Hambre en la Sierra Tarahumara: Los rarámuris piden que llueva

Hambre en la Tarahumara

Para los rarámuri, y otros pueblos vecinos de la Sierra Tarahumara, las enfermedades se combaten con la espiritualidad, pero ésta no ha sido suficiente para acabar con la desnutrición que se ha vuelto mortal en el noroeste de México. La pandemia de Covid-19 llegó a esta región acompañada de una terrible sequía que amenaza con ensanchar aún más la brecha de marginación social y privar de servicios básicos a una zona históricamente violenta.

 

El inicio del confinamiento coincidió con la Semana Mayor en México. Las autoridades municipales y eclesiásticas utilizaron su estructura en la región de la Sierra Madre Occidental, en el norte de México, para advertir a las comunidades indígenas que una enfermedad muy contagiosa acechaba al mundo, que quedaba prohibido reunirse de manera masiva y que esta medida se estaba adoptando globalmente. Sin embargo, las comunidades de la Sierra Tarahumara estaban más preocupadas por la tuberculosis, que no ha cesado en la región; un año antes, en 2019, se detectaron 700 casos, la mayoría en Ciudad Juárez y el resto en zonas serranas. Para el primer semestre de 2020, se acumularon 234 casos en Parral (entrada a la sierra por el sur del estado de Chihuahua), así como en Chínipas y Guadalupe y Calvo. La tuberculosis, que aún no logra ser erradicada, afecta con mayor fuerza a las personas con desnutrición; tuvieron que pasar años para que las etnias indígenas la asimilaran como un padecimiento que, si es tratado a tiempo, no conlleva la muerte y, ahora, tendrán que comenzar a integrar a la Covid-19 en sus vidas.

Para los indígenas serranos —rarámuri o tarahumaras, ódami o tepehuanes, pimas y guarijíos—, un nuevo ciclo de vida inicia con la Semana Santa. A partir de ésta, durante un mes, realizan ofrendas, bailan y tocan música. Festejan la vida. Desde las rancherías, la gente acude a la fiesta en los centros ceremoniales, que ellos mismos han elegido por años, para asegurar que tengan buena cosecha y un ganado saludable, y que estén en paz. La fiesta es una fusión de la cultura prehispánica de las etnias chihuahuenses y la evangelización cristiana. En la última década, la violencia de los cárteles de Sinaloa y Juárez se ha convertido en un tema crucial; las fiestas o rituales han disminuido en varios puntos por amenazas de los grupos delictivos. Sus abusos contra las niñas y jóvenes son recurrentes en los yúmare, las ceremonias en las que se ofrecen alimentos y la bebida ancestral —el tesgüino— para dar fuerza a su Dios y que pueda enviarles porvenir. Solo en algunos puntos de encuentro han logrado reunirse con menos peligro.

La fiesta comienza el miércoles de Semana Santa, cuando los atuendos coloridos y portes solemnes en hombres y mujeres inundan los centros ceremoniales. Los hombres visten trajes de manta, taparrabo o tagora y una cinta alrededor de su frente, llamada koyera. Las mujeres, faldas floreadas con colores vivos, con los que reflejan su alma. Tambores, flautas y violines acompañan a los matachines y pascoleros, los bailarines tradicionales. El día y la noche del Jueves Santo danzan y tocan. Nombran bandero al hombre que más respeto tenga en la comunidad y que consideren digno de encabezar la ceremonia, y éste baila al frente, con otros jóvenes y mujeres. En la última procesión de la noche, cargan a la Virgen Dolorosa con vestimenta rarámuri. Otros más, cargan al Judas. Por la noche, pintan a dos danzantes que se eligen para pelear contra los fariseos; alrededor de fogatas, tocan violines, tambores y, de vez en cuando, canta alguna persona. La fiesta se vuelve risas y jolgorio, porque los pascoleros vencerán y quemarán al Judas. Cada comunidad regresa caminando y visita cada casa a su paso, donde los aguardan comida y tesgüino. El yúmare puede durar días. Los tarahumaras, mientras, bailan y festejan el inicio del año nuevo entre siete y 25 días antes de volver a casa.

Pero en 2020 no hubo yúmare.

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