Los migrantes apátridas

Estos son sus testimonios de miles de expatriados que viven en la frontera mexicana como apátridas.

El viaje de regreso de estos hombres fue oscuro y en silencio. Aún cuando ocurrió en meses y años distintos, la sensación de vacío y pérdida siempre fue la misma. Tomó poco más de tres horas de la noche, pero a todos les pareció que había transcurrido más tiempo. Iban esposados y con los uniformes color naranja de la prisión. A través de las ventanas del autobús que los trasladaba a la frontera mexicana, vieron eventualmente búhos, cuervos y otras aves nocturnas, como si éstas ya presagiaran su mala fortuna.

Fueron peones, jornaleros, lavaplatos, obreros, jardineros o tuvieron otras vidas invisibles en Estados Unidos, donde permanecieron por décadas sin documentos de nacionalidad… hasta que los repatriaron a un lugar que en el imaginario institucional es su país, pese a que en esa tierra existe otro idioma, otra política, otra cultura, otra forma de mirarse, otro sufrimiento.

“El mundo en el que viví está sólo en mi cabeza. Sí, ya sé, es difícil entender, pero a veces siento que sigo allá, en el otro lado, que realmente lo que estoy viviendo ahora es un sueño”, me dijo Marco Antonio González, de 28 años, mientras fumaba un cigarro afuera de la empresa de operadores telefónicos en la que labora ahora, donde también estaba una docena de sus compañeros de trabajo, todos expatriados, con ropa holgada, el pelo rapado y tatuajes en brazos, cuellos y cabezas —algunos con símbolos de pandillas de California, demonios y payasos; otros con nombres en letras góticas y rostros de seres queridos—. “Tenía dos años cuando mi mamá nos llevó a vivir a Estados Unidos. Yo viví en Long Beach. Ahí crecí, estudié la escuela y tuve muchos trabajos. Yo ya no soy de allá, de Morelos… Un amigo me recomendó que buscara trabajo en un call center, que me contratarían por mi inglés.”

Consiguieron ser parte de algo allá, pero un día el lazo terrenal, que había amarrado la esperanza de una vida mejor, se rompió.

“Uno acaba por acostumbrarse a todo, por increíble que parezca, acaba. Yo tenía una casa, un trabajo, mis hijos, mi esposa. Cuando quería podía ir a un McDonald’s y comerme una hamburguesa. Había estado mucho tiempo en Los Ángeles, yo sentía que era de ahí. Ahorita estoy en este albergue, con otros que también los mandaron para acá. Al principio lo más duro aquí era que tenía pensamientos de estar todavía allá. Pero te empiezas a acostumbrar a esto, a tu realidad”, me dijo Moisés Dávalos, de 34 años, con una sonrisa amarga que llenó de surcos su rostro enjuto y moreno, curtido por el sol y los días de indigencia. Dávalos, nativo del Estado de México y deportado luego de vivir 19 años en California, estaba en el refugio del Ejército de Salvación. Comía aprisa en el comedor que compartía esa noche con 78 migrantes repatriados, quienes sólo movían sus cucharas del plato hacia su boca y miraban de reojo a sus compañeros, sin hablar, como si nunca se hubieran visto o no tuvieran nada que contarse. En el ambiente flotaba el olor de humanidad, asfalto, tristeza y sopa recalentada.

Todos pretendieron cambiar sus destinos. Dejaron atrás lo que significó su vida, que de alguna manera sabían que sería fugaz por su condición de estar sin papeles en un país obsesionado con la vigilancia e identificación de cada uno de sus habitantes.

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