Rodolfo Hernández: el "rey de TikTok" en las elecciones de Colombia

Candidato a presidente de Colombia y “rey del TikTok”: Rodolfo Hernández

Es el candidato más viejo de la contienda por la Presidencia de Colombia, con 77 años, pero se autoproclama “rey de TikTok” y las cifras lo respaldan. Rodolfo Hernández encarna a un intrépido millonario que quiere gobernar para los pobres y si llega a la Casa de Nariño, lo habrá hecho sin el apoyo de los políticos tradicionales —a los que aborrece—, y con un discurso anticorrupción que, sin embargo, puede convertirse en su cruz.

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En la sede de campaña de Rodolfo Hernández Suárez en Bucaramanga no había algarabía, pese a que acababa de encumbrarse en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia. Nadie coreaba el eslogan de su candidatura o agitaba carteles con su nombre. Tampoco se le vio entrelazar manos con su fórmula vicepresidencial, Marelen Castillo, en señal de victoria por haber dado el batacazo en la primera vuelta del 29 de mayo. Alejado de los reflectores de los noticieros de televisión y los aplausos de sus seguidores, pronunció un inusual discurso de agradecimiento por los 5.9 millones de votos que obtuvo. Lo hizo desde la cocina de una de sus opulentas propiedades en Bucaramanga en una transmisión en vivo desde su perfil de Facebook.

En Bucaramanga, la ciudad que gobernó entre 2016 y 2019, sí hubo celebración, pero no una organizada por sus asesores. Ciudadanos espontáneos se congregaron en las calles con camisetas amarillas —como las de la Selección Colombia o las del equipo de fútbol local—, papayera y la bandera tricolor del país. Su equipo no se reunió en un gran salón o auditorio para recibir los resultados del preconteo de la Registraduría Nacional, que a las seis de la noche ya marcaba el éxito del ingeniero civil en la primera ronda de las elecciones: entre Rodolfo Hernández y el candidato de la izquierda, Gustavo Petro, los colombianos elegirán el 19 de junio al sucesor del presidente Iván Duque.

Hernández, un intrépido constructor de viviendas de Piedecuesta, Santander, en el nororiente del país, apareció en Facebook con una camiseta tipo polo amarilla –como las Lacoste que suele vestir– y un par de hojas con el discurso que leyó. El video duró trece minutos, pero su intervención solo fue de tres: “Hoy perdió el país de la politiquería y la corrupción, hoy perdieron las gavillas que creían que serían gobierno eternamente”, festejó. El carácter solitario de Rodolfo Hernández, un advenedizo de la política, chabacano y contumaz, resaltó en esa transmisión. En ningún momento aparecieron a su lado su vicepresidenta ni su esposa, Socorro Oliveros, con quien está casado desde hace medio siglo, ni los consejeros de su candidatura.

El ingeniero, como se presenta para diferenciarse de sus experimentados contrincantes, es un adinerado que resiste a la clase dirigente tradicional porque no necesita de ellos y no los quiere a su lado. Llegó a la recta final de la campaña sin el apoyo de los clanes que tradicionalmente han acumulado el caudal electoral de Colombia y despreciando a los caciques que han gobernado por décadas. Ningún candidato sin padrinos políticos o con una corta trayectoria en lo público había llegado tan lejos en las elecciones presidenciales del país. Por eso, el exalcalde dejó pasmados a muchos cuando apareció en el tercer lugar de intención de voto y causó más asombro cuando resultó segundo en las elecciones.

Antes de inscribir su nombre en la contienda, Rodolfo Hernández, un hombre con negocios en bienes raíces, que amasa una fortuna de cien millones de dólares, según sus propias cuentas, era un desconocido para la mayoría de los habitantes de Colombia, hasta que su imagen se disparó en las encuestas y pasó de tener el 13.9% de preferencia en abril al 20.9% en mayo. Lo separaban veinte puntos de Petro, que lideraba con el 40.6 %, y seis de Federico Gutiérrez, el candidato de la derecha y el segundo entre los favoritos (Invamer, 19 de mayo).

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Desde el 29 de junio del año pasado, cuando oficializó su candidatura a las elecciones presidenciales por la Liga de Gobernantes Anticorrupción —un movimiento político creado por él mismo—, el exalcalde no ha acudido a debates para enfrentar sus ideas con las de otros aspirantes ni ha llenado una plaza pública en Colombia. Recientemente suspendió todas sus apariciones públicas, que ya eran muy pocas. Evita a los grandes medios de comunicación y tiene mejor relación con las radios comunitarias o locales, muy al estilo de las campañas mediáticas del expresidente Álvaro Uribe (2002-2010). Lo de Rodolfo Hernández son las redes sociales, aunque dicen quienes están en las entrañas de su estrategia que es incapaz de publicar un tuit.

Tiene 77 años, así que no hace parte de la generación que nació con la tecnología incorporada en el ADN. Pero está rodeado de asesores que entienden de clics, tendencias y algoritmos, y de creadores de contenidos que lo convirtieron en el “rey de TikTok”, como se autoproclama. En esa plataforma, en la que ha aparecido sin camisa, rodeado de modelos al lado de una piscina y usando bling-bling como un reguetonero, cantando guaracha —un género musical electrónico de raíces cubanas—, tiene seiscientos mil seguidores y 4.8 millones de “me gusta”.

Su vertiginoso crecimiento se lo debe en gran parte a una docena de jóvenes que se encargan de sus comunicaciones. El candidato se apropia de las tendencias como un ávido preadolescente, aunque de llegar a la Casa de Nariño —la sede del Ejecutivo que promete convertir en un museo— sería uno de los mandatarios de Colombia más longevos. “Viejito pero sabroso 😎”, reza su perfil como prueba de que no se avergüenza de su edad. En esa plataforma utiliza canciones de Bad Bunny y hace dúos para reaccionar a contenidos en los que lo mencionan. Se toma con humor las críticas de sus opositores o los cuestionamientos de la prensa. Muy pocas veces se le ha visto de saco y corbata.

A la cabeza de su equipo de asesores tiene al argentino Ángel Beccassino, un curtido escritor y publicista que en Colombia ha acompañado a figuras como el candidato presidencial y comandante de la guerrilla del M-19 Carlos Pizarro, asesinado en abril de 1990, el expresidente y premio nobel de la paz Juan Manuel Santos y hasta al mismo Gustavo Petro, que hace cuatro años fue derrotado por Duque en la segunda vuelta de las elecciones.

Rodolfo Hernández le confió el timón de sus redes sociales hace dos años a Luisa Fernanda Olejua Pico, una joven publicista de veintinueve años que coordina la gruesa estrategia digital en Facebook, TikTok, Instagram, Twitter y motores de búsqueda como Google. Olejua aterrizó en la campaña para dirigir a un grupo de milenials y centenials —de entre veinte y treinta años—, comunicadores sociales, diseñadores gráficos y publicistas que ponen sobre la mesa propuestas de contenidos y se encargan de la producción audiovisual, la parrilla de publicaciones y la pauta en redes.

Mientras los consejeros de campaña de Iván Duque, el mandatario más joven de la historia contemporánea de Colombia —tomó posesión con 42 años—, apostaron por mostrarlo, en aquellas elecciones, como un candidato más experimentado de lo que era, los de Rodolfo Hernández, por el contrario, refrescan su imagen a punta de creatividad. Hay miles de grupos de WhatsApp —con enfoques por territorios y poblaciones— para amplificar su discurso, desmentir noticias y divulgar las novedades de la campaña o la agenda del candidato.

Como a Rodolfo Hernández poco lo conocían fuera de Santander, la primera tarea del equipo digital fue sacarlo del anonimato, despejar esa incógnita y hacer de él un producto viral, como si fuera una de esas canciones que años después de su lanzamiento alcanzan millones de reproducciones en Spotify gracias a una tendencia de TikTok. El problema con ese tipo de contenidos es que rápidamente vuelven al olvido.

“Una de nuestras prioridades es ayudar a que el contenido se distribuya de la manera más orgánica y que no parezca que ‘el Inge’ está haciendo el oso”, explica un voluntario inscrito en la plataforma rodolfistas.wappid.com, una comunidad que redirige a los chats de WhatsApp.

La estrategia en estas elecciones no tendría réditos si Rodolfo Hernández no fuera un ferviente seguidor de las redes sociales. Su predilecta siempre ha sido Facebook. En Bucaramanga recuerdan que cuando Hernández fue alcalde casi nunca iba a la oficina, dirigía la ciudad desde su casa y aparecía cada tanto en Facebook Live para hablar con la ciudadanía o advertirles a los corruptos que no permitiría “más vagabundería”. El exalcalde, reconocen sus enemigos, sí eliminó el clientelismo de la contratación municipal, pero el control público que prometió hacer no pasó de acusaciones sin fundamentos, de las que en varias ocasiones tuvo que retractarse.

Rodolfo Hernández tiene principios más conservadores que los del progresista Gustavo Petro, aunque sus asesores le recomendaron mostrarse abierto y respetuoso de la ley en temas polémicos como el aborto, el matrimonio igualitario o la legalización de las drogas, a los que se opone la derecha. El exalcalde es el favorito entre los adultos mayores de 45 años y su lenguaje coloquial, directo y simple le ayuda a posicionar su discurso entre los más jóvenes, siendo el favorito del 34% de los votantes de entre dieciocho y veinticuatro años (Yanhaas, 5 de junio).

Aunque se muestre liberal, su lengua sigue siendo el mayor de sus castigos. Parece descuidado al hablar pero sus “lapsus” o “sacadas de contexto”, en los que se ha escudado, demuestran cómo piensa realmente, como cuando dijo admirar al “gran pensador alemán” Adolf Hitler —se retractó y dijo que quería referirse a Albert Einstein— o cuando aseguró que las mujeres no deberían estar en la política sino apoyar desde la casa —refiriéndose a la labor que cumpliría su esposa durante un posible gobierno suyo.

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Rodolfo Hernández era millonario antes de ser alcalde. En su fortuna no hay capitales de su padre, Luis Jesús Hernández, un sastre de pueblo, ni de su madre, Cecilia Suárez, heredera de una fábrica de tabacos. La familia también tenía “una fábrica de puros y un rancho de caña de azúcar”, pero Hernández hizo su propio dinero. Fue un estudiante promedio de la Universidad Nacional de Colombia, la mejor institución pública del país pero, como siempre ha tenido buen ojo para los negocios, se convirtió en un reconocido urbanizador en Santander.

Se hizo rico construyendo casas, condominios, barrios enteros. El negocio era redondo: no solo levantaba las viviendas, sino que ofrecía planes de financiación para que los pobres —a los que menciona recurrentemente en su discurso— pudieran acceder a ellas. Acumuló tanto dinero que en 1990 la extinta guerrilla de las FARC secuestró a su papá y le exigió cincuenta millones de pesos colombianos de la época por el rescate. Después de 135 días de retención y el pago de quince millones, lo liberaron, todo esto según las declaraciones del candidato.

En junio de 2004 Juliana, la hija adoptiva de Rodolfo Hernández, también fue secuestrada. Sobre el caso ha habido confusión porque el ingeniero primero responsabilizó a las FARC, pero su hijo, Mauricio Hernández, corrigió y se lo atribuyó al Ejército de Liberación Nacional (ELN), guerrilla que en la última semana negó haberla secuestrado y asesinado. El exalcalde nunca pagó los dos millones de dólares que supuestamente le exigieron por el rescate y hasta hoy no ha tenido noticias de ella. Con su familia comenzó recientemente un proceso para declarar la muerte por desaparición.

“El cuerpo de mi hija nunca fue entregado y los grupos armados responsables de su desaparición no volvieron a entregar pruebas de supervivencia”, comunicó al pedir respeto por ese capítulo de su vida que lo ha compungido hasta las lágrimas en varias entrevistas.

Los seguidores del ingeniero en estas elecciones tienen una gran certeza: Rodolfo Hernández se muestra como es. Así como ha llorado ante las cámaras, se ha dejado ver en tensas discusiones con opositores, periodistas o clientes de su constructora; a uno de ellos lo amenazó de muerte en una conversación telefónica filtrada por los medios. “Me hago desgüevar, hijueputa, si usted sigue jodiéndome. Hijueputa. Le pego su tiro, malparido”.

De polémicas como esa estuvo salpicada su alcaldía en Bucaramanga. Esa ciudad lo eligió en octubre de 2015 para un periodo de cuatro años, pero él renunció al cargo 112 días antes de tener sucesor, porque la Procuraduría, el Ministerio Público de Colombia, lo suspendió temporalmente mientras lo investigaba por un supuesto caso de participación indebida en política. Prefirió entonces irse de la administración definitivamente. Terminó su gobierno con serias investigaciones disciplinarias en su contra, pero con una aprobación del 84% por el saneamiento fiscal, los resultados en la cobertura de la educación y su lucha anticlientelismo, que fue lo que más caló.

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En la alcaldía, que le arrebató por apenas cuatro mil votos al Partido Liberal, hizo muchos enemigos por su carácter recio y ramplón, pero también porque llegó a depurar la administración de viejas prácticas con las que se repartían a dedo el control de las secretarías o entidades como el Tránsito. Lo hacía porque quería y porque podía. Como no debía favores ni dinero, no tenía que complacer a las élites políticas. Rodolfo Hernández llegó al poder para darle un vuelco a la política local, pero su movimiento Lógica, Ética y Estética no tenía representantes en el Concejo, una especie de Cámara Baja municipal. Es decir, que el ingeniero gobernaba la ciudad como un presidente sin apoyos en el Congreso y se la pasó de rencilla en rencilla con los cabildantes.

El 18 de enero de 2016, apenas dos semanas después de haberse posesionado en la alcaldía, el presidente del Concejo suspendió las sesiones de la corporación indefinidamente, argumentando que no existían garantías para el funcionamiento de ese órgano, de mayoría liberal. El Concejo le había dado facultades de contratación al nuevo gobierno por seis meses, pero el ingeniero exigía que el tiempo fuera mayor. El alcalde protestó públicamente y eso derivó, según los concejales, en intimidaciones de rodolfistas que amenazaron con incendiar el recinto. El Ministerio Público tuvo que intervenir y la administración se disculpó argumentando que nunca incitó a la violencia.

Las disputas no terminaron allí. El episodio más sonado ocurrió en 2018 y hay registro de ello. Rodolfo Hernández discutía con el concejal Jhon Claro, un opositor que cuestionaba sus supuestos vínculos con políticos cuestionados del departamento. El alcalde, encolerizado, golpeó al corporado mientras le lanzaba improperios. Aunque después del enfrentamiento pidió perdón por su espíritu “sanguíneo”, una “debilidad” que lo hacía actuar sin la “responsabilidad” que exigía su cargo, la Procuraduría lo sancionó y apartó del cargo temporalmente.

Para conformar su gabinete de gobierno, Rodolfo Hernández buscó nombres de alto perfil e independientes. Con algunos la luna de miel duró poco porque, dicen sus críticos, se cansaron de la altanería del alcalde. De hecho, Hernández renunció a la alcaldía de Bucaramanga para dedicarse sin ningún impedimento constitucional a hacerle campaña a Juan Carlos Cárdenas, a quien esperaba convertir en su sucesor. Cárdenas ganó las elecciones con la bendición del ingeniero, pero ahora son grandes adversarios y el candidato le recrimina el apoyo que le dio.

“Debido a su lengua tan afilada, por momentos grosera, se ha tenido que retractar de cualquier cantidad de afirmaciones que ha hecho, ligeras, precipitadas y algunas calumniosas, en contra de muchísimas personas”, dice uno de sus contradictores, que lo conoce muy bien porque trabajaron juntos antes de que fuera alcalde.

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Con un discurso populista y pragmático ha podido llegar a las bases populares que apoyan su aspiración presidencial, pero se queda corto al explicar su programa de gobierno porque carece de profundidad. Un viejo amigo del candidato, con el que rompió vínculos por los constantes enfrentamientos que protagonizó en la alcaldía, sugiere que nunca asistió a un debate durante las elecciones porque a diferencia de Petro, un versado y elocuente senador que lleva veinte años preparándose para ser presidente, Hernández no conoce el Estado y su proyecto político se reduce a acabar con la corrupción para resolver los problemas de Colombia. “Él tiene un discurso interesante, que le gusta a la gente, pero no va a los debates por una cuestión de estrategia política. Allá en los debates lo van a volver nada en los temas de fondo”, dice.

Para Yann Basset, docente de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario, el triunfo de la narrativa de Rodolfo Hernández en las elecciones no es extraordinario porque el discurso anticorrupción es bastante común y exitoso en Colombia, más sobresaliente ahora que el contexto político le favorece. La fuerza política de la derecha, que ha gobernado durante los últimos veinte años, está minada y el ingeniero ha sabido movilizar a su favor a aquellos hastiados de los partidos tradicionales.

En esta campaña ha prometido donar su sueldo, suspender la operación y uso de la flota de aviones innecesarios o decretar el Estado de Conmoción Interior, un recurso de emergencia que, según la Constitución Política, faculta al Ejecutivo para derogar leyes o restringir la movilidad por noventa días, prorrogable dos veces por el mismo periodo. “Su equipo ha intentado clarificar su proyecto de país más allá del discurso populista en esta segunda vuelta, con cierta dificultad porque cualquier cosa que precise deja en evidencia la precariedad de sus propuestas”, explica el experto, doctor en Ciencia Política de la Universidad de París III.

La paradoja de la narrativa anticorrupción con la que llegó a gobernar Bucaramanga es que tuvo un efecto boomerang y se convirtió en el gran lunar de su administración. El 21 de julio, cuando haya ganado o perdido las elecciones presidenciales frente a Petro, deberá acudir a una audiencia de juicio disciplinario en su contra por el delito de presunto interés indebido en la celebración de contratos, es decir: una acusación de corrupción contra el candidato anticorrupción. En el expediente se le acusa de haber ejercido presiones para favorecer a la empresa Vitalogic en la adjudicación de un contrato relacionado con el manejo de basuras de Bucaramanga, de cuya transacción su hijo Luis Carlos Hernández recibiría una comisión de 1.5 millones de dólares.

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Rodolfo Hernández no habría llegado a la alcaldía sin el ingenio de su hermano Gabriel, el ideólogo de la campaña. Trabajaron juntos como si se tratara de una obra de construcción, pero fue Gabriel, el menor de los cuatro hermanos, quien echó los cimientos de esa candidatura. A cambio, le hizo prometer a Rodolfo, que había sido concejal de Piedecuesta —puesto del que también fue destituido por la Procuraduría—, que se lanzaría a la alcaldía sin el apoyo de ningún partido tradicional y se mantendría independiente. La estrategia de Gabriel funcionó, pero hasta hoy está distanciado de su hermano y prefiere mantenerse al margen de la candidatura presidencial en estas elecciones.

Las discordias le han hecho tanta sombra a la aspiración de Hernández que a su fórmula vicepresidencial la conoció apenas hace menos de cuatro meses, después de proponerle a varios empresarios, quienes lo rechazaron, y de que la periodista Paola Ochoa, quien sí aceptó, renunciara al encargo en menos de 48 horas por “temas personales”.

Finalmente optó por hacer una convocatoria y pidió a sus seguidores que le recomendaran hojas de vida. Recibió centenares de nombres, entre ellos el de Marelen Castillo, una académica e investigadora que ha dedicado treinta de sus 53 años a la docencia. “El ingeniero me llamó y me dijo: Marelen, aquí tengo como quinientas hojas de vida y queremos que tú seas nuestra fórmula vicepresidencial”, recuerda en entrevista. Ella le advirtió que no tenía perfil político ni experiencia en lo público. “Quiero eso”, le respondió. Marelen, licenciada en biología y química e ingeniería industrial, viajó a Bucaramanga y se reunieron. Ese primer encuentro la convenció.

Hernández está dispuesto a recibir apoyos de todos los sectores políticos, pero rechazó las alianzas en estas elecciones. Si es fiel a sus propuestas, tomará posesión en el pueblo más pobre de Colombia en el que le haya ganado en votos a Petro.

El movimiento de Rodolfo Hernández solo tiene dos representantes en el Congreso, así que está por verse si podría gobernar solo. También deberá probar que es capaz de terminar un periodo presidencial. Aunque fue elegido concejal de Piedecuesta entre 1990 y 1992, Hernández nunca se posicionó en el cargo ni acudió a las sesiones porque envió en su reemplazo a un suplente; cuando lo suspendieron también prefirió renunciar.

Un opositor resume la relación de Hernández con lo público así: “Si el día de mañana a Rodolfo le dicen que se tiene que ir de la Presidencia se va con gusto, como cuando dejó tirada la alcaldía, porque a él le vale huevo”.

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