El imperio del vino mexicano

¿Cómo se transformó el Valle de Guadalupe, ubicado en Baja California, en una gran historia de éxito para el vino mexicano?

La manera de describir al vino suele ser intimidante, críptica y usa criterios de aromas y sabores afrancesados que no corresponden a nuestra paleta gustativa y pocos lo admiten. La clásica de frutos rojos maduros del bosque, ¿cuáles si nuestras frutas rojas son la sandía, la tuna y la ciruela y no se dan en los bosques? La primera vez que entrevisté a Hugo D’Acosta le pregunté qué necesitaba para ingresar al proyecto rural fundado por él conocido como La Escuelita, un centro de oficios para iniciarse en los frutos de la vid y el olivo, pues como periodista quería entenderlo desde dentro. “Ya estás”, me contestó, “pero si de verdad quieres aprender, ven a trabajar a la vinícola”. Fue así como llegué al Valle de Guadalupe en aquella vendimia de 2012. Vivir ahí varios meses fue creer que otro México es posible. Al menos eso sentí tras mi primera estancia en esa zona vitivinícola.

Aquella vez hice una barrica como aprendiz y desde entonces he regresado al menos una vez al año, tentada por seguir haciendo vino, por recorrer los valles vitícolas en bicicleta con amigas que comparten la misma afición, por la calidez de una comunidad de productores de vino que disfrutan lo que hacen y están abiertos a compartir su experiencia; por el placer de estar ahí. El Valle de Guadalupe no vende nada más vino, sino la promesa de una forma de vida. Un estilo rústico, cercano a la naturaleza, que sedujo a los primeros avecindados y sigue atrayendo a tantos.

Ivette Vaillard, oceanóloga de profesión, ceramista y productora de vino, me recibe una mañana de sábado en una terraza entre el viñedo y la parte trasera de su casa, al lado de Tres Mujeres, la vinícola que fundara con dos amigas hace más de una década. Se respira la frescura del campo que recién despierta y por ahí se escucha el canto de un gallo trasnochado. Ella llegó hace 37 años a la región, cuando sólo había energía eléctrica en algunos poblados y la hectárea costaba mil dólares; hoy cuesta más de cien mil. “Este es un sitio que tiene todas las posibilidades de producir una uva de muy buena calidad, por su clima mediterráneo: el cambio de temperatura a lo largo del día, noches frías y días calientes; y luego estos cerros en diferentes tonalidades de grises y azules; estos atardeceres, tenemos un cielo maravilloso. Mi mamá decía que aquí sentía que el cielo está más cerquita, de lo intensa que es su presencia.”

“Creo que es un lugar que tiene un encanto natural que se ha reflejado en los vinos. Yo llegué aquí más por un estilo de vida, pero me tocó estar en el lugar indicado en el momento preciso. Hoy lo veo como que el tren pasó y me uní con mi pequeño vagón que ahora va dando más tumbos y subidas… pero nos mantuvimos pequeñitas, esa fue nuestra premisa.” De hecho, a la bodega Tres Mujeres se le conoce como “la minícola”. Ahora la cooperativa está disuelta, pero el nombre se quedó, junto con todo lo que disfrutaron en su momento, confía satisfecha Ivette.

Esta historia la he escuchado en cada vinícola, cada una tiene su encanto y tanto los vinos como la arquitectura reflejan el carácter de quien la creó. Basta ver la cava de Sol y Barro que Aimé Desponds construyó y decoró con sus propias manos, el encanto rural de Tres Mujeres, la modernidad de Decantos, la originalidad de Vena Cava con su techo de casco de barco. Cada una aporta diversidad y a la vez contribuye a delinear el carácter de los vinos de la zona.

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L.A. Cetto.

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