Hebe de Bonafini, lider de la Asociación Madres de Plaza de Mayo
Reportajes

La Madre de la desmesura

Los hijos de Hebe de Bonafini desaparecieron en 1977. Desde entonces preside la Asociación Madres de Plaza de Mayo, el movimiento de mujeres que comenzó a buscar a sus hijos desaparecidos durante la última dictadura cívico-militar.

La pequeña habitación sin ventanas apenas puede contener la cantidad de imágenes que cuelgan de sus paredes. Ahí dentro sólo hay espacio para un escritorio, tres sillas y un modular. Alrededor, al menos un centenar de fotos muestran a la mujer de pañuelo blanco en la cabeza abrazada a Fidel Castro, conversando con el subcomandante Marcos, riendo con Yasir Arafat, acompañando en un acto a Lula Da Silva, posando junto a Evo Morales, susurrándole al oído a Néstor Kirchner. Pegados con cinta scotch se cuelan dibujos de niños —uno que le hizo la hija de Hugo Chávez, en el que se ve una nena pintada de muchos colores que dice: “Hebe hace mucho que no te veo”—, cartas escritas de puño y letra, fotos sin enmarcar. Fotos de su papá, de su mamá, de su hermano, de su hija, de la Plaza de Mayo.

—Yo aprendí a hablarle de igual a igual a cualquiera. Para mí no existen reyes ni príncipes —dice la mujer del pañuelo blanco, que ahora lleva el pelo canoso peinado cuidadosamente con una raya al medio.

Sobre su escritorio hay una vieja radio de mano, un reloj con la imagen de la expresidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner y una pequeña agenda abierta, apoyada sobre la biografía del papa Francisco. Al lado, el teléfono celular que empezó a usar hace pocos meses y todavía no entiende bien cómo funciona.

—El otro día le mandé un WhatsApp a Francisco diciéndole que no reciba a unos sindicalistas que querían verlo, que son unos fachos. No les voy a decir quiénes eran, pero no los recibió. Bueno, no perdamos tiempo. Hoy les puedo dar una hora.

La mujer, a punto de cumplir noventa años, habla acelerada y golpea sus pies contra el piso. En esta fría mañana de mayo viste una remera roja, un saco rojo, un pañuelo rojo, las uñas y los labios finos pintados de rojo. Está sentada en una silla gris acolchada de respaldo alto, desde la que todos los días da indicaciones a su secretaria, recibe a quienes la visitan —periodistas, dirigentes políticos—, duerme siestas de veinte minutos y graba videos con mensajes que se viralizan en las redes sociales.

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