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En 1759 un autor anónimo escribió el "Cuaderno curioso y práctica de purgadores" donde ofrece detalles sobre el proceso del azúcar.
El misterio detrás de un manuscrito sobre el arte de purgar en los ingenios azucareros del siglo XVIII surge en medio de la investigación de Alaíde Ventura para su próxima novela.
“Hacia 1974, en lo que fue la biblioteca central de la Universidad Veracruzana en Xalapa, descubrí el manuscrito anónimo del siglo XVIII Cuaderno curioso y práctica de purgadores, en la colección privada de José Ch. Ramírez”, dice Fernando Winfield Capitaine en el prólogo a Tecnología del azúcar en la Nueva España (2006), libro que yo descubrí hacia 2024 en lo que fue y sigue siendo la biblioteca de la Universidad de Texas.
La primera curiosidad del Cuaderno es que Winfield haya preferido no publicarlo con su título original, modesta y debidamente prologado, sino, en cambio, rebrandearlo bajo su autoría, añadiendo ilustraciones, glosario y contexto. Así, el Cuaderno pasó a ser Tecnología del azúcar. No en vano alguna vez un ciego sabio aseguró que en el universo, que otros llaman “la Biblioteca”, cada ejemplar es único e irremplazable. Entonces, si “hay obras que no difieren sino por una letra o por una coma”, ¿no podría haber libros que difieran uno de otro por un prólogo? No lo sé. No importa. El manuscrito original, minucioso instructivo para la operación íntegra de un ingenio azucarero en el virreinato, desde la selección de semillas hasta la potestad y posterior herencia, existe ab aeterno, “en la eternidad futura del mundo”, que vendría a ser nuestro ahora.
Cuaderno curioso y práctica de purgadores
Sé poco sobre el autor y, sin embargo, estoy contenta porque sé algo. Sé que en 1759 escribió el Cuaderno que hoy tengo en mis manos. Y que muy probablemente haya sido un hombre jesuita, pues el ingenio Xochimancas, donde parece haber vivido, era manejado por la compañía de Jesús en aquel entonces y en todos los entonces.
También sé que amaba las cañas tanto como se puede llegar a amar a una fruta, que amaba sus brotes, la veleidad de sus tallos y el alborozo que propagan sus mieles. Lo comprendo, y no solo eso, sino que comparto la infatuación. Me he convencido de que roer el bagazo es la finalidad última de mis vampíricos colmillos, cada día más romos y desalineados por el bruxismo, por más que la traducción inglesa, eye-teeth, persista en colocármelos bajo la línea de los ojos.
Además de su identidad y detalles biográficos, hay otros enigmas para los que no hallo respuesta. Primero, ¿quién le habrá asignado la escritura de Cuaderno y por qué? ¿Sería el escritor el mismísimo maestro purgador de Xochimancas, capacitando a su remplazo? ¿Anhelaría la implementación de mejores prácticas purgatorias en el virreinato? Para el momento de la escritura, la compañía de Jesús habría alcanzado proporciones monstruosas en lo que respecta a administración y negocios, por ello la comisión de libros y manuales era una práctica común. ¿Nadie sospechaba que en menos de 10 años los jesuitas serían expulsados del reino y de todos los virreinos, violenta y penosamente, por su majestad Carlos III? Me inclino más por pensar que el escritor un poco sí se las olía, y que sus intenciones con el Cuaderno eran la diseminación del conocimiento. La trascendencia, que sería la suya, ultimadamente.
Te recomendamos leer: Asomarse al interior, un análisis de Alaíde Ventura sobre el extraño caso de Alexis St. Martin
En lo personal, he disfrutado más la lectura del Cuaderno que la del Directorio para el buen gobierno de Xochimancas de 1664, firmado por el padre Hernando Cavero, visitador de la hacienda. No solo por la importancia que el escritor del Cuaderno le otorga al purgador por sobre los administradores, sino por su insistencia en registrar absolutamente todo. El Cuaderno resulta curioso en múltiples acepciones: es raro y despierta el interés por aprender lo que no se conoce, en parte debido a que ha sido producido con curia, o sea, con cuidado y esmero.
Me gustaría identificar al autor para poder hablarle. Quisiera decirle que yo también llevo un pequeño diario, como él sugiere, y que también intento cuidar la relación, “tener vigilancia en la pluma y no andar omiso; porque de lo contrario acontecen mil dudas y gravámenes de conciencia”. Y que ejercito la poética del listado a la manera en que él lo hace, por el puro gusto de paladear las palabras, asentarlas en la lengua y en el documento; que reverberen hasta agotarse, y así, también, protegerlas, dejar fe de su existencia. Herramientas: “machetes de monte y cañeros, azadones, hachas grandes y chicas, barretas, almapanetas, porrillas, pochos, tlalachos, coas, hoces, tejuelos, guijos, cinchos, brocales, cinchos de mazas de carretas, bujas, arpones, escoplo y suela gañana”. Maderas: “tehuistle, capire, tepemesquite, brasil, guayabillo, encinillo, palo dulce, culata, camotillo, cuagiate, sincáscara, mezquite, cuaucahuate, pochote, higuerón, tensonquelite, ciruelo, cuaulahuat”. Lo cierto es que muchas de esas palabras ya no se utilizan ni he sido capaz de rastrear su origen o taxonomía científica. La que sigue vigente, a pesar de todos los advenimientos, es la de purga, “separar los granos de azúcar de las mieles”, así como sus derivados, purgador y purgadora, para designar a quien ejecuta el oficio.
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Me disculpo de antemano por la imprudencia que cometo al decir purgadora, si desde el descargo introductorio del Cuaderno, el autor había advertido de la “necedad absoluta” de las mujeres. Pero qué le vamos a hacer, son otros tiempos, algunas cosas han cambiado y valdría la pena actualizarse. Él, que conoció tan a la perfección sus tierras, que sabía medirlas ubicando los vientos y sin que fuera “menester mucha cosmografía ni astrolabios ni otros artes”, y calcular las aguas “por aritmética y no por geometría”, organizar caballerías y criaderos y disponer las suertes de siembra a partir de los distintos triángulos, no llegó a enterarse de que Xochimancas acabaría en manos de hombres ignorantes, incapaces de apreciar sus mieles, mercenarios que en el siglo XIX convertirían los campos de caña en cafetales estériles. Lo único que sobrevive del casco de lo que fuera una gran empresa son los paredones, cubiertos de musgo y otros verdores.
Sé poco sobre el autor, pero bastante sobre este Cuaderno que he recorrido de arriba abajo y de atrás adelante. La trascendencia revistió al documento, mas ocultó el nombre propio del ejecutor. Así también se perderá el mío y acabaremos fantasmas anónimos los dos.
Por lo pronto, en 2025, su eco todavía me responde en murmurada correspondencia. Me regocijo en la lectura de sus formatos comerciales y me preparo para atender cualquier intercambio, remisión, requisición o auto, no importa que hayan transcurrido trescientos años. En el formato para tramitar posesión de algo, “estando en el campo, y en tal paraje a tantos de tal mes y tal año”, el escritor inventó a los siguientes involucrados: “don Frasquito, don Cursi, don Murcio y don Pinacate, circunvecinos; Durazno y Prisco, testigos de identidad; Partita y don Coruco, gobernadores de tal parte, y tal pueblo, con sus alcaldes y demás oficiales…”
Frasquito,
Cursi,
Murcio,
Pinacate,
Durazno,
Prisco,
Partita
y Coruco,
presentes,
qué risa.
Para delinear esta y otras cohortes hipotéticas, al autor debió de empujarlo un combustible que no era mero entusiasmo. Su ligereza me recuerda a los picos de euforia causados por las mieles que el escrito busca preservar. Los conozco. También aminoro y exacerbo mi vehemencia conforme voy sorbiendo mis jugos.
Lo mismo me fascinan las representaciones gráficas utilizadas por el autor al explicar que la siembra en cordoncillo es
/ / / / / / / / / / /
y la siembra en cadenilla es
-_-_-_-_-_-_-
y la siembra en petatillo es
=-=-=-=-=-=-
como me conmueven sus angustiados desplantes de humildad al admitir que de la caña no lo sabe todo, que nadie puede saberlo todo, y cuando con crudeza relata que un cañaverero, ante su insistencia de regar donde se veía seca la tierra, clavó un hoyito con su navaja para demostrarle la humedad oculta dentro. Me gusta que incluyó términos mexicanos y la traducción como él la entendía: tlatemale, “el surco”, tlaljulia, “el riego”, tlalquiste, “la tierra”. Me gustan, incluso, las extravagantes parábolas morales con las que equipara al hombre y la caña, aunque me parezca un poco extrema la homologación de un brote agusanado con un hijo sin ley de cristiano: “Nace la planta caña de la tierra heredando su buena o mala condición. Nace la planta racional, formada de asquerosa materia”.
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Mi rasgo favorito del libro tal vez sean los niveles apoteósicos que alcanza, infiero que en plena intoxicación glucémica, para alabar al azúcar. Por ejemplo, al preguntar capciosamente que, si del barro Dios creó al hombre y “también las formas en que se hacen las azúcares está fabricada de barro, ¿quién fue el que así lo determinó? ¿Quién, si no Dios, hacedor de todo lo criado? Y porque no estuviesen vacíos los vasos de estas formas, determinó su sabiduría el que los hombres criasen cañas, y que del jugo de ellas tomado conocimiento se llenasen las formas de aquella materia”.
Me pregunto cómo habrá sido el exilio del autor, si lo hubo, y si habrá logrado aplicar las enseñanzas de su cuaderno y su entregada devoción al azúcar en otro ingenio. Tal vez no haya ido a parar a uno de maquinaria hidráulica, sino a un modesto trapiche de mulitas. ¿Acaso alguno en la cuenca del Papaloapan? ¿Cuál sería la trayectoria del Cuaderno antes de caer en manos del empresario azucarero que lo donaría a la Universidad Veracruzana? De haberse avecindado en el Golfo, el escritor habría tenido que redactar nuevas instrucciones para el traslado de las cañas en panga y anexarlo, hay que decirlo, al formato de la venta de esclavos.
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Tampoco puede olvidarse eso. Aunque el rostro del autor se desdibujó, sus disposiciones permanecen: “Otorga que vende en venta real de hoy para siempre a Eustaquio, de esta vecindad, para el susodicho, sus herederos y sucesores un negro su esclavo nombrado Garatuza, que será de edad de quinientos años, soltero, el que hubo y compró de Pánfilo, por escritura su fecha en tal parte, día, mes y año” y así.
Eustaquio,
Garatuza,
Pánfilo,
ya no da risa.
Con los fantasmas sucede igual que con los vivos: al girar de la página pasamos del humor al agravio y sobre nuestras cabezas se desploma el peso de quinientos años. Los registros de Xochimancas no son buenos, se habla de cientos de hombres, mujeres y niños adquiridos a lo largo del siglo XVII, y luego de una población más o menos estable producto del calculado equilibrio jesuita de matrimonios y descendencias. Y el escritor, ante esto, callado, inaccesible, imperturbable.
“Amigo”, reverbera el documento en su interlocución esperanzada, “amigo purgador”. Amigo, yo, que no soy hombre jesuita ni purgador azucarero y que padezco, en cambio, de “flaqueza mujeril” y de “lo resbaladizo de la lengua”.
Pero ¿qué más se puede hacer con un fantasma, sino sostenerle la mirada? No serviría de nada contarle cómo se siente un cuarto de calderas a las cuatro de la mañana, él lo conoce, él estuvo ahí. Acaso le preguntaría nomás, pobremente, si en su experta opinión todo aquello, el fuego, los tajos, la quemazón de cejas y dedos, también fue obra dispuesta por el gran maestro, por “nuestro Dios creador del hermoso blanco, del dulce tan delicioso”.
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Amigo escritor, le diría, ya entrada en confianza.
Amigo escritor: tú amabas el primor del barro, las formas de las hojas recién asomadas, y odiabas el desperdicio del caldo en la bagacera. Con tanto amor que tenías por el mundo y las industrias del progreso, ¿no podías, igualmente, haber amado a los hombres? Los esclavos mascaban el cogollo y de vuelta lo escupían de un soplo a la tierra. Tenían calor, tenían cansancio, padecían de esa sed insaciable que bien conociste y que tú y yo compartimos y acaso gracias a la cual inevitablemente escribimos. Adictos. Viciosos. A merced del magnetismo de las mieles. Imagina la vorágine de la sangre acelerada. Imagina el jugo deslizándose en millones de gargantas laceradas. ¿Me estás diciendo que esto también fue determinado por el supremo artífice y hacedor soberano, para nuestro bien y consuelo?
“Bendita sea su sabiduría inmensa para siempre”.
El Cuaderno curioso y práctica de purgadores, manuscrito anónimo de 1759, fue editado por Fernando Winfield Capitaine bajo el título de Tecnología del azúcar en la Nueva España en la editorial del gobierno de Veracruz en 2006. El Universo es la Biblioteca de Babel, por supuesto. El Directorio para el buen gobierno de Xochimancas de 1664 es autoría de Hernando Cavero.
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El misterio detrás de un manuscrito sobre el arte de purgar en los ingenios azucareros del siglo XVIII surge en medio de la investigación de Alaíde Ventura para su próxima novela.
“Hacia 1974, en lo que fue la biblioteca central de la Universidad Veracruzana en Xalapa, descubrí el manuscrito anónimo del siglo XVIII Cuaderno curioso y práctica de purgadores, en la colección privada de José Ch. Ramírez”, dice Fernando Winfield Capitaine en el prólogo a Tecnología del azúcar en la Nueva España (2006), libro que yo descubrí hacia 2024 en lo que fue y sigue siendo la biblioteca de la Universidad de Texas.
La primera curiosidad del Cuaderno es que Winfield haya preferido no publicarlo con su título original, modesta y debidamente prologado, sino, en cambio, rebrandearlo bajo su autoría, añadiendo ilustraciones, glosario y contexto. Así, el Cuaderno pasó a ser Tecnología del azúcar. No en vano alguna vez un ciego sabio aseguró que en el universo, que otros llaman “la Biblioteca”, cada ejemplar es único e irremplazable. Entonces, si “hay obras que no difieren sino por una letra o por una coma”, ¿no podría haber libros que difieran uno de otro por un prólogo? No lo sé. No importa. El manuscrito original, minucioso instructivo para la operación íntegra de un ingenio azucarero en el virreinato, desde la selección de semillas hasta la potestad y posterior herencia, existe ab aeterno, “en la eternidad futura del mundo”, que vendría a ser nuestro ahora.
Cuaderno curioso y práctica de purgadores
Sé poco sobre el autor y, sin embargo, estoy contenta porque sé algo. Sé que en 1759 escribió el Cuaderno que hoy tengo en mis manos. Y que muy probablemente haya sido un hombre jesuita, pues el ingenio Xochimancas, donde parece haber vivido, era manejado por la compañía de Jesús en aquel entonces y en todos los entonces.
También sé que amaba las cañas tanto como se puede llegar a amar a una fruta, que amaba sus brotes, la veleidad de sus tallos y el alborozo que propagan sus mieles. Lo comprendo, y no solo eso, sino que comparto la infatuación. Me he convencido de que roer el bagazo es la finalidad última de mis vampíricos colmillos, cada día más romos y desalineados por el bruxismo, por más que la traducción inglesa, eye-teeth, persista en colocármelos bajo la línea de los ojos.
Además de su identidad y detalles biográficos, hay otros enigmas para los que no hallo respuesta. Primero, ¿quién le habrá asignado la escritura de Cuaderno y por qué? ¿Sería el escritor el mismísimo maestro purgador de Xochimancas, capacitando a su remplazo? ¿Anhelaría la implementación de mejores prácticas purgatorias en el virreinato? Para el momento de la escritura, la compañía de Jesús habría alcanzado proporciones monstruosas en lo que respecta a administración y negocios, por ello la comisión de libros y manuales era una práctica común. ¿Nadie sospechaba que en menos de 10 años los jesuitas serían expulsados del reino y de todos los virreinos, violenta y penosamente, por su majestad Carlos III? Me inclino más por pensar que el escritor un poco sí se las olía, y que sus intenciones con el Cuaderno eran la diseminación del conocimiento. La trascendencia, que sería la suya, ultimadamente.
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En lo personal, he disfrutado más la lectura del Cuaderno que la del Directorio para el buen gobierno de Xochimancas de 1664, firmado por el padre Hernando Cavero, visitador de la hacienda. No solo por la importancia que el escritor del Cuaderno le otorga al purgador por sobre los administradores, sino por su insistencia en registrar absolutamente todo. El Cuaderno resulta curioso en múltiples acepciones: es raro y despierta el interés por aprender lo que no se conoce, en parte debido a que ha sido producido con curia, o sea, con cuidado y esmero.
Me gustaría identificar al autor para poder hablarle. Quisiera decirle que yo también llevo un pequeño diario, como él sugiere, y que también intento cuidar la relación, “tener vigilancia en la pluma y no andar omiso; porque de lo contrario acontecen mil dudas y gravámenes de conciencia”. Y que ejercito la poética del listado a la manera en que él lo hace, por el puro gusto de paladear las palabras, asentarlas en la lengua y en el documento; que reverberen hasta agotarse, y así, también, protegerlas, dejar fe de su existencia. Herramientas: “machetes de monte y cañeros, azadones, hachas grandes y chicas, barretas, almapanetas, porrillas, pochos, tlalachos, coas, hoces, tejuelos, guijos, cinchos, brocales, cinchos de mazas de carretas, bujas, arpones, escoplo y suela gañana”. Maderas: “tehuistle, capire, tepemesquite, brasil, guayabillo, encinillo, palo dulce, culata, camotillo, cuagiate, sincáscara, mezquite, cuaucahuate, pochote, higuerón, tensonquelite, ciruelo, cuaulahuat”. Lo cierto es que muchas de esas palabras ya no se utilizan ni he sido capaz de rastrear su origen o taxonomía científica. La que sigue vigente, a pesar de todos los advenimientos, es la de purga, “separar los granos de azúcar de las mieles”, así como sus derivados, purgador y purgadora, para designar a quien ejecuta el oficio.
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Me disculpo de antemano por la imprudencia que cometo al decir purgadora, si desde el descargo introductorio del Cuaderno, el autor había advertido de la “necedad absoluta” de las mujeres. Pero qué le vamos a hacer, son otros tiempos, algunas cosas han cambiado y valdría la pena actualizarse. Él, que conoció tan a la perfección sus tierras, que sabía medirlas ubicando los vientos y sin que fuera “menester mucha cosmografía ni astrolabios ni otros artes”, y calcular las aguas “por aritmética y no por geometría”, organizar caballerías y criaderos y disponer las suertes de siembra a partir de los distintos triángulos, no llegó a enterarse de que Xochimancas acabaría en manos de hombres ignorantes, incapaces de apreciar sus mieles, mercenarios que en el siglo XIX convertirían los campos de caña en cafetales estériles. Lo único que sobrevive del casco de lo que fuera una gran empresa son los paredones, cubiertos de musgo y otros verdores.
Sé poco sobre el autor, pero bastante sobre este Cuaderno que he recorrido de arriba abajo y de atrás adelante. La trascendencia revistió al documento, mas ocultó el nombre propio del ejecutor. Así también se perderá el mío y acabaremos fantasmas anónimos los dos.
Por lo pronto, en 2025, su eco todavía me responde en murmurada correspondencia. Me regocijo en la lectura de sus formatos comerciales y me preparo para atender cualquier intercambio, remisión, requisición o auto, no importa que hayan transcurrido trescientos años. En el formato para tramitar posesión de algo, “estando en el campo, y en tal paraje a tantos de tal mes y tal año”, el escritor inventó a los siguientes involucrados: “don Frasquito, don Cursi, don Murcio y don Pinacate, circunvecinos; Durazno y Prisco, testigos de identidad; Partita y don Coruco, gobernadores de tal parte, y tal pueblo, con sus alcaldes y demás oficiales…”
Frasquito,
Cursi,
Murcio,
Pinacate,
Durazno,
Prisco,
Partita
y Coruco,
presentes,
qué risa.
Para delinear esta y otras cohortes hipotéticas, al autor debió de empujarlo un combustible que no era mero entusiasmo. Su ligereza me recuerda a los picos de euforia causados por las mieles que el escrito busca preservar. Los conozco. También aminoro y exacerbo mi vehemencia conforme voy sorbiendo mis jugos.
Lo mismo me fascinan las representaciones gráficas utilizadas por el autor al explicar que la siembra en cordoncillo es
/ / / / / / / / / / /
y la siembra en cadenilla es
-_-_-_-_-_-_-
y la siembra en petatillo es
=-=-=-=-=-=-
como me conmueven sus angustiados desplantes de humildad al admitir que de la caña no lo sabe todo, que nadie puede saberlo todo, y cuando con crudeza relata que un cañaverero, ante su insistencia de regar donde se veía seca la tierra, clavó un hoyito con su navaja para demostrarle la humedad oculta dentro. Me gusta que incluyó términos mexicanos y la traducción como él la entendía: tlatemale, “el surco”, tlaljulia, “el riego”, tlalquiste, “la tierra”. Me gustan, incluso, las extravagantes parábolas morales con las que equipara al hombre y la caña, aunque me parezca un poco extrema la homologación de un brote agusanado con un hijo sin ley de cristiano: “Nace la planta caña de la tierra heredando su buena o mala condición. Nace la planta racional, formada de asquerosa materia”.
También te podría interesar: "Si una noche de verano un ciclista", un diálogo de Alaíde Ventura con el fantasma de Sajid Barajas.
Mi rasgo favorito del libro tal vez sean los niveles apoteósicos que alcanza, infiero que en plena intoxicación glucémica, para alabar al azúcar. Por ejemplo, al preguntar capciosamente que, si del barro Dios creó al hombre y “también las formas en que se hacen las azúcares está fabricada de barro, ¿quién fue el que así lo determinó? ¿Quién, si no Dios, hacedor de todo lo criado? Y porque no estuviesen vacíos los vasos de estas formas, determinó su sabiduría el que los hombres criasen cañas, y que del jugo de ellas tomado conocimiento se llenasen las formas de aquella materia”.
Me pregunto cómo habrá sido el exilio del autor, si lo hubo, y si habrá logrado aplicar las enseñanzas de su cuaderno y su entregada devoción al azúcar en otro ingenio. Tal vez no haya ido a parar a uno de maquinaria hidráulica, sino a un modesto trapiche de mulitas. ¿Acaso alguno en la cuenca del Papaloapan? ¿Cuál sería la trayectoria del Cuaderno antes de caer en manos del empresario azucarero que lo donaría a la Universidad Veracruzana? De haberse avecindado en el Golfo, el escritor habría tenido que redactar nuevas instrucciones para el traslado de las cañas en panga y anexarlo, hay que decirlo, al formato de la venta de esclavos.
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Tampoco puede olvidarse eso. Aunque el rostro del autor se desdibujó, sus disposiciones permanecen: “Otorga que vende en venta real de hoy para siempre a Eustaquio, de esta vecindad, para el susodicho, sus herederos y sucesores un negro su esclavo nombrado Garatuza, que será de edad de quinientos años, soltero, el que hubo y compró de Pánfilo, por escritura su fecha en tal parte, día, mes y año” y así.
Eustaquio,
Garatuza,
Pánfilo,
ya no da risa.
Con los fantasmas sucede igual que con los vivos: al girar de la página pasamos del humor al agravio y sobre nuestras cabezas se desploma el peso de quinientos años. Los registros de Xochimancas no son buenos, se habla de cientos de hombres, mujeres y niños adquiridos a lo largo del siglo XVII, y luego de una población más o menos estable producto del calculado equilibrio jesuita de matrimonios y descendencias. Y el escritor, ante esto, callado, inaccesible, imperturbable.
“Amigo”, reverbera el documento en su interlocución esperanzada, “amigo purgador”. Amigo, yo, que no soy hombre jesuita ni purgador azucarero y que padezco, en cambio, de “flaqueza mujeril” y de “lo resbaladizo de la lengua”.
Pero ¿qué más se puede hacer con un fantasma, sino sostenerle la mirada? No serviría de nada contarle cómo se siente un cuarto de calderas a las cuatro de la mañana, él lo conoce, él estuvo ahí. Acaso le preguntaría nomás, pobremente, si en su experta opinión todo aquello, el fuego, los tajos, la quemazón de cejas y dedos, también fue obra dispuesta por el gran maestro, por “nuestro Dios creador del hermoso blanco, del dulce tan delicioso”.
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Amigo escritor, le diría, ya entrada en confianza.
Amigo escritor: tú amabas el primor del barro, las formas de las hojas recién asomadas, y odiabas el desperdicio del caldo en la bagacera. Con tanto amor que tenías por el mundo y las industrias del progreso, ¿no podías, igualmente, haber amado a los hombres? Los esclavos mascaban el cogollo y de vuelta lo escupían de un soplo a la tierra. Tenían calor, tenían cansancio, padecían de esa sed insaciable que bien conociste y que tú y yo compartimos y acaso gracias a la cual inevitablemente escribimos. Adictos. Viciosos. A merced del magnetismo de las mieles. Imagina la vorágine de la sangre acelerada. Imagina el jugo deslizándose en millones de gargantas laceradas. ¿Me estás diciendo que esto también fue determinado por el supremo artífice y hacedor soberano, para nuestro bien y consuelo?
“Bendita sea su sabiduría inmensa para siempre”.
El Cuaderno curioso y práctica de purgadores, manuscrito anónimo de 1759, fue editado por Fernando Winfield Capitaine bajo el título de Tecnología del azúcar en la Nueva España en la editorial del gobierno de Veracruz en 2006. El Universo es la Biblioteca de Babel, por supuesto. El Directorio para el buen gobierno de Xochimancas de 1664 es autoría de Hernando Cavero.
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En 1759 un autor anónimo escribió el "Cuaderno curioso y práctica de purgadores" donde ofrece detalles sobre el proceso del azúcar.
El misterio detrás de un manuscrito sobre el arte de purgar en los ingenios azucareros del siglo XVIII surge en medio de la investigación de Alaíde Ventura para su próxima novela.
“Hacia 1974, en lo que fue la biblioteca central de la Universidad Veracruzana en Xalapa, descubrí el manuscrito anónimo del siglo XVIII Cuaderno curioso y práctica de purgadores, en la colección privada de José Ch. Ramírez”, dice Fernando Winfield Capitaine en el prólogo a Tecnología del azúcar en la Nueva España (2006), libro que yo descubrí hacia 2024 en lo que fue y sigue siendo la biblioteca de la Universidad de Texas.
La primera curiosidad del Cuaderno es que Winfield haya preferido no publicarlo con su título original, modesta y debidamente prologado, sino, en cambio, rebrandearlo bajo su autoría, añadiendo ilustraciones, glosario y contexto. Así, el Cuaderno pasó a ser Tecnología del azúcar. No en vano alguna vez un ciego sabio aseguró que en el universo, que otros llaman “la Biblioteca”, cada ejemplar es único e irremplazable. Entonces, si “hay obras que no difieren sino por una letra o por una coma”, ¿no podría haber libros que difieran uno de otro por un prólogo? No lo sé. No importa. El manuscrito original, minucioso instructivo para la operación íntegra de un ingenio azucarero en el virreinato, desde la selección de semillas hasta la potestad y posterior herencia, existe ab aeterno, “en la eternidad futura del mundo”, que vendría a ser nuestro ahora.
Cuaderno curioso y práctica de purgadores
Sé poco sobre el autor y, sin embargo, estoy contenta porque sé algo. Sé que en 1759 escribió el Cuaderno que hoy tengo en mis manos. Y que muy probablemente haya sido un hombre jesuita, pues el ingenio Xochimancas, donde parece haber vivido, era manejado por la compañía de Jesús en aquel entonces y en todos los entonces.
También sé que amaba las cañas tanto como se puede llegar a amar a una fruta, que amaba sus brotes, la veleidad de sus tallos y el alborozo que propagan sus mieles. Lo comprendo, y no solo eso, sino que comparto la infatuación. Me he convencido de que roer el bagazo es la finalidad última de mis vampíricos colmillos, cada día más romos y desalineados por el bruxismo, por más que la traducción inglesa, eye-teeth, persista en colocármelos bajo la línea de los ojos.
Además de su identidad y detalles biográficos, hay otros enigmas para los que no hallo respuesta. Primero, ¿quién le habrá asignado la escritura de Cuaderno y por qué? ¿Sería el escritor el mismísimo maestro purgador de Xochimancas, capacitando a su remplazo? ¿Anhelaría la implementación de mejores prácticas purgatorias en el virreinato? Para el momento de la escritura, la compañía de Jesús habría alcanzado proporciones monstruosas en lo que respecta a administración y negocios, por ello la comisión de libros y manuales era una práctica común. ¿Nadie sospechaba que en menos de 10 años los jesuitas serían expulsados del reino y de todos los virreinos, violenta y penosamente, por su majestad Carlos III? Me inclino más por pensar que el escritor un poco sí se las olía, y que sus intenciones con el Cuaderno eran la diseminación del conocimiento. La trascendencia, que sería la suya, ultimadamente.
Te recomendamos leer: Asomarse al interior, un análisis de Alaíde Ventura sobre el extraño caso de Alexis St. Martin
En lo personal, he disfrutado más la lectura del Cuaderno que la del Directorio para el buen gobierno de Xochimancas de 1664, firmado por el padre Hernando Cavero, visitador de la hacienda. No solo por la importancia que el escritor del Cuaderno le otorga al purgador por sobre los administradores, sino por su insistencia en registrar absolutamente todo. El Cuaderno resulta curioso en múltiples acepciones: es raro y despierta el interés por aprender lo que no se conoce, en parte debido a que ha sido producido con curia, o sea, con cuidado y esmero.
Me gustaría identificar al autor para poder hablarle. Quisiera decirle que yo también llevo un pequeño diario, como él sugiere, y que también intento cuidar la relación, “tener vigilancia en la pluma y no andar omiso; porque de lo contrario acontecen mil dudas y gravámenes de conciencia”. Y que ejercito la poética del listado a la manera en que él lo hace, por el puro gusto de paladear las palabras, asentarlas en la lengua y en el documento; que reverberen hasta agotarse, y así, también, protegerlas, dejar fe de su existencia. Herramientas: “machetes de monte y cañeros, azadones, hachas grandes y chicas, barretas, almapanetas, porrillas, pochos, tlalachos, coas, hoces, tejuelos, guijos, cinchos, brocales, cinchos de mazas de carretas, bujas, arpones, escoplo y suela gañana”. Maderas: “tehuistle, capire, tepemesquite, brasil, guayabillo, encinillo, palo dulce, culata, camotillo, cuagiate, sincáscara, mezquite, cuaucahuate, pochote, higuerón, tensonquelite, ciruelo, cuaulahuat”. Lo cierto es que muchas de esas palabras ya no se utilizan ni he sido capaz de rastrear su origen o taxonomía científica. La que sigue vigente, a pesar de todos los advenimientos, es la de purga, “separar los granos de azúcar de las mieles”, así como sus derivados, purgador y purgadora, para designar a quien ejecuta el oficio.
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Me disculpo de antemano por la imprudencia que cometo al decir purgadora, si desde el descargo introductorio del Cuaderno, el autor había advertido de la “necedad absoluta” de las mujeres. Pero qué le vamos a hacer, son otros tiempos, algunas cosas han cambiado y valdría la pena actualizarse. Él, que conoció tan a la perfección sus tierras, que sabía medirlas ubicando los vientos y sin que fuera “menester mucha cosmografía ni astrolabios ni otros artes”, y calcular las aguas “por aritmética y no por geometría”, organizar caballerías y criaderos y disponer las suertes de siembra a partir de los distintos triángulos, no llegó a enterarse de que Xochimancas acabaría en manos de hombres ignorantes, incapaces de apreciar sus mieles, mercenarios que en el siglo XIX convertirían los campos de caña en cafetales estériles. Lo único que sobrevive del casco de lo que fuera una gran empresa son los paredones, cubiertos de musgo y otros verdores.
Sé poco sobre el autor, pero bastante sobre este Cuaderno que he recorrido de arriba abajo y de atrás adelante. La trascendencia revistió al documento, mas ocultó el nombre propio del ejecutor. Así también se perderá el mío y acabaremos fantasmas anónimos los dos.
Por lo pronto, en 2025, su eco todavía me responde en murmurada correspondencia. Me regocijo en la lectura de sus formatos comerciales y me preparo para atender cualquier intercambio, remisión, requisición o auto, no importa que hayan transcurrido trescientos años. En el formato para tramitar posesión de algo, “estando en el campo, y en tal paraje a tantos de tal mes y tal año”, el escritor inventó a los siguientes involucrados: “don Frasquito, don Cursi, don Murcio y don Pinacate, circunvecinos; Durazno y Prisco, testigos de identidad; Partita y don Coruco, gobernadores de tal parte, y tal pueblo, con sus alcaldes y demás oficiales…”
Frasquito,
Cursi,
Murcio,
Pinacate,
Durazno,
Prisco,
Partita
y Coruco,
presentes,
qué risa.
Para delinear esta y otras cohortes hipotéticas, al autor debió de empujarlo un combustible que no era mero entusiasmo. Su ligereza me recuerda a los picos de euforia causados por las mieles que el escrito busca preservar. Los conozco. También aminoro y exacerbo mi vehemencia conforme voy sorbiendo mis jugos.
Lo mismo me fascinan las representaciones gráficas utilizadas por el autor al explicar que la siembra en cordoncillo es
/ / / / / / / / / / /
y la siembra en cadenilla es
-_-_-_-_-_-_-
y la siembra en petatillo es
=-=-=-=-=-=-
como me conmueven sus angustiados desplantes de humildad al admitir que de la caña no lo sabe todo, que nadie puede saberlo todo, y cuando con crudeza relata que un cañaverero, ante su insistencia de regar donde se veía seca la tierra, clavó un hoyito con su navaja para demostrarle la humedad oculta dentro. Me gusta que incluyó términos mexicanos y la traducción como él la entendía: tlatemale, “el surco”, tlaljulia, “el riego”, tlalquiste, “la tierra”. Me gustan, incluso, las extravagantes parábolas morales con las que equipara al hombre y la caña, aunque me parezca un poco extrema la homologación de un brote agusanado con un hijo sin ley de cristiano: “Nace la planta caña de la tierra heredando su buena o mala condición. Nace la planta racional, formada de asquerosa materia”.
También te podría interesar: "Si una noche de verano un ciclista", un diálogo de Alaíde Ventura con el fantasma de Sajid Barajas.
Mi rasgo favorito del libro tal vez sean los niveles apoteósicos que alcanza, infiero que en plena intoxicación glucémica, para alabar al azúcar. Por ejemplo, al preguntar capciosamente que, si del barro Dios creó al hombre y “también las formas en que se hacen las azúcares está fabricada de barro, ¿quién fue el que así lo determinó? ¿Quién, si no Dios, hacedor de todo lo criado? Y porque no estuviesen vacíos los vasos de estas formas, determinó su sabiduría el que los hombres criasen cañas, y que del jugo de ellas tomado conocimiento se llenasen las formas de aquella materia”.
Me pregunto cómo habrá sido el exilio del autor, si lo hubo, y si habrá logrado aplicar las enseñanzas de su cuaderno y su entregada devoción al azúcar en otro ingenio. Tal vez no haya ido a parar a uno de maquinaria hidráulica, sino a un modesto trapiche de mulitas. ¿Acaso alguno en la cuenca del Papaloapan? ¿Cuál sería la trayectoria del Cuaderno antes de caer en manos del empresario azucarero que lo donaría a la Universidad Veracruzana? De haberse avecindado en el Golfo, el escritor habría tenido que redactar nuevas instrucciones para el traslado de las cañas en panga y anexarlo, hay que decirlo, al formato de la venta de esclavos.
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Tampoco puede olvidarse eso. Aunque el rostro del autor se desdibujó, sus disposiciones permanecen: “Otorga que vende en venta real de hoy para siempre a Eustaquio, de esta vecindad, para el susodicho, sus herederos y sucesores un negro su esclavo nombrado Garatuza, que será de edad de quinientos años, soltero, el que hubo y compró de Pánfilo, por escritura su fecha en tal parte, día, mes y año” y así.
Eustaquio,
Garatuza,
Pánfilo,
ya no da risa.
Con los fantasmas sucede igual que con los vivos: al girar de la página pasamos del humor al agravio y sobre nuestras cabezas se desploma el peso de quinientos años. Los registros de Xochimancas no son buenos, se habla de cientos de hombres, mujeres y niños adquiridos a lo largo del siglo XVII, y luego de una población más o menos estable producto del calculado equilibrio jesuita de matrimonios y descendencias. Y el escritor, ante esto, callado, inaccesible, imperturbable.
“Amigo”, reverbera el documento en su interlocución esperanzada, “amigo purgador”. Amigo, yo, que no soy hombre jesuita ni purgador azucarero y que padezco, en cambio, de “flaqueza mujeril” y de “lo resbaladizo de la lengua”.
Pero ¿qué más se puede hacer con un fantasma, sino sostenerle la mirada? No serviría de nada contarle cómo se siente un cuarto de calderas a las cuatro de la mañana, él lo conoce, él estuvo ahí. Acaso le preguntaría nomás, pobremente, si en su experta opinión todo aquello, el fuego, los tajos, la quemazón de cejas y dedos, también fue obra dispuesta por el gran maestro, por “nuestro Dios creador del hermoso blanco, del dulce tan delicioso”.
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Amigo escritor, le diría, ya entrada en confianza.
Amigo escritor: tú amabas el primor del barro, las formas de las hojas recién asomadas, y odiabas el desperdicio del caldo en la bagacera. Con tanto amor que tenías por el mundo y las industrias del progreso, ¿no podías, igualmente, haber amado a los hombres? Los esclavos mascaban el cogollo y de vuelta lo escupían de un soplo a la tierra. Tenían calor, tenían cansancio, padecían de esa sed insaciable que bien conociste y que tú y yo compartimos y acaso gracias a la cual inevitablemente escribimos. Adictos. Viciosos. A merced del magnetismo de las mieles. Imagina la vorágine de la sangre acelerada. Imagina el jugo deslizándose en millones de gargantas laceradas. ¿Me estás diciendo que esto también fue determinado por el supremo artífice y hacedor soberano, para nuestro bien y consuelo?
“Bendita sea su sabiduría inmensa para siempre”.
El Cuaderno curioso y práctica de purgadores, manuscrito anónimo de 1759, fue editado por Fernando Winfield Capitaine bajo el título de Tecnología del azúcar en la Nueva España en la editorial del gobierno de Veracruz en 2006. El Universo es la Biblioteca de Babel, por supuesto. El Directorio para el buen gobierno de Xochimancas de 1664 es autoría de Hernando Cavero.
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El misterio detrás de un manuscrito sobre el arte de purgar en los ingenios azucareros del siglo XVIII surge en medio de la investigación de Alaíde Ventura para su próxima novela.
“Hacia 1974, en lo que fue la biblioteca central de la Universidad Veracruzana en Xalapa, descubrí el manuscrito anónimo del siglo XVIII Cuaderno curioso y práctica de purgadores, en la colección privada de José Ch. Ramírez”, dice Fernando Winfield Capitaine en el prólogo a Tecnología del azúcar en la Nueva España (2006), libro que yo descubrí hacia 2024 en lo que fue y sigue siendo la biblioteca de la Universidad de Texas.
La primera curiosidad del Cuaderno es que Winfield haya preferido no publicarlo con su título original, modesta y debidamente prologado, sino, en cambio, rebrandearlo bajo su autoría, añadiendo ilustraciones, glosario y contexto. Así, el Cuaderno pasó a ser Tecnología del azúcar. No en vano alguna vez un ciego sabio aseguró que en el universo, que otros llaman “la Biblioteca”, cada ejemplar es único e irremplazable. Entonces, si “hay obras que no difieren sino por una letra o por una coma”, ¿no podría haber libros que difieran uno de otro por un prólogo? No lo sé. No importa. El manuscrito original, minucioso instructivo para la operación íntegra de un ingenio azucarero en el virreinato, desde la selección de semillas hasta la potestad y posterior herencia, existe ab aeterno, “en la eternidad futura del mundo”, que vendría a ser nuestro ahora.
Cuaderno curioso y práctica de purgadores
Sé poco sobre el autor y, sin embargo, estoy contenta porque sé algo. Sé que en 1759 escribió el Cuaderno que hoy tengo en mis manos. Y que muy probablemente haya sido un hombre jesuita, pues el ingenio Xochimancas, donde parece haber vivido, era manejado por la compañía de Jesús en aquel entonces y en todos los entonces.
También sé que amaba las cañas tanto como se puede llegar a amar a una fruta, que amaba sus brotes, la veleidad de sus tallos y el alborozo que propagan sus mieles. Lo comprendo, y no solo eso, sino que comparto la infatuación. Me he convencido de que roer el bagazo es la finalidad última de mis vampíricos colmillos, cada día más romos y desalineados por el bruxismo, por más que la traducción inglesa, eye-teeth, persista en colocármelos bajo la línea de los ojos.
Además de su identidad y detalles biográficos, hay otros enigmas para los que no hallo respuesta. Primero, ¿quién le habrá asignado la escritura de Cuaderno y por qué? ¿Sería el escritor el mismísimo maestro purgador de Xochimancas, capacitando a su remplazo? ¿Anhelaría la implementación de mejores prácticas purgatorias en el virreinato? Para el momento de la escritura, la compañía de Jesús habría alcanzado proporciones monstruosas en lo que respecta a administración y negocios, por ello la comisión de libros y manuales era una práctica común. ¿Nadie sospechaba que en menos de 10 años los jesuitas serían expulsados del reino y de todos los virreinos, violenta y penosamente, por su majestad Carlos III? Me inclino más por pensar que el escritor un poco sí se las olía, y que sus intenciones con el Cuaderno eran la diseminación del conocimiento. La trascendencia, que sería la suya, ultimadamente.
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En lo personal, he disfrutado más la lectura del Cuaderno que la del Directorio para el buen gobierno de Xochimancas de 1664, firmado por el padre Hernando Cavero, visitador de la hacienda. No solo por la importancia que el escritor del Cuaderno le otorga al purgador por sobre los administradores, sino por su insistencia en registrar absolutamente todo. El Cuaderno resulta curioso en múltiples acepciones: es raro y despierta el interés por aprender lo que no se conoce, en parte debido a que ha sido producido con curia, o sea, con cuidado y esmero.
Me gustaría identificar al autor para poder hablarle. Quisiera decirle que yo también llevo un pequeño diario, como él sugiere, y que también intento cuidar la relación, “tener vigilancia en la pluma y no andar omiso; porque de lo contrario acontecen mil dudas y gravámenes de conciencia”. Y que ejercito la poética del listado a la manera en que él lo hace, por el puro gusto de paladear las palabras, asentarlas en la lengua y en el documento; que reverberen hasta agotarse, y así, también, protegerlas, dejar fe de su existencia. Herramientas: “machetes de monte y cañeros, azadones, hachas grandes y chicas, barretas, almapanetas, porrillas, pochos, tlalachos, coas, hoces, tejuelos, guijos, cinchos, brocales, cinchos de mazas de carretas, bujas, arpones, escoplo y suela gañana”. Maderas: “tehuistle, capire, tepemesquite, brasil, guayabillo, encinillo, palo dulce, culata, camotillo, cuagiate, sincáscara, mezquite, cuaucahuate, pochote, higuerón, tensonquelite, ciruelo, cuaulahuat”. Lo cierto es que muchas de esas palabras ya no se utilizan ni he sido capaz de rastrear su origen o taxonomía científica. La que sigue vigente, a pesar de todos los advenimientos, es la de purga, “separar los granos de azúcar de las mieles”, así como sus derivados, purgador y purgadora, para designar a quien ejecuta el oficio.
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Me disculpo de antemano por la imprudencia que cometo al decir purgadora, si desde el descargo introductorio del Cuaderno, el autor había advertido de la “necedad absoluta” de las mujeres. Pero qué le vamos a hacer, son otros tiempos, algunas cosas han cambiado y valdría la pena actualizarse. Él, que conoció tan a la perfección sus tierras, que sabía medirlas ubicando los vientos y sin que fuera “menester mucha cosmografía ni astrolabios ni otros artes”, y calcular las aguas “por aritmética y no por geometría”, organizar caballerías y criaderos y disponer las suertes de siembra a partir de los distintos triángulos, no llegó a enterarse de que Xochimancas acabaría en manos de hombres ignorantes, incapaces de apreciar sus mieles, mercenarios que en el siglo XIX convertirían los campos de caña en cafetales estériles. Lo único que sobrevive del casco de lo que fuera una gran empresa son los paredones, cubiertos de musgo y otros verdores.
Sé poco sobre el autor, pero bastante sobre este Cuaderno que he recorrido de arriba abajo y de atrás adelante. La trascendencia revistió al documento, mas ocultó el nombre propio del ejecutor. Así también se perderá el mío y acabaremos fantasmas anónimos los dos.
Por lo pronto, en 2025, su eco todavía me responde en murmurada correspondencia. Me regocijo en la lectura de sus formatos comerciales y me preparo para atender cualquier intercambio, remisión, requisición o auto, no importa que hayan transcurrido trescientos años. En el formato para tramitar posesión de algo, “estando en el campo, y en tal paraje a tantos de tal mes y tal año”, el escritor inventó a los siguientes involucrados: “don Frasquito, don Cursi, don Murcio y don Pinacate, circunvecinos; Durazno y Prisco, testigos de identidad; Partita y don Coruco, gobernadores de tal parte, y tal pueblo, con sus alcaldes y demás oficiales…”
Frasquito,
Cursi,
Murcio,
Pinacate,
Durazno,
Prisco,
Partita
y Coruco,
presentes,
qué risa.
Para delinear esta y otras cohortes hipotéticas, al autor debió de empujarlo un combustible que no era mero entusiasmo. Su ligereza me recuerda a los picos de euforia causados por las mieles que el escrito busca preservar. Los conozco. También aminoro y exacerbo mi vehemencia conforme voy sorbiendo mis jugos.
Lo mismo me fascinan las representaciones gráficas utilizadas por el autor al explicar que la siembra en cordoncillo es
/ / / / / / / / / / /
y la siembra en cadenilla es
-_-_-_-_-_-_-
y la siembra en petatillo es
=-=-=-=-=-=-
como me conmueven sus angustiados desplantes de humildad al admitir que de la caña no lo sabe todo, que nadie puede saberlo todo, y cuando con crudeza relata que un cañaverero, ante su insistencia de regar donde se veía seca la tierra, clavó un hoyito con su navaja para demostrarle la humedad oculta dentro. Me gusta que incluyó términos mexicanos y la traducción como él la entendía: tlatemale, “el surco”, tlaljulia, “el riego”, tlalquiste, “la tierra”. Me gustan, incluso, las extravagantes parábolas morales con las que equipara al hombre y la caña, aunque me parezca un poco extrema la homologación de un brote agusanado con un hijo sin ley de cristiano: “Nace la planta caña de la tierra heredando su buena o mala condición. Nace la planta racional, formada de asquerosa materia”.
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Mi rasgo favorito del libro tal vez sean los niveles apoteósicos que alcanza, infiero que en plena intoxicación glucémica, para alabar al azúcar. Por ejemplo, al preguntar capciosamente que, si del barro Dios creó al hombre y “también las formas en que se hacen las azúcares está fabricada de barro, ¿quién fue el que así lo determinó? ¿Quién, si no Dios, hacedor de todo lo criado? Y porque no estuviesen vacíos los vasos de estas formas, determinó su sabiduría el que los hombres criasen cañas, y que del jugo de ellas tomado conocimiento se llenasen las formas de aquella materia”.
Me pregunto cómo habrá sido el exilio del autor, si lo hubo, y si habrá logrado aplicar las enseñanzas de su cuaderno y su entregada devoción al azúcar en otro ingenio. Tal vez no haya ido a parar a uno de maquinaria hidráulica, sino a un modesto trapiche de mulitas. ¿Acaso alguno en la cuenca del Papaloapan? ¿Cuál sería la trayectoria del Cuaderno antes de caer en manos del empresario azucarero que lo donaría a la Universidad Veracruzana? De haberse avecindado en el Golfo, el escritor habría tenido que redactar nuevas instrucciones para el traslado de las cañas en panga y anexarlo, hay que decirlo, al formato de la venta de esclavos.
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Tampoco puede olvidarse eso. Aunque el rostro del autor se desdibujó, sus disposiciones permanecen: “Otorga que vende en venta real de hoy para siempre a Eustaquio, de esta vecindad, para el susodicho, sus herederos y sucesores un negro su esclavo nombrado Garatuza, que será de edad de quinientos años, soltero, el que hubo y compró de Pánfilo, por escritura su fecha en tal parte, día, mes y año” y así.
Eustaquio,
Garatuza,
Pánfilo,
ya no da risa.
Con los fantasmas sucede igual que con los vivos: al girar de la página pasamos del humor al agravio y sobre nuestras cabezas se desploma el peso de quinientos años. Los registros de Xochimancas no son buenos, se habla de cientos de hombres, mujeres y niños adquiridos a lo largo del siglo XVII, y luego de una población más o menos estable producto del calculado equilibrio jesuita de matrimonios y descendencias. Y el escritor, ante esto, callado, inaccesible, imperturbable.
“Amigo”, reverbera el documento en su interlocución esperanzada, “amigo purgador”. Amigo, yo, que no soy hombre jesuita ni purgador azucarero y que padezco, en cambio, de “flaqueza mujeril” y de “lo resbaladizo de la lengua”.
Pero ¿qué más se puede hacer con un fantasma, sino sostenerle la mirada? No serviría de nada contarle cómo se siente un cuarto de calderas a las cuatro de la mañana, él lo conoce, él estuvo ahí. Acaso le preguntaría nomás, pobremente, si en su experta opinión todo aquello, el fuego, los tajos, la quemazón de cejas y dedos, también fue obra dispuesta por el gran maestro, por “nuestro Dios creador del hermoso blanco, del dulce tan delicioso”.
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Amigo escritor, le diría, ya entrada en confianza.
Amigo escritor: tú amabas el primor del barro, las formas de las hojas recién asomadas, y odiabas el desperdicio del caldo en la bagacera. Con tanto amor que tenías por el mundo y las industrias del progreso, ¿no podías, igualmente, haber amado a los hombres? Los esclavos mascaban el cogollo y de vuelta lo escupían de un soplo a la tierra. Tenían calor, tenían cansancio, padecían de esa sed insaciable que bien conociste y que tú y yo compartimos y acaso gracias a la cual inevitablemente escribimos. Adictos. Viciosos. A merced del magnetismo de las mieles. Imagina la vorágine de la sangre acelerada. Imagina el jugo deslizándose en millones de gargantas laceradas. ¿Me estás diciendo que esto también fue determinado por el supremo artífice y hacedor soberano, para nuestro bien y consuelo?
“Bendita sea su sabiduría inmensa para siempre”.
El Cuaderno curioso y práctica de purgadores, manuscrito anónimo de 1759, fue editado por Fernando Winfield Capitaine bajo el título de Tecnología del azúcar en la Nueva España en la editorial del gobierno de Veracruz en 2006. El Universo es la Biblioteca de Babel, por supuesto. El Directorio para el buen gobierno de Xochimancas de 1664 es autoría de Hernando Cavero.
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En 1759 un autor anónimo escribió el "Cuaderno curioso y práctica de purgadores" donde ofrece detalles sobre el proceso del azúcar.
“Hacia 1974, en lo que fue la biblioteca central de la Universidad Veracruzana en Xalapa, descubrí el manuscrito anónimo del siglo XVIII Cuaderno curioso y práctica de purgadores, en la colección privada de José Ch. Ramírez”, dice Fernando Winfield Capitaine en el prólogo a Tecnología del azúcar en la Nueva España (2006), libro que yo descubrí hacia 2024 en lo que fue y sigue siendo la biblioteca de la Universidad de Texas.
La primera curiosidad del Cuaderno es que Winfield haya preferido no publicarlo con su título original, modesta y debidamente prologado, sino, en cambio, rebrandearlo bajo su autoría, añadiendo ilustraciones, glosario y contexto. Así, el Cuaderno pasó a ser Tecnología del azúcar. No en vano alguna vez un ciego sabio aseguró que en el universo, que otros llaman “la Biblioteca”, cada ejemplar es único e irremplazable. Entonces, si “hay obras que no difieren sino por una letra o por una coma”, ¿no podría haber libros que difieran uno de otro por un prólogo? No lo sé. No importa. El manuscrito original, minucioso instructivo para la operación íntegra de un ingenio azucarero en el virreinato, desde la selección de semillas hasta la potestad y posterior herencia, existe ab aeterno, “en la eternidad futura del mundo”, que vendría a ser nuestro ahora.
Cuaderno curioso y práctica de purgadores
Sé poco sobre el autor y, sin embargo, estoy contenta porque sé algo. Sé que en 1759 escribió el Cuaderno que hoy tengo en mis manos. Y que muy probablemente haya sido un hombre jesuita, pues el ingenio Xochimancas, donde parece haber vivido, era manejado por la compañía de Jesús en aquel entonces y en todos los entonces.
También sé que amaba las cañas tanto como se puede llegar a amar a una fruta, que amaba sus brotes, la veleidad de sus tallos y el alborozo que propagan sus mieles. Lo comprendo, y no solo eso, sino que comparto la infatuación. Me he convencido de que roer el bagazo es la finalidad última de mis vampíricos colmillos, cada día más romos y desalineados por el bruxismo, por más que la traducción inglesa, eye-teeth, persista en colocármelos bajo la línea de los ojos.
Además de su identidad y detalles biográficos, hay otros enigmas para los que no hallo respuesta. Primero, ¿quién le habrá asignado la escritura de Cuaderno y por qué? ¿Sería el escritor el mismísimo maestro purgador de Xochimancas, capacitando a su remplazo? ¿Anhelaría la implementación de mejores prácticas purgatorias en el virreinato? Para el momento de la escritura, la compañía de Jesús habría alcanzado proporciones monstruosas en lo que respecta a administración y negocios, por ello la comisión de libros y manuales era una práctica común. ¿Nadie sospechaba que en menos de 10 años los jesuitas serían expulsados del reino y de todos los virreinos, violenta y penosamente, por su majestad Carlos III? Me inclino más por pensar que el escritor un poco sí se las olía, y que sus intenciones con el Cuaderno eran la diseminación del conocimiento. La trascendencia, que sería la suya, ultimadamente.
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En lo personal, he disfrutado más la lectura del Cuaderno que la del Directorio para el buen gobierno de Xochimancas de 1664, firmado por el padre Hernando Cavero, visitador de la hacienda. No solo por la importancia que el escritor del Cuaderno le otorga al purgador por sobre los administradores, sino por su insistencia en registrar absolutamente todo. El Cuaderno resulta curioso en múltiples acepciones: es raro y despierta el interés por aprender lo que no se conoce, en parte debido a que ha sido producido con curia, o sea, con cuidado y esmero.
Me gustaría identificar al autor para poder hablarle. Quisiera decirle que yo también llevo un pequeño diario, como él sugiere, y que también intento cuidar la relación, “tener vigilancia en la pluma y no andar omiso; porque de lo contrario acontecen mil dudas y gravámenes de conciencia”. Y que ejercito la poética del listado a la manera en que él lo hace, por el puro gusto de paladear las palabras, asentarlas en la lengua y en el documento; que reverberen hasta agotarse, y así, también, protegerlas, dejar fe de su existencia. Herramientas: “machetes de monte y cañeros, azadones, hachas grandes y chicas, barretas, almapanetas, porrillas, pochos, tlalachos, coas, hoces, tejuelos, guijos, cinchos, brocales, cinchos de mazas de carretas, bujas, arpones, escoplo y suela gañana”. Maderas: “tehuistle, capire, tepemesquite, brasil, guayabillo, encinillo, palo dulce, culata, camotillo, cuagiate, sincáscara, mezquite, cuaucahuate, pochote, higuerón, tensonquelite, ciruelo, cuaulahuat”. Lo cierto es que muchas de esas palabras ya no se utilizan ni he sido capaz de rastrear su origen o taxonomía científica. La que sigue vigente, a pesar de todos los advenimientos, es la de purga, “separar los granos de azúcar de las mieles”, así como sus derivados, purgador y purgadora, para designar a quien ejecuta el oficio.
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Me disculpo de antemano por la imprudencia que cometo al decir purgadora, si desde el descargo introductorio del Cuaderno, el autor había advertido de la “necedad absoluta” de las mujeres. Pero qué le vamos a hacer, son otros tiempos, algunas cosas han cambiado y valdría la pena actualizarse. Él, que conoció tan a la perfección sus tierras, que sabía medirlas ubicando los vientos y sin que fuera “menester mucha cosmografía ni astrolabios ni otros artes”, y calcular las aguas “por aritmética y no por geometría”, organizar caballerías y criaderos y disponer las suertes de siembra a partir de los distintos triángulos, no llegó a enterarse de que Xochimancas acabaría en manos de hombres ignorantes, incapaces de apreciar sus mieles, mercenarios que en el siglo XIX convertirían los campos de caña en cafetales estériles. Lo único que sobrevive del casco de lo que fuera una gran empresa son los paredones, cubiertos de musgo y otros verdores.
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Por lo pronto, en 2025, su eco todavía me responde en murmurada correspondencia. Me regocijo en la lectura de sus formatos comerciales y me preparo para atender cualquier intercambio, remisión, requisición o auto, no importa que hayan transcurrido trescientos años. En el formato para tramitar posesión de algo, “estando en el campo, y en tal paraje a tantos de tal mes y tal año”, el escritor inventó a los siguientes involucrados: “don Frasquito, don Cursi, don Murcio y don Pinacate, circunvecinos; Durazno y Prisco, testigos de identidad; Partita y don Coruco, gobernadores de tal parte, y tal pueblo, con sus alcaldes y demás oficiales…”
Frasquito,
Cursi,
Murcio,
Pinacate,
Durazno,
Prisco,
Partita
y Coruco,
presentes,
qué risa.
Para delinear esta y otras cohortes hipotéticas, al autor debió de empujarlo un combustible que no era mero entusiasmo. Su ligereza me recuerda a los picos de euforia causados por las mieles que el escrito busca preservar. Los conozco. También aminoro y exacerbo mi vehemencia conforme voy sorbiendo mis jugos.
Lo mismo me fascinan las representaciones gráficas utilizadas por el autor al explicar que la siembra en cordoncillo es
/ / / / / / / / / / /
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y la siembra en petatillo es
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como me conmueven sus angustiados desplantes de humildad al admitir que de la caña no lo sabe todo, que nadie puede saberlo todo, y cuando con crudeza relata que un cañaverero, ante su insistencia de regar donde se veía seca la tierra, clavó un hoyito con su navaja para demostrarle la humedad oculta dentro. Me gusta que incluyó términos mexicanos y la traducción como él la entendía: tlatemale, “el surco”, tlaljulia, “el riego”, tlalquiste, “la tierra”. Me gustan, incluso, las extravagantes parábolas morales con las que equipara al hombre y la caña, aunque me parezca un poco extrema la homologación de un brote agusanado con un hijo sin ley de cristiano: “Nace la planta caña de la tierra heredando su buena o mala condición. Nace la planta racional, formada de asquerosa materia”.
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Mi rasgo favorito del libro tal vez sean los niveles apoteósicos que alcanza, infiero que en plena intoxicación glucémica, para alabar al azúcar. Por ejemplo, al preguntar capciosamente que, si del barro Dios creó al hombre y “también las formas en que se hacen las azúcares está fabricada de barro, ¿quién fue el que así lo determinó? ¿Quién, si no Dios, hacedor de todo lo criado? Y porque no estuviesen vacíos los vasos de estas formas, determinó su sabiduría el que los hombres criasen cañas, y que del jugo de ellas tomado conocimiento se llenasen las formas de aquella materia”.
Me pregunto cómo habrá sido el exilio del autor, si lo hubo, y si habrá logrado aplicar las enseñanzas de su cuaderno y su entregada devoción al azúcar en otro ingenio. Tal vez no haya ido a parar a uno de maquinaria hidráulica, sino a un modesto trapiche de mulitas. ¿Acaso alguno en la cuenca del Papaloapan? ¿Cuál sería la trayectoria del Cuaderno antes de caer en manos del empresario azucarero que lo donaría a la Universidad Veracruzana? De haberse avecindado en el Golfo, el escritor habría tenido que redactar nuevas instrucciones para el traslado de las cañas en panga y anexarlo, hay que decirlo, al formato de la venta de esclavos.
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Tampoco puede olvidarse eso. Aunque el rostro del autor se desdibujó, sus disposiciones permanecen: “Otorga que vende en venta real de hoy para siempre a Eustaquio, de esta vecindad, para el susodicho, sus herederos y sucesores un negro su esclavo nombrado Garatuza, que será de edad de quinientos años, soltero, el que hubo y compró de Pánfilo, por escritura su fecha en tal parte, día, mes y año” y así.
Eustaquio,
Garatuza,
Pánfilo,
ya no da risa.
Con los fantasmas sucede igual que con los vivos: al girar de la página pasamos del humor al agravio y sobre nuestras cabezas se desploma el peso de quinientos años. Los registros de Xochimancas no son buenos, se habla de cientos de hombres, mujeres y niños adquiridos a lo largo del siglo XVII, y luego de una población más o menos estable producto del calculado equilibrio jesuita de matrimonios y descendencias. Y el escritor, ante esto, callado, inaccesible, imperturbable.
“Amigo”, reverbera el documento en su interlocución esperanzada, “amigo purgador”. Amigo, yo, que no soy hombre jesuita ni purgador azucarero y que padezco, en cambio, de “flaqueza mujeril” y de “lo resbaladizo de la lengua”.
Pero ¿qué más se puede hacer con un fantasma, sino sostenerle la mirada? No serviría de nada contarle cómo se siente un cuarto de calderas a las cuatro de la mañana, él lo conoce, él estuvo ahí. Acaso le preguntaría nomás, pobremente, si en su experta opinión todo aquello, el fuego, los tajos, la quemazón de cejas y dedos, también fue obra dispuesta por el gran maestro, por “nuestro Dios creador del hermoso blanco, del dulce tan delicioso”.
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Amigo escritor, le diría, ya entrada en confianza.
Amigo escritor: tú amabas el primor del barro, las formas de las hojas recién asomadas, y odiabas el desperdicio del caldo en la bagacera. Con tanto amor que tenías por el mundo y las industrias del progreso, ¿no podías, igualmente, haber amado a los hombres? Los esclavos mascaban el cogollo y de vuelta lo escupían de un soplo a la tierra. Tenían calor, tenían cansancio, padecían de esa sed insaciable que bien conociste y que tú y yo compartimos y acaso gracias a la cual inevitablemente escribimos. Adictos. Viciosos. A merced del magnetismo de las mieles. Imagina la vorágine de la sangre acelerada. Imagina el jugo deslizándose en millones de gargantas laceradas. ¿Me estás diciendo que esto también fue determinado por el supremo artífice y hacedor soberano, para nuestro bien y consuelo?
“Bendita sea su sabiduría inmensa para siempre”.
El Cuaderno curioso y práctica de purgadores, manuscrito anónimo de 1759, fue editado por Fernando Winfield Capitaine bajo el título de Tecnología del azúcar en la Nueva España en la editorial del gobierno de Veracruz en 2006. El Universo es la Biblioteca de Babel, por supuesto. El Directorio para el buen gobierno de Xochimancas de 1664 es autoría de Hernando Cavero.
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