Mamando gallo en Ginebra - Gatopardo

Mamando gallo en Ginebra

Presentamos un fragmento del libro “Gabo periodista” (Fondo de Cultura Económica, Fundación Nuevo Periodismo Ibroamericano), se trata de una antología de los textos periodísticos de Gabriel García Márquez, seleccionados y comentados por colegas y amigos periodistas y escritores. El fragmento que escogimos corresponde a la etapa en que García Márquez cubría asuntos internacionales para el diario “El Espectador” a mediados de los años cincuenta. Va precedido por un ensayo de Jon Lee Anderson (con traducción de Héctor Feliciano) sobre cómo se las arregló García Márquez para seguir mamando gallo como corresponsal extranjero en plena Guerra Fría.

En julio de 1955, a los veintiocho años de edad, Gabo viajó por primera vez en un avión intercontinental. Un Super Constellation, diseñado por Howard Hughes, lo llevó de Colombia, cruzando el Océano Atlántico, con escala en Bermudas y Lisboa, hasta Ginebra. Lo enviaban a Europa como corresponsal de El Espectador. Su primera tarea sería cubrir la reunión cumbre de jefes de Estado de Estados Unidos, la Unión Soviética, Gran Bretaña y Francia, a quienes, en aquellos días previos a la crisis de Suez, se les conocía como los Cuatro Grandes.

Los envíos trasmitidos por García Márquez desde Suiza —entonces, como hoy, un país neutral inquietantemente sereno—, son un recuerdo agridulce de un momento casi olvidado de los tiempos modernos, en el que el destino del hombre yacía suspendido entre la esperanza de una paz mundial y la perspectiva de un apocalipsis nuclear, un tiempo, en nuestra memoria colectiva, que se recuerda extrañamente como uno de sencillez e inocencia infantiles.

Apenas una década había transcurrido desde el fin de ese gran horror conocido como la Segunda Guerra Mundial, y muchas de las ciudades de Europa yacían aún en ruinas. La Guerra Fría se encontraba en su apogeo, el puente aéreo de Berlín se había establecido, pero todavía no existía el muro. La sublevación húngara y la invasión militar soviética que la aplastó ocurrirían en un plazo de menos de un año; Kruschev había tomado el poder en la URSS dos años antes, y había denunciado los excesos de Stalin, aunque con cierto eufemismo; el mundo desconocía todavía el verdadero alcance de los horrores del camarada Iósif Vissariónovich. Entre tanto, cientos de miles de prisioneros políticos rusos se pudrían aún en los campos de trabajo forzado de Siberia. En Estados Unidos, el anticomunismo estaba a la orden del día. A la ejecución de los Rosenberg, en 1953, habían sucedido las audiencias senatoriales estilo caza de brujas de McCarthy, que habían petrificado y horrorizado al país el año anterior, mientras que en Guatemala el gobierno de Dwight Ike Eisenhower había intervenido exitosamente, por medio de la CIA, para derrocar militarmente al gobierno de Jacobo Arbenz, el primero de izquierda del hemisferio occidental.

La carrera armamentista había comenzado, al igual que la carrera espacial, y en dos años los soviéticos lanzarían el Sputnik. Todavía, la televisión era una novedad primitiva; la mayoría de la gente se informaba por medio del radio y de los diarios. La mayoría de las naciones de África eran todavía colonias de Europa, mientras que en América Latina era la época de los tiranos, con dictadores militares reaccionarios que gobernaban el hemisferio entero. Perón, Stroessner, Pérez Jiménez, Somoza y Trujillo eran sólo una parte de la concurrida cola. Dos años antes, el gansteril presidente cubano Fulgencio Batista había suprimido con sangre un intento de revuelta dirigida por un joven abogado, Fidel Castro, quien habría de languidecer ulteriormente en una prisión. Mientras Gabo estaba en Ginebra, Batista cometió el más grande error político de su vida al amnistiar a Castro, un acto que pronto ocasionaría su caída y el ascenso de este último al poder.

"Sus instintos eran, en cualquier caso, más literarios que clásicamente periodísticos..."

“Sus instintos eran, en cualquier caso, más literarios que clásicamente periodísticos…” / Fotografía: Getty Images

Colombia se encontraba, también, bajo un gobierno militar, con el general del ejército Gustavo Rojas Pinilla como presidente. Hacía unos años había comenzado la matanza nacional conocida como La Violencia, una serie de asesinatos políticos y de masacres que ocasionaría más de trescientas mil muertes antes de que concluyera a finales de los años cincuenta.

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