Un retrato de José Agustín, escritor y audaz cronista - Gatopardo

El rey llega al desierto: Retrato de José Agustín

Escritor, combatiente por otro mundo y otra percepción, guionista, ferviente rocanrolero, audaz cronista, novelista del habla única y persona con antecedentes penales.

En un tiempo viví en frente de la funeraria Gayosso —empieza José Agustín con la vista en la arena del desierto—. Iba todos los días a la cafetería a escribir y no pedía nada. Siempre les decía: “Sólo un café. Se murió un amigo queridisísimo”. A las tres semanas de días enteros, madrugadas, se me acerca un empleado de las tumbas y me dice: “Ah, cómo se le mueren amigos, joven”. Nomás solté la carcajada, y me corrió.

—¿Y por eso la novela se llamó La tumba? —bromeo.

—No, ésa es otra historia.

Vamos dentro de una camioneta a pleno sol atascados en el tráfico de Saltillo. En menos de quince minutos comienza un homenaje para él, para José Agustín, que terminará, como debe ser, con un concierto de Cecilia Toussaint. Él, como siempre, relajo-relajado, con su sonrisa impecable, el copete de lado, canoso, hablando todo el tiempo. Margarita, su mujer, con un vestido de flores completo y huaraches, a veces atenta, otras abstraída en el paisaje. Son la pareja que emerge del bullicio de los sesenta en México: antes, experimentando con LSD, hongos y peyote; ahora, apacibles y apartados en Cuautla, Morelos, en una calle que tiene un nombre agustiniano: “Campánulas”. Son la pareja después de todo, de idas y venidas, rompimientos, vueltas. Lo ha escrito así: “Hay que luchar por la eternidad del final y no por lo transitorio. Margarita era el centro”. Hace unas horas, en un restorán de cabrito, Margarita dijo frente a la carta, pero al aire:

—¿Por qué no tienen ensaladas en el norte? El mesero carraspeó, acaso insultado. José la interpretó:

—Tráigale guacamole.

Ella sonrió, feliz.

Lo veo acomodándose los lentes —los dianéticos, para atraerlo, alguna vez le prometieron que le quitarían hasta la miopía— y me río de su forma de hablar única —me dice: “Compay Primero”—, de sus historias que abarcan casi medio siglo de rebeldía, de “la rebeca”, diría él. La contracultura mexicana empieza con José Agustín: el Acapulco hippie, el lenguaje del inconsciente macizo, la fama precoz de una nueva generación, el rock mexicano entre la miseria y la censura, las drogas de autoconocimiento de María Sabina y Carlos Castaneda, el movimiento estudiantil de 1968, la locura escenificada de Alejandro Jodorowsky, el auge y el declive a macanazos, y la cárcel de Lecumberri. Estoy viendo, mientras el sol nos picahielea en los brazos, en los cuellos, a un escritor, a un combatiente por otro mundo y otra percepción, a un guionista, a un ferviente rocanrolero, a un audaz cronista, al novelista del habla única. Todas esas cosas en México quieren decir que tiene antecedentes penales.

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