Café Tacvba por Julian Herbert - Gatopardo

Café Tacvba

—Yo no soy periodista —digo al sentarme a la mesa frente a ellos. Es un vano intento de ablandarlos. —Despreocúpate —responde Joselo Rangel con aire socarrón—: nosotros tampoco somos músicos. Así que, para darme valor, me bebo de un jalón el mezcal Alipús que alguien puso frente a mí y comienzo este interrogatorio que en […]

—Yo no soy periodista —digo al sentarme a la mesa frente a ellos. Es un vano intento de ablandarlos.

—Despreocúpate —responde Joselo Rangel con aire socarrón—: nosotros tampoco somos músicos.

Así que, para darme valor, me bebo de un jalón el mezcal Alipús que alguien puso frente a mí y comienzo este interrogatorio que en realidad vengo planeando desde una tarde de 1992, cuando escuché por vez primera a Café Tacvba en la explanada del Monumento a la Revolución.

Cafe Tacvba, int1

Están a punto de lanzar un nuevo álbum, El objeto antes llamado disco, que fue grabado en cuatro recintos (el Samsung Studio en el barrio de San Telmo, Buenos Aires; el bar Liguria de Puerto Montt, Santiago de Chile; el Auditorio BlackBerry de la Condesa, México, DF, y los Eastwest Recording Studios de Hollywood, en Los Ángeles) bajo un concepto singular: tocar canciones inéditas frente a un público reducido —menos de cien personas—, para luego seleccionar la mejor toma de cada track e integrar así la versión definitiva del producto; una especie de híbrido entre el “en vivo” y la placa de estudio. Así que, para abrir boca, les pregunto de dónde surgió la idea de trabajar así. Ni siquiera se miran: es obvio que se han puesto de acuerdo de antemano y la respuesta a esa pregunta corresponde a Joselo.

—La propuesta vino de Rubén. Teníamos algunas canciones montadas y nos juntábamos a trabajar todos los días. Empezamos a planear la grabación. Una de las posibilidades era viajar a Berlín y producirlo todo en un estudio de allá. Pensamos: “Sería increíble, ¿no?”. Estábamos viendo si había presupuesto. Entonces llegó Rubén y dijo: “A mí me gustaría grabarlo con público”. Ahí empezó un camino radicalmente distinto al que veníamos recorriendo.

—¿Qué tanto se conecta el haber grabado de este modo con el origen de la banda a finales de los ochenta, cuando tocaban en pequeños foros?

Quien responde es Rubén Albarrán:
—Yo encuentro esa conexión en el hecho de que rompimos una estructura de tiempo que venía funcionando desde que firmamos con una compañía. Nuestro primer disco es diferente a los que le siguieron porque las rolas que lo forman no fueron concebidas para estar ahí: las hicimos para tocarlas frente a un público. Las canciones crecieron en vivo y llegaron maduritas al estudio. Luego firmamos y, a partir de Re, las canciones fueron compuestas primero para el disco y de ahí pasaban al foro, a las giras, a la promoción. Lo que hicimos ahora fue regresar a ese primer momento: desarmar la estructura impuesta por la industria. Compusimos las canciones y las presentamos y las grabamos casi al mismo tiempo. El hecho de que tuviéramos gente ahí escuchándolas, observándonos, hizo que nuestra música se transformara al momento mismo de ser registrada.

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