El rey de la soja. El agrónomo que se convirtió en empresario controvertido

El rey de la soja

Gustavo Grobocopatel es presidente de Los Grobo, una empresa argentina de agronegocios que factura 800 millones de dólares por año, administra 150 mil hectáreas (repartidas entre varios países) sembradas en 60 por ciento de soja.

Sobre el piso de listones anchos el pie izquierdo y desnudo de Gustavo Grobocopatel se yergue tenso, como si no fuera un pie sino un esforzado órgano de la respiración, algo que busca desesperadamente un poco de aire mientras él, los ojos cerrados, la voz entonada, canta:

Pa’ ofrecerle a mi dueña tengo un palacio, tengo un palacio, con un catrecito y tiento, cobija y trapo, cobija y trapo.

Es un día feriado, pasadas las once de la mañana, y el departamento, en la zona de Puerto Madero, Buenos Aires, donde el metro cuadrado puede costar —y cuesta— más de ocho mil dólares, rebosa de una vitalidad optimista, deportiva. En la mesa, puesta para seis y cubierta por una manta indígena de colores fuertes, hay fuentes con ensalada, una botella de vino abierta. Gustavo Grobocopatel, acompañado al piano por un hombre de melena larga, canta una zamba, un ritmo folklórico nacional, vestido con jeans negros, camisa oscura, punteando la melodía con la mano derecha, descalzo, y, como si su pie izquierdo lo ayudara a respirar, se yergue sobre él en las notas altas, pisa con la planta llena en las más graves. Cuando termina, el rostro encendido, la barba corta y roja, los ojos celestes coronando un cráneo rotundo y una altura de más de un metro noventa, le dice al hombre del piano:

—¡Muy bien, muy bien! Es muy lindo lo que hacés, esos arreglos. Bueno, compañero, ya estamos. Tomemos otro mate.
—¿Tarea cumplida?
—No, no, no. La tarea nunca está cumplida. Un guerrero nunca descansa.

Dentro de dos meses, Gustavo Grobocopatel ofrecerá un recital en un espacio público, el Centro Cultural Recoleta, y esta mañana, antes de un almuerzo con amigos, ensaya con el pianista Gustavo Hernández un repertorio que incluye esa zamba, “La Tucumanita”, de Atahualpa Yupanqui.

—Vamos a hacer el mate.

Pronuncia las eses con la misma naturalidad con la que a veces, por ser un hombre del interior (tiene 53 años y nació y vivió hasta hace cinco en Carlos Casares, un pueblo de 20 mil habitantes de la provincia de Buenos Aires, a 300 kilómetros de la capital), las aspira. Camina sin erguirse del todo, como si la altura lo hubiera acostumbrado a un leve encorvamiento que le confiere la actitud de quien se dispone a escuchar una confesión. Hace pocos meses se separó de Paula Marra, su mujer durante 25 años, con quien tiene tres hijos (Olivia, de 22, Rosendo, de 20, y Margarita, de 17), y desde entonces vive en este sitio que le presta su padre: dos habitaciones, living con cocina incorporada, dos baños y vista al río de la Plata. En la sala hay una biblioteca con libros de filosofía, marketing, ensayos, fotografía, un sofá gris de varios cuerpos, un sillón de orejas color ocre, tres mesas redondas bajas, una alfombra antigua, un par de cuadros. El estilo es austero, con algunos toques de diseño como el de dos pantallas negras que, muy bajas, iluminan dramáticamente la mesa principal.

CONTINUAR LEYENDO
COMPARTE

Recomendaciones Gatopardo

Más historias que podrían interesarte.