Un recorrido por las calles más oscuras de Tokio - Gatopardo

El margen de Tokio

El cronista argentino Javier Sinay recorrió las calles de Tokio y encontró una ciudad que tiene una curiosa vida sexual. En particular en Kabukichō, que en una diez manzanas concentra nightclubs, cabarets, karaokes, bares y restaurantes.

Si uno pone “Kabukichō” en Google, la primera sugerencia automática que aparece es “is kabukichō dangerous?”. No: Kabukichō, que en unas diez manzanas concentra 300 sex shops, 160 host-clubs, 80 love-hotels y cientos de nightclubs, cabarets, karaokes, bares y restaurantes, no es peligroso. Tiene fama de ser un territorio administrado por la yakuza, la temible mafia japonesa, y antes de 2004 más de 1 000 gangsters caminaban por aquí y manejaban unas 120 empresas, pero en ese año una operación masiva de la policía ordenó el distrito. La verdad es que ahora el ambiente es bastante relajado en comparación con otros distritos rojos en el mundo. 

Pero a mí este lugar me interesa por otra cosa: en una ciudad en la que no hay pobreza, en la que no hay suburbios oscuros ni delincuencia, en la que las normas de comportamiento y de respeto son una prioridad y en la que nada parece existir por fuera del sistema, Kabukichō es el territorio en el que se reúnen los outsiders y los excéntricos, y en el que los transgresores nocturnos desconocen la disciplina que sujeta a los japoneses de día. Kabukichō, que está en el centro de Tokio, es su margen.

Y Kabukichō es el territorio en el que los japoneses expresan su sexualidad con más desenfado. Porque, dicho de un modo sencillo, son santos en casa y diablos afuera. No es tan fácil entender estos comportamientos ya que tampoco son así de lineales. Quizás esto ayude: en Japón, donde la mayoría es budista o sintoísta (o budista y sintoísta), la religiosidad se da de un modo muy distinto al que tiene en Occidente. Se trata más de no hacer enojar a las deidades y de congraciarse con ellas que de otra cosa. Y lo que resulta de todas esas diferencias es, en parte, que el sexo no es la gran cuestión, sino una cuestión más. Una
cuestión importante, pero no muy dramática. Por eso en Japón hay una excitación pública con las colegialas, un género de manga —el hentai— dedicado a las historias eróticas, un sex shop de seis pisos visitadísimo en Akihabara, un ladrón que robaba a las mujeres los asientos de sus bicicletas para guardárselos y olfatearlos (que fue detenido poco antes de mi llegada), un afamado actor porno ya anciano que sigue filmando y un exitoso servicio de alquiler de muñecas sexuales. Tantos fetiches eróticos, tan desvergonzados. 

Japón es difícil de entender porque aquí los opuestos conviven todo el tiempo: el hiperconsumismo con la filosofía zen, las multitudes colmadas con el silencio y el respeto, los grandes índices de suicidio con las tasas altas de longevidad, y el sexo más pervertido con un elevado porcentaje de adultos vírgenes.

Aquí lo peor no es la culpa de la que uno mismo no se puede esconder, sino la vergüenza ante el prójimo. Y si no se hace presente un prójimo (o sea, si uno no es descubierto haciendo algo que está mal), no hay vergüenza. Por eso a veces la gente honorable se comporta de un modo vicioso.

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