Cinco cosas (o más) sobre "Páradais" de Fernanda Melchor

Cinco cosas (o más) sobre Páradais

Una reseña –¿ligeramente a destiempo?– sobre las reacciones ante la novedad editorial, las interpretaciones que guían o se imponen sobre la lectura del último libro de Fernanda Melchor y algunos aspectos más que todavía no se han comentado.

Tiempo de lectura: 7 minutos

¿Cuánto dura la novedad?

Páradais (Random House Mondadori, 2021), la nueva novela de Fernanda Melchor, se publicó a inicios de febrero, y ya desde un par de semanas antes todo el mundo estaba hablando de eso. Y cuando digo todo el mundo me refiero, claro, al reducido grupo de personas lectoras de literatura en México que, voluntariamente, responde de manera afectiva a la novedad como categoría estética: ya sea con una entrega incondicional o fundamentalmente en contra de todo lo que se presente como novedoso. La publicidad y el ruido que acompañaron la novela hacen que escribir una reseña un mes más tarde se sienta como un ejercicio extemporáneo, después de que ha tenido lugar el intercambio estándar en el que críticxs escriben, periodistas entrevistan y autorxs agradecen de todo corazón las generosas y atinadas críticas y las entrevistas en la mayor cantidad de redes sociales a su alcance.

Se compran libros por kilo

Las novedades podrán durar poco, pero los juicios y prejuicios sobre ellas permanecen un poco más de tiempo y dirigen o limitan su interpretación. Por ejemplo: desde su primera novela, Falsa liebre (2013), una de las críticas que se le ha hecho a Fernanda Melchor tiene que ver con sus historias. Historias que, a decir de algunos, ya se han visto tanto en sus crónicas anteriores (reunidas en el libro Aquí no es Miami) como en muchas otras películas sobre infancia y adolescencia en el margen de la sociedad. Frente a este tipo de objeción que insiste en ser repetida y adaptada (la última vez que la vi, comparando los libros de Fernanda Melchor con la película Ya no estoy aquí de Fernando Frías), lo que se tiene que decir son dos obviedades necesarias. Una: que Fernanda Melchor no hace películas, sino que escribe libros, y que es por su escritura que ella ha tomado un lugar relevante en el campo cultural mexicano. La otra: que incluso si hiciera películas, hace falta preguntarse por qué no podemos leer más allá de la trama.

“¿Valía la pena presentar esta historia?”, se pregunta alguien genuinamente en su canal de crítica de libros. ¿Qué hacer –sigue la pregunta– con un libro tan corto? Obvio, estas son preguntas retóricas (el título del video es: “El decepcionante Paraíso de Fernanda Melchor”) pero responderlas es importante para evitar que estos comentarios tipo “¡Una estrella solamente! ¡Pésimo servicio al cliente!” pasen por crítica de libros. No, no valía la pena presentar esta historia: nos estamos muriendo, todos. Nada vale la pena. Y no, no hay nada que hacer. Este libro no es tan gordo como el anterior y uno puede leerlo o no leerlo. Y da igual.

Canonicemos a Fernanda Melchor

No hace falta decir que Páradais es una buena novela, porque está claro que la calidad o el valor de una obra artística es el resultado de un acuerdo de la comunidad, y a estas alturas hay suficiente gente de acuerdo en que Fernanda Melchor es una de las mejores escritoras de este momento que decirlo da un poco igual. Eso no significa que no sea posible indicar momentos de crisis en los que este libro deja ver un poco más de costura que Temporada de huracanes, por ejemplo, e incluso que Falsa liebre. Nicolás Cabral y Rafael Lemus han señalado ya el determinismo social que articula el estilo y el lenguaje de la novela, pero determinismo al fin; o la atemperación de esta novela en comparación con la anterior. Rosana Ricárdez, en una crítica que sólo le he leído a ella, señala justamente que la aspiración de la novela de no nombrar al crimen organizado deja de funcionar debido al exceso de menciones que hay sobre “aquellos”.

En todo caso, el acuerdo es: estamos frente a un gran libro.

Y es cierto.

Pero como todo esto ya se ha dicho, lo que ofrezco a continuación son cinco cosas que creo que todavía pueden comentarse como aspectos relevantes de la novela, para volver a decir que Fernanda Melchor nos está salvando de las historias de artistas que sufren mucho mientras cenan curry en su casa en Polanco, pero sobre todo nos está salvando de la escritura insípida que comunica esas historias.

Páradais hace ruido

Hay gente que llegó al grado de asegurar que hacía muchos años que no se veía tanto interés y expectación por un “libro serio”. Eso es lo que pasa con la publicidad: nos hace creer que todo es único, incluidos nosotros. Sobre todo nosotros. Pero la verdad es que este tipo de anticipación o expectativa no son atípicas en el medio cultural mexicano, y todavía hay libros que nos provocan discutir en público. Piensen, por ejemplo, en la segunda edición de Casas vacías (2019) de Brenda Navarro o en Había mucha neblina o humo o no sé qué (2016) de Cristina Rivera Garza, para mencionar dos ejemplos relativamente recientes. Pero si obviamos la publicidad, creo que parte del ruido que hubo alrededor de la publicación de esta novela habla de que Fernanda Melchor tiene ya un grupo de lectorxs muy al pendiente de las cosas que hace. Considerando el grado de dificultad de su novela anterior, se podría decir que ella ha hecho algo que poca gente del medio logra: tener fans con alto nivel de comprensión lectora. (Quizá otra persona que ha vivido esto es Luis Felipe Fabre). Y no me refiero a la nebulosa categoría de “escritora de culto”, una etiqueta tan difícil de justificar y tan inútil, en mi opinión, como la de “escritora sobrevalorada”. Me refiero a que Fernanda Melchor ha logrado que su escritura esté en el centro de la conversación pública. Independientemente de la amplitud del mundo cultural y literario, ha logrado esto gracias al talento de su escritura, no a la publicidad que se crea alrededor de una nueva novela más.

Páradais demuestra que Fernanda Melchor tiene un proyecto, no sólo libros

Voy a recordar mal la cita, pero en sus diarios Ricardo Piglia definía el estilo como la convicción profunda que tienen lxs escritorxs de tener un estilo. O algo sí. A Fernanda Melchor le podríamos agradecer varias cosas, entre ellas: que se tome su tiempo para escribir, y que piense lo que escribe. Ya desde sus crónicas, pero sobre todo en sus tres novelas, la escritura de Melchor es reconocible tanto a nivel de frase (lo que la gente insiste en presentar como oralidad, pero que no es otra cosa más que la ilusión de oralidad) como a nivel de proyecto literario. Cada nuevo libro presenta una nueva exploración de lo que Roberto Cruz Arzabal describió desde la primera novela de Melchor como la experiencia de la violencia. Coincido con Rafael Lemus cuando dice que a Melchor “le bastó apenas una novela para fundar uno de los estilos más distinguibles y potentes de la literatura contemporánea en nuestro idioma”, pero lo que no entiendo es por qué parece que hemos decidido olvidarnos de Falsa liebre, un libro que al parecer no se ha vuelto a reeditar y que no ocupa, en mi opinión, el lugar sobresaliente en el imaginario literario del siglo XXI en México que le corresponde.

Páradais dialoga explícitamente con un clásico de la literatura mexicana. Y ésta es sólo una de muchas otras lecturas que se pueden hacer de este libro

Me refiero a Las batallas en el desierto. Ya todo el mundo lo ha señalado porque (¡abracadabra!) está en el epígrafe. Este diálogo se centra menos en el supuesto enamoramiento simplón de Carlitos por Mariana y se ocupa de temas más relevantes. Por ejemplo, el espacio urbano que en La batallas es un espacio de nostalgia, donde convive gente de clases sociales y orígenes étnicos diferentes, en Páradais se presenta como un territorio intervenido por el narcotráfico y la gentrificación. En Las batallas la colonia Roma hace de miniuniverso donde es posible la conversión de una familia ultracatólica de clase media en una familia ultracatólica de clase alta. En Páradais el fraccionamiento demuestra que la brecha socioeconómica entre pobres y ricos es infranqueable y que la única convivencia posible entre estos dos mundos es mediante la explotación. El rasgo más distintivo podría ser descrito a nivel de evento. En Las batallas todos los cambios por los que atraviesa el país están de fondo; todo pasa a través de la experiencia y el recuerdo del narrador. En Páradais no hay posibilidad de experiencia; no hay salida para el deseo ni oportunidad de movilidad social; el país y su desintegración están en primer plano aunque la insistencia de referirse al crimen organizado como “aquellos” me hace pensar que hubo alguna intención de hacerlo aparecer en segundo plano. Pacheco contó, a veces de manera poco refinada, el pasado que había dejado de existir. Melchor cuenta de manera fina la imposibilidad del presente.

Páradais propone un reto de traducción

Se escribe paradise pero se pronuncia páradais. ¿Cómo van a titular la novela cuando se traduzca (seguramente pronto) al inglés? Esto puede parecer una pregunta tonta. Probablemente lo sea, pero pido dos líneas para explicarme. No es un secreto que la hegemonía del mercado cultural anglófono ha rebasado la importancia que algún día tuvieron los mercados culturales en España. La gente sigue enviando (inexplicablemente) su novela al premio Alfaguara, pero todos sabemos que lo que importa es que te traduzcan al inglés. Sophie Hughes hizo un trabajo magnífico al comunicar en inglés la densidad, el peso y el amplio registro de la prosa de Temporada de huracanes. Páradais es una novela más amable con los lectores (aunque la gente se queje en Youtube). Se ha mantenido la estructura de párrafos largos, pero el vaivén de puntos de vista fluye más rápidamente. La prosa es más ligera. Para la traducción del título hay dos opciones y me da curiosidad saber cuál escogerán: respetar el original y, con él, mantener esa ambivalencia que hay en toda la narración entre cómo se escribe y cómo suena el mundo; o normalizarlo, hacerlo legible para el público anglófono, y titularla Paradise, lo que sería realmente una pena.

Páradais propone una historia con muchos principios, pero con un solo final

¿Cuándo empieza la historia de Polo y Franco? ¿Cuando se conocen y comienzan a emborracharse juntos? ¿Cuando Polo se ve obligado a tomar un trabajo por el que ganará una miseria? ¿Cuando Milton, amigo casi hermano de Polo, es secuestrado? ¿Cuando el abuelo de Polo estuvo a punto de construirle una lancha? ¿Cuando Franco se obsesiona con la vecina y planea una manera de forzar un encuentro sexual? Algo que hace bien esta novela es demostrar que no hay origen, o al menos no hay un solo origen para la tragedia. El final, abierto, en modo condicional, nos sugiere la imposibilidad de una salvación real. Algo que la novela no hace es condenar o redimir. En el mejor de los escenarios posibles todo seguiría igual: la explotación, la misoginia, la brecha socioeconómica inabarcable, la violencia. La imposibilidad del paraíso. El hartazgo. La descomposición. O el poder que, por fortuna, todavía tienen las historias para decir algo.

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