió: “Para poder comprar faso vas a tener que estar registrado. ¡Salió en todos lados!”. Kimba sonrió y tomó su libretita de apuntes de papel reciclado. Escribió: “Hay que registrarse” y se acomodó en el asiento del ómnibus de la Compañía Uruguaya de Transporte Colectivo, Sociedad Anónima (CUTCSA), porque era hora de volver a arrancar.

El día anterior había estado leyendo una nueva composición de Carlos Fernández, un músico freelance que escribe canciones a varios grupos, entre ellos a L’Auténtika, en el que canta Kimba. La tarareó hasta el cansancio durante todo el recorrido en el bus, mientras los pasajeros protestaban por viajar como ganado. Nadie, ni siquiera él, supo que estaba sentando las bases del próximo hit de la cumbia nacional. Esa noche de viernes, Kimba llegó a su casa, releyó la letra que Fernández le había enviado por mail, y le anexó unas líneas de impronta propia. Anotó un supuesto diálogo con uno de sus coristas en el que uno le decía: “Amistá, ¿no te registraste?”, y el otro contestaba: “Rescatate, yo ya estoy registrado”, emulando el léxico de dos marginales.

Al otro día, sábado 30 de junio de 2012, Daniel Kimba Pintos se fue hasta el Canal 4 a hacer las veces de frontman de música tropical. Pelo largo, con bucles y oxigenado; cadenas, pulsera y anillo de oro; camisa abierta para lucir sus joyas, se maquilló y subió al escenario del programa Agitando Una Más. El conductor presentó a su banda, L’Auténtika, y avisó que se venía un tema nuevo. La canción se llamaba “liberaron la maruja” y decía: “El otro día veía a los muchachos festejar / se reían como locos y me paré a preguntar / y uno dijo: ‘Che pelao, ¿vivís en una burbuja? / Es la noticia del año… ¡Liberaron la maruja!'”. Dos meses después tenía más de trece mil reproducciones en YouTube, y cuatro meses más tarde superaba las treinta y cinco mil, sin siquiera un video oficial. El hashtag #elporrodelPepe se multiplicó en Twitter, así como las fotos trucadas con la cara del presidente de Uruguay, José Pepe Mujica, con una cabellera rasta o un cigarrillo de mariguana entre los labios.

El humor y la ironía han sido la forma de exorcizar el desconcierto por parte de los sectores más conservadores de la sociedad. Pero no debería haber tanta sorpresa: Uruguay es un país donde se puede fumar mariguana en cualquier parte porque el consumo no está penado. El dictador colorado Gabriel Terra prohibió, en 1934, el consumo de mariguana y el comercio y la tenencia de opio y coca. Después, con falsa fachada “progresista”, la dictadura de los años setenta decretó la invalidez de la prohibición de Terra y permitió el consumo de mariguana. Desde los años ochenta, con el advenimiento de la democracia, en cualquier plaza, en las fachadas de las universidades, en los patios de los bares y las discos y en los estadios de futbol hay jóvenes fumando mariguana. Cualquiera puede pasar fumando un porro frente a la Jefatura de Policía de Montevideo y no será detenido. Quizá corra el riesgo si convida a un amigo delante de un policía, pero el asunto quedará a criterio del juez de turno.

En el año 2000, el presidente del Partido Colorado, Jorge Batlle, manifestó que el país debía legalizar todas las drogas, empezando por la mariguana. El tema se venía discutiendo desde 1992 entre gobernantes, actores sociales y expertos en la materia. El izquierdista y ex guerrillero Mujica —un floricultor de hablar campechano, afecto a declaraciones llamativas como que el Estado debía importar bolivianos y peruanos para trabajar la tierra— se la jugó al promediar su mandato. El 19 de junio de 2012, con motivo del natalicio del prócer José Artigas, utilizó el recurso de la cadena nacional de radio y TV para abogar por el “respeto a la vida”: “Parecería que en este tiempo, donde estamos un poco más ricos, estamos llenos de ‘chiches’ nuevos, de buenas comunicaciones, de autitos y motitos. Tal vez por tanta abundancia en lo cotidiano y material, terminamos olvidando que el valor central es la defensa de la vida. Nuestra crisis es una crisis de convivencia”, aleccionó el presidente. Y siguió: “Si la vida es el valor primero, nada más importante que la paz, nada más importante que la tranquilidad. Ni la droga ni la cárcel pueden ser una opción. Son una desgracia. No podemos seguir facturando y perdiendo vida. No podemos inutilizar tantos años de vida joven. No podemos concebir que haya jóvenes que balean a otros para conseguir un par de championes o algo por el estilo”. El regaño del abuelito sin nietos no quedaba muy claro, pero dio algunas pistas: “paz”, “tranquilidad” y “droga”. Al otro día se sabría a ciencia cierta qué había querido decir.

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