La vejez desde la ventana: Adultos mayores en México frente al Covid-19

La vejez desde la ventana. La población vulnerable en México

La emergencia sanitaria puso en evidencia las fallas de cómo entendemos el trabajo y el cuidado. Los adultos mayores, los más vulnerables frente al coronavirus, llegan a este momento después de trabajar toda su vida con un sistema incapaz de sostenerlos. De este grupo, las mujeres son las más desprotegidas.

Desde hace muchos años, Avelina tiene una pesadilla recurrente:

“Sueño mucho a un niño que se me olvida, está chiquito, recién nacido. Duro tres días sin ir a la cama y me acuerdo que está ahí todo enredadito entre las cobijas y voy a verlo preocupada porque no le he dado de comer. Lo veo chiquito, como de tres meses de nacido, está flaquito como si fuera un bebé prematuro, lo veo ahí, y no se me quita ese sueño, no se me quita”.

Avelina tiene 70 años y vive en las afueras de Morelia, Michoacán. En las últimas semanas el sueño ha vuelto. No sabe si es el encierro o es que en estos días, donde el tiempo transcurre de manera extraña, el pasado y el presente se le han mezclado o, más bien, se le agolpan en la puerta de su casa en forma de culpas y reclamos.

Del sueño vuelve a la realidad:

“No sé cómo crecieron ellos”, dice al referirse a sus cinco hijos. “Ahora pienso y dudo en cómo crié a mis hijos, no sé cómo los crié. Pero lo que sí sé es ese sueño, ese niño recién nacido que se me olvida, de pronto despierto soñando eso. Y mis hijos ahí están. Una de mis hijas me compró una muñeca, porque nunca tuve muñecas de niña, y me la compró, de trapo, con su vestido de flores y su sombrero de paja, pero tampoco ha hecho que se me quite ese sueño”.

La escucho hablar del otro lado de la línea con su voz atribulada. Hablamos a la distancia porque no podemos encontrarnos, ella no puede salir para atender esta entrevista y yo no puedo ir a verla porque tengo dos hijas en casa. Para cuidarse de la pandemia, Avelina permanece encerrada y evita visitas. Así que, a tientas, tratamos de crear una confianza imaginando el rostro que nos habla y nos escucha.

Alcanzo a adivinarla en un rincón de la habitación, pegada a un teléfono fijo de cable enredado, a veces con la voz más fuerte, otras veces más quedita según se acerca o se aleja la hija que vive con ella, y suspira como si así fuera posible sacudirse esas culpas que la han venido a visitar en los últimos días. Sacudírselas para volver a lo que sigue: limpiar la casa, arreglar la ropa y preparar la comida para ella y las cuatro personas que viven ahí y que ahora con la emergencia sanitaria permanecen en casa las 24 horas del día. Esa casa se sostiene de la pensión que recibe su esposo por haber trabajado en una oficina de gobierno, más el apoyo gubernamental para adultos mayores, más el ingreso de su hija como comerciante.

Avelina se describe como una mujer bajita y grande de caderas que siempre le hicieron sentir atractiva, aunque en este momento de su vida le pesan mucho. Dice que es terca y, sobre todo, sana: “Yo no quiero ser una anciana vieja que necesite de los demás”. Lo dice con orgullo y con razón de sobra: ha dejado el lomo en los quehaceres desde niña. Ha trabajado, cuidado y sostenido a su madre, a sus hermanos, a su esposo e hijos. A un Estado.

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