Los abusos a mujeres en los Legionarios de Cristo

Ellas hablan: los abusos a mujeres dentro de los Legionarios de Cristo

Este año una denuncia cimbró a los Legionarios de Cristo. Una mujer en Santiago de Chile denunció haber sido abusada sexualmente en una casa del Regnum Christi, el brazo femenino de la organización. La noticia reveló que los mecanismos de abuso y encubrimiento fueron más allá del fundador. Este reportaje recopila los testimonios de mujeres que habitaron sus colegios y las que se convirtieron en “consagradas”, mujeres célibes que lo dejaron todo para ser reclutadoras eficaces de nuevas vocaciones. En este brazo femenino, los abusos y las omisiones también se perpetraron.

Tiempo de lectura: 18 minutos

Todo empezó con un gesto menor: quitarle el recreo. Las “consagradas” la alejaban de sus amigas y le hablaban de Dios. Le prohibieron ver al chico que le gustaba. Después le exigieron que no acompañara a sus padres a un viaje a la playa, donde ellos celebrarían su aniversario de casados. Así, poco a poco, la fueron alejando de su mundo, privando de sus afectos y alegrías, y en unos meses ya era la esclava perfecta, de la que abusarían mujeres y hombres sagrados: nada menos que la cúpula de los Legionarios de Cristo en Chile. 

Esa es la historia que cuenta Rosaura, nombre que usaré para resguardar su identidad, y que incendió las redes sociales y la prensa chilenas a fines de junio de 2023. De acuerdo con su relato —recogido de una denuncia civil— Rosaura era menor de edad cuando padeció torturas y violaciones individuales y tumultuarias de siete sacerdotes que ocupaban cargos de gobierno en los Legionarios de Cristo, cuatro de ellos mexicanos. De acuerdo con la víctima, los hechos tuvieron lugar en la casa de las consagradas del Regnum Christi en Santiago de Chile, entre los años 2008 y 2010. Como ha ocurrido con otras denuncias a sacerdotes legionarios, su relato fue descalificado por la congregación religiosa.

Como han reconocido los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, el fundador, abusó sexualmente de más de sesenta menores de edad. No solo eso. En 2020 la organización religiosa admitió tener constancia de 33 sacerdotes abusadores de menores, algunos de ellos apartados de sus funciones sacerdotales. Luego ese número se redujo a veintisiete. La gran mayoría de las víctimas fueron “varones de once a dieciséis años”.

Pero la Legión de Cristo ha sido también una congregación de mujeres. En su mejor momento, a inicios del siglo XXI, sumó a unas mil consagradas: mujeres que lo dejaban todo, familia, fortuna y libertad para vivir bajo las estrictas reglas del Regnum Christi, como se le llamaba —y se le sigue llamando— a la rama femenina. Las consagradas son mujeres que hacen votos religiosos sin ser monjas; son célibes y viven en comunidades; guardan severos códigos de conducta y vestimenta. Una cantidad importante de consagradas se han desempeñado como empleadas o directivas de los numerosos colegios privados de los Legionarios de Cristo.

El voto de silencio

Las supuestas violaciones y torturas de Rosaura en Santiago de Chile coinciden en el tiempo con la época de mayor encubrimiento en los Legionarios de Cristo. Un encubrimiento ordenado desde la directiva con el objetivo de conservar una fama que se caía a pedazos. 

La historia va así: en enero de 2008 Marcial Maciel agonizaba en una mansión de Jacksonville, Florida. En su lecho de muerte estaban Norma Baños y Norma Rivas Baños, su pareja y su hija, respectivamente, quienes lo cuidaban. En espera de la muerte del fundador, también estaba aquellos que integraban la cúpula de la Legión. Revelaciones periodísticas difundidas desde 1997 daban cuenta de los abusos sexuales de Maciel. En 2005, el Vaticano había recabado más de treinta testimonios de abusos del fundador y, en 2006, lo había llamado a retirarse a una vida de oración y penitencia. Por lo tanto, para 2008, dos años después, ya no era un secreto para nadie que Maciel tenía una doble vida. 

O casi nadie. Pero sí había dos personas engañadas: Malén Oriol y María Elena Serrano. Oriol ostentaba la máxima autoridad de las consagradas en el mundo. Su cargo era el de “asistente del director general” y Serrano, una consagrada muy respetada en México. Oriol y Serrano también fueron llamadas a acompañar a Maciel en sus últimas semanas. Mientras los sacerdotes varones gozaban de la lujosa mansión, a ellas las mandaron a dormir a un hotelito barato del rumbo. Oriol y Serrano estaban intrigadas con Norma y Normita, como las conocían. Los legionarios sostenían la mentira de que eran una benefactora y su hija, pero a la muerte del fundador, la verdad salió a flote. 

Unas semanas después, Álvaro Corcuera —el sucesor de Maciel— citó a la cúpula de los Legionarios de Cristo a una reunión en las oficinas de Thornwood, Nueva York. Esas oficinas habían sido los headquarters de la empresa IBM y la congregación las había comprado en más de treinta millones de dólares, como lo había revelado el periodista estadounidense Jason Berry.

—Estamos aquí para ver cómo salvamos esta obra de Dios. Lo más importante es que hagamos un voto de silencio de lo que conocemos —dijo Corcuera. 

La cúpula legionaria aceptó el voto de silencio. Solo dos personas protestaron.

—Yo no puedo… No estoy de acuerdo —dijo Serrano.
—Estoy con María Elena en esto. Hay gente dando su vida pensando que el fundador es un santo y nosotros que tenemos toda esta información… por lo menos que sepan y decidan si quieren seguir o no [en la Legión] —la secundó Malén Oriol.

La protesta no tuvo eco.

Los Legionarios consiguieron mantener en secreto la paternidad de Maciel un año más, hasta que The New York Times la destapó en febrero de 2009.

Pero la Legión ha sido también una congregación de mujeres. Las consagradas hacen votos religiosos sin ser monjas; son célibes y viven en comunidades; guardan severos códigos de conducta y vestimenta. Una cantidad importante se ha desempeñado como empleadas o directivas de los numerosos colegios de los Legionarios de Cristo.

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Legionarios de Cristo

Legionarios de Cristo. Fotografía de Max Rossi / Reuters.

Soldado de su agresor

En 2010 la Iglesia católica admitió que Marcial Maciel había sido un delincuente. Sin embargo, los Legionarios de Cristo difundió la narrativa de que ellos eran los primeros sorprendidos de los delitos de su fundador. Desde esa perspectiva, la congregación quería decir que Maciel era “un cáncer extirpable”, como lo ha definido el sociólogo Fernando M. González, el mayor experto en la historia de la Legión. Muerto el perro se acabó la rabia. 

Pero las historias de dos mujeres, Rosaura y Ana Lucía, dan cuenta de que la Legión de Cristo funcionaba como un mecanismo de abuso y encubrimiento más allá de Maciel. Ana Lucía Salazar lo sufrió por parte de Fernando Martínez Suárez: él mismo, a su vez, había sido víctima de Maciel. Eso lo sabemos gracias a las revelaciones de Juan José Vaca, un exlegionario que enlistó en 1976 a veinte seminaristas vejados por el director general de la institución. Fernando Martínez Suárez fue una víctima que se convirtió en imitador. Un macielito. Este sacerdote murió en julio de 2023 en una casa de retiro de los Legionarios de Cristo en el sur de Italia. 

—No tengo empatía con mi agresor cuando él tenía cincuenta años y yo ocho. Pero sí cuando él tenía quince años y lo agredió Maciel—me dice Salazar—. Me da pena que haya muerto como un soldado de su agresor. 

González documentó en el libro Pederastia clerical: el retorno de lo suprimido (Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM, 2020), que los primeros abusos sexuales de Martínez Suárez datan de 1969 en el colegio Cumbres de la Ciudad de México, cuando un padre de familia se presentó furioso con ganas de golpear al sacerdote. Martínez no solo la libró: lo premiaron. Lo mandaron como director del Cumbres de Saltillo, Coahuila, en el norte del país. Entre 1969 y 1991 va y viene como directivo entre los Cumbres de Saltillo y de la Ciudad de México. En 1990 admite el abuso a una niña y “se informa de los hechos al P. Maciel [y éste] decide mover al padre Martínez y nombrarlo director del Instituto Cumbres de Cancún en el verano de 1991”, de acuerdo con un reporte de los Legionarios de Cristo publicado en el libro de González. Allá conocerá a Ana Lucía Salazar.

El padre Fernando Martínez y la prefecta de disciplina Aurora Morales, del Cumbres de Cancún. Cortesía de Ana Lucía Salazar.

Dios nos estaba viendo

Veo las fotos de Instagram de Ana Lucía Salazar. Analú, como la conocen, conoció la fama cuando tenía dieciocho años: compitió en 2003 en “La Academia 2”, el reality show de TV Azteca donde jóvenes probaban suerte como cantantes. Cientos de sus fotos la retratan como una rubia bella y feliz en los estudios de televisión. 

Analú habla torrencialmente. Se toma tiempo para compartirme historias de víctimas de abuso clerical en pueblitos de México y en grandes capitales de América Latina. Tiene contacto con ellas. Las acompaña. Su acento norteño está salpicado de “perros” y “pendejos”, como una regiomontana típica. 

—Entendí que yo estaba precondenada por la sociedad por ser una víctima. Cuando yo denuncio salen un montón de “odiantes”. No falta el día que alguien me diga: “seguramente te gustó que el padre te cogiera a los ocho años”.

La familia de Analú llegó a Cancún en 1991. Provenía del Cecvac de Monterrey y a sus padres les pareció natural inscribirla en otro colegio de legionarios de aquella ciudad. Pero a sus siete años Analú era una niña tímida y solitaria, sin amigos. Pronto le cayó el bullying escolar. Y tenía una desventaja: carecía de pedigrí. No tenía un apellido glamuroso como el de las demás. No era rica. Su padre era un emprendedor de clase media.

Era presa fácil para un depredador.

Ana Lucía Salazar comparte esta fotografía suya que data de los años en el colegio Cumbres, de los Legionarios de Cristo.

Fernando Martínez la cultivó. La hizo su amiga. El ciclo del abuso tenía un ritual: la prefecta de disciplina, Aurora Morales, la sacaba del salón y la llevaba con él. Él la conducía a un cuartito donde guardaba las hostias consagradas. 

—Fernando Martínez me decía que Dios nos estaba viendo y que no estábamos haciendo nada malo. Se fingió mi amigo para violarme. 

Analú le contó a su mamá. “Por favor pídele al padre que ya no me haga lo que hace”. Efraín Salazar, el papá, salió furioso a reclamarle al cura, quien se arrodilló a pedirle perdón. Y ahí se activó el mecanismo de encubrimiento. 

El obispo de Cancún, Jorge Bernal, también de los Legionarios de Cristo, recomendó a los papás que no fueran a denunciar a las autoridades, “porque a la niña la iban a volver a violar” en el peritaje.

—En el colegio yo estaba sola y mi único amigo era Fernando Martínez, [después de mi denuncia] también lo perdí a él, lo perdí todo. Ni siquiera me volvió a voltear a ver —recuerda Analú Salazar —para mí fue un golpe horrible, [otros niños] me decían que estaba infectada, que daba asco.  

Ella no era la única niña abusada. Cuatro niñas de tercero de primaria se acercaron a las maestras Beatriz Sánchez y Lorena Riboon, contaron que el padre Martínez abusaba de ellas en la capilla y en su oficina. “Pero lo que más nos preocupa es que ahora va con las más chicas”, le dieron entender a las maestras: las siguientes víctimas eran de kínder y tenían entre tres y cuatro años. Las niñas denunciantes le escribieron a las maestras cartas donde le contaban las vejaciones del director del colegio. Estos hechos ocurrieron meses después del abuso a Analú. 

Ante las denuncias, los legionarios optaron por repetir el esquema: mandaron a Fernando Martínez al seminario de Ontaneda, España, sin reportar el caso a las autoridades civiles. A Aurora Morales la enviaron al Colegio Irlandés, en Monterrey. Nunca promovieron una investigación imparcial. Por el contrario, los legionarios echaron a Sánchez y a Riboon, las maestras denunciantes, del colegio Cumbres. Una suerte similar corrió la familia Salazar. El empresario Roberto Chapur, cercano a los Legionarios de Cristo, le advirtió a Efraín Salazar que, “así de grande está la puerta para entrar a Cancún, así está de grande para que se vayan. Ustedes no son bienvenidos aquí”, de acuerdo con el relato de Efraín Salazar al historiador Fernando González. La misma historia me la cuenta ahora Analú Salazar. 

Efraín Salazar lo recuerda: “me empezaron a bloquear créditos, a bloquear trabajos, nos cayó el Seguro Social, nos cayó Hacienda, hasta que decidimos volver a Monterrey”, dice en una entrevista para el libro Pederastia clerical o el retorno de lo suprimido.

—Me costó treinta años entender que el abuso no era por mí, que no había nada especial en mí, simplemente que yo estaba ahí —me dice Analú, quien se animó a denunciar después de ver el documental Examen de conciencia, sobre abusos sexuales en la Iglesia española. El 2 de mayo de 2019 hizo pública su denuncia en Facebook. En unas horas se viralizó y, esa noche, la llamó Azucena Uresti para entrevistarla en vivo en televisión abierta.

—Nunca he obtenido justicia del Estado, la Iglesia, los Legionarios… ningún tipo de verdad, reparación integral de daños ni garantía de no repetición —dice Analú Salazar.  

La familia de Analú llegó a Cancún en 1991. Provenía del Cecvac de Monterrey y a sus padres les pareció natural inscribirla en otro colegio de legionarios. A sus siete años Analú era una niña tímida y solitaria. Pronto le cayó el bullying escolar. Y tenía una desventaja: carecía de pedigrí. No tenía un apellido glamuroso. No era rica.

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Legionarios de Cristo

El sacerdote irlandés O’Reilly de la orden católica romana conservadora de los Legionarios de Cristo y sus dos abogados asisten a su audiencia en un tribunal de Santiago. Fotografía de Ivan Alvarado / Reuters.

La pecadora

Rosaura entró al Colegio Cumbres de Santiago de Chile en 1996, cuando tenía cinco años, y permaneció ahí hasta 2007, cuando inició su camino para ser consagrada del Regnum Christi. Ella advierte que es introvertida y de autoestima frágil. “Si tuviera una personalidad más fuerte, pude haber actuado distinto ante los hechos que expongo”, afirma en su denuncia civil. 

Rosaura entró a los grupos conocidos como ECyD —acrónimo de “Educación, Cultura y Deporte”, una rama juvenil de los Legionarios de Cristo y el Regnum Christi—. Ahí las consagradas le dijeron que podía ser una de ellas. En su interior eso significó “pasar de ser nadie a ser una prioridad”. Pero a partir de entonces arreciaron las presiones: debía decidirse rápido. De lo contrario actuaba como “una egoísta que no quería decirle sí a Dios”. Ahí empezaron a apartarla de sus amigas, a prohibirle hablar con el chico que le gustaba, a exigirle que no se fuera de viaje con su familia. Tenía que pedirles permiso para actividades cotidianas “a las que siempre se oponían pues me decían que yo debía ser de Dios y renunciar a todo”. 

Las presiones funcionaron y el 29 de febrero de 2008, a los dieciséis años, Rosaura entró al Centro Estudiantil, un espacio para que ella discerniera si tenía vocación para ser consagrada. Este Centro Estudiantil estaba dentro de la casa de las consagradas, y no había mayor diferencia en la manera de vivir de unas y otras. Rosaura ya estaba dentro de “una institución total”, como la sociología llama a las organizaciones en donde sus integrantes hacen todas sus actividades: ahí viven, ahí trabajan y ahí construyen todas sus relaciones. No se hace nada fuera de su control. 

Rosaura estaba separada de su familia, sus amigas y de su antigua escuela. Se le asignó una “asistente”, la consagrada brasileña Heloísa Cardin Santa Rosa. Si Rosaura quería ir al baño en horas de estudio, tenía que pedirle permiso porque “se estaba saliendo de la voluntad de Dios… en este sentido, mi asistente era la voluntad de Dios y decidía si daba permiso o negarlo”, añade Rosaura en su denuncia. A ella debía mostrarle sus cartas, e-mails y hasta sus pensamientos si los anotaba en un papel. Heloísa decidía si esas cartas se enviaban o no, también controlaba la correspondencia recibida. Se le prohibía tener amigas dentro del Centro Estudiantil. La única persona con la que podía tener una relación era con su asistente. De acuerdo con el testimonio de Rosaura, Cardin Santa Rosa le redujo los alimentos, le limitaba las visitas familiares (permitidas cada quince días); le imponía penitencias sin explicación alguna y le aumentaba los turnos de limpieza y de servir las comidas a otras mujeres del Regnum Christi. Era una vida basada “en la anulación de la voluntad”, afirma Rosaura. “Me dejó en la fragilidad máxima, aislándome estratégicamente para apoderarse de mí”. Por eso, dice, cuando Heloísa le ponía atención “podía ser el mejor día de mi vida”. 

Hasta aquí el relato de Rosaura se parece al de otras exconsagradas. Me lo cuentan Nelly Ramírez y Elena Sada, que estuvieron doce y dieciocho años, respectivamente, en el Regnum Christi. El control de la vida era absoluto. El relato de Rosaura eleva este control a un grado de violencia sexual brutal. 

Cuenta Rosaura: “Cuando estaba en la máxima fragilidad, Heloísa empezó a abusar de mí”. Describe: entraba cuando me estaba duchando. Me tocaba. Me hacía que la tocara. Me golpeaba. Si hacía ruido por miedo o dolor me torturaba hasta que aprendiera a guardar silencio. Si no ponía cara de dolor me castigaba por “sucia”, por tener pensamientos impuros. Dice: fue Heloísa quien me llevaba a las violaciones grupales con sacerdotes y seminaristas. Y fue Araceli Delgado, la superior de las consagradas y directora del Colegio Cumbres femenino, quien consintió los supuestos abusos que cuenta Rosaura: “en ocasiones en que me abusaron la vi asomarse, cerrar la puerta y cuidar que no se viera nada”.

Los abusos escalan. Rosaura nombra a cada uno de sus abusadores, el cargo que ostentaban y los daños a los que presuntamente la sometieron. Los señalados como violadores formaban parte de la cúpula de los Legionarios de Cristo y la mayoría eran mexicanos. Empieza por Alfredo Márquez, entonces director del Colegio Cumbres masculino. También menciona a los sacerdotes José Gerardo Cárdenas Jiménez, director territorial de los Legionarios en Chile y Argentina, además de Juan Luis Cendejas y Luis Miguel Herrera, también mexicanos, y a Daniel Reynolds y Pablo de Juan, sacerdotes que iban a recibir confesiones, dar dirección espiritual y celebrar misas. Afirma que en los ataques también participaron seminaristas, que no logró identificar. Los nombres de estos sacerdotes han sido mencionados en los medios chilenos La Tercera, El Mostrador, Fastcheck, entre otros.

Rosaura describe algunas escenas de las violaciones. Eran grupales. Los perpetradores estaban borrachos o drogados y a Rosaura también la intoxicaban. A veces le privaban los alimentos para que estuviera más débil. Los abusos ocurrieron en la sacristía, el baño de servicio, la lavandería, el cuarto de calderas, la bodega y hasta un automóvil. De acuerdo con el relato de Rosaura, en los abusos había golpes, sometimiento físico, burlas, amenazas con cuchillos. Uno de los supuestos perpetradores, mexicano, alentaba a los agresores con la expresión: “échenle ganas con esta pecadora”.

Rosaura entró a los grupos conocidos como ECyD, una rama juvenil del Regnum Christi. Ahí las consagradas le dijeron que podía ser una de ellas. Pero a partir de entonces arreciaron las presiones: debía decidirse rápido. De lo contrario actuaba como “una egoísta que no quería decirle sí a Dios”

Ofender a Dios

Nelly Ramírez se ríe. Es alegre. Tiene muchas ocupaciones: dirige una asociación civil dedicada a la educación y es madre de familia. Viaja. Toma llamadas. Pareciera que quiere recuperar los doce años que pasó aislada del mundo como consagrada del Regnum Christi. Me gustan sus oficinas en el barrio del Pedregal de San Ángel. Reflejan el buen gusto de su abuelo, don Pedro Ramírez Vázquez, uno de los arquitectos mexicanos más célebres del siglo XX. Hizo el Estadio Azteca, la Nueva Basílica de Guadalupe, el Museo de Antropología, y el gobierno le encargó la organización de los Juegos Olímpicos de 1968. Me agradan las escaleras de caracol hechas en madera fina y los amplios jardines. En homenaje a su memoria, la silueta del arquitecto Ramírez Vázquez está grabada en un ventanal.

Nelly Ramírez estudió toda su formación en escuelas de legionarios, desde el kínder hasta la maestría. Iba en la primaria en el Instituto Godwin, donde la reclutaron las consagradas para formarte parte del ECyD.

—Ni cultura ni deporte ni educación. Nos hablaban de quiénes habían sido el padre Marcial Maciel y [su madre] mamá Maurita —me dice.

“¿Será que tengo un llamado?”, se preguntaba Nelly. Pero no tuvo que discernirlo mucho: su directora espiritual decidió que ella sí lo tenía. “Y si ella lo decidía, ya te fregaste”, dice Nelly. Así se convirtió en consagrada. Pronto se dio cuenta de que tenía que seguir un montón de reglas que antes no conocía. Reglas sobre cómo comer una manzana, cómo subir y bajar las escaleras. 

Tiene un recuerdo reiterado: las reuniones de balance. Cada dos semanas se reunían las consagradas que compartían una casa para autoinculparse. “Me acuso de ofender a Dios por dejar una taza en el lugar incorrecto, me acuso de ofender a Dios porque…” Cualquier falta a las normas de urbanidad del Regnum Christi era una ofensa a Dios. Nelly afirma también que estaban prohibidas las “amistades particulares”: es decir, estaba prohibido ser amiga de las mujeres con las que compartían la vida las veinticuatro horas del día. No podías tenerlas porque entonces tu corazón ya no pertenecía solo a Dios.

Nelly tenía derecho a una llamada al mes con su familia y siempre había cola para el teléfono, así que a veces eran llamadas muy rápidas. Poco a poco fue rompiendo vínculos con su familia. Y se convertía en una eficaz reclutadora de nuevas vocaciones, y uno de los semilleros más importantes era el ECyD. 

—¿A cuántas mujeres reclutaste?

—Como consagradas, a doce o trece. Una no se ha salido todavía. Y me sigue doliendo —me dice.

Nelly se salió del Regnum Christi porque su papá le rogó que leyera el testimonio de José Barba, denunciante de Marcial Maciel. Lentamente y con ayuda de otros sacerdotes, psicólogos y otras consagradas, consiguió romper con la organización a la que había dedicado su vida. En 2011 publicó el libro El reino de Marcial Maciel, la vida oculta de la Legión y el Regnum Christi en un sello del Grupo Editorial Planeta.

“¿Será que tengo un llamado?”, se preguntaba Nelly. Pero no tuvo que discernirlo mucho: su directora espiritual decidió que ella sí lo tenía. “Y si ella lo decidía, ya te fregaste”. Así se convirtió en consagrada. Pronto se dio cuenta de que tenía que seguir un montón de reglas. Reglas sobre cómo comer una manzana, cómo subir y bajar las escaleras. 

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José Barba, el principal denunciante de Marcial Maciel. Fotografía de Victoria Razo.

Salida y revictimización

Rosaura decidió abandonar el Centro de Estudios. De acuerdo con su relato, la superior, Araceli Delgado, “no opuso resistencia, solo se limitó a hacerme sentir una basura”.

Inició terapia psiquiátrica y psicológica en 2014 y en 2019 presentó una denuncia ante la Iglesia católica. Su denuncia se dividió en dos investigaciones, que tuvieron resultados muy diferentes. La Iglesia encargó al sacerdote diocesano Francisco Walker una investigación sobre los posibles abusos exclusivamente de las consagradas del Regnum Christi. De acuerdo con el relato de Rosaura, Walker concluyó que las acusaciones eran verosímiles. Pero la investigación sobre los señalamientos a los sacerdotes tuvo un resultado muy distinto. El padre David Albornoz, encargado de la pesquisa, afirmó que no había elementos suficientes para sancionar. La causa fue archivada. Las consagradas aprovecharon esta decisión para desestimar, también, la investigación de Walker en su contra.

Rosaura afirma que fue revictimizada en el camino. El padre Albornoz la sometió a cuestionarios de hasta siete horas en plena pandemia. Al mismo tiempo que Albornoz investigaba, Gabriel Bárcena, director territorial de los Legionarios de Cristo en Chile, comisionó una investigación paralela a un abogado mercantil, que interrogó a familiares y amigos de Rosaura, quienes se enteraron de las presuntas agresiones por los interrogatorios del letrado.

Las fechas son coincidentes. Mientras archivaban la denuncia de Rosaura, los legionarios difundían el documento “Proteger y sanar”, fechado en marzo de 2020, en donde enfatizaban: “La Legión de Cristo […] ha de contar con órganos permanentes de escucha, acogida y acercamiento para recibir señalaciones o denuncias contra miembros de la Legión […] que hayan cometido algún abuso sexual y dar el debido seguimiento. Asimismo, facilitará que cualquier persona presente sus acusaciones a organismos independientes, si así lo desea, donde goce de un ambiente en el que se sienta segura”.

Gabriel Bárcena, director territorial de los Legionarios de Cristo en Chile, comisionó una investigación paralela a un abogado mercantil, que interrogó a familiares y amigos de Rosaura, quienes se enteraron de las presuntas agresiones por los interrogatorios del letrado.

Huir de puntitas

Veo a Elena Sada huir de puntitas, en medio de la madrugada, como un rehén cuando escapa mientras duermen sus captores. Huía de su vida de consagrada del Regnum Christi, al que le dio su vida durante diecinueve años. Padece una profunda depresión. Pienso en la paradoja: Sada proviene de una de las familias más emblemáticas de Monterrey, Nuevo León. Desciende de don Eugenio Garza Sada, cabeza de la cervecería Cuauhtémoc, fundador del Tec de Monterrey e ideólogo la burguesía mexicana de los setenta. El papá de Elena Sada, Andrés Sada Zambrano, fue presidente de la Coparmex —un poderoso sindicato empresarial— durante los sexenios de Luis Echeverría y José López Portillo. Una familia de mucho dinero y poder.

Todo empezó con una anécdota divertida: un sacerdote impecable toca las puertas de una mansión en San Pedro Garza García. Se le ha ponchado la llanta del automóvil. Le invitan a pasar. Conversa con la señora de la casa, Pilar Flores, madre de Elena Sada. Y de ese encuentro casual Pilar se convertirá en una de las más activas promotoras de los Legionarios de Cristo en Monterrey e impulsará la fundación del Cecvac, el colegio de niñas que fundó la Legión.

Ahora Elena Sada tiene dudas: ¿de verdad se ponchó la llanta? ¿O fue sólo un ardid para entrar a la casa de una persona que sería clave para introducir a los legionarios con las élites regiomontanas?

Marcial Maciel reclutó a Elena Sada. El fundador de los Legionarios era una visita asidua en su casa y la convenció de consagrarse. Cuando ella manifestaba dudas, Maciel la reprendía: “eres un globo inflado de egoísmo” por no entregarse a Dios. Para olvidarse de tentaciones, Sada se desangraba la pierna con el cilicio por las noches. ¿Cuántas más de sus compañeras de casa se torturaban con el cilicio? No lo sabe: una de las reglas era no mostrarse desnudas aunque durmieran en la misma recámara. 

Elena se convirtió en una gran adquisición para los Legionarios de Cristo. La mandaron a Estados Unidos en donde aprendió a reclutar mujeres para el Regnum Christi y a captar donantes. Una máquina de generación de dinero y recursos humanos. Cada tanto el padre Maciel citaba a los directivos de la Legión en Estados Unidos en el complejo de Thornwood, a que le rindieran cuentas del crecimiento de la organización, reuniones a las que ella acudía. 

Hay un momento que la marcó: se enteró por accidente de que su padre estuvo al borde de la muerte tras un infarto. Cuando reclamó a su superior por qué no le habían informado, la respuesta fue seca: para no distraerte de tus responsabilidades.

Con el tiempo Elena perdió la salud mental y física. Bajó de peso hasta quedar en los huesos y se sumió en una profunda depresión. La relevaron de algunas tareas, pero no fue suficiente. Por eso, una madrugada del otoño de 2001, tras diecinueve años como consagrada, se quitó las zapatillas, bajó las escaleras sigilosamente de la casa del Regnum Christi en Potomac, Maryland —pasó junto a un retrato de Marcial Maciel— y escapó de su vida de consagrada como quien huye de la prisión. Con los años y estudios de Psicología, pudo procesar su experiencia y contarla en el libro Ave negra, la historia de una mujer que sobrevivió al reino de Marcial Maciel (Madre Editorial 2020), construir una familia y una carrera profesional como profesora universitaria.  

Gabriel Bárcena, director territorial de los Legionarios de Cristo en Chile, comisionó una investigación paralela a un abogado mercantil, que interrogó a familiares y amigos de Rosaura, quienes se enteraron de las presuntas agresiones por los interrogatorios del letrado.

José Barba. Fotografía de Victoria Razo.

Involucrar a posibles delatores

Tras la denuncia de Rosaura se cimbró la Legión de Cristo no solo en Chile, también en México. Dos de los sacerdotes nombrados ocupaban puestos directivos en colegios legionarios de Guadalajara y Aguascalientes, y renunciaron a sus cargos en tanto se aclaraban las acusaciones. En un comunicado, la Legión recordó que el caso ya había sido desestimado por el Vaticano. El 27 de agosto los Legionarios emitieron un comunicado en donde afirman que los siete sacerdotes señalados solicitaron a la Fiscalía chilena que investigara los hechos. Y solicitó que, en respeto a su presunción de inocencia, no se hicieran juicios anticipados. 

Yo me enteré del relato de Rosaura por la prensa chilena. A las pocas semanas me contactó Martín Mewes, de 34 años. Me contó su historia: padecía un fuerte alcoholismo hasta que acudió a terapia. Estaba al filo de perder a su familia. Y descubrió la triste verdad: había sido abusado de niño por dos sacerdotes legionarios en el colegio San Isidro, ubicado en Buin, un suburbio al sur de Santiago. Uno de ellos era Luis Francisco González, no mencionado en la denuncia de Rosaura. El otro, Daniel Reynolds. Unos días después de contactarme, Mewes escribió una carta pública con su testimonio y cimbró a las élites chilenas, porque él mismo provenía de una familia de la élite de ese país. Su papá es nada menos que el presidente de la Confederación de la Producción y del Comercio, la principal asociación empresarial chilena.

La comunidad del Colegio San Isidro reaccionó con una misiva firmada por quinientos padres de familia respaldando las denuncias: “Nos emociona y nos provoca una profunda admiración y gratitud tu valentía. Tu testimonio, el de Rosaura y el de muchos otros niños y niñas que siendo adultos se han atrevido a denunciar, son el motor de la energía transformadora que se vive hoy en nuestra comunidad”.

Treinta y dos exconsagradas de diversos países de América Latina se solidarizaron también con Rosaura en una carta pública: “Fuimos sometidas a un ambiente en el que el abuso de poder y conciencia eran lo común, y en donde las agresiones sexuales, que se describen en la demanda, sí se pudieron haber dado”. 

Entre las firmantes está Elena Sada. 

Le pregunto por las agresiones sexuales que denuncia Rosaura. ¿Son creíbles?

—No dudé al firmarla porque sí se pudieron haber dado fácilmente por las condiciones. Lo más difícil de creer, que es el group rape… pero en la dinámica de poder de la Legión es posible porque si yo hago algo y no quiero que los otros me delaten, entonces lo que hay que hacer es involucrar a los posibles delatores.

Lo mismo que hacía Marcial Maciel, añade. El fundador involucraba a otros seminaristas en sus abusos. Hacía también sesiones sexuales grupales —hay testimonios publicados—. Sada me dice que para los Legionarios de Cristo la prioridad es cuidar el nombre de la organización. 

—Es una dinámica y filosofía institucional —añade.

Los abusos en la Legión no eran sólo cosa de hombres. También ellas hablan. 

 


EMILIANO RUIZ PARRA. Ciudad de México, 1982. Estudió Letras Hispánicas, fue reportero de Reforma, es colaborador asiduo de Gatopardo y ha escrito los libros de crónica Ovejas negras, rebeldes de la Iglesia mexicana del siglo XXI (Océano, 2012), Los hijos de la ira. Las víctimas de la alternancia mexicana (Océano, 2015), Obra negra (Tierra Adentro, 2017) y Golondrinas. Un barrio marginal del tamaño del mundo (Debate, 2022). Ha enseñado literatura medieval, ha dado talleres de periodismo narrativo y desde 2020 es titular de la Unidad de Investigaciones Periodísticas de la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM.

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