El hombre de la señal

En agosto de 1972, un intento de fuga de presos políticos argentinos se convirtió en masacre por un error de interpretación de Jorge Lewinger. Conoce su historia.

Lewinger tiene ojos claros. Por momentos más verdes, por momentos más grises o más pardos, según cómo le dé la luz. Llega serio al bar Relax, en el centro de la ciudad de Buenos Aires. Un lugar clásico, un poco antiguo, con mesas y sillas de madera oscura, paredes revestidas en madera oscura, una barra de madera oscura. Algunas pinturas abstractas brillantes y ventanales que dejan entrar el pálido resplandor de esta mañana del 5 de mayo de 2017. Afuera, el sol se hace sentir denso detrás de un cielo de plomo. Las nubes que lo cubren amenazan con desarmarse en lluvia de otoño. Lewinger luce joven. Viste jeans, una camisa a cuadros Lacoste y una suerte de mochila-maletín negra. Sin embargo, en las manchas de la edad y en el involuntario temblor de las manos cuando abre un sobre de edulcorante y revuelve el café se dejan ver sus 72 años. Su voz es firme. Hasta que habla de la fuga.

—Yo cometí un error, que es lo que siempre me atormentó: creí que había habido un problema y que estaban avisando que suspendiéramos. Cuando llegamos, dimos aviso a los compañeros de adentro para que comenzara la fuga. Después de eso, no había ninguna señal pautada. A las 18:45 entró el Falcon. Y entonces aparece una señal que alguien hace agitando una frazada, o algo parecido, desde una de las ventanas de un pabellón del penal. Nosotros teníamos que entrar después del Falcon. Pero cuando veo eso, decido que nos retiremos. Dimos la vuelta, los dos camiones y yo. Paramos a los 10 kilómetros y me doy cuenta de que el Falcon había entrado y no había pasado nada. Que el plan seguía. Entonces volvemos. Pero mientras nosotros volvíamos a la cárcel, con la camioneta y los dos camiones, los que pudieron escapar en el Falcon y en taxis se estaban yendo al aeropuerto. Y ahí se pudre todo.

“A partir de esta señal, que a mí me pareció de fracaso, le digo a los camiones que nos retiremos —dice Lewinger en el documental Trelew, de 2004, de la cineasta Mariana Arruti—. Y a mitad de camino, nos ponemos a conversar y allí se me aclara la cosa. De que no, [de que la señal con la frazada desde el pabellón del penal] no era una señal de que la cosa estaba mal. Entonces decidimos regresar para ver si todavía estábamos a tiempo de ayudar a sacar compañeros.”

* * *

El 15 de agosto de 1972, a las 18:24, en la cárcel de Rawson, militantes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y Montoneros —una organización guerrillera de la izquierda peronista— comenzaron a cantar: “¿Con qué armas, señor, pelearemos? ¡Con las que les quitaremos!, dicen que gritó”. Era la letra de una zamba, y la señal que indicaba que comenzaba la fuga.

A través de un guardia, que era cómplice, habían conseguido un uniforme militar y una pistola, la única con la que contaban para empezar la toma. El plan era simular una inspección militar en el penal, tan habituales en esos días de dictadura: una persona con uniforme y otras de civil recorriendo los pabellones era la forma de operar de las fuerzas de seguridad. De este modo avanzarían y reducirían a los guardias sin despertar sospechas. Así lo hicieron: al escuchar la zamba, miembros de las principales organizaciones de lucha armada del país —Montoneros, FAR y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP)— coparon las diferentes áreas del edificio. A medida que avanzaban y encerraban a los guardias, les sacaban los uniformes. Militantes disfrazados de policías relevaron a los oficiales de turno a la hora del cambio de guardia en las garitas de seguridad de la entrada. En apenas diez minutos el penal estaba tomado. Todo iba según el plan.

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