El hijo del horticultor

El hijo del horticultor

Nos encontramos ante una de las mayores crisis ambientales que ha vivido la humanidad: la extinción de cientos de especies —es decir, su muerte biológica— a causa de la actividad humana. En El próximo desierto, libro de poemas que le valió el Premio de Literatura Ciudad y Naturaleza José Emilio Pacheco 2018 al venezolano Santiago Acosta, se aborda la geografía de esta catástrofe desde una figuración distópica.

Tiempo de lectura: 2 minutos

1

La imagen infrarroja muestra una mancha amarillenta
ocupando media península ibérica.

El brillo más intenso de algunas zonas indica que den-
tro de los invernaderos las temperaturas superan los
50 grados centígrados.

No hace mucho tiempo esta tierra era un arenal, apenas
un campo de caliza incapaz de retener siquiera una
gota de rocío. 

Con la llegada de la electricidad comenzó a abundar el agua
extraída de pozos subterráneos. Los nuevos acueductos
hicieron que llovieran las inversiones sobre la costa.

De las colinas bajaron ríos de dinero, lodo y fertilizante.

Hoy diez millones de refugiados africanos alimentan a
toda Europa.

oscuras berenjenas de sangre | tomates colmados de urea
y nitratos

El sol reverbera sobre los cobertizos de plástico, produ-
ciendo oleadas de calor que desorientan el vuelo de
las gaviotas.

2

El hijo del horticultor se detiene frente a los restos car-
bonizados de un restaurante de comida halal.

Una hilera de agujeros producidos por una ametralla-
dora surca la fachada de la comisaría vecina.

El toque de queda establecido tras los últimos disturbios
ha convertido la zona en un pueblo fantasma.

Un grafiti reciente, escrito en torcidas letras negras,
condensa el sentimiento de la comunidad sureña:   

[irrecuperable].

La cámara continúa sobrevolando la planicie gris, un gue-
to de polietileno bañado por la luz del Mediterráneo.

3

Ya nadie recoge los cadáveres que se acumulan en las
playas. 

Sobre la sucia arena se hinchan los cuerpos de quienes
han intentado alcanzar las prósperas colonias de ul-
tramar.

Son tantos los ahogados, que ya las jaurías de perros
montaraces han dejado de pelearse por el derecho
a devorarlos.

4

El hijo del horticultor se despierta en medio de la no-
che con los pies helados.

Frecuentemente sueña que atraviesa el mercado de la
ciudad y va llenándose los bolsillos de cuernos de
gacela.

De pronto, en su sueño, se ve sumergido hasta los tobi-
llos en la fría orilla del agua, mientras rompen a sus
pies diminutas olas negras.

Llegué a esta tierra como una medusa muerta entre los des-
perdicios del puerto.

Dando tumbos como el chasis oxidado de un container. 

El hijo del horticultor no logra recordar dónde ha ocul-
tado el baúl con las provisiones, las fotografías fami-
liares y los documentos de viaje.

Encallé en estas costas como el cadáver maniatado de un
dios. 

¿Valdrá la pena recordarlo?

Hay una frontera difusa entre la esclavitud y la memoria.

5

Tras varias décadas de cosechas fallidas, los vegetales
han regresado a su forma antigua. Algunos se han
vuelto amargos y pequeños; otros, duros y secos.

Los vendavales de calcio, magnesio y fósforo derriban
las barracas de los últimos habitantes de la región.

Bajo los cobertizos que aún siguen en pie, brotan tubér-
culos deformes parecidos a colas de alacrán.

El viejo equilibrio se ha restablecido.

La península es otra vez una tierra gobernada por la sed.

6

El hijo del horticultor camina hacia la cámara, mirán-
dola fijamente.

“El futuro era un desierto prometido”, dice.

“Un desierto santo”.

La cámara gira hacia la izquierda y comienza a barrer las
avenidas, colmadas de edificios a medio terminar.

La ciudad, ahora vacía, parece un enorme set de grabación.

Un texto al centro de la imagen explica las razones del
éxodo:

[ilegible].

La pantalla se llena de blanco.

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