Los Ninos del Compost: Historias de Camille de Donna Haraway

Los Niños del Compost

Ésta es una fábula especulativa, un relato que propone una serie de futuros posibles y presentes inverosímiles pero reales. Nació en un taller de escritura en Cerisy, Francia, en el verano de 2013, en donde se pidió a los participantes fabular a un bebé y que lo acompañaran a través de cinco generaciones humanas. Ésta es la ficción de un mundo multiespecies que arranca en el año 2025.

Afortunadamente, Camille nació en un momento de erupción –inesperada pero poderosa– de numerosas comunidades planetarias interconectadas de unos cientos de personas cada una, que se sintieron compelidas a emigrar a lugares en ruinas para trabajar en su sanación con asociados humanos y no humanos, construyendo redes, sendas, nodos y entramados de y para un mundo nuevamente habitable [1].

Sólo una parte de la sorprendente y contagiosa acción ejercida a lo largo y ancho de la tierra en aras del buen vivir provino de comunidades migratorias intencionales como la de Camille. Inspirándose en largas historias de resistencia creativa y vida generativa incluso en las peores circunstancias, personas de todas partes estaban profundamente cansadas de esperar soluciones externas que nunca se materializaban para problemas locales y sistémicos. Individuos, organizaciones y comunidades grandes y pequeñas se unieron entre sí y con comunidades migrantes como la de Camille para remodelar la vida terrana, en pro de una época posible después de las mortíferas discontinuidades del Antropoceno, Capitaloceno y Plantacionoceno. En ondas y pulsos simultáneos de cambios de sistema, diversos pueblos indígenas y todo tipo de mujeres, hombres, niños y niñas trabajadores ––sujetos durante largo tiempo a condiciones devastadoras de extracción y producción en sus tierras, aguas, hogares y viajes–– innovaron y fortalecieron coaliciones para reelaborar condiciones de vida y muerte que permitieran un florecimiento en el presente y en tiempos venideros. Estas erupciones de energía curativa y activismo se encendieron con el amor a la tierra y sus seres humanos y no humanos, y la rabia ante el ritmo y el alcance de las extinciones, exterminios, genocidios y pauperizaciones en patrones impuestos de formas de vida y muerte multiespecies que amenazaban la continuidad de todos los seres. El amor y la rabia contenían los gérmenes de la sanación parcial, incluso frente a una destrucción impetuosa.

Ninguna de las Comunidades del Compost podía imaginar que habitarían o se trasladarían a “tierras baldías”. Se resistían ferozmente a estas ficciones ––todavía entonces ponderosas y destructivas–– del colonialismo de los colonos y el evangelismo religioso, secular o no. Las Comunidades del Compost trabajaban y jugaban duramente para entender cómo heredar las capas y capas de vida y muerte que infunden cada lugar y cada corredor. A diferencia de los habitantes de muchos otros movimientos, relatos o literaturas utópicos en la historia de la Tierra, las Niñas y Niños del Compost sabían que no podían engañarse pensando que empezarían desde cero. Era precisamente la perspectiva contraria lo que les movía: se preguntaron y respondieron a la pregunta de cómo vivir en ruinas aún habitadas, junto con los fantasmas y los vivos. Provenientes de todas las clases económicas, colores, castas, religiones, secularidades y regiones, los miembros de los diversos asentamientos emergentes a lo largo de la Tierra vivían según unas pocas prácticas sencillas pero transformadoras que, en su momento, atrajeron a muchos otros pueblos y comunidades, tanto estables como migratorios, a la vez que fueron vitalmente infectados por ellas. Las comunidades divergían en su desarrollo con una creatividad simpoiética, aunque permanecían unidas por hilos pegajosos.

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