Padre Pantoja: Amar a Dios en tierra de Zetas - Gatopardo

Padre Pantoja: amar a Dios en tierra de Zetas

El Padre ve en los migrantes las víctimas más oprimidas del neoliberalismo y el crimen organizado.

TEMPORALES

La tierra es seca y rugosa como la piel de un elefante. Sin una gota de lluvia que levantara las milpas, no quedó más remedio que desmoronar los cerros y expurgarles la arcilla. Y de tanto rascar aquí y allá, los montes quedaron achatados, cuadrados como ladrillos cocidos por la luz granate del atardecer. Árido y polvoriento por la voluntad del cielo; rojo y poligonal por las manos de los hombres, a este lugar donde no llueve se le llamó Temporales, Rancho Temporales.

Acá llegaron los Zetas a asesinar a dos jóvenes.

Eran los días posteriores a la Navidad de 2010, una familia cenaba en casa y los sicarios irrumpieron sin más y ejecutaron a dos primos carnales que rondaban los treinta años. Unos cuantos tiros y vámonos. A los temporaleros les quedó claro: el pueblo pertenecía a los Zetas, como pertenece lo que el ojo del hombre alcanza a ver en este paisaje geométrico y rojo como la superficie de Marte.

Algo bueno trajeron los Zetas: caminos. Se aplanaron los chipotes de tierra y se pavimentaron las terracerías: el paso criminal de las camionetas se redujo de tres cuartos de hora a unos quince minutos desde Saltillo.

Sobre esa carretera avanza la camioneta Estaquitas del sacerdote Pedro Pantoja. En la caja viajan cuatro adolescentes del Círculo de Estudiantes Cristianos que se reúne en el templo de la Santa Cruz. Uno de ellos toca la guitarra y canta una canción: “El teléfono parece carpintero, porque aserrín, porque aserrín”.

El 6 de enero, Pantoja viene a este rancho a celebrar la Epifanía. Se viste las ropas sacerdotales sobre el pantalón de mezclilla y la camisa a rayas. Rebaja con cinco partes de agua el chorrito de vino de consagrar que vierte en un vaso de plástico y dedica su homilía a los jóvenes asesinados un año atrás. Le explica a la gente por qué hay que ser solidarios con los transmigrantes centroamericanos. Las guitarras y las voces de los adolescentes musicalizan el rito.

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