Ensayos sobre la decepción política: L.M. Oliveira

Los frondosos anhelos, o de la desilusión y la carroña


En este ensayo personal, el filósofo y escritor L.M. Oliveira expone las razones de su desilusión ante el gobierno de López Obrador, aunque tampoco cifra sus esperanzas en la oposición. A la vez, recupera los significados cruciales de la democracia y la deliberación pública.

Tiempo de lectura: 9 minutos

Una parte del mercado editorial mexicano tiene un hábito sexenal: a pocos meses del final de una presidencia, aparecen compilaciones de artículos académicos, en tono divulgativo, sobre las políticas que no implementó el país, pero que deberían regir al próximo gobierno, pues se adivina una segunda, tercera, cuarta oportunidad ante su llegada; cuando el siguiente sexenio cumple apenas un año, se vuelven a publicar compilaciones –también académicas– sobre lo que ha salido mal en tan poco tiempo; luego se repiten estas publicaciones a la mitad y al cierre del gobierno en turno, y el ciclo editorial recomienza. Nos parecen sumamente valiosas las aportaciones de los investigadores y académicos de México, pero echamos de menos los ensayos que no obedecen al tiempo sexenal y que no sólo escriben los especialistas en tal o cual área de política pública.

Con esto en mente, decidimos reunir una serie de ensayos personales escritos por distintxs autores: la única instrucción fue lidiar con la decepción que provocan la política nacional y los grandes problemas –como el cambio climático, la violencia, la desigualdad– que parecemos incapaces de solucionar. Esta serie prioriza el tono íntimo y la consciencia de cada autora, autore y autor; queremos que las conversaciones que suceden entre amigos y en confianza sean parte de la discusión pública. Caben, por supuesto, quienes no comparten la desilusión, quienes la critican y se preocupan por otros fiascos. Si publicamos esta serie es porque creemos que es necesario reflexionar, en compañía de los demás, sobre todas las impotencias, angustias y decepciones que nos carcomen en estos tiempos.

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El advenimiento del apocalipsis es un tema recurrente. Cada tanto los humanos piensan que el fin del mundo está cerca; sucedía en la Europa medieval, también cada cincuenta y dos años en la gran México Tenochtitlán, cuando encendían el fuego nuevo sin el que no podía seguir su marcha el universo. Un día triunfará la noche, de eso no cabe duda, pero los seres humanos no estaremos presentes cuando, dentro de mucho tiempo, se enfríe todo, lejos, disperso en el espacio que parece no tener límites. Sucumbiremos antes, quizá gracias al calentamiento global, a los desastres climáticos que ya presenciamos y que serán más recios: bosques en llamas, huracanes iracundos, sequías desoladoras, fríos, calores extremos. Deberíamos actuar, los humanos, los mexicanos. Pero manda el crecimiento económico arrasador. La impotencia ante la catástrofe desalienta. Y, es cierto, la vida está llena de fracasos; en buena medida “madurar” es aprender a lidiar con la frustración, convertir las pataletas del niño en una sombra que nos acompaña hasta la tumba. Oscuridad que nos duele y deprime cada tanto, unos días más que otros, pero que sabemos manejar.

Sin embargo, hay anhelos derrotados que conducen a desengaños más dolorosos. Son aquellos en los que hemos puesto el corazón, ejes de nuestra vida, del relato propio. Los fracasos amorosos y los profesionales desuelan; otros marcan no sólo la vida de las personas sino la de una sociedad. La generación del 98 es famosa por ello: se esfumó el imperio español y, cuando volvieron la cara a su realidad, hallaron pobreza y barbarie: algunas veces las sociedades descubren que no son lo que piensan, eso sin duda conduce al desamparo. Y en eso estamos muchos mexicanos de la segunda década del siglo XXI: apesadumbrados por una triste y dolorosa decepción.

La historia se puede resumir así: ante los malos resultados de los gobiernos del PAN, y el triste regreso del PRI de Peña (corruptos hasta la médula), nos volcamos a las urnas, muchos con la nariz tapada, para llevar a la victoria electoral a la autoproclamada cuarta transformación, cada cual con sus expectativas. Muchos siguen esperanzados en que el gobierno actual llevará a nuestro país a la anhelada justicia social, a combatir el cambio climático, a reducir la violencia, me intriga su tesón, porque la realidad es contundente. Otros deambulamos desencantados. Y si bien estoy rodeado de personas, unas más que otras, decepcionadas con el devenir de la transformación, aquí termino con el plural, porque no quiero hablar en nombre de nadie más; debe de resultar vivificante ser la voz del pueblo o el pájaro de las cuatrocientas voces, pero yo apenas puedo con la mía.

Llevo tiempo pensando los motivos de la desesperanza que me causa el gobierno de López Obrador. Y es que, en abstracto, concuerdo con muchos de sus postulados: claro que hay que combatir la desigualdad, la corrupción, las mafias enquistadas en instituciones públicas, el saqueo de los recursos naturales. Pero, mientras digo esto último, imagino llamas sobre refinerías, fuegos perennes sobre plantas de CFE, donde arde grosero combustóleo. Entonces siento rabia por la forma en la que el gobierno del presidente López Obrador enfrenta la lucha contra el calentamiento global: apocado, de forma cobarde. Habría de liderar a Latinoamérica hacia la nueva forma de generar energías. Pero en su pleito (por buenas razones, pero mal fundamentado) contra las generadoras privadas de energía eólica y solar, carga de paso contra las propias formas de generar energía. Con su proceder pareciera decir: obtendremos soberanía energética aunque se acabe el mundo. Y, claro, la pregunta es obvia, ¿para qué nos sirve la soberanía sin mundo? Sin futuro, señor presidente, no hay justicia posible.

Esto me lleva a un asunto que se encuentra más en las entrañas de mi decepción: no puedo congeniar con sus formas antidemocráticas (advierto de una vez que López Obrador no me parece un dictador bananero en potencia, como muchos sugieren). “Democracia” es un concepto amplio y que puede tener muchas definiciones. Me parece especialmente atinada la que apunta el filósofo y Premio Nobel de Economía, Amartya Sen: es gobierno por discusión. Y me dirán: “Nadie en la historia de México ha salido todos los días a explicar sus decisiones como hace López Obrador en las mañaneras”. Cierto, toma el micrófono todos los días, pero ese ejercicio cotidiano no pretende ser un lugar donde intercambiar argumentos. Lo utiliza para imponer los temas del debate nacional y, de paso, le quita espacio a otras voces, incluso de su propio movimiento (parece que en Morena disentir está mal visto, al menos en público, ¿quién sabe cómo serán sus debates de sobremesa?, ¿tomarán coñac?). La mañanera avasalla y aniquila la discusión. Lo hace de distintas formas: monopoliza la palabra, ofrece otros datos y no los muestra; denuesta, oculta, desinforma. Atacar a la prensa y a los críticos de su gobierno como lo hace, acusándolos a todos, sin distinción, de defender con mezquindad intereses siniestros, es una forma de acosar y silenciar. Y no olvidemos que cuando la realidad lo acorrala (con la violencia, la corrupción o errores de consecuencias fatales), López Obrador acusa a los gobiernos anteriores: ellos fueron peores. Puede ser cierto, pero que los demás hayan robado más, no vuelve correcto robar, eso lo sabemos todos. Y que la falacia le resulte útil para evadir cuestionamientos, no hace que acudir a trampas retóricas sea honesto.

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