Los guardianes de Chemuyil protegen la selva maya – Gatopardoo

Los guardianes de Chemuyil: los mayas resguardan la selva

Enclavada en el sur de la Riviera Maya, donde se levantan complejos hoteleros de cinco estrellas entre selvas tupidas y playas de arena blanca, se encuentra Chemuyil. Aquí el furor turístico avanza de manera descomunal: desplaza a los habitantes originarios y vuelve privadas sus playas. Actualmente diez desarrollos podrían extenderse sobre más de 400 hectáreas de áreas naturales. Por eso los mayas se organizan para preservar estos ecosistemas, cruciales en la lucha contra el cambio climático.

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Eduardo y Santos llevan una doble vida en la jungla de Chemuyil, Quintana Roo, México. Por un lado, son “rastreadores”, hombres que entran a la selva, conocen las plantas, los animales, saben determinar la hora del día sin la necesidad de un reloj y ubican los puntos cardinales sin usar una brújula. Por ello, los expedicionistas extranjeros suelen contratarlos para seguir las huellas de animales que desean estudiar y admirar. Otros los requieren para buscar personas que entraron a la selva y no supieron cómo salir de ahí. De hecho, hacen casi cualquier tarea que eventualmente se requiera dentro del follaje porque cre­cieron ahí: la selva es su hogar.

Ambos, hombres mayas, jóvenes y con hijos que man­tener, son empleados de Paledora, un eco-resort y coworking, selvático también, que ofrece habitaciones al turismo, conectividad de internet de banda ancha para los nómadas digitales, espacios de trabajo con equipo de cómputo, así como instalaciones para realizar retiros espi­rituales y atender a grupos que van de paseo por la Riviera Maya. 

“Trabajo en un coworking porque en el campo no hay dinero”, dice Eduardo, mientras camina con sus chanclas de plástico, sigiloso, entre ramas y raíces, cuidándose de serpientes, hormigas y plantas espinosas.

Atardece en Chemuyil. Y mientras los verdes de las plantas tropicales se vuelven grises, los mosquitos arrecian. Entonces surge de la maleza, remoto, el fuerte chiflido de Santos: 

—¡Fuiiiiiit!
—¡Uuuuuujjjjj! —responde Eduardo, inmediatamente, con un alarido.

Es un diálogo sin palabras, sólo ruidos agudísimos, sin significado, que se esparcen y les permiten saber la distancia que hay entre ambos.

—¡Uuuuuujjjjj! —se desparrama el aullido de Santos.
—¡Uuuuaaahhhj! —grita Eduardo y luego explica— ya avanzó como veinte metros.

Ésta es la forma en que los pobladores mayas de la península de Yucatán se mueven en la selva sin dispersarse ni perder el rumbo, ya que el espesor de la vegetación impide ver más allá de cinco metros. Así, por ejemplo, a puro oído, se delimitan las cuadrículas que han de abrirse en la selva para el cultivo de maíz y frijol.

Esta vez, sin embargo, los rastreadores usan esta técnica para localizar el dron de un fotógrafo que se quedó sin pila en pleno vuelo y cayó en la vegetación. El sujeto había buscado su aparato por más de cuatro horas, bajo el sol, a más de 35 °C. Se deshidrató, se desgarró la ropa y se rasguñó todo el cuerpo con ramas y espinas, sin éxito. Finalmente, les pidió orientación a los locales, quienes le dieron una única referencia: que buscara a Santos y Eduardo, quienes pronto se fueron, peinando el monte, avanzando con cal-ma en trechos de diez metros, midiendo la distancia con el sonido y observando con ojo conocedor el suelo selvá­tico y las copas de los árboles, en busca de aquello que no correspondiera con el contexto.

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