En busca de personaje. Conversación con José María de Tavira.

En busca de personaje

José María de Tavira creció tras bambalinas. Como hijo de Luis de Tavira, director de la Compañía Nacional de Teatro, y de la actriz Rosa María Bianchi, pasó su infancia en teatros. Al decidir dedicarse a los escenarios, se enfrentó a las expectativas que sus apellidos imponían.

José María de Tavira se está tomando las cosas con calma. Tras grabar varias películas y un par de series de televisión, ha decidido tomarse un tiempo para descansar, viajar, tocar el piano y repensar su carrera. Cansado de los papeles de “galán”, está a la paciente espera de historias y personajes que le permitan llevar su carrera de actor a nuevos territorios y satisfacer, no las expectativas de otros, sino las propias. El teatro que lo vio crecer continúa llamándolo a volver, quizá ya no como actor, sino a montar un proyecto completamente suyo, que le dé la libertad de dar rienda a inquietudes artísticas, propias y heredadas. Desde un café de la colonia Juárez, con su característico look desenfadado, con shorts, playera y el cabello alborotado, habla con Gatopardo de su infancia, su adolescencia y su carrera, además de lo que verdaderamente le interesa en la vida.

Alejandra González Romo› Como hijo de Luis de Tavira, director de la Compañía Nacional de Teatro, y de la actriz Rosa María Bianchi, creciste literalmente en el teatro. ¿Cómo recuerdas esa etapa de tu vida?

José María de Tavira› Con el teatro tengo una relación amor-odio y eso tiene que ver con mi infancia. Por un lado fue maravilloso. Cuando mis hermanos y yo éramos muy chicos mis padres no nos podían dejar en la casa, ni encargarnos con nadie, así que nos llevaban al teatro. Crecimos tras bambalinas, jugando con los vestuarios, con la utilería, con la escenografía, y haciendo travesuras entre las cortinas. Pero así como me encantó criarme ahí, ésa es la razón por la que no jugué tanto en los parques o con los amigos de la cuadra. Pasaba muchísimo tiempo en el teatro con mis padres, pero ellos estaban trabajando, y no conmigo. Entonces, así como me dio muchas cosas, también me quitó otras tantas. Al crecer, mi familia nunca me presionó para dedicarme al teatro, sin embargo, llegando a la adolescencia fue algo que yo busqué. Cuando me tocó decidir qué quería hacer de mi vida, tenía muchos intereses. Me atraía la música, la filosofía y la literatura, pero me decidí por lo que mejor hacía, porque la música me encantaba, pero nunca fui lo suficientemente talentoso para llenar mis propias expectativas.

José María de Tavira, 2

AGR› ¿Recuerdas cómo fue tu primera audición?
JMT› Claro, perfectamente. Tenía doce años y fue totalmente accidental. En ese tiempo yo tocaba la guitarra y venía Paco de Lucía a dar un concierto a la ciudad, así que le pedí a mi mamá que me comprara dos boletos como regalo de cumpleaños. Me los compró, pero por alguna razón ya no pudo llevarme, así que le preguntamos a nuestro vecino, que era actor, si podía acompañarme. Aceptó ir conmigo, pero tenía que pasar antes a hacer un casting a la colonia Del Valle. Eran las oficinas de Claudia Becker, que conocía más o menos a mi madre, y cuando me vio me preguntó si no quería pasar también a hacer un casting, era para La máscara del Zorro. Para mí esa grabación fue padrísima. Era una película enorme, de seis meses de filmación, de esas que ya casi no se hacen hoy en día. Las dimensiones eran algo realmente incomprensibles para mí. Había más de 120 camiones llenos de utilería, y alrededor de 2 mil extras todos los días. No había un stunt para el Zorro, sino 12, y para su caballo negro, como 15. Era impresionante. La mayoría de mis escenas se grabaron en Tlaxcala y me tomó como tres meses, casi repruebo primero de secundaria por culpa de el Zorro.

AGR› ¿Una vez que decidiste dedicarte al teatro sentiste presión por lo que se podía esperar de ti?
JMT› Sí, muchísima, por eso no quise estudiar en México. Decidí irme a otro país donde no conociera a nadie y nadie me conociera a mí, para poder relacionarme con el teatro de forma individual y sin todos esos elementos que me habían rodeado toda la vida. En México nunca hubiera podido dejar de ser hijo de mi padre o de mi madre. Mi hermano Pedro sí lo hizo y le ha ido muy bien. Estudió en el cut y claro que le tocó luchar contra eso, pero creo que al final de cuentas le trajo más beneficios que perjuicios. Yo no me atreví, además tenía muchas ganas de ir a conocer el mundo y éste era un gran pretexto para hacerlo. Con los años que han pasado desde que regresé a trabajar a México, yo creo que ya nadie me busca por mis apellidos. Creo que ya he hecho suficientes cosas como para que digan, “a pesar del nombre es malísimo”, o “a pesar del nombre, lo hace bien”.

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