La actitud de una corriente de la oposición ante los votantes de AMLO

Regañar no es persuadir

¿Cuál es la pedagogía democrática que se requiere a la mitad del sexenio de López Obrador y de cara a las elecciones de 2024? Para conseguir los votos de quienes lo apoyaron en 2018, ¿es efectivo regañarlos?, ¿el escarnio y el hostigamiento realmente los harán cambiar de opinión?

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Nadie se calma cuando le gritan exasperadamente “¡ya cálmate!”. Es imposible gestionar un desacuerdo –no digamos resolverlo– cuando la comunicación entre las partes sólo se limita a intercambiar agravios, descalificaciones o amenazas. Las personas no reaccionan favorablemente cuando se sienten agredidas. De hecho, atacar a alguien por tener una opinión distinta a la nuestra es acaso el método más eficaz para lograr que no cambie de opinión. Las recriminaciones no crean entendimiento, el escarnio tampoco instruye. Persuadir es lo contrario de doblegar: no es imponer en el otro nuestras razones, es incitarlo a que encuentre esas otras razones en él.

Es una descortesía tener la razón, decía Borges. Y olvidó decir, quizá para no ser descortés, que querer tenerla ferozmente y a costa de todo –incluso de los efectos contraproducentes que esa actitud tan antipática puede provocar– es una forma de equivocarse. Yo estoy bien, tú estás mal; ¿qué política democrática es posible en esos términos? Si ciertos lopezobradoristas menoscaban la noción de ciudadanía al excluir de su “nosotros” a todo aquel que no se someta a su definición del pueblo o no milite del “lado correcto” del antagonismo que plantean, también existe cierta corriente de antilopezobradoristas que incurre en un menoscabo idéntico al negarle legitimidad a sus contrincantes y asumirse como el verdadero “lado correcto” de ese conflicto. No es una fortaleza de la oposición admitir los parámetros establecidos por la retórica que (se supone) quieren combatir.

En ese antilopezobradorismo hay una falta de inteligencia política muy nociva para sus propios fines. Vivir en una democracia significa aceptar que estamos obligados no sólo a coexistir con puntos de vista distintos sino, también, a acatar la voluntad de la mayoría; y si resulta que la mayoría apoya la causa lopezobradorista, de un modo u otro o por el motivo que sea, no hay manera de disputarle el poder a dicha causa que finalmente no pase por quitarle votos, es decir, por hacer que sus partidarios cambien de preferencia. Mientras el lopezobradorismo siga siendo mayoritario, sus opositores tienen que hacer el esfuerzo de no alienar a la mayoría que lo aprueba (o, al menos, a una parte de ella).

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