Sueldos covid: Los efectos de la pandemia en los mayas – Gatopardo

Entre despidos y “sueldos covid”: Los efectos de la pandemia en los mayas del Caribe mexicano

A raíz de las medidas de confinamiento por la pandemia, la actividad económica sufrió una caída severa, pero ésta se exacerbó entre quienes ya se encontraban en una situación de vulnerabilidad por la pobreza, el género y la discriminación racial. La población maya del Caribe mexicano no fue la excepción. Este reportaje combina las estadísticas económicas y del mercado laboral en Quintana Roo y Yucatán con algunas historias de las y los trabajadores del sector hotelero.

Tiempo de lectura: 23 minutos

 

 

Hasta el 12 de marzo de 2020 Jovany May Itzá no creía que los viernes 13 fueran de mala suerte. Claro que había es­cuchado rumores de que un virus estaba por alterar muchos aspectos de su entorno, pero el joven maya originario de la comisaría Kimbilá, en Izamal, Yucatán, y residente de Playa del Carmen, Quintana Roo, no auguraba nada de lo que estaba por ocurrir. “China está muy lejos”, pensaba cada vez que leía alguna noticia sobre los primeros casos de covid-19 y su veloz propagación a través del globo te­rráqueo. En aquel momento tampoco estaba muy preocupado por su futuro laboral como chef. Después de todo, a sus veintiséis años ya contaba con alrededor de dieciocho de experiencia. Él dice que su oficio, desde los ocho años, es perseguir la sazón de su madre, a quien solía espiar mientras preparaba platillos tradicionales. Se paraba en un rincón y, en una especie de voyerismo culinario, se obsesionó con averiguar cómo su madre lograba que platillos como el frijol con puerco, el lechón, la cochinita pibil y el sus­tancioso potaje de lentejas tuvieran un sabor que describe como “muy fuerte y casero”. “Yo decía que cuando creciera sería como mi mamá”, recuerda, pero su verdadero rito de iniciación se consumó cuando, siendo un niño, encendió la televisión y sintonizó un programa en el que un elocuente presentador cocinaba al aire: en ese momento decidió dedicarse a la gastronomía, antes incluso de conocer el significado de esa palabra. Y puso todo su empeño en aprender: trabajó en una carnicería y, luego, en pequeños restaurantes como auxiliar.

En la adolescencia, ante la falta de oportunidades educativas y laborales en su pueblo natal, decidió migrar al municipio de Valladolid para formarse profesionalmente como chef. Fue ahí donde encontró su primer trabajo estable como ayudante de cocina en un restaurante turístico, pero un colega le aconsejó “salir a experimentar otro tipo de ambiente” y sugirió que fijara Quintana Roo en la mira. Una semana después de recibir su título, Jovany hizo las maletas y se fue a trabajar a un hotel en ese estado: “Quería seguir aprendiendo de otras personas y conocer otro tipo de gastronomía”, explica. Y cumplió. Trabajó en dos hoteles que pertenecen a grandes cadenas y, más tarde, encontró un sitio acorde a sus necesidades: exclusivos hoteles boutique, conocidos como “casas privadas”, situados frente al mar, con pocas habitaciones y lujosos servicios, entre los que se encuentra el de chef particular. En la comodidad del ambiente cosmopolita que le daba su empleo, Jovany acumuló conocimientos novedosos sobre gastronomía nacional e internacional durante dos años y medio.

Entonces llegó el fatídico viernes 13 de marzo de 2020, que avivó su inclinación por las supersticiones. Ese día el chef y sus colegas atestiguaron la brusquedad con la que unos huéspedes procedentes de Denver empacaron a toda velocidad para regresar en el vuelo más próximo a su país de origen, pues entre las primeras medidas sobresalieron las restricciones de la movilidad entre fronteras: era indispensable anticipar que se aplicarían en Estados Unidos. “Comentaron que debían tomar los vuelos más rá­pidos, porque si no regresaban en cinco días a su país, no les iban a permitir entrar. Y no tenían recursos para pasar seis meses en México”, recuerda Jovany.

Así comenzó un recorrido pedregoso para él. Llegó el gerente de alimentos y bebidas del hotel boutique y, apenas estuvo frente a las y los trabajadores, pronunció el temido discurso: “Dijo que lo sentía mucho, pero no podían hacer nada más. Iban a cerrar todo, incluyendo las casas donde nosotros trabajábamos: el calendario estaba rojo porque todas las reservaciones habían sido canceladas y no había trabajo. Nos dijeron que teníamos que ser un poquito conscientes de lo que venía, cuidarnos. Perdimos nuestro empleo. Y ahí empecé a creer que los viernes 13 sí son de mala suerte, porque nos dijeron que no había más trabajo para nosotros”. Por si fuera poco, el gerente anunció que úni­camente se les pagaría la quincena como finiquito y se les entregaría lo acumulado en las cajas de ahorro a quienes tuvieran esa prestación. A Jovany solamente le dieron once mil pesos por sus dos años de servicio, a pesar de que el artículo 436 de la Ley Federal del Trabajo indica que, ante el cierre de una empresa, a las y los empleados les corresponde una indemnización de tres meses de salario y su prima de antigüedad.

En cuestión de minutos, él y otros cincuenta trabajadores se sumieron en la incertidumbre. Ni siquiera tenían la posibilidad de acudir a alguna autoridad para asesorarse, como la Junta de Conciliación y Arbitraje, pues las dependencias y oficinas gubernamentales estaban cerradas por la pandemia. “Ni cómo ir a pedir ayuda, porque ya todo estaba cerrado. Todo se acomodó bien para ellos, pero no para nosotros”, destacó Jovany entre risas de resignación durante la entrevista. Tampoco existió la opción de negociar con la directiva del hotel, porque quienes manejaban el recinto “se encerraron”. Nadie podía hablar con el propietario; su teléfono permaneció apagado.

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