Central de ciencia: el Nobel de Medicina
Los ganadores de este año abrieron la puerta a una nueva era en el tratamiento del cáncer.
octubre 15, 2018

Cada año hay una temporada, poco más de una semana, que tiene en vilo a todas las personas que se dedican a las ciencias, la economía, las letras y a mantener nuestro mundo más o menos en orden. Durante estos días se anuncia, uno a la vez, a los ganadores de los premios Nobel; un grupo de personas que se saben candidatas esperan junto al teléfono la ansiada llamada que les anuncie ganadores del reconocimiento más importante de su disciplina, acompañado de un gran cheque de 9 millones de coronas suecas (equivalentes a casi 19 millones de pesos mexicanos).

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Tasuku Honjo y James P. Allison / Fotografías vía Wikimedia Commons.

Da la impresión que el único Nobel que le interesa al público no especializado es el de Literatura; sobran las quinielas, la especulación, reaparece la duda permanente de si este año ya se lo darán o no a Haruki Murakami, seguidas por un boom en la venta de los libros de quien resulte ganador. Sin embargo, al dejar de lado al resto de los premiados nos perdemos de entender qué descubrimiento, avance o procedimiento cambió el rumbo de una disciplina y cómo se entrelaza esto con nuestra vida y nuestro planeta.

Por esto, hoy quiero platicarles sobre el primer Nobel 2018 del que nos enteramos, el de fisiología o medicina. Este fue otorgado al estadounidense James P. Allison y el japonés Tasuku Honjo por su trabajo sobre el sistema inmune ante el cáncer. En pocas palabras, lo que este par de científicos logró es entrenar al primero para combatir al segundo. Esto podría parecer simple, pero no lo es.

La cosa está así. Nuestros maravillosos cuerpos tienen un complejo sistema que nos defiende de agentes externos, posibles patógenos y células propias que ya no funcionan bien; en resumidas cuentas, de todo aquello que pudiera hacernos daño o enfermar. Este sistema inmune es generalmente muy eficiente para detectar amenazas y neutralizarlas, pero hay ciertas cosas que se le escapan. Y las células cancerosas son especialmente buenas para esconderse de nuestras defensas.

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Parte de una secuencia de seis pasos de la muerte de una célula cancerosa. / Fotografía vía Wikimedia Commons.

El cáncer es un conjunto de enfermedades caracterizadas por un crecimiento y reproducción anormal de nuestras células, que adquieren el potencial de invadir otras partes del cuerpo. Estas células, que nos hacen tanto daño cuando forman tumores malignos que viajan a través de nuestro cuerpo, tienen mecanismos de defensa que hacen que nuestras células inmunes no las reconozcan como peligrosas y por lo tanto no busquen eliminarlas. Uno de estos mecanismos es alterar la función de ciertos sistemas de “freno” que sirven para evitar que el sistema inmune ataque nuestras células y tejidos sanos. Estos sistemas son, literalmente, vitales: ¡Imagina que tu sistema inmune se vuelve loco y empieza a pensar que tus propias células sanas son amenazas! (Esto pasa en las enfermedades autoinmunes, de las que algún día hablaremos aquí).

Estos “frenos” son en realidad un grupo de proteínas que se encuentran en las células inmunes llamadas células T; son un tipo de glóbulos blancos que funcionan como soldados de nuestro sistema inmune, enviadas por nuestro cuerpo para batallar contra las infecciones y enfermedades. Y literal, como si fueran el ejército mexicano y nuestro cuerpo una carretera hacia la costa de Oaxaca, estas proteínas actúan como retenes que hacen que estos soldaditos puedan identificar si la célula que tienen enfrente es un inocente turista medio hippie yendo en auto a acampar o un criminalillo moviendo drogas a través de nuestros caminos y puentes federales. Con esta información, deciden si atacar o no atacar. El cáncer es de esos criminalillos: logra engañar a las células T uniéndose a las proteínas-retén evitando así que ataquen la enfermedad.

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Células del tejido conjuntivo humano en cultivo. / Fotografía cía Wikimedia Commons.

Lo que lograron los doctores Allison y Honjo fue identificar estas proteínas-retén y trabajar sobre la idea de que, si la acción de estas se suprime, entonces las células T no tendrían ningún inconveniente para reconocer y atacar a las células cancerosas. Cada uno de estos investigadores identificó una proteína diferente, y la labor de ambos permitió que se desarrollaran medicamentos realmente novedosos contra el cáncer, que le han dado alternativas y remisión a pacientes con casos complicados de estas enfermedades.

Novedosos y efectivos, sí, pero con algunos problemillas: estos medicamentos son caros (un año de terapia cuesta alrededor de 2 millones de pesos), no funcionan más que para ciertos tipos de cáncer y pueden tener efectos secundarios medio feos. Esto se debe a que quitarle el freno a las células T implica que estas pueden ponerse agresivas contra nuestros tejidos sanos y hacerles daño. Inflamación al hígado, daño a la tiroides y al páncreas y la posible aparición de artritis reumatoide son algunos de los efectos secundarios de estos medicamentos. Sin embargo, una gran cantidad de pacientes ha optado por arriesgarse a padecerlos y la decisión tenido resultados extraordinarios contra cánceres agresivos que no respondían a otros tipos de tratamiento.

Micrografía de un carcinoma ovárico mucinoso teñido por H&E. / Fotografía vía Wikimedia Commons.

Independientemente de los medicamentos específicos que se desarrollaron a partir de las dos proteínas con las que trabajaron estos brillantes científicos, lo relevante de su investigación es que nos regresaron la esperanza de lograr que nuestro propio cuerpo pueda combatir ese conjunto de enfermedades que se ha llevado tantas vidas. A partir de ese importantísimo avance se realizarán más investigaciones, se identificarán y controlarán otros mecanismos, y se diseñarán más medicinas. Se abrió la puerta, pues, a una nueva era de tratamiento del cáncer. Y esto ciertamente merece ser premiado.

 

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