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Eduardo Sarabia: las cajas de <i>pizza</i> como artefacto social

Eduardo Sarabia: las cajas de <i>pizza</i> como artefacto social

Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de
Cancino fabrica alrededor de 10 000 cajas al mes y Sarabia pensó: en febrero, el mes del arte en México, esta especie de “artefacto” podría destacar.
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Tiempo de Lectura: 00 min

La obra de Eduardo Sarabia es mezclar sus historias con elementos tradicionales. Para él todo el folclore de 200 años de México está en la música, en la moda, en la ficción y en sus cajas troqueladas.

Dice que ha jugado al beisbol. ¡Qué deporte tan aburrido! Se ríe con todos los dientes y como buen millennial se aburre y fastidia por decir su edad. Aunque él es precisamente de la Generación X: 48 años. Una larga vida que lo ha convertido en un artista plástico de la migración. Se llama Eduardo Sarabia y vive en Guadalajara, aunque tiene nostalgia por Mazatlán —donde ha recibido un galardón del club Venados por ser el orgullo mazatleco que ha llevado la tradición a los lugares más prestigiosos del mundo— y sus padres viven cómodamente en Los Ángeles, donde él creció.

“Tanto sacrificio para venir a cumplir nuestro sueño americano y tú te regresas a México”, más de una vez han dicho sus padres, que huyeron de la pobreza de Sinaloa, allá por los años setenta, cuando la tierra comenzaba a ser ancha y hoy expandida en una bandera de 50 estrellas.

Vamos a decir las cosas como son: sus padres reivindicaron su posición ante él; tanto así que la madre de Eduardo preguntó: “¿Quién es esa señora?”,  refiriéndose a la maestra que iba como su tutora los sábados para llevarlo a la universidad donde enseñaban dibujo. “Mi hijo es artista”, decían cuando hablaban de él, y como no pedía dinero, la situación parecía estar bien o más o menos.

Jarrón de cerámica pintado a mano y caja de madera. Foto: José Miguel Ramírez (@josemiguell).

Así fue  hasta que este artista plástico y ceramista, convencido de que comer pizza es “algo que te llena el corazón”y “es una comida del alma”, se compró un equipo de básquetbol de segunda división. Entonces su padre, “que sí entiende de deportes, no de arte”, comprendió que le iba maravillosamente.

“La obra de Eduardo Sarabia se inspira en las economías independientes y la historia popular del norte de México. A menudo trabaja con los materiales preferidos por los artesanos locales, utilizando azulejos de cerámica, tejidos a mano y vidrio para crear esculturas e instalaciones que tratan los complejos intercambios sociales, culturales y materiales que se producen cuando esta región y su historia se encuentran con forasteros”, dice su currículum. 

Para Sarabia, la palabra frontera es central. Una vida ilegal, donde creció con misterios y secretos—precisamente porque sus padres no tenían papeles— le dio un instinto diferente. Sabe que esta vida siempre puede tener policías y guardias fronterizos. Estar preso brinda esa sensación de “ilegalidad” que te vuelve un bicho previsor y miedoso frente a la autoridad.

Te recomendamos leer: Una temporada más de inclusión maltrecha: Oscar 2025

Cajas de Eduardo Sarabia hechas para Cancino. Foto: José Miguel Ramírez (@josemiguell).

Todo eso fue un misterio hasta que a los 12 años se fue becado a la Unión Soviética. Supo entonces de la libertad de caminar por la calle sin que te molesten y “entre gente muy distinta a mí, saber que lo que quería era vivir de lo que me gustaba, o sea, el dibujo”.

Este artista no se veía en absoluto en esa actividad cuando le propusieron diseñar una caja para las pizzas Cancino, donde puedes disfrutar de una experiencia gourmet a precios accesibles, un giro marquetinero pensado para que esta esencia no cambie sin importar a cuántos artistas convoquen. Más allá del mercado —al que no sigue en ninguna de sus normas, aunque “vivo de él”—, la idea simplemente no le cuadraba.

“Cuando me platicaron del proyecto fue algo muy natural y divertido. Está pensado para crear un poquito de ruido entre las redes sociales. La verdad es que no me llamó mucho la atención. A mí la pizza me encanta, ¿pero dedicarme a hacer cajas? Hasta que mis amigos, los dueños de Cancino, me respondieron que tenía la total libertad para intervenirla. Y como yo, que elegí la profesión de artista desde niño porque un artista hace lo que quiere, dije que sí”, explica Eduardo.

Las cajas eran de cereales, no de pizzas

Como esos jefes de marketing cuando dicen que los niños comen alimentos si les interesa el envase, Eduardo Sarabia se acordó de sus visitas al supermercado con su madre; de cuando compraba el cereal que venía en una caja para armar autos, juguetes o cohetes. Y obviamente su trabajo debía tener referencias a las bases que usa para sus cerámicas.

“Podría conectar esta idea de cómo transportar algo, la idea de la caja de cartón, la caja del migrante, que las tiene llena de pertenencias, como buscando y siguiendo un sueño. Comencé a pensar en el reciclaje, en darle otro uso, otro propósito y, si a la gente le interesaba recortarla y modificarla, seguía las instrucciones y podría terminar con un cuadro chiquito que podía colgar en su pared”, revela este artista cuya obra fue expuesta en el Museo Tamayo de la Ciudad de México en 2016, en el Centro Cultural Cabañas de Guadalajara y el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca, así como en ASU Art Museum, Arizona. En 2013 tuvo una exposición individual de sus pinturas en el Museum of Contemporary Art de Denver y en  Los Ángeles County Museum of Art, la Bienal Whitney y el New Museum en Nueva York. 

Cancino fabrica alrededor de 10 000 cajas al mes y pensó que en febrero—el mes del arte en México— iba a destacar el “artefacto” de Sarabia.

“Si una gran parte de estas personas —que compran la pizza y se llevan esta caja— la pueden convertir, verán una obra, una edición. A la gente de la empresa también se le ocurrió mandar pizzas a los artistas, a la gente de [ZONA] MACO, a los de las galerías, a la de los museos. Luego comenzamos a hablar y coincidimos en que también teníamos que hacer una labor benéfica. Esa comida del alma que es la pizza tendrían que saborearla las personas de los albergues y de las fundaciones”.

Te podría interesar: Todo lo que conspira contra los migrantes en México

Acrílico sobre papel junto al jarrón de cerámica pintado a mano. Foto: José Miguel Ramírez (@josemiguell).

Así las pizzas Cancino, tras la propuesta de Eduardo Sarabia (con una caja troquelada que, después de usarse, revela una noche estrellada imposible de desechar), terminaron en manos de una organización de migrantes de Centroamérica, en las de otra dedicada a personas con autismo y en las de una fundación para niños afectados por la violencia doméstica.

Sarabia, que ha tenido mucha gente que lo ha ayudado para que “sea lo que es”, ha recibido dos becas de la Durfee Grant Foundation, una en 2004 y otra en 2008. También ha sido invitado como artista residente en el Tokyo Wonder Site, en Japón, donde realizó un gran mural público de cerámica. Por eso él sabe que “el poder del arte, la cultura, es poder llegar a estos lugares y seguir apoyando”.

Foto: José Miguel Ramírez (@josemiguell).

Su vida en Guadalajara

Ahora vive en esa ciudad. Bromea porque cree que al ver la caja “mucha gente va a pedir la pizza sin la pizza”. Desde muy chico comenzó a exponer y estudió en la Universidad del Arte. Creció entre México y Estados Unidos. Todo lo que persigue es “contar historias”. Su conversación artística está enfocada “en la frontera” y “toda la ironía” que hay alrededor de un lugar como Los Ángeles, donde el territorio parece que fuera mexicano.

“Hablo de volver a soñar; volver a creer; volver a tener estas aspiraciones. Siento que el proyecto de la pizza es poder dar un poquito de esa generosidad. El año pasado compré un equipo de básquetbol profesional de segunda división para Puerto Vallarta, tratando de crear un puente entre cultura y deporte”.

Foto: José Miguel Ramírez (@josemiguell).

“Hay muchísima gente joven en México que tiene talento, más que nada en deporte, y esas cualidades son muy difíciles de desarrollar. Los jóvenes quieren entrenar, quieren jugar, pero al mismo tiempo deben cuidar a su abuela o trabajar o no sé qué. Ahí es cuando la juventud se desvía y comienza a escuchar al crimen organizado y a ver fácil la posibilidad de conseguir dinero”, afirma.

“Cuando era niño quise ser hiperrealista. Sin embargo, poco a poco descubrí que me gusta mucho la narrativa. Me he enfocado en la cerámica porque me gusta la tradición de contar cuentos en las vasijas, como lo hacían los griegos, los árabes, los egipcios. Ellos contaban historias de mitología, de batallas, de guerras y lo que hago yo es narrar estas mismas historias sobre la región del norte de México, la frontera, los Estados Unidos, el intercambio que existe”, explica.

Foto: José Miguel Ramírez (@josemiguell).

La obra de Eduardo Sarabia es mezclar sus historias con elementos tradicionales. Para él todo el folclore de 200 años de México está en la música, en la moda, en la ficción y, por supuesto, en sus cajas troqueladas con pizzas deliciosas.

Cuando tiene tiempo, dibuja mucho en papel y reza por el arte, “que es lo que me ha dado todo”. El arte era un sueño para él. Se cumplió. Y ahora apoya a los que buscan y persiguen su sueño.

“Si es cerámica, si es pintura, si es dibujo, si es un video, si es el equipo de basquetbol, todo se convierte en un proyecto artístico para impulsar, ayudar, apoyar”, concluye.

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La obra de Eduardo Sarabia es mezclar sus historias con elementos tradicionales. Para él todo el folclore de 200 años de México está en la música, en la moda, en la ficción y en sus cajas troqueladas.

Dice que ha jugado al beisbol. ¡Qué deporte tan aburrido! Se ríe con todos los dientes y como buen millennial se aburre y fastidia por decir su edad. Aunque él es precisamente de la Generación X: 48 años. Una larga vida que lo ha convertido en un artista plástico de la migración. Se llama Eduardo Sarabia y vive en Guadalajara, aunque tiene nostalgia por Mazatlán —donde ha recibido un galardón del club Venados por ser el orgullo mazatleco que ha llevado la tradición a los lugares más prestigiosos del mundo— y sus padres viven cómodamente en Los Ángeles, donde él creció.

“Tanto sacrificio para venir a cumplir nuestro sueño americano y tú te regresas a México”, más de una vez han dicho sus padres, que huyeron de la pobreza de Sinaloa, allá por los años setenta, cuando la tierra comenzaba a ser ancha y hoy expandida en una bandera de 50 estrellas.

Vamos a decir las cosas como son: sus padres reivindicaron su posición ante él; tanto así que la madre de Eduardo preguntó: “¿Quién es esa señora?”,  refiriéndose a la maestra que iba como su tutora los sábados para llevarlo a la universidad donde enseñaban dibujo. “Mi hijo es artista”, decían cuando hablaban de él, y como no pedía dinero, la situación parecía estar bien o más o menos.

Jarrón de cerámica pintado a mano y caja de madera. Foto: José Miguel Ramírez (@josemiguell).

Así fue  hasta que este artista plástico y ceramista, convencido de que comer pizza es “algo que te llena el corazón”y “es una comida del alma”, se compró un equipo de básquetbol de segunda división. Entonces su padre, “que sí entiende de deportes, no de arte”, comprendió que le iba maravillosamente.

“La obra de Eduardo Sarabia se inspira en las economías independientes y la historia popular del norte de México. A menudo trabaja con los materiales preferidos por los artesanos locales, utilizando azulejos de cerámica, tejidos a mano y vidrio para crear esculturas e instalaciones que tratan los complejos intercambios sociales, culturales y materiales que se producen cuando esta región y su historia se encuentran con forasteros”, dice su currículum. 

Para Sarabia, la palabra frontera es central. Una vida ilegal, donde creció con misterios y secretos—precisamente porque sus padres no tenían papeles— le dio un instinto diferente. Sabe que esta vida siempre puede tener policías y guardias fronterizos. Estar preso brinda esa sensación de “ilegalidad” que te vuelve un bicho previsor y miedoso frente a la autoridad.

Te recomendamos leer: Una temporada más de inclusión maltrecha: Oscar 2025

Cajas de Eduardo Sarabia hechas para Cancino. Foto: José Miguel Ramírez (@josemiguell).

Todo eso fue un misterio hasta que a los 12 años se fue becado a la Unión Soviética. Supo entonces de la libertad de caminar por la calle sin que te molesten y “entre gente muy distinta a mí, saber que lo que quería era vivir de lo que me gustaba, o sea, el dibujo”.

Este artista no se veía en absoluto en esa actividad cuando le propusieron diseñar una caja para las pizzas Cancino, donde puedes disfrutar de una experiencia gourmet a precios accesibles, un giro marquetinero pensado para que esta esencia no cambie sin importar a cuántos artistas convoquen. Más allá del mercado —al que no sigue en ninguna de sus normas, aunque “vivo de él”—, la idea simplemente no le cuadraba.

“Cuando me platicaron del proyecto fue algo muy natural y divertido. Está pensado para crear un poquito de ruido entre las redes sociales. La verdad es que no me llamó mucho la atención. A mí la pizza me encanta, ¿pero dedicarme a hacer cajas? Hasta que mis amigos, los dueños de Cancino, me respondieron que tenía la total libertad para intervenirla. Y como yo, que elegí la profesión de artista desde niño porque un artista hace lo que quiere, dije que sí”, explica Eduardo.

Las cajas eran de cereales, no de pizzas

Como esos jefes de marketing cuando dicen que los niños comen alimentos si les interesa el envase, Eduardo Sarabia se acordó de sus visitas al supermercado con su madre; de cuando compraba el cereal que venía en una caja para armar autos, juguetes o cohetes. Y obviamente su trabajo debía tener referencias a las bases que usa para sus cerámicas.

“Podría conectar esta idea de cómo transportar algo, la idea de la caja de cartón, la caja del migrante, que las tiene llena de pertenencias, como buscando y siguiendo un sueño. Comencé a pensar en el reciclaje, en darle otro uso, otro propósito y, si a la gente le interesaba recortarla y modificarla, seguía las instrucciones y podría terminar con un cuadro chiquito que podía colgar en su pared”, revela este artista cuya obra fue expuesta en el Museo Tamayo de la Ciudad de México en 2016, en el Centro Cultural Cabañas de Guadalajara y el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca, así como en ASU Art Museum, Arizona. En 2013 tuvo una exposición individual de sus pinturas en el Museum of Contemporary Art de Denver y en  Los Ángeles County Museum of Art, la Bienal Whitney y el New Museum en Nueva York. 

Cancino fabrica alrededor de 10 000 cajas al mes y pensó que en febrero—el mes del arte en México— iba a destacar el “artefacto” de Sarabia.

“Si una gran parte de estas personas —que compran la pizza y se llevan esta caja— la pueden convertir, verán una obra, una edición. A la gente de la empresa también se le ocurrió mandar pizzas a los artistas, a la gente de [ZONA] MACO, a los de las galerías, a la de los museos. Luego comenzamos a hablar y coincidimos en que también teníamos que hacer una labor benéfica. Esa comida del alma que es la pizza tendrían que saborearla las personas de los albergues y de las fundaciones”.

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Acrílico sobre papel junto al jarrón de cerámica pintado a mano. Foto: José Miguel Ramírez (@josemiguell).

Así las pizzas Cancino, tras la propuesta de Eduardo Sarabia (con una caja troquelada que, después de usarse, revela una noche estrellada imposible de desechar), terminaron en manos de una organización de migrantes de Centroamérica, en las de otra dedicada a personas con autismo y en las de una fundación para niños afectados por la violencia doméstica.

Sarabia, que ha tenido mucha gente que lo ha ayudado para que “sea lo que es”, ha recibido dos becas de la Durfee Grant Foundation, una en 2004 y otra en 2008. También ha sido invitado como artista residente en el Tokyo Wonder Site, en Japón, donde realizó un gran mural público de cerámica. Por eso él sabe que “el poder del arte, la cultura, es poder llegar a estos lugares y seguir apoyando”.

Foto: José Miguel Ramírez (@josemiguell).

Su vida en Guadalajara

Ahora vive en esa ciudad. Bromea porque cree que al ver la caja “mucha gente va a pedir la pizza sin la pizza”. Desde muy chico comenzó a exponer y estudió en la Universidad del Arte. Creció entre México y Estados Unidos. Todo lo que persigue es “contar historias”. Su conversación artística está enfocada “en la frontera” y “toda la ironía” que hay alrededor de un lugar como Los Ángeles, donde el territorio parece que fuera mexicano.

“Hablo de volver a soñar; volver a creer; volver a tener estas aspiraciones. Siento que el proyecto de la pizza es poder dar un poquito de esa generosidad. El año pasado compré un equipo de básquetbol profesional de segunda división para Puerto Vallarta, tratando de crear un puente entre cultura y deporte”.

Foto: José Miguel Ramírez (@josemiguell).

“Hay muchísima gente joven en México que tiene talento, más que nada en deporte, y esas cualidades son muy difíciles de desarrollar. Los jóvenes quieren entrenar, quieren jugar, pero al mismo tiempo deben cuidar a su abuela o trabajar o no sé qué. Ahí es cuando la juventud se desvía y comienza a escuchar al crimen organizado y a ver fácil la posibilidad de conseguir dinero”, afirma.

“Cuando era niño quise ser hiperrealista. Sin embargo, poco a poco descubrí que me gusta mucho la narrativa. Me he enfocado en la cerámica porque me gusta la tradición de contar cuentos en las vasijas, como lo hacían los griegos, los árabes, los egipcios. Ellos contaban historias de mitología, de batallas, de guerras y lo que hago yo es narrar estas mismas historias sobre la región del norte de México, la frontera, los Estados Unidos, el intercambio que existe”, explica.

Foto: José Miguel Ramírez (@josemiguell).

La obra de Eduardo Sarabia es mezclar sus historias con elementos tradicionales. Para él todo el folclore de 200 años de México está en la música, en la moda, en la ficción y, por supuesto, en sus cajas troqueladas con pizzas deliciosas.

Cuando tiene tiempo, dibuja mucho en papel y reza por el arte, “que es lo que me ha dado todo”. El arte era un sueño para él. Se cumplió. Y ahora apoya a los que buscan y persiguen su sueño.

“Si es cerámica, si es pintura, si es dibujo, si es un video, si es el equipo de basquetbol, todo se convierte en un proyecto artístico para impulsar, ayudar, apoyar”, concluye.

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Cancino fabrica alrededor de 10 000 cajas al mes y Sarabia pensó: en febrero, el mes del arte en México, esta especie de “artefacto” podría destacar.
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La obra de Eduardo Sarabia es mezclar sus historias con elementos tradicionales. Para él todo el folclore de 200 años de México está en la música, en la moda, en la ficción y en sus cajas troqueladas.

Dice que ha jugado al beisbol. ¡Qué deporte tan aburrido! Se ríe con todos los dientes y como buen millennial se aburre y fastidia por decir su edad. Aunque él es precisamente de la Generación X: 48 años. Una larga vida que lo ha convertido en un artista plástico de la migración. Se llama Eduardo Sarabia y vive en Guadalajara, aunque tiene nostalgia por Mazatlán —donde ha recibido un galardón del club Venados por ser el orgullo mazatleco que ha llevado la tradición a los lugares más prestigiosos del mundo— y sus padres viven cómodamente en Los Ángeles, donde él creció.

“Tanto sacrificio para venir a cumplir nuestro sueño americano y tú te regresas a México”, más de una vez han dicho sus padres, que huyeron de la pobreza de Sinaloa, allá por los años setenta, cuando la tierra comenzaba a ser ancha y hoy expandida en una bandera de 50 estrellas.

Vamos a decir las cosas como son: sus padres reivindicaron su posición ante él; tanto así que la madre de Eduardo preguntó: “¿Quién es esa señora?”,  refiriéndose a la maestra que iba como su tutora los sábados para llevarlo a la universidad donde enseñaban dibujo. “Mi hijo es artista”, decían cuando hablaban de él, y como no pedía dinero, la situación parecía estar bien o más o menos.

Jarrón de cerámica pintado a mano y caja de madera. Foto: José Miguel Ramírez (@josemiguell).

Así fue  hasta que este artista plástico y ceramista, convencido de que comer pizza es “algo que te llena el corazón”y “es una comida del alma”, se compró un equipo de básquetbol de segunda división. Entonces su padre, “que sí entiende de deportes, no de arte”, comprendió que le iba maravillosamente.

“La obra de Eduardo Sarabia se inspira en las economías independientes y la historia popular del norte de México. A menudo trabaja con los materiales preferidos por los artesanos locales, utilizando azulejos de cerámica, tejidos a mano y vidrio para crear esculturas e instalaciones que tratan los complejos intercambios sociales, culturales y materiales que se producen cuando esta región y su historia se encuentran con forasteros”, dice su currículum. 

Para Sarabia, la palabra frontera es central. Una vida ilegal, donde creció con misterios y secretos—precisamente porque sus padres no tenían papeles— le dio un instinto diferente. Sabe que esta vida siempre puede tener policías y guardias fronterizos. Estar preso brinda esa sensación de “ilegalidad” que te vuelve un bicho previsor y miedoso frente a la autoridad.

Te recomendamos leer: Una temporada más de inclusión maltrecha: Oscar 2025

Cajas de Eduardo Sarabia hechas para Cancino. Foto: José Miguel Ramírez (@josemiguell).

Todo eso fue un misterio hasta que a los 12 años se fue becado a la Unión Soviética. Supo entonces de la libertad de caminar por la calle sin que te molesten y “entre gente muy distinta a mí, saber que lo que quería era vivir de lo que me gustaba, o sea, el dibujo”.

Este artista no se veía en absoluto en esa actividad cuando le propusieron diseñar una caja para las pizzas Cancino, donde puedes disfrutar de una experiencia gourmet a precios accesibles, un giro marquetinero pensado para que esta esencia no cambie sin importar a cuántos artistas convoquen. Más allá del mercado —al que no sigue en ninguna de sus normas, aunque “vivo de él”—, la idea simplemente no le cuadraba.

“Cuando me platicaron del proyecto fue algo muy natural y divertido. Está pensado para crear un poquito de ruido entre las redes sociales. La verdad es que no me llamó mucho la atención. A mí la pizza me encanta, ¿pero dedicarme a hacer cajas? Hasta que mis amigos, los dueños de Cancino, me respondieron que tenía la total libertad para intervenirla. Y como yo, que elegí la profesión de artista desde niño porque un artista hace lo que quiere, dije que sí”, explica Eduardo.

Las cajas eran de cereales, no de pizzas

Como esos jefes de marketing cuando dicen que los niños comen alimentos si les interesa el envase, Eduardo Sarabia se acordó de sus visitas al supermercado con su madre; de cuando compraba el cereal que venía en una caja para armar autos, juguetes o cohetes. Y obviamente su trabajo debía tener referencias a las bases que usa para sus cerámicas.

“Podría conectar esta idea de cómo transportar algo, la idea de la caja de cartón, la caja del migrante, que las tiene llena de pertenencias, como buscando y siguiendo un sueño. Comencé a pensar en el reciclaje, en darle otro uso, otro propósito y, si a la gente le interesaba recortarla y modificarla, seguía las instrucciones y podría terminar con un cuadro chiquito que podía colgar en su pared”, revela este artista cuya obra fue expuesta en el Museo Tamayo de la Ciudad de México en 2016, en el Centro Cultural Cabañas de Guadalajara y el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca, así como en ASU Art Museum, Arizona. En 2013 tuvo una exposición individual de sus pinturas en el Museum of Contemporary Art de Denver y en  Los Ángeles County Museum of Art, la Bienal Whitney y el New Museum en Nueva York. 

Cancino fabrica alrededor de 10 000 cajas al mes y pensó que en febrero—el mes del arte en México— iba a destacar el “artefacto” de Sarabia.

“Si una gran parte de estas personas —que compran la pizza y se llevan esta caja— la pueden convertir, verán una obra, una edición. A la gente de la empresa también se le ocurrió mandar pizzas a los artistas, a la gente de [ZONA] MACO, a los de las galerías, a la de los museos. Luego comenzamos a hablar y coincidimos en que también teníamos que hacer una labor benéfica. Esa comida del alma que es la pizza tendrían que saborearla las personas de los albergues y de las fundaciones”.

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Acrílico sobre papel junto al jarrón de cerámica pintado a mano. Foto: José Miguel Ramírez (@josemiguell).

Así las pizzas Cancino, tras la propuesta de Eduardo Sarabia (con una caja troquelada que, después de usarse, revela una noche estrellada imposible de desechar), terminaron en manos de una organización de migrantes de Centroamérica, en las de otra dedicada a personas con autismo y en las de una fundación para niños afectados por la violencia doméstica.

Sarabia, que ha tenido mucha gente que lo ha ayudado para que “sea lo que es”, ha recibido dos becas de la Durfee Grant Foundation, una en 2004 y otra en 2008. También ha sido invitado como artista residente en el Tokyo Wonder Site, en Japón, donde realizó un gran mural público de cerámica. Por eso él sabe que “el poder del arte, la cultura, es poder llegar a estos lugares y seguir apoyando”.

Foto: José Miguel Ramírez (@josemiguell).

Su vida en Guadalajara

Ahora vive en esa ciudad. Bromea porque cree que al ver la caja “mucha gente va a pedir la pizza sin la pizza”. Desde muy chico comenzó a exponer y estudió en la Universidad del Arte. Creció entre México y Estados Unidos. Todo lo que persigue es “contar historias”. Su conversación artística está enfocada “en la frontera” y “toda la ironía” que hay alrededor de un lugar como Los Ángeles, donde el territorio parece que fuera mexicano.

“Hablo de volver a soñar; volver a creer; volver a tener estas aspiraciones. Siento que el proyecto de la pizza es poder dar un poquito de esa generosidad. El año pasado compré un equipo de básquetbol profesional de segunda división para Puerto Vallarta, tratando de crear un puente entre cultura y deporte”.

Foto: José Miguel Ramírez (@josemiguell).

“Hay muchísima gente joven en México que tiene talento, más que nada en deporte, y esas cualidades son muy difíciles de desarrollar. Los jóvenes quieren entrenar, quieren jugar, pero al mismo tiempo deben cuidar a su abuela o trabajar o no sé qué. Ahí es cuando la juventud se desvía y comienza a escuchar al crimen organizado y a ver fácil la posibilidad de conseguir dinero”, afirma.

“Cuando era niño quise ser hiperrealista. Sin embargo, poco a poco descubrí que me gusta mucho la narrativa. Me he enfocado en la cerámica porque me gusta la tradición de contar cuentos en las vasijas, como lo hacían los griegos, los árabes, los egipcios. Ellos contaban historias de mitología, de batallas, de guerras y lo que hago yo es narrar estas mismas historias sobre la región del norte de México, la frontera, los Estados Unidos, el intercambio que existe”, explica.

Foto: José Miguel Ramírez (@josemiguell).

La obra de Eduardo Sarabia es mezclar sus historias con elementos tradicionales. Para él todo el folclore de 200 años de México está en la música, en la moda, en la ficción y, por supuesto, en sus cajas troqueladas con pizzas deliciosas.

Cuando tiene tiempo, dibuja mucho en papel y reza por el arte, “que es lo que me ha dado todo”. El arte era un sueño para él. Se cumplió. Y ahora apoya a los que buscan y persiguen su sueño.

“Si es cerámica, si es pintura, si es dibujo, si es un video, si es el equipo de basquetbol, todo se convierte en un proyecto artístico para impulsar, ayudar, apoyar”, concluye.

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Dice que ha jugado al beisbol. ¡Qué deporte tan aburrido! Se ríe con todos los dientes y como buen millennial se aburre y fastidia por decir su edad. Aunque él es precisamente de la Generación X: 48 años. Una larga vida que lo ha convertido en un artista plástico de la migración. Se llama Eduardo Sarabia y vive en Guadalajara, aunque tiene nostalgia por Mazatlán —donde ha recibido un galardón del club Venados por ser el orgullo mazatleco que ha llevado la tradición a los lugares más prestigiosos del mundo— y sus padres viven cómodamente en Los Ángeles, donde él creció.

“Tanto sacrificio para venir a cumplir nuestro sueño americano y tú te regresas a México”, más de una vez han dicho sus padres, que huyeron de la pobreza de Sinaloa, allá por los años setenta, cuando la tierra comenzaba a ser ancha y hoy expandida en una bandera de 50 estrellas.

Vamos a decir las cosas como son: sus padres reivindicaron su posición ante él; tanto así que la madre de Eduardo preguntó: “¿Quién es esa señora?”,  refiriéndose a la maestra que iba como su tutora los sábados para llevarlo a la universidad donde enseñaban dibujo. “Mi hijo es artista”, decían cuando hablaban de él, y como no pedía dinero, la situación parecía estar bien o más o menos.

Jarrón de cerámica pintado a mano y caja de madera. Foto: José Miguel Ramírez (@josemiguell).

Así fue  hasta que este artista plástico y ceramista, convencido de que comer pizza es “algo que te llena el corazón”y “es una comida del alma”, se compró un equipo de básquetbol de segunda división. Entonces su padre, “que sí entiende de deportes, no de arte”, comprendió que le iba maravillosamente.

“La obra de Eduardo Sarabia se inspira en las economías independientes y la historia popular del norte de México. A menudo trabaja con los materiales preferidos por los artesanos locales, utilizando azulejos de cerámica, tejidos a mano y vidrio para crear esculturas e instalaciones que tratan los complejos intercambios sociales, culturales y materiales que se producen cuando esta región y su historia se encuentran con forasteros”, dice su currículum. 

Para Sarabia, la palabra frontera es central. Una vida ilegal, donde creció con misterios y secretos—precisamente porque sus padres no tenían papeles— le dio un instinto diferente. Sabe que esta vida siempre puede tener policías y guardias fronterizos. Estar preso brinda esa sensación de “ilegalidad” que te vuelve un bicho previsor y miedoso frente a la autoridad.

Te recomendamos leer: Una temporada más de inclusión maltrecha: Oscar 2025

Cajas de Eduardo Sarabia hechas para Cancino. Foto: José Miguel Ramírez (@josemiguell).

Todo eso fue un misterio hasta que a los 12 años se fue becado a la Unión Soviética. Supo entonces de la libertad de caminar por la calle sin que te molesten y “entre gente muy distinta a mí, saber que lo que quería era vivir de lo que me gustaba, o sea, el dibujo”.

Este artista no se veía en absoluto en esa actividad cuando le propusieron diseñar una caja para las pizzas Cancino, donde puedes disfrutar de una experiencia gourmet a precios accesibles, un giro marquetinero pensado para que esta esencia no cambie sin importar a cuántos artistas convoquen. Más allá del mercado —al que no sigue en ninguna de sus normas, aunque “vivo de él”—, la idea simplemente no le cuadraba.

“Cuando me platicaron del proyecto fue algo muy natural y divertido. Está pensado para crear un poquito de ruido entre las redes sociales. La verdad es que no me llamó mucho la atención. A mí la pizza me encanta, ¿pero dedicarme a hacer cajas? Hasta que mis amigos, los dueños de Cancino, me respondieron que tenía la total libertad para intervenirla. Y como yo, que elegí la profesión de artista desde niño porque un artista hace lo que quiere, dije que sí”, explica Eduardo.

Las cajas eran de cereales, no de pizzas

Como esos jefes de marketing cuando dicen que los niños comen alimentos si les interesa el envase, Eduardo Sarabia se acordó de sus visitas al supermercado con su madre; de cuando compraba el cereal que venía en una caja para armar autos, juguetes o cohetes. Y obviamente su trabajo debía tener referencias a las bases que usa para sus cerámicas.

“Podría conectar esta idea de cómo transportar algo, la idea de la caja de cartón, la caja del migrante, que las tiene llena de pertenencias, como buscando y siguiendo un sueño. Comencé a pensar en el reciclaje, en darle otro uso, otro propósito y, si a la gente le interesaba recortarla y modificarla, seguía las instrucciones y podría terminar con un cuadro chiquito que podía colgar en su pared”, revela este artista cuya obra fue expuesta en el Museo Tamayo de la Ciudad de México en 2016, en el Centro Cultural Cabañas de Guadalajara y el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca, así como en ASU Art Museum, Arizona. En 2013 tuvo una exposición individual de sus pinturas en el Museum of Contemporary Art de Denver y en  Los Ángeles County Museum of Art, la Bienal Whitney y el New Museum en Nueva York. 

Cancino fabrica alrededor de 10 000 cajas al mes y pensó que en febrero—el mes del arte en México— iba a destacar el “artefacto” de Sarabia.

“Si una gran parte de estas personas —que compran la pizza y se llevan esta caja— la pueden convertir, verán una obra, una edición. A la gente de la empresa también se le ocurrió mandar pizzas a los artistas, a la gente de [ZONA] MACO, a los de las galerías, a la de los museos. Luego comenzamos a hablar y coincidimos en que también teníamos que hacer una labor benéfica. Esa comida del alma que es la pizza tendrían que saborearla las personas de los albergues y de las fundaciones”.

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Acrílico sobre papel junto al jarrón de cerámica pintado a mano. Foto: José Miguel Ramírez (@josemiguell).

Así las pizzas Cancino, tras la propuesta de Eduardo Sarabia (con una caja troquelada que, después de usarse, revela una noche estrellada imposible de desechar), terminaron en manos de una organización de migrantes de Centroamérica, en las de otra dedicada a personas con autismo y en las de una fundación para niños afectados por la violencia doméstica.

Sarabia, que ha tenido mucha gente que lo ha ayudado para que “sea lo que es”, ha recibido dos becas de la Durfee Grant Foundation, una en 2004 y otra en 2008. También ha sido invitado como artista residente en el Tokyo Wonder Site, en Japón, donde realizó un gran mural público de cerámica. Por eso él sabe que “el poder del arte, la cultura, es poder llegar a estos lugares y seguir apoyando”.

Foto: José Miguel Ramírez (@josemiguell).

Su vida en Guadalajara

Ahora vive en esa ciudad. Bromea porque cree que al ver la caja “mucha gente va a pedir la pizza sin la pizza”. Desde muy chico comenzó a exponer y estudió en la Universidad del Arte. Creció entre México y Estados Unidos. Todo lo que persigue es “contar historias”. Su conversación artística está enfocada “en la frontera” y “toda la ironía” que hay alrededor de un lugar como Los Ángeles, donde el territorio parece que fuera mexicano.

“Hablo de volver a soñar; volver a creer; volver a tener estas aspiraciones. Siento que el proyecto de la pizza es poder dar un poquito de esa generosidad. El año pasado compré un equipo de básquetbol profesional de segunda división para Puerto Vallarta, tratando de crear un puente entre cultura y deporte”.

Foto: José Miguel Ramírez (@josemiguell).

“Hay muchísima gente joven en México que tiene talento, más que nada en deporte, y esas cualidades son muy difíciles de desarrollar. Los jóvenes quieren entrenar, quieren jugar, pero al mismo tiempo deben cuidar a su abuela o trabajar o no sé qué. Ahí es cuando la juventud se desvía y comienza a escuchar al crimen organizado y a ver fácil la posibilidad de conseguir dinero”, afirma.

“Cuando era niño quise ser hiperrealista. Sin embargo, poco a poco descubrí que me gusta mucho la narrativa. Me he enfocado en la cerámica porque me gusta la tradición de contar cuentos en las vasijas, como lo hacían los griegos, los árabes, los egipcios. Ellos contaban historias de mitología, de batallas, de guerras y lo que hago yo es narrar estas mismas historias sobre la región del norte de México, la frontera, los Estados Unidos, el intercambio que existe”, explica.

Foto: José Miguel Ramírez (@josemiguell).

La obra de Eduardo Sarabia es mezclar sus historias con elementos tradicionales. Para él todo el folclore de 200 años de México está en la música, en la moda, en la ficción y, por supuesto, en sus cajas troqueladas con pizzas deliciosas.

Cuando tiene tiempo, dibuja mucho en papel y reza por el arte, “que es lo que me ha dado todo”. El arte era un sueño para él. Se cumplió. Y ahora apoya a los que buscan y persiguen su sueño.

“Si es cerámica, si es pintura, si es dibujo, si es un video, si es el equipo de basquetbol, todo se convierte en un proyecto artístico para impulsar, ayudar, apoyar”, concluye.

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Cancino fabrica alrededor de 10 000 cajas al mes y Sarabia pensó: en febrero, el mes del arte en México, esta especie de “artefacto” podría destacar.

Eduardo Sarabia: las cajas de <i>pizza</i> como artefacto social

Eduardo Sarabia: las cajas de <i>pizza</i> como artefacto social

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La obra de Eduardo Sarabia es mezclar sus historias con elementos tradicionales. Para él todo el folclore de 200 años de México está en la música, en la moda, en la ficción y en sus cajas troqueladas.

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Dice que ha jugado al beisbol. ¡Qué deporte tan aburrido! Se ríe con todos los dientes y como buen millennial se aburre y fastidia por decir su edad. Aunque él es precisamente de la Generación X: 48 años. Una larga vida que lo ha convertido en un artista plástico de la migración. Se llama Eduardo Sarabia y vive en Guadalajara, aunque tiene nostalgia por Mazatlán —donde ha recibido un galardón del club Venados por ser el orgullo mazatleco que ha llevado la tradición a los lugares más prestigiosos del mundo— y sus padres viven cómodamente en Los Ángeles, donde él creció.

“Tanto sacrificio para venir a cumplir nuestro sueño americano y tú te regresas a México”, más de una vez han dicho sus padres, que huyeron de la pobreza de Sinaloa, allá por los años setenta, cuando la tierra comenzaba a ser ancha y hoy expandida en una bandera de 50 estrellas.

Vamos a decir las cosas como son: sus padres reivindicaron su posición ante él; tanto así que la madre de Eduardo preguntó: “¿Quién es esa señora?”,  refiriéndose a la maestra que iba como su tutora los sábados para llevarlo a la universidad donde enseñaban dibujo. “Mi hijo es artista”, decían cuando hablaban de él, y como no pedía dinero, la situación parecía estar bien o más o menos.

Jarrón de cerámica pintado a mano y caja de madera. Foto: José Miguel Ramírez (@josemiguell).

Así fue  hasta que este artista plástico y ceramista, convencido de que comer pizza es “algo que te llena el corazón”y “es una comida del alma”, se compró un equipo de básquetbol de segunda división. Entonces su padre, “que sí entiende de deportes, no de arte”, comprendió que le iba maravillosamente.

“La obra de Eduardo Sarabia se inspira en las economías independientes y la historia popular del norte de México. A menudo trabaja con los materiales preferidos por los artesanos locales, utilizando azulejos de cerámica, tejidos a mano y vidrio para crear esculturas e instalaciones que tratan los complejos intercambios sociales, culturales y materiales que se producen cuando esta región y su historia se encuentran con forasteros”, dice su currículum. 

Para Sarabia, la palabra frontera es central. Una vida ilegal, donde creció con misterios y secretos—precisamente porque sus padres no tenían papeles— le dio un instinto diferente. Sabe que esta vida siempre puede tener policías y guardias fronterizos. Estar preso brinda esa sensación de “ilegalidad” que te vuelve un bicho previsor y miedoso frente a la autoridad.

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Cajas de Eduardo Sarabia hechas para Cancino. Foto: José Miguel Ramírez (@josemiguell).

Todo eso fue un misterio hasta que a los 12 años se fue becado a la Unión Soviética. Supo entonces de la libertad de caminar por la calle sin que te molesten y “entre gente muy distinta a mí, saber que lo que quería era vivir de lo que me gustaba, o sea, el dibujo”.

Este artista no se veía en absoluto en esa actividad cuando le propusieron diseñar una caja para las pizzas Cancino, donde puedes disfrutar de una experiencia gourmet a precios accesibles, un giro marquetinero pensado para que esta esencia no cambie sin importar a cuántos artistas convoquen. Más allá del mercado —al que no sigue en ninguna de sus normas, aunque “vivo de él”—, la idea simplemente no le cuadraba.

“Cuando me platicaron del proyecto fue algo muy natural y divertido. Está pensado para crear un poquito de ruido entre las redes sociales. La verdad es que no me llamó mucho la atención. A mí la pizza me encanta, ¿pero dedicarme a hacer cajas? Hasta que mis amigos, los dueños de Cancino, me respondieron que tenía la total libertad para intervenirla. Y como yo, que elegí la profesión de artista desde niño porque un artista hace lo que quiere, dije que sí”, explica Eduardo.

Las cajas eran de cereales, no de pizzas

Como esos jefes de marketing cuando dicen que los niños comen alimentos si les interesa el envase, Eduardo Sarabia se acordó de sus visitas al supermercado con su madre; de cuando compraba el cereal que venía en una caja para armar autos, juguetes o cohetes. Y obviamente su trabajo debía tener referencias a las bases que usa para sus cerámicas.

“Podría conectar esta idea de cómo transportar algo, la idea de la caja de cartón, la caja del migrante, que las tiene llena de pertenencias, como buscando y siguiendo un sueño. Comencé a pensar en el reciclaje, en darle otro uso, otro propósito y, si a la gente le interesaba recortarla y modificarla, seguía las instrucciones y podría terminar con un cuadro chiquito que podía colgar en su pared”, revela este artista cuya obra fue expuesta en el Museo Tamayo de la Ciudad de México en 2016, en el Centro Cultural Cabañas de Guadalajara y el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca, así como en ASU Art Museum, Arizona. En 2013 tuvo una exposición individual de sus pinturas en el Museum of Contemporary Art de Denver y en  Los Ángeles County Museum of Art, la Bienal Whitney y el New Museum en Nueva York. 

Cancino fabrica alrededor de 10 000 cajas al mes y pensó que en febrero—el mes del arte en México— iba a destacar el “artefacto” de Sarabia.

“Si una gran parte de estas personas —que compran la pizza y se llevan esta caja— la pueden convertir, verán una obra, una edición. A la gente de la empresa también se le ocurrió mandar pizzas a los artistas, a la gente de [ZONA] MACO, a los de las galerías, a la de los museos. Luego comenzamos a hablar y coincidimos en que también teníamos que hacer una labor benéfica. Esa comida del alma que es la pizza tendrían que saborearla las personas de los albergues y de las fundaciones”.

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Acrílico sobre papel junto al jarrón de cerámica pintado a mano. Foto: José Miguel Ramírez (@josemiguell).

Así las pizzas Cancino, tras la propuesta de Eduardo Sarabia (con una caja troquelada que, después de usarse, revela una noche estrellada imposible de desechar), terminaron en manos de una organización de migrantes de Centroamérica, en las de otra dedicada a personas con autismo y en las de una fundación para niños afectados por la violencia doméstica.

Sarabia, que ha tenido mucha gente que lo ha ayudado para que “sea lo que es”, ha recibido dos becas de la Durfee Grant Foundation, una en 2004 y otra en 2008. También ha sido invitado como artista residente en el Tokyo Wonder Site, en Japón, donde realizó un gran mural público de cerámica. Por eso él sabe que “el poder del arte, la cultura, es poder llegar a estos lugares y seguir apoyando”.

Foto: José Miguel Ramírez (@josemiguell).

Su vida en Guadalajara

Ahora vive en esa ciudad. Bromea porque cree que al ver la caja “mucha gente va a pedir la pizza sin la pizza”. Desde muy chico comenzó a exponer y estudió en la Universidad del Arte. Creció entre México y Estados Unidos. Todo lo que persigue es “contar historias”. Su conversación artística está enfocada “en la frontera” y “toda la ironía” que hay alrededor de un lugar como Los Ángeles, donde el territorio parece que fuera mexicano.

“Hablo de volver a soñar; volver a creer; volver a tener estas aspiraciones. Siento que el proyecto de la pizza es poder dar un poquito de esa generosidad. El año pasado compré un equipo de básquetbol profesional de segunda división para Puerto Vallarta, tratando de crear un puente entre cultura y deporte”.

Foto: José Miguel Ramírez (@josemiguell).

“Hay muchísima gente joven en México que tiene talento, más que nada en deporte, y esas cualidades son muy difíciles de desarrollar. Los jóvenes quieren entrenar, quieren jugar, pero al mismo tiempo deben cuidar a su abuela o trabajar o no sé qué. Ahí es cuando la juventud se desvía y comienza a escuchar al crimen organizado y a ver fácil la posibilidad de conseguir dinero”, afirma.

“Cuando era niño quise ser hiperrealista. Sin embargo, poco a poco descubrí que me gusta mucho la narrativa. Me he enfocado en la cerámica porque me gusta la tradición de contar cuentos en las vasijas, como lo hacían los griegos, los árabes, los egipcios. Ellos contaban historias de mitología, de batallas, de guerras y lo que hago yo es narrar estas mismas historias sobre la región del norte de México, la frontera, los Estados Unidos, el intercambio que existe”, explica.

Foto: José Miguel Ramírez (@josemiguell).

La obra de Eduardo Sarabia es mezclar sus historias con elementos tradicionales. Para él todo el folclore de 200 años de México está en la música, en la moda, en la ficción y, por supuesto, en sus cajas troqueladas con pizzas deliciosas.

Cuando tiene tiempo, dibuja mucho en papel y reza por el arte, “que es lo que me ha dado todo”. El arte era un sueño para él. Se cumplió. Y ahora apoya a los que buscan y persiguen su sueño.

“Si es cerámica, si es pintura, si es dibujo, si es un video, si es el equipo de basquetbol, todo se convierte en un proyecto artístico para impulsar, ayudar, apoyar”, concluye.

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