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Escritorios y pupitres rescatados de la escuela ahora se usan como butacas del pequeño foro en el espacio seguro.
A 30 kilómetros del frente de batalla, entre escombros y campos minados, un grupo de voluntarios reconstruyó un refugio donde los niños pueden jugar, aprender y olvidar por un momento la guerra.
“Este territorio estuvo ocupado. A partir de ahora solo hay que andar por el camino”, dice Meriam Yol. “Más allá podría estar minado”. No ha pasado ni una hora desde que salimos de Járkov, aún estamos cerca de la ciudad capital de la región del mismo nombre, en el oriente de Ucrania.
Yol tiene 30 años y sonríe constantemente. Tiene ojos verdes y una cabellera café, espesa, rayada ligeramente con algunas canas. Viaja en una caravana acompañada de otros integrantes de la organización Volonterska —que significa “voluntarios” en ucraniano—, de la que es jefa de operaciones. Con ella viene un invitado, Artem Dvorzhanskyi, medallista de oro en el arte marcial ju-jitsu en el campeonato europeo de la Federación Internacional de Ju-Jitsu (JJIF, por sus siglas en inglés) en 2024. El destino es una pequeña comunidad a 30 kilómetros del frente de batalla con Rusia, donde Yol y los voluntarios ayudaron a la población a construir un espacio seguro para las infancias.
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Meriam Yol es originaria de la ciudad de Járkov, y se ha involucrado de manera activa en servicios de voluntariado desde que Rusia inició la invasión en febrero de 2022. Desde entonces, su vida ha cambiado radicalmente. El proyecto de Volonterska, fundado en 2022 por uno de sus amigos, se ha transformado y ha tenido presencia en toda la región. Durante los seis meses de la ocupación rusa en parte del territorio de Járkov —antes de la contraofensiva ucraniana de 2022 que la liberó—, se dedicó a repartir alimentos, medicinas, artículos de higiene y generadores de energía a comunidades pequeñas, alejadas de los grandes centros urbanos. Mientras las bombas caían sobre su ciudad, ella y su equipo se dedicaron a reconstruir refugios. Más de 160 espacios seguros han surgido gracias a su trabajo.
También te puede interesar el reportaje "Las infancias perdidas en la crisis de la metanfetamina".
Pero esto no era lo que quería hacer. Apenas 10 horas antes de que la invasión comenzara, había enviado su primer proyecto de cortometraje a un concurso. “Como puedes ver, no tengo hecha una película”, dice con una carcajada. Egresada de Publicidad y Relaciones Públicas, con una maestría en Periodismo y Medios de Comunicación, Yol dejó su futuro en pausa en 2022. Con los primeros ataques, pasó más de 100 días en el sótano de un café, que se convirtió en su refugio, en el centro de la ciudad. Su esposo, un actor de teatro, se unió a las fuerzas armadas en 2024. Todavía sigue activo.
Han sido tres años dedicados a ayudar a la población local, pero ella no deja de operar casi como una productora de cine. Se encarga de conseguir lo necesario para que más voluntarios ejecuten los planes de recontrucción, y coordina reuniones con la comunidad, organizaciones y personas que puedan aportar financiamiento. Durante uno de nuestros encuentros —el 11 de febrero— en el café que le sirvió de refugio, me muestra una agenda meticulosamente preparada en su computadora, con días llenos de juntas y actividades con su organización. Decenas de comensales entran y salen del café, muchos la reconocen, la saludan y se abrazan con cariño. Ella no deja de sonreir.
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El café se llama Pakufuda y está en el centro de Járkov. Es un espacio amplio, con muros de concreto y un tapanco. Las ventanas que dan a la calle tienen una película para que no se estrellen en caso de una explosión cercana. En el exterior hay un mosaico de cristales decorando la entrada. La pieza fue elaborada por una artista local con trozos de vidrio roto de los edificios de los alrededores. Junto a la barra hay una bolsa con varios botiquines de primeros auxilios. “Todos en el café saben cómo utilizarlos en caso de que sea necesario”, dice Yol. Junto a los botiquines está la puerta que conduce al refugio. En la barra, junto a las máquinas de café y los bocadillos de pan y mermelada, hay un casco militar donde los comensales dejan la propina. También hay una vitrina con frascos de sales elaboradas con distintos vegetales o frutas que vienen de los pueblos que fueron ocupados por Rusia. Estos condimentos son parte de otro de los proyectos en los que Yol participa para incentivar la economía en las zonas rurales.
El camino minado
Este viernes 14 de febrero acompaño a los integrantes de la organización para visitar un refugio en medio de la desolación que ha dejado la guerra. En un carro viaja el medallista Dvorzhanskyi con uno de sus estudiantes de ju-jitsu. En el otro va Yol acompañada de “Vova”, Volodimir Voloshan, un chofer de 56 años que trabaja en la organización. Denis Panchenko, de 40 años, también viaja con nosotros al pequeño pueblo. Es un fotógrafo de Járkov que apoya con imágenes para Volonterska. Todos van preparados para el frío. Yol lleva un gorro negro y trae un suéter con cuello de tortuga; encima lleva un abrigo verde olivo. Va al frente, como copiloto de Vova, y responde todas las preguntas en cada punto de seguridad que el ejército ha instalado a lo largo de la ruta.
Avanzamos hacia el sureste, por una carretera que atraviesa paisajes marcados por la guerra. En el camino, Izium, una ciudad devastada, nos recibe con edificios en ruinas y calles pobladas de civiles que intentan recuperar una rutina. Siguen aquí pese a la constante amenaza de ataques aéreos. La ciudad, que tenía 45 000 habitantes antes de la invasión, fue liberada por el ejército ucraniano en septiembre de 2022. Ahora se estima que hay cerca de 25 000 residentes. Apenas a inicios de febrero un misil ruso mató a cuatro personas.
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Al salir de Izium se abre el campo en tonos ocres y pardos, con cielo azul y despejado. En el horizonte se observan más hogares destruidos, y el fotógrafo Panchenko señala las líneas de árboles donde ramas derribadas sugieren enfrentamientos pasados con las tropas rusas.
Seguimos el camino hasta Kamianka; casi todas las casas y edificios están dañados o destruidos. Flanqueando los caminos de la vía principal hay cordones impidiendo el acceso; y en algunos, carteles rojos con calaveras advierten: “¡Cuidado, minas!”. De los mil habitantes que una vez vivieron aquí, hoy quedan menos de cien. Noventa por ciento de las construcciones fueron arrasadas, según un reporte de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (OHCHR, por sus siglas en inglés) sobre las secuelas que dejó la ocupación. La única escuela que había en este pueblo fue destruida, y en el patio donde solían jugar los niños hay otro letrero advirtiendo un campo minado.
Te recomendamos leer "Entre trincheras y hallazgos arqueológicos: la batalla por la memoria de Ucrania".
Después de dos horas en auto desde Járkov, llegamos al pueblo donde se construyó el espacio seguro para las infancias. Por seguridad, solicitan no revelar el nombre de la localidad, todavía dentro del raión —o municipio— de Izium. Estamos a 30 kilómetros del frente, y aquí aún podríamos recibir ataques de drones o misiles. Esta es otra comunidad rural que antes de la guerra tenía apenas más de mil habitantes. Como Kamianka, el pueblo está en ruinas, no solo por el conflicto, sino por las secuelas.
Tropas rusas minaron la región en su retirada, según relata Yol. Aunque Ucrania realiza operaciones para desminar el territorio, los letreros en el municipio exhiben la dificultad, riesgo y tiempo que toma completar esta misión. En febrero de 2023 siete niños en el municipio de Izium fueron lesionados por una mina. Luego de la contraofensiva ucraniana y la liberación de estas comunidades, cerca de 600 personas permanecieron en el pueblo. Sin embargo, durante la época de calor en 2024, comenzó un incendio en el bosque que arrasó con la localidad. Casas que Volonterska había reparado, terminaron destruidas. Las minas enterradas en el bosque comenzaron a detonar por el calor que provocaron las llamas. El fuego creció más de lo que se esperaba y, al final, casi la mitad de la comunidad quedó en ruinas. Solo 70 personas decidieron quedarse tras el desastre.
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Poco más allá de la zona devastada por el incendio, se encontraba la escuela de la comunidad. Las instalaciones fueron tomadas por soldados rusos durante los meses de ocupación. Los techos colapsados revelan bombardeos, los agujeros en las ventanas son el rastro de las balas que cruzaron durante los enfrentamientos; cientos de libros permanecen apilados en el teatro, y hay pizarrones que mantienen apuntes de las clases antes de la guerra.
Panchenko, el fotógrafo que nos acompaña, observa los libros en el auditorio: “los rusos dicen que los odiábamos, nos acusan de terroristas, pero leíamos sus libros, no hace sentido lo que dicen de nosotros”, dice frente a las copias de los cuentos de Antón Chéjov. Yol explica que cuando los soldados ucranianos recuperaron la escuela, encontraron todos los libros apilados en una de las esquinas de la habitación. “Querían quemar todo”, dice.
Yol da la señal de que es momento de comenzar con la actividad del día. El medallista Dvorzhanskyi está listo para dirigirse a la comunidad que se ha reunido para su visita.
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El sótano amarillo
Debajo de lo que fue el centro educativo hay un refugio. El techo apenas supera dos metros de altura, hay tres habitaciones y ninguna puerta que las separe. En los libreros de cada una hay obras infantiles en ucraniano e inglés, así como materiales para dibujar y hacer manualidades, tijeras o lápices adhesivos. También hay juegos de mesa, algunos para los más pequeños y otros para adolescentes. Estrellas de colores han sido salpicadas sobre las repisas de los libreros. En los muros están pegados carteles que realizaron los niños durante actividades anteriores.
Todas las paredes han sido pintadas de amarillo, del mismo tono que se ve en las banderas ucranianas. Este es todo el refugio, un sótano que entre la comunidad y los integrantes de Volonterska rehabilitaron e inauguraron para las infancias locales a finales de 2024.
“Hicimos la reconstrucción con la gente del pueblo, hombres y mujeres que ayudaron con las reparaciones. Este proceso nos tomó más de ocho meses y el 26 de diciembre de 2024 tuvimos nuestra gran inauguración del espacio seguro para actividades deportivas, conciertos y la celebración de Año Nuevo”, explica Yol.
Cuando comenzaron con las obras para rehabilitar el sótano de la escuela, en mayo de 2024, los habitantes de la zona no creían que realmente fueran a construir un espacio seguro en medio del conflicto. “Viven traumatizados, han vivido la guerra y han visto cosas terribles y les cuesta trabajo creer en cosas buenas”. La OHCHR anotó en su informe que las autoridades encontraron 451 cuerpos enterrados en el bosque de Izium, no muy lejos de este pueblo. La mayoría murieron por “las hostilidades o causas naturales”, pero 17 de ellos presentaban indicios de haber sido asesinados. El Instituto para la Información sobre la Guerra y la Paz informó que al menos 30 cuerpos tenían señales de tortura.
El espacio dentro del refugio subterráneo es frío. Aunque hay calentadores, la gente ignora el perchero en la entrada y utiliza sus abrigos. La primera habitación tiene bancos colocados contra las paredes, una bandera ucraniana y globos azules y amarillos decorándola. La segunda habitación es una sala de juego con tapetes de hule espuma y asientos tipo “puff”, pequeños y de varios colores. La última habitación es un aula que funciona como auditorio o espacio para talleres. Hay una pizarra inteligente que estaba antes en algún salón de clases, así como un proyector. Pupitres, sillas y escritorios, también rescatados, funcionan de butacas para este pequeño foro.
Veintiséis personas de la comunidad llegaron al refugio este mediodía para ver a Artem Dvorzhanskyi. A su lado está uno de sus estudiantes, Timofey Bezugly, de 15 años, también medallista de ju-jitsu en Europa. Su visita causa revuelo. Dvorzhanskyi, de 29 años, es cinturón negro en su disciplina. Además de ser medallista de oro en Europa y plata a nivel internacional, actualmente entrena en su propia academia en la ciudad de Járkov. La invitación de este atleta, me explica Yol, es para dar un respiro y recordar que "hay más en la vida que la guerra".
La plática comienza a las 12:30 y Artem muestra a los asistentes las medallas que ha ganado. Los niños las revisan, algunos huelen el metal, y las pasan a alguien más. Uno de los más pequeños está sentado al frente, sobre un cojín con patrones de camuflaje militar. Él se queda con una de las medallas de oro y la inspecciona a detalle antes de colocarla en su pupitre, a lado de un juego de cubos con números de colores. Detrás de él hay otro niño levantando la mano, insistente, para hacer una pregunta tras otra, sin importar que el atleta apenas está empezando con una de sus respuestas.
Los jóvenes permanecen atentos mientras Dvorzhanskyi habla sobre su carrera. Los pequeños preguntan cómo fue que llegó a la fama, cómo empezó a ganar dinero como atleta, y si es posible vivir de eso. Él les habla sobre su entrenamiento y la disciplina necesaria para ser un luchador de ju-jitsu, más allá de la fuerza. La charla toma una hora antes del taller que impartirá el medallista.
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Las risas no han parado
Entre Yol y Vova trasladan los tapetes de hule espuma a la primera habitación. Es un momento jovial. Yol acomoda las piezas, que se arman y desarman como rompecabezas, y se lanza sobre ellos para unirlas. Mientras, la audiencia espera para poder sentarse alrededor del dojo improvisado.
Dvorzhanskyi se pone de pie al centro del pequeño espacio de combate. Bezugly, su estudiante, se prepara a su lado y así dan inicio a una clase de ju-jitsu, la primera de este tipo para los pequeños ahí presentes. Es una exhibición amable de diferentes movimientos del arte marcial. Entre el alumno y el maestro toman turnos para mostrar cómo sujetar al oponente, sin realmente utilizar demasiada fuerza. Es solo un instructivo. La gente mira detenidamente.
Tras una serie de demostraciones, Dvorzhanskyi invita a un adolescente a participar. La audiencia ríe de manera tímida, el joven también. Todos están divirtiéndose. Un segundo adolescente se une al ejercicio y el medallista le toma los brazos y las piernas para dirigir los movimientos hacia una llave. Uno de los jóvenes logra una posición donde su oponente ha sido sometido. La gente está impresionada. Las risas tímidas siguen, aunque un poco más relajadas, cuando dos niños pasan a realizar el mismo ejercicio.
Finalmente es el turno de Katerina, una adolescente de 14 años, residente de esta comunidad. Viste una sudadera beige y pantalón de mezclilla. Su pelo negro, largo y lacio, cubre ligeramente su cara. Sus amigas, Masha y Yulia, que también observan la clase desde una esquina, se rehúsan a participar. Sienten demasiada vergüenza. Dvorzhanskyi invita a Katerina a participar con Bezugly dejándose someter. Katerina se pone de pie feliz y revisa el video que una de sus amigas hizo mientras realizaba las llaves.
Mientras la clase continúa, Yol me dice que Katerina y sus amigas hablan inglés —el idioma con el que nos comunicamos— y pueden platicar conmigo. Yol hace la introducción para que se animen a hablar un poco sobre su vida. Enunciando claramente cada palabra en inglés, les cuenta que hace yoga y que le hubiera gustado hacer su película si no fuera por la invasión rusa. Masha toma el siguiente turno para hablar. Tiene 15 años y dice que quiere ser bombera, tiene un perro llamado Asti. Yulia tiene 14 años, comparte que tiene una hermana, un gato, una chinchilla —un pequeño roedor— y disfruta escuchar música y ver cine de vampiros. Katerina utiliza su turno para contar que tiene un hermano, una hermana y que le gusta hacer fotografía. Pregunta si puede tomar un retrato de sus amigas con mi cámara. Yol me ayuda a traducir las instrucciones a ucraniano para que haga la fotografía. “¡Perfecto!”, le dice Yol después del tiro. La joven pide que les haga un retrato a las tres juntas. Les pregunto si están felices con este espacio. Responden que sí.
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La clase ha terminado y la gente corre para tomarse una foto con Dvorzhanskyi. Lo abrazan, le dan la mano, sonríen y poco a poco se retiran del lugar hasta que queda vacío. Al fondo, en la sala donde Dvorzhanskyi se presentó, hay una pizarra blanca con dos columnas de números que detallan los resultados de un torneo de futbol que recientemente se organizó en la cancha de la vieja escuela. Los jóvenes todavía pueden practicar este deporte y convivir más allá de estos muros amarillos, pese a que las actividades escolares, por seguridad, son todas en línea.
Este tipo de espacios y actividades, explica Katerina Andreievna, son una responsabilidad para ella en estos tiempos de guerra. Andreievna fue directora de la escuela durante seis años antes de la invasión. Y antes de eso fue maestra de historia durante ocho años. Desde la apertura del refugio organizaron un evento por el Año Nuevo, dos conciertos —uno al que incluso asistieron adultos— y una celebración del lenguaje ucraniano. Más allá de estas actividades, está contenta de que la comunidad tenga un espacio donde las infancias puedan reunirse.
Son casi las cuatro de la tarde cuando emprendemos el camino de regreso a Járkov. Los vidrios rotos y las marcas de disparos son el paisaje que recibe a quien sale del espacio seguro, como un recordatorio de la realidad a la que esta comunidad se enfrenta. A lo lejos, Katerina y sus amigas, Masha y Yulia, pasean. Otros habitantes se dirigen a sus hogares o a resolver los pendientes del día. Mientras avanzamos, nos encontramos con las filas de casas destruidas por el incendio, y más adelante los carteles advirtiendo campos minados bajo la sombra de los árboles ennegrecidos por el fuego.
Antes de salir de la comunidad, Yol se relaja por un momento en el asiento del pasajero antes de sacar su computadora para trabajar en otros pendientes. Sin perder el ánimo alegre, dice que está emocionada por las próximas actividades dentro del sótano amarillo. “La reacción de los niños este día muestra más que lo que yo podría decir”, añade antes de que Vova tome finalmente el camino de regreso.
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A 30 kilómetros del frente de batalla, entre escombros y campos minados, un grupo de voluntarios reconstruyó un refugio donde los niños pueden jugar, aprender y olvidar por un momento la guerra.
“Este territorio estuvo ocupado. A partir de ahora solo hay que andar por el camino”, dice Meriam Yol. “Más allá podría estar minado”. No ha pasado ni una hora desde que salimos de Járkov, aún estamos cerca de la ciudad capital de la región del mismo nombre, en el oriente de Ucrania.
Yol tiene 30 años y sonríe constantemente. Tiene ojos verdes y una cabellera café, espesa, rayada ligeramente con algunas canas. Viaja en una caravana acompañada de otros integrantes de la organización Volonterska —que significa “voluntarios” en ucraniano—, de la que es jefa de operaciones. Con ella viene un invitado, Artem Dvorzhanskyi, medallista de oro en el arte marcial ju-jitsu en el campeonato europeo de la Federación Internacional de Ju-Jitsu (JJIF, por sus siglas en inglés) en 2024. El destino es una pequeña comunidad a 30 kilómetros del frente de batalla con Rusia, donde Yol y los voluntarios ayudaron a la población a construir un espacio seguro para las infancias.
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Meriam Yol es originaria de la ciudad de Járkov, y se ha involucrado de manera activa en servicios de voluntariado desde que Rusia inició la invasión en febrero de 2022. Desde entonces, su vida ha cambiado radicalmente. El proyecto de Volonterska, fundado en 2022 por uno de sus amigos, se ha transformado y ha tenido presencia en toda la región. Durante los seis meses de la ocupación rusa en parte del territorio de Járkov —antes de la contraofensiva ucraniana de 2022 que la liberó—, se dedicó a repartir alimentos, medicinas, artículos de higiene y generadores de energía a comunidades pequeñas, alejadas de los grandes centros urbanos. Mientras las bombas caían sobre su ciudad, ella y su equipo se dedicaron a reconstruir refugios. Más de 160 espacios seguros han surgido gracias a su trabajo.
También te puede interesar el reportaje "Las infancias perdidas en la crisis de la metanfetamina".
Pero esto no era lo que quería hacer. Apenas 10 horas antes de que la invasión comenzara, había enviado su primer proyecto de cortometraje a un concurso. “Como puedes ver, no tengo hecha una película”, dice con una carcajada. Egresada de Publicidad y Relaciones Públicas, con una maestría en Periodismo y Medios de Comunicación, Yol dejó su futuro en pausa en 2022. Con los primeros ataques, pasó más de 100 días en el sótano de un café, que se convirtió en su refugio, en el centro de la ciudad. Su esposo, un actor de teatro, se unió a las fuerzas armadas en 2024. Todavía sigue activo.
Han sido tres años dedicados a ayudar a la población local, pero ella no deja de operar casi como una productora de cine. Se encarga de conseguir lo necesario para que más voluntarios ejecuten los planes de recontrucción, y coordina reuniones con la comunidad, organizaciones y personas que puedan aportar financiamiento. Durante uno de nuestros encuentros —el 11 de febrero— en el café que le sirvió de refugio, me muestra una agenda meticulosamente preparada en su computadora, con días llenos de juntas y actividades con su organización. Decenas de comensales entran y salen del café, muchos la reconocen, la saludan y se abrazan con cariño. Ella no deja de sonreir.
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El café se llama Pakufuda y está en el centro de Járkov. Es un espacio amplio, con muros de concreto y un tapanco. Las ventanas que dan a la calle tienen una película para que no se estrellen en caso de una explosión cercana. En el exterior hay un mosaico de cristales decorando la entrada. La pieza fue elaborada por una artista local con trozos de vidrio roto de los edificios de los alrededores. Junto a la barra hay una bolsa con varios botiquines de primeros auxilios. “Todos en el café saben cómo utilizarlos en caso de que sea necesario”, dice Yol. Junto a los botiquines está la puerta que conduce al refugio. En la barra, junto a las máquinas de café y los bocadillos de pan y mermelada, hay un casco militar donde los comensales dejan la propina. También hay una vitrina con frascos de sales elaboradas con distintos vegetales o frutas que vienen de los pueblos que fueron ocupados por Rusia. Estos condimentos son parte de otro de los proyectos en los que Yol participa para incentivar la economía en las zonas rurales.
El camino minado
Este viernes 14 de febrero acompaño a los integrantes de la organización para visitar un refugio en medio de la desolación que ha dejado la guerra. En un carro viaja el medallista Dvorzhanskyi con uno de sus estudiantes de ju-jitsu. En el otro va Yol acompañada de “Vova”, Volodimir Voloshan, un chofer de 56 años que trabaja en la organización. Denis Panchenko, de 40 años, también viaja con nosotros al pequeño pueblo. Es un fotógrafo de Járkov que apoya con imágenes para Volonterska. Todos van preparados para el frío. Yol lleva un gorro negro y trae un suéter con cuello de tortuga; encima lleva un abrigo verde olivo. Va al frente, como copiloto de Vova, y responde todas las preguntas en cada punto de seguridad que el ejército ha instalado a lo largo de la ruta.
Avanzamos hacia el sureste, por una carretera que atraviesa paisajes marcados por la guerra. En el camino, Izium, una ciudad devastada, nos recibe con edificios en ruinas y calles pobladas de civiles que intentan recuperar una rutina. Siguen aquí pese a la constante amenaza de ataques aéreos. La ciudad, que tenía 45 000 habitantes antes de la invasión, fue liberada por el ejército ucraniano en septiembre de 2022. Ahora se estima que hay cerca de 25 000 residentes. Apenas a inicios de febrero un misil ruso mató a cuatro personas.
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Al salir de Izium se abre el campo en tonos ocres y pardos, con cielo azul y despejado. En el horizonte se observan más hogares destruidos, y el fotógrafo Panchenko señala las líneas de árboles donde ramas derribadas sugieren enfrentamientos pasados con las tropas rusas.
Seguimos el camino hasta Kamianka; casi todas las casas y edificios están dañados o destruidos. Flanqueando los caminos de la vía principal hay cordones impidiendo el acceso; y en algunos, carteles rojos con calaveras advierten: “¡Cuidado, minas!”. De los mil habitantes que una vez vivieron aquí, hoy quedan menos de cien. Noventa por ciento de las construcciones fueron arrasadas, según un reporte de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (OHCHR, por sus siglas en inglés) sobre las secuelas que dejó la ocupación. La única escuela que había en este pueblo fue destruida, y en el patio donde solían jugar los niños hay otro letrero advirtiendo un campo minado.
Te recomendamos leer "Entre trincheras y hallazgos arqueológicos: la batalla por la memoria de Ucrania".
Después de dos horas en auto desde Járkov, llegamos al pueblo donde se construyó el espacio seguro para las infancias. Por seguridad, solicitan no revelar el nombre de la localidad, todavía dentro del raión —o municipio— de Izium. Estamos a 30 kilómetros del frente, y aquí aún podríamos recibir ataques de drones o misiles. Esta es otra comunidad rural que antes de la guerra tenía apenas más de mil habitantes. Como Kamianka, el pueblo está en ruinas, no solo por el conflicto, sino por las secuelas.
Tropas rusas minaron la región en su retirada, según relata Yol. Aunque Ucrania realiza operaciones para desminar el territorio, los letreros en el municipio exhiben la dificultad, riesgo y tiempo que toma completar esta misión. En febrero de 2023 siete niños en el municipio de Izium fueron lesionados por una mina. Luego de la contraofensiva ucraniana y la liberación de estas comunidades, cerca de 600 personas permanecieron en el pueblo. Sin embargo, durante la época de calor en 2024, comenzó un incendio en el bosque que arrasó con la localidad. Casas que Volonterska había reparado, terminaron destruidas. Las minas enterradas en el bosque comenzaron a detonar por el calor que provocaron las llamas. El fuego creció más de lo que se esperaba y, al final, casi la mitad de la comunidad quedó en ruinas. Solo 70 personas decidieron quedarse tras el desastre.
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Poco más allá de la zona devastada por el incendio, se encontraba la escuela de la comunidad. Las instalaciones fueron tomadas por soldados rusos durante los meses de ocupación. Los techos colapsados revelan bombardeos, los agujeros en las ventanas son el rastro de las balas que cruzaron durante los enfrentamientos; cientos de libros permanecen apilados en el teatro, y hay pizarrones que mantienen apuntes de las clases antes de la guerra.
Panchenko, el fotógrafo que nos acompaña, observa los libros en el auditorio: “los rusos dicen que los odiábamos, nos acusan de terroristas, pero leíamos sus libros, no hace sentido lo que dicen de nosotros”, dice frente a las copias de los cuentos de Antón Chéjov. Yol explica que cuando los soldados ucranianos recuperaron la escuela, encontraron todos los libros apilados en una de las esquinas de la habitación. “Querían quemar todo”, dice.
Yol da la señal de que es momento de comenzar con la actividad del día. El medallista Dvorzhanskyi está listo para dirigirse a la comunidad que se ha reunido para su visita.
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El sótano amarillo
Debajo de lo que fue el centro educativo hay un refugio. El techo apenas supera dos metros de altura, hay tres habitaciones y ninguna puerta que las separe. En los libreros de cada una hay obras infantiles en ucraniano e inglés, así como materiales para dibujar y hacer manualidades, tijeras o lápices adhesivos. También hay juegos de mesa, algunos para los más pequeños y otros para adolescentes. Estrellas de colores han sido salpicadas sobre las repisas de los libreros. En los muros están pegados carteles que realizaron los niños durante actividades anteriores.
Todas las paredes han sido pintadas de amarillo, del mismo tono que se ve en las banderas ucranianas. Este es todo el refugio, un sótano que entre la comunidad y los integrantes de Volonterska rehabilitaron e inauguraron para las infancias locales a finales de 2024.
“Hicimos la reconstrucción con la gente del pueblo, hombres y mujeres que ayudaron con las reparaciones. Este proceso nos tomó más de ocho meses y el 26 de diciembre de 2024 tuvimos nuestra gran inauguración del espacio seguro para actividades deportivas, conciertos y la celebración de Año Nuevo”, explica Yol.
Cuando comenzaron con las obras para rehabilitar el sótano de la escuela, en mayo de 2024, los habitantes de la zona no creían que realmente fueran a construir un espacio seguro en medio del conflicto. “Viven traumatizados, han vivido la guerra y han visto cosas terribles y les cuesta trabajo creer en cosas buenas”. La OHCHR anotó en su informe que las autoridades encontraron 451 cuerpos enterrados en el bosque de Izium, no muy lejos de este pueblo. La mayoría murieron por “las hostilidades o causas naturales”, pero 17 de ellos presentaban indicios de haber sido asesinados. El Instituto para la Información sobre la Guerra y la Paz informó que al menos 30 cuerpos tenían señales de tortura.
El espacio dentro del refugio subterráneo es frío. Aunque hay calentadores, la gente ignora el perchero en la entrada y utiliza sus abrigos. La primera habitación tiene bancos colocados contra las paredes, una bandera ucraniana y globos azules y amarillos decorándola. La segunda habitación es una sala de juego con tapetes de hule espuma y asientos tipo “puff”, pequeños y de varios colores. La última habitación es un aula que funciona como auditorio o espacio para talleres. Hay una pizarra inteligente que estaba antes en algún salón de clases, así como un proyector. Pupitres, sillas y escritorios, también rescatados, funcionan de butacas para este pequeño foro.
Veintiséis personas de la comunidad llegaron al refugio este mediodía para ver a Artem Dvorzhanskyi. A su lado está uno de sus estudiantes, Timofey Bezugly, de 15 años, también medallista de ju-jitsu en Europa. Su visita causa revuelo. Dvorzhanskyi, de 29 años, es cinturón negro en su disciplina. Además de ser medallista de oro en Europa y plata a nivel internacional, actualmente entrena en su propia academia en la ciudad de Járkov. La invitación de este atleta, me explica Yol, es para dar un respiro y recordar que "hay más en la vida que la guerra".
La plática comienza a las 12:30 y Artem muestra a los asistentes las medallas que ha ganado. Los niños las revisan, algunos huelen el metal, y las pasan a alguien más. Uno de los más pequeños está sentado al frente, sobre un cojín con patrones de camuflaje militar. Él se queda con una de las medallas de oro y la inspecciona a detalle antes de colocarla en su pupitre, a lado de un juego de cubos con números de colores. Detrás de él hay otro niño levantando la mano, insistente, para hacer una pregunta tras otra, sin importar que el atleta apenas está empezando con una de sus respuestas.
Los jóvenes permanecen atentos mientras Dvorzhanskyi habla sobre su carrera. Los pequeños preguntan cómo fue que llegó a la fama, cómo empezó a ganar dinero como atleta, y si es posible vivir de eso. Él les habla sobre su entrenamiento y la disciplina necesaria para ser un luchador de ju-jitsu, más allá de la fuerza. La charla toma una hora antes del taller que impartirá el medallista.
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Las risas no han parado
Entre Yol y Vova trasladan los tapetes de hule espuma a la primera habitación. Es un momento jovial. Yol acomoda las piezas, que se arman y desarman como rompecabezas, y se lanza sobre ellos para unirlas. Mientras, la audiencia espera para poder sentarse alrededor del dojo improvisado.
Dvorzhanskyi se pone de pie al centro del pequeño espacio de combate. Bezugly, su estudiante, se prepara a su lado y así dan inicio a una clase de ju-jitsu, la primera de este tipo para los pequeños ahí presentes. Es una exhibición amable de diferentes movimientos del arte marcial. Entre el alumno y el maestro toman turnos para mostrar cómo sujetar al oponente, sin realmente utilizar demasiada fuerza. Es solo un instructivo. La gente mira detenidamente.
Tras una serie de demostraciones, Dvorzhanskyi invita a un adolescente a participar. La audiencia ríe de manera tímida, el joven también. Todos están divirtiéndose. Un segundo adolescente se une al ejercicio y el medallista le toma los brazos y las piernas para dirigir los movimientos hacia una llave. Uno de los jóvenes logra una posición donde su oponente ha sido sometido. La gente está impresionada. Las risas tímidas siguen, aunque un poco más relajadas, cuando dos niños pasan a realizar el mismo ejercicio.
Finalmente es el turno de Katerina, una adolescente de 14 años, residente de esta comunidad. Viste una sudadera beige y pantalón de mezclilla. Su pelo negro, largo y lacio, cubre ligeramente su cara. Sus amigas, Masha y Yulia, que también observan la clase desde una esquina, se rehúsan a participar. Sienten demasiada vergüenza. Dvorzhanskyi invita a Katerina a participar con Bezugly dejándose someter. Katerina se pone de pie feliz y revisa el video que una de sus amigas hizo mientras realizaba las llaves.
Mientras la clase continúa, Yol me dice que Katerina y sus amigas hablan inglés —el idioma con el que nos comunicamos— y pueden platicar conmigo. Yol hace la introducción para que se animen a hablar un poco sobre su vida. Enunciando claramente cada palabra en inglés, les cuenta que hace yoga y que le hubiera gustado hacer su película si no fuera por la invasión rusa. Masha toma el siguiente turno para hablar. Tiene 15 años y dice que quiere ser bombera, tiene un perro llamado Asti. Yulia tiene 14 años, comparte que tiene una hermana, un gato, una chinchilla —un pequeño roedor— y disfruta escuchar música y ver cine de vampiros. Katerina utiliza su turno para contar que tiene un hermano, una hermana y que le gusta hacer fotografía. Pregunta si puede tomar un retrato de sus amigas con mi cámara. Yol me ayuda a traducir las instrucciones a ucraniano para que haga la fotografía. “¡Perfecto!”, le dice Yol después del tiro. La joven pide que les haga un retrato a las tres juntas. Les pregunto si están felices con este espacio. Responden que sí.
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La clase ha terminado y la gente corre para tomarse una foto con Dvorzhanskyi. Lo abrazan, le dan la mano, sonríen y poco a poco se retiran del lugar hasta que queda vacío. Al fondo, en la sala donde Dvorzhanskyi se presentó, hay una pizarra blanca con dos columnas de números que detallan los resultados de un torneo de futbol que recientemente se organizó en la cancha de la vieja escuela. Los jóvenes todavía pueden practicar este deporte y convivir más allá de estos muros amarillos, pese a que las actividades escolares, por seguridad, son todas en línea.
Este tipo de espacios y actividades, explica Katerina Andreievna, son una responsabilidad para ella en estos tiempos de guerra. Andreievna fue directora de la escuela durante seis años antes de la invasión. Y antes de eso fue maestra de historia durante ocho años. Desde la apertura del refugio organizaron un evento por el Año Nuevo, dos conciertos —uno al que incluso asistieron adultos— y una celebración del lenguaje ucraniano. Más allá de estas actividades, está contenta de que la comunidad tenga un espacio donde las infancias puedan reunirse.
Son casi las cuatro de la tarde cuando emprendemos el camino de regreso a Járkov. Los vidrios rotos y las marcas de disparos son el paisaje que recibe a quien sale del espacio seguro, como un recordatorio de la realidad a la que esta comunidad se enfrenta. A lo lejos, Katerina y sus amigas, Masha y Yulia, pasean. Otros habitantes se dirigen a sus hogares o a resolver los pendientes del día. Mientras avanzamos, nos encontramos con las filas de casas destruidas por el incendio, y más adelante los carteles advirtiendo campos minados bajo la sombra de los árboles ennegrecidos por el fuego.
Antes de salir de la comunidad, Yol se relaja por un momento en el asiento del pasajero antes de sacar su computadora para trabajar en otros pendientes. Sin perder el ánimo alegre, dice que está emocionada por las próximas actividades dentro del sótano amarillo. “La reacción de los niños este día muestra más que lo que yo podría decir”, añade antes de que Vova tome finalmente el camino de regreso.
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Escritorios y pupitres rescatados de la escuela ahora se usan como butacas del pequeño foro en el espacio seguro.
A 30 kilómetros del frente de batalla, entre escombros y campos minados, un grupo de voluntarios reconstruyó un refugio donde los niños pueden jugar, aprender y olvidar por un momento la guerra.
“Este territorio estuvo ocupado. A partir de ahora solo hay que andar por el camino”, dice Meriam Yol. “Más allá podría estar minado”. No ha pasado ni una hora desde que salimos de Járkov, aún estamos cerca de la ciudad capital de la región del mismo nombre, en el oriente de Ucrania.
Yol tiene 30 años y sonríe constantemente. Tiene ojos verdes y una cabellera café, espesa, rayada ligeramente con algunas canas. Viaja en una caravana acompañada de otros integrantes de la organización Volonterska —que significa “voluntarios” en ucraniano—, de la que es jefa de operaciones. Con ella viene un invitado, Artem Dvorzhanskyi, medallista de oro en el arte marcial ju-jitsu en el campeonato europeo de la Federación Internacional de Ju-Jitsu (JJIF, por sus siglas en inglés) en 2024. El destino es una pequeña comunidad a 30 kilómetros del frente de batalla con Rusia, donde Yol y los voluntarios ayudaron a la población a construir un espacio seguro para las infancias.
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Meriam Yol es originaria de la ciudad de Járkov, y se ha involucrado de manera activa en servicios de voluntariado desde que Rusia inició la invasión en febrero de 2022. Desde entonces, su vida ha cambiado radicalmente. El proyecto de Volonterska, fundado en 2022 por uno de sus amigos, se ha transformado y ha tenido presencia en toda la región. Durante los seis meses de la ocupación rusa en parte del territorio de Járkov —antes de la contraofensiva ucraniana de 2022 que la liberó—, se dedicó a repartir alimentos, medicinas, artículos de higiene y generadores de energía a comunidades pequeñas, alejadas de los grandes centros urbanos. Mientras las bombas caían sobre su ciudad, ella y su equipo se dedicaron a reconstruir refugios. Más de 160 espacios seguros han surgido gracias a su trabajo.
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Pero esto no era lo que quería hacer. Apenas 10 horas antes de que la invasión comenzara, había enviado su primer proyecto de cortometraje a un concurso. “Como puedes ver, no tengo hecha una película”, dice con una carcajada. Egresada de Publicidad y Relaciones Públicas, con una maestría en Periodismo y Medios de Comunicación, Yol dejó su futuro en pausa en 2022. Con los primeros ataques, pasó más de 100 días en el sótano de un café, que se convirtió en su refugio, en el centro de la ciudad. Su esposo, un actor de teatro, se unió a las fuerzas armadas en 2024. Todavía sigue activo.
Han sido tres años dedicados a ayudar a la población local, pero ella no deja de operar casi como una productora de cine. Se encarga de conseguir lo necesario para que más voluntarios ejecuten los planes de recontrucción, y coordina reuniones con la comunidad, organizaciones y personas que puedan aportar financiamiento. Durante uno de nuestros encuentros —el 11 de febrero— en el café que le sirvió de refugio, me muestra una agenda meticulosamente preparada en su computadora, con días llenos de juntas y actividades con su organización. Decenas de comensales entran y salen del café, muchos la reconocen, la saludan y se abrazan con cariño. Ella no deja de sonreir.
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El café se llama Pakufuda y está en el centro de Járkov. Es un espacio amplio, con muros de concreto y un tapanco. Las ventanas que dan a la calle tienen una película para que no se estrellen en caso de una explosión cercana. En el exterior hay un mosaico de cristales decorando la entrada. La pieza fue elaborada por una artista local con trozos de vidrio roto de los edificios de los alrededores. Junto a la barra hay una bolsa con varios botiquines de primeros auxilios. “Todos en el café saben cómo utilizarlos en caso de que sea necesario”, dice Yol. Junto a los botiquines está la puerta que conduce al refugio. En la barra, junto a las máquinas de café y los bocadillos de pan y mermelada, hay un casco militar donde los comensales dejan la propina. También hay una vitrina con frascos de sales elaboradas con distintos vegetales o frutas que vienen de los pueblos que fueron ocupados por Rusia. Estos condimentos son parte de otro de los proyectos en los que Yol participa para incentivar la economía en las zonas rurales.
El camino minado
Este viernes 14 de febrero acompaño a los integrantes de la organización para visitar un refugio en medio de la desolación que ha dejado la guerra. En un carro viaja el medallista Dvorzhanskyi con uno de sus estudiantes de ju-jitsu. En el otro va Yol acompañada de “Vova”, Volodimir Voloshan, un chofer de 56 años que trabaja en la organización. Denis Panchenko, de 40 años, también viaja con nosotros al pequeño pueblo. Es un fotógrafo de Járkov que apoya con imágenes para Volonterska. Todos van preparados para el frío. Yol lleva un gorro negro y trae un suéter con cuello de tortuga; encima lleva un abrigo verde olivo. Va al frente, como copiloto de Vova, y responde todas las preguntas en cada punto de seguridad que el ejército ha instalado a lo largo de la ruta.
Avanzamos hacia el sureste, por una carretera que atraviesa paisajes marcados por la guerra. En el camino, Izium, una ciudad devastada, nos recibe con edificios en ruinas y calles pobladas de civiles que intentan recuperar una rutina. Siguen aquí pese a la constante amenaza de ataques aéreos. La ciudad, que tenía 45 000 habitantes antes de la invasión, fue liberada por el ejército ucraniano en septiembre de 2022. Ahora se estima que hay cerca de 25 000 residentes. Apenas a inicios de febrero un misil ruso mató a cuatro personas.
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Al salir de Izium se abre el campo en tonos ocres y pardos, con cielo azul y despejado. En el horizonte se observan más hogares destruidos, y el fotógrafo Panchenko señala las líneas de árboles donde ramas derribadas sugieren enfrentamientos pasados con las tropas rusas.
Seguimos el camino hasta Kamianka; casi todas las casas y edificios están dañados o destruidos. Flanqueando los caminos de la vía principal hay cordones impidiendo el acceso; y en algunos, carteles rojos con calaveras advierten: “¡Cuidado, minas!”. De los mil habitantes que una vez vivieron aquí, hoy quedan menos de cien. Noventa por ciento de las construcciones fueron arrasadas, según un reporte de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (OHCHR, por sus siglas en inglés) sobre las secuelas que dejó la ocupación. La única escuela que había en este pueblo fue destruida, y en el patio donde solían jugar los niños hay otro letrero advirtiendo un campo minado.
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Después de dos horas en auto desde Járkov, llegamos al pueblo donde se construyó el espacio seguro para las infancias. Por seguridad, solicitan no revelar el nombre de la localidad, todavía dentro del raión —o municipio— de Izium. Estamos a 30 kilómetros del frente, y aquí aún podríamos recibir ataques de drones o misiles. Esta es otra comunidad rural que antes de la guerra tenía apenas más de mil habitantes. Como Kamianka, el pueblo está en ruinas, no solo por el conflicto, sino por las secuelas.
Tropas rusas minaron la región en su retirada, según relata Yol. Aunque Ucrania realiza operaciones para desminar el territorio, los letreros en el municipio exhiben la dificultad, riesgo y tiempo que toma completar esta misión. En febrero de 2023 siete niños en el municipio de Izium fueron lesionados por una mina. Luego de la contraofensiva ucraniana y la liberación de estas comunidades, cerca de 600 personas permanecieron en el pueblo. Sin embargo, durante la época de calor en 2024, comenzó un incendio en el bosque que arrasó con la localidad. Casas que Volonterska había reparado, terminaron destruidas. Las minas enterradas en el bosque comenzaron a detonar por el calor que provocaron las llamas. El fuego creció más de lo que se esperaba y, al final, casi la mitad de la comunidad quedó en ruinas. Solo 70 personas decidieron quedarse tras el desastre.
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Poco más allá de la zona devastada por el incendio, se encontraba la escuela de la comunidad. Las instalaciones fueron tomadas por soldados rusos durante los meses de ocupación. Los techos colapsados revelan bombardeos, los agujeros en las ventanas son el rastro de las balas que cruzaron durante los enfrentamientos; cientos de libros permanecen apilados en el teatro, y hay pizarrones que mantienen apuntes de las clases antes de la guerra.
Panchenko, el fotógrafo que nos acompaña, observa los libros en el auditorio: “los rusos dicen que los odiábamos, nos acusan de terroristas, pero leíamos sus libros, no hace sentido lo que dicen de nosotros”, dice frente a las copias de los cuentos de Antón Chéjov. Yol explica que cuando los soldados ucranianos recuperaron la escuela, encontraron todos los libros apilados en una de las esquinas de la habitación. “Querían quemar todo”, dice.
Yol da la señal de que es momento de comenzar con la actividad del día. El medallista Dvorzhanskyi está listo para dirigirse a la comunidad que se ha reunido para su visita.
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El sótano amarillo
Debajo de lo que fue el centro educativo hay un refugio. El techo apenas supera dos metros de altura, hay tres habitaciones y ninguna puerta que las separe. En los libreros de cada una hay obras infantiles en ucraniano e inglés, así como materiales para dibujar y hacer manualidades, tijeras o lápices adhesivos. También hay juegos de mesa, algunos para los más pequeños y otros para adolescentes. Estrellas de colores han sido salpicadas sobre las repisas de los libreros. En los muros están pegados carteles que realizaron los niños durante actividades anteriores.
Todas las paredes han sido pintadas de amarillo, del mismo tono que se ve en las banderas ucranianas. Este es todo el refugio, un sótano que entre la comunidad y los integrantes de Volonterska rehabilitaron e inauguraron para las infancias locales a finales de 2024.
“Hicimos la reconstrucción con la gente del pueblo, hombres y mujeres que ayudaron con las reparaciones. Este proceso nos tomó más de ocho meses y el 26 de diciembre de 2024 tuvimos nuestra gran inauguración del espacio seguro para actividades deportivas, conciertos y la celebración de Año Nuevo”, explica Yol.
Cuando comenzaron con las obras para rehabilitar el sótano de la escuela, en mayo de 2024, los habitantes de la zona no creían que realmente fueran a construir un espacio seguro en medio del conflicto. “Viven traumatizados, han vivido la guerra y han visto cosas terribles y les cuesta trabajo creer en cosas buenas”. La OHCHR anotó en su informe que las autoridades encontraron 451 cuerpos enterrados en el bosque de Izium, no muy lejos de este pueblo. La mayoría murieron por “las hostilidades o causas naturales”, pero 17 de ellos presentaban indicios de haber sido asesinados. El Instituto para la Información sobre la Guerra y la Paz informó que al menos 30 cuerpos tenían señales de tortura.
El espacio dentro del refugio subterráneo es frío. Aunque hay calentadores, la gente ignora el perchero en la entrada y utiliza sus abrigos. La primera habitación tiene bancos colocados contra las paredes, una bandera ucraniana y globos azules y amarillos decorándola. La segunda habitación es una sala de juego con tapetes de hule espuma y asientos tipo “puff”, pequeños y de varios colores. La última habitación es un aula que funciona como auditorio o espacio para talleres. Hay una pizarra inteligente que estaba antes en algún salón de clases, así como un proyector. Pupitres, sillas y escritorios, también rescatados, funcionan de butacas para este pequeño foro.
Veintiséis personas de la comunidad llegaron al refugio este mediodía para ver a Artem Dvorzhanskyi. A su lado está uno de sus estudiantes, Timofey Bezugly, de 15 años, también medallista de ju-jitsu en Europa. Su visita causa revuelo. Dvorzhanskyi, de 29 años, es cinturón negro en su disciplina. Además de ser medallista de oro en Europa y plata a nivel internacional, actualmente entrena en su propia academia en la ciudad de Járkov. La invitación de este atleta, me explica Yol, es para dar un respiro y recordar que "hay más en la vida que la guerra".
La plática comienza a las 12:30 y Artem muestra a los asistentes las medallas que ha ganado. Los niños las revisan, algunos huelen el metal, y las pasan a alguien más. Uno de los más pequeños está sentado al frente, sobre un cojín con patrones de camuflaje militar. Él se queda con una de las medallas de oro y la inspecciona a detalle antes de colocarla en su pupitre, a lado de un juego de cubos con números de colores. Detrás de él hay otro niño levantando la mano, insistente, para hacer una pregunta tras otra, sin importar que el atleta apenas está empezando con una de sus respuestas.
Los jóvenes permanecen atentos mientras Dvorzhanskyi habla sobre su carrera. Los pequeños preguntan cómo fue que llegó a la fama, cómo empezó a ganar dinero como atleta, y si es posible vivir de eso. Él les habla sobre su entrenamiento y la disciplina necesaria para ser un luchador de ju-jitsu, más allá de la fuerza. La charla toma una hora antes del taller que impartirá el medallista.
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Las risas no han parado
Entre Yol y Vova trasladan los tapetes de hule espuma a la primera habitación. Es un momento jovial. Yol acomoda las piezas, que se arman y desarman como rompecabezas, y se lanza sobre ellos para unirlas. Mientras, la audiencia espera para poder sentarse alrededor del dojo improvisado.
Dvorzhanskyi se pone de pie al centro del pequeño espacio de combate. Bezugly, su estudiante, se prepara a su lado y así dan inicio a una clase de ju-jitsu, la primera de este tipo para los pequeños ahí presentes. Es una exhibición amable de diferentes movimientos del arte marcial. Entre el alumno y el maestro toman turnos para mostrar cómo sujetar al oponente, sin realmente utilizar demasiada fuerza. Es solo un instructivo. La gente mira detenidamente.
Tras una serie de demostraciones, Dvorzhanskyi invita a un adolescente a participar. La audiencia ríe de manera tímida, el joven también. Todos están divirtiéndose. Un segundo adolescente se une al ejercicio y el medallista le toma los brazos y las piernas para dirigir los movimientos hacia una llave. Uno de los jóvenes logra una posición donde su oponente ha sido sometido. La gente está impresionada. Las risas tímidas siguen, aunque un poco más relajadas, cuando dos niños pasan a realizar el mismo ejercicio.
Finalmente es el turno de Katerina, una adolescente de 14 años, residente de esta comunidad. Viste una sudadera beige y pantalón de mezclilla. Su pelo negro, largo y lacio, cubre ligeramente su cara. Sus amigas, Masha y Yulia, que también observan la clase desde una esquina, se rehúsan a participar. Sienten demasiada vergüenza. Dvorzhanskyi invita a Katerina a participar con Bezugly dejándose someter. Katerina se pone de pie feliz y revisa el video que una de sus amigas hizo mientras realizaba las llaves.
Mientras la clase continúa, Yol me dice que Katerina y sus amigas hablan inglés —el idioma con el que nos comunicamos— y pueden platicar conmigo. Yol hace la introducción para que se animen a hablar un poco sobre su vida. Enunciando claramente cada palabra en inglés, les cuenta que hace yoga y que le hubiera gustado hacer su película si no fuera por la invasión rusa. Masha toma el siguiente turno para hablar. Tiene 15 años y dice que quiere ser bombera, tiene un perro llamado Asti. Yulia tiene 14 años, comparte que tiene una hermana, un gato, una chinchilla —un pequeño roedor— y disfruta escuchar música y ver cine de vampiros. Katerina utiliza su turno para contar que tiene un hermano, una hermana y que le gusta hacer fotografía. Pregunta si puede tomar un retrato de sus amigas con mi cámara. Yol me ayuda a traducir las instrucciones a ucraniano para que haga la fotografía. “¡Perfecto!”, le dice Yol después del tiro. La joven pide que les haga un retrato a las tres juntas. Les pregunto si están felices con este espacio. Responden que sí.
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La clase ha terminado y la gente corre para tomarse una foto con Dvorzhanskyi. Lo abrazan, le dan la mano, sonríen y poco a poco se retiran del lugar hasta que queda vacío. Al fondo, en la sala donde Dvorzhanskyi se presentó, hay una pizarra blanca con dos columnas de números que detallan los resultados de un torneo de futbol que recientemente se organizó en la cancha de la vieja escuela. Los jóvenes todavía pueden practicar este deporte y convivir más allá de estos muros amarillos, pese a que las actividades escolares, por seguridad, son todas en línea.
Este tipo de espacios y actividades, explica Katerina Andreievna, son una responsabilidad para ella en estos tiempos de guerra. Andreievna fue directora de la escuela durante seis años antes de la invasión. Y antes de eso fue maestra de historia durante ocho años. Desde la apertura del refugio organizaron un evento por el Año Nuevo, dos conciertos —uno al que incluso asistieron adultos— y una celebración del lenguaje ucraniano. Más allá de estas actividades, está contenta de que la comunidad tenga un espacio donde las infancias puedan reunirse.
Son casi las cuatro de la tarde cuando emprendemos el camino de regreso a Járkov. Los vidrios rotos y las marcas de disparos son el paisaje que recibe a quien sale del espacio seguro, como un recordatorio de la realidad a la que esta comunidad se enfrenta. A lo lejos, Katerina y sus amigas, Masha y Yulia, pasean. Otros habitantes se dirigen a sus hogares o a resolver los pendientes del día. Mientras avanzamos, nos encontramos con las filas de casas destruidas por el incendio, y más adelante los carteles advirtiendo campos minados bajo la sombra de los árboles ennegrecidos por el fuego.
Antes de salir de la comunidad, Yol se relaja por un momento en el asiento del pasajero antes de sacar su computadora para trabajar en otros pendientes. Sin perder el ánimo alegre, dice que está emocionada por las próximas actividades dentro del sótano amarillo. “La reacción de los niños este día muestra más que lo que yo podría decir”, añade antes de que Vova tome finalmente el camino de regreso.
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A 30 kilómetros del frente de batalla, entre escombros y campos minados, un grupo de voluntarios reconstruyó un refugio donde los niños pueden jugar, aprender y olvidar por un momento la guerra.
“Este territorio estuvo ocupado. A partir de ahora solo hay que andar por el camino”, dice Meriam Yol. “Más allá podría estar minado”. No ha pasado ni una hora desde que salimos de Járkov, aún estamos cerca de la ciudad capital de la región del mismo nombre, en el oriente de Ucrania.
Yol tiene 30 años y sonríe constantemente. Tiene ojos verdes y una cabellera café, espesa, rayada ligeramente con algunas canas. Viaja en una caravana acompañada de otros integrantes de la organización Volonterska —que significa “voluntarios” en ucraniano—, de la que es jefa de operaciones. Con ella viene un invitado, Artem Dvorzhanskyi, medallista de oro en el arte marcial ju-jitsu en el campeonato europeo de la Federación Internacional de Ju-Jitsu (JJIF, por sus siglas en inglés) en 2024. El destino es una pequeña comunidad a 30 kilómetros del frente de batalla con Rusia, donde Yol y los voluntarios ayudaron a la población a construir un espacio seguro para las infancias.
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Meriam Yol es originaria de la ciudad de Járkov, y se ha involucrado de manera activa en servicios de voluntariado desde que Rusia inició la invasión en febrero de 2022. Desde entonces, su vida ha cambiado radicalmente. El proyecto de Volonterska, fundado en 2022 por uno de sus amigos, se ha transformado y ha tenido presencia en toda la región. Durante los seis meses de la ocupación rusa en parte del territorio de Járkov —antes de la contraofensiva ucraniana de 2022 que la liberó—, se dedicó a repartir alimentos, medicinas, artículos de higiene y generadores de energía a comunidades pequeñas, alejadas de los grandes centros urbanos. Mientras las bombas caían sobre su ciudad, ella y su equipo se dedicaron a reconstruir refugios. Más de 160 espacios seguros han surgido gracias a su trabajo.
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Pero esto no era lo que quería hacer. Apenas 10 horas antes de que la invasión comenzara, había enviado su primer proyecto de cortometraje a un concurso. “Como puedes ver, no tengo hecha una película”, dice con una carcajada. Egresada de Publicidad y Relaciones Públicas, con una maestría en Periodismo y Medios de Comunicación, Yol dejó su futuro en pausa en 2022. Con los primeros ataques, pasó más de 100 días en el sótano de un café, que se convirtió en su refugio, en el centro de la ciudad. Su esposo, un actor de teatro, se unió a las fuerzas armadas en 2024. Todavía sigue activo.
Han sido tres años dedicados a ayudar a la población local, pero ella no deja de operar casi como una productora de cine. Se encarga de conseguir lo necesario para que más voluntarios ejecuten los planes de recontrucción, y coordina reuniones con la comunidad, organizaciones y personas que puedan aportar financiamiento. Durante uno de nuestros encuentros —el 11 de febrero— en el café que le sirvió de refugio, me muestra una agenda meticulosamente preparada en su computadora, con días llenos de juntas y actividades con su organización. Decenas de comensales entran y salen del café, muchos la reconocen, la saludan y se abrazan con cariño. Ella no deja de sonreir.
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El café se llama Pakufuda y está en el centro de Járkov. Es un espacio amplio, con muros de concreto y un tapanco. Las ventanas que dan a la calle tienen una película para que no se estrellen en caso de una explosión cercana. En el exterior hay un mosaico de cristales decorando la entrada. La pieza fue elaborada por una artista local con trozos de vidrio roto de los edificios de los alrededores. Junto a la barra hay una bolsa con varios botiquines de primeros auxilios. “Todos en el café saben cómo utilizarlos en caso de que sea necesario”, dice Yol. Junto a los botiquines está la puerta que conduce al refugio. En la barra, junto a las máquinas de café y los bocadillos de pan y mermelada, hay un casco militar donde los comensales dejan la propina. También hay una vitrina con frascos de sales elaboradas con distintos vegetales o frutas que vienen de los pueblos que fueron ocupados por Rusia. Estos condimentos son parte de otro de los proyectos en los que Yol participa para incentivar la economía en las zonas rurales.
El camino minado
Este viernes 14 de febrero acompaño a los integrantes de la organización para visitar un refugio en medio de la desolación que ha dejado la guerra. En un carro viaja el medallista Dvorzhanskyi con uno de sus estudiantes de ju-jitsu. En el otro va Yol acompañada de “Vova”, Volodimir Voloshan, un chofer de 56 años que trabaja en la organización. Denis Panchenko, de 40 años, también viaja con nosotros al pequeño pueblo. Es un fotógrafo de Járkov que apoya con imágenes para Volonterska. Todos van preparados para el frío. Yol lleva un gorro negro y trae un suéter con cuello de tortuga; encima lleva un abrigo verde olivo. Va al frente, como copiloto de Vova, y responde todas las preguntas en cada punto de seguridad que el ejército ha instalado a lo largo de la ruta.
Avanzamos hacia el sureste, por una carretera que atraviesa paisajes marcados por la guerra. En el camino, Izium, una ciudad devastada, nos recibe con edificios en ruinas y calles pobladas de civiles que intentan recuperar una rutina. Siguen aquí pese a la constante amenaza de ataques aéreos. La ciudad, que tenía 45 000 habitantes antes de la invasión, fue liberada por el ejército ucraniano en septiembre de 2022. Ahora se estima que hay cerca de 25 000 residentes. Apenas a inicios de febrero un misil ruso mató a cuatro personas.
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Al salir de Izium se abre el campo en tonos ocres y pardos, con cielo azul y despejado. En el horizonte se observan más hogares destruidos, y el fotógrafo Panchenko señala las líneas de árboles donde ramas derribadas sugieren enfrentamientos pasados con las tropas rusas.
Seguimos el camino hasta Kamianka; casi todas las casas y edificios están dañados o destruidos. Flanqueando los caminos de la vía principal hay cordones impidiendo el acceso; y en algunos, carteles rojos con calaveras advierten: “¡Cuidado, minas!”. De los mil habitantes que una vez vivieron aquí, hoy quedan menos de cien. Noventa por ciento de las construcciones fueron arrasadas, según un reporte de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (OHCHR, por sus siglas en inglés) sobre las secuelas que dejó la ocupación. La única escuela que había en este pueblo fue destruida, y en el patio donde solían jugar los niños hay otro letrero advirtiendo un campo minado.
Te recomendamos leer "Entre trincheras y hallazgos arqueológicos: la batalla por la memoria de Ucrania".
Después de dos horas en auto desde Járkov, llegamos al pueblo donde se construyó el espacio seguro para las infancias. Por seguridad, solicitan no revelar el nombre de la localidad, todavía dentro del raión —o municipio— de Izium. Estamos a 30 kilómetros del frente, y aquí aún podríamos recibir ataques de drones o misiles. Esta es otra comunidad rural que antes de la guerra tenía apenas más de mil habitantes. Como Kamianka, el pueblo está en ruinas, no solo por el conflicto, sino por las secuelas.
Tropas rusas minaron la región en su retirada, según relata Yol. Aunque Ucrania realiza operaciones para desminar el territorio, los letreros en el municipio exhiben la dificultad, riesgo y tiempo que toma completar esta misión. En febrero de 2023 siete niños en el municipio de Izium fueron lesionados por una mina. Luego de la contraofensiva ucraniana y la liberación de estas comunidades, cerca de 600 personas permanecieron en el pueblo. Sin embargo, durante la época de calor en 2024, comenzó un incendio en el bosque que arrasó con la localidad. Casas que Volonterska había reparado, terminaron destruidas. Las minas enterradas en el bosque comenzaron a detonar por el calor que provocaron las llamas. El fuego creció más de lo que se esperaba y, al final, casi la mitad de la comunidad quedó en ruinas. Solo 70 personas decidieron quedarse tras el desastre.
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Poco más allá de la zona devastada por el incendio, se encontraba la escuela de la comunidad. Las instalaciones fueron tomadas por soldados rusos durante los meses de ocupación. Los techos colapsados revelan bombardeos, los agujeros en las ventanas son el rastro de las balas que cruzaron durante los enfrentamientos; cientos de libros permanecen apilados en el teatro, y hay pizarrones que mantienen apuntes de las clases antes de la guerra.
Panchenko, el fotógrafo que nos acompaña, observa los libros en el auditorio: “los rusos dicen que los odiábamos, nos acusan de terroristas, pero leíamos sus libros, no hace sentido lo que dicen de nosotros”, dice frente a las copias de los cuentos de Antón Chéjov. Yol explica que cuando los soldados ucranianos recuperaron la escuela, encontraron todos los libros apilados en una de las esquinas de la habitación. “Querían quemar todo”, dice.
Yol da la señal de que es momento de comenzar con la actividad del día. El medallista Dvorzhanskyi está listo para dirigirse a la comunidad que se ha reunido para su visita.
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El sótano amarillo
Debajo de lo que fue el centro educativo hay un refugio. El techo apenas supera dos metros de altura, hay tres habitaciones y ninguna puerta que las separe. En los libreros de cada una hay obras infantiles en ucraniano e inglés, así como materiales para dibujar y hacer manualidades, tijeras o lápices adhesivos. También hay juegos de mesa, algunos para los más pequeños y otros para adolescentes. Estrellas de colores han sido salpicadas sobre las repisas de los libreros. En los muros están pegados carteles que realizaron los niños durante actividades anteriores.
Todas las paredes han sido pintadas de amarillo, del mismo tono que se ve en las banderas ucranianas. Este es todo el refugio, un sótano que entre la comunidad y los integrantes de Volonterska rehabilitaron e inauguraron para las infancias locales a finales de 2024.
“Hicimos la reconstrucción con la gente del pueblo, hombres y mujeres que ayudaron con las reparaciones. Este proceso nos tomó más de ocho meses y el 26 de diciembre de 2024 tuvimos nuestra gran inauguración del espacio seguro para actividades deportivas, conciertos y la celebración de Año Nuevo”, explica Yol.
Cuando comenzaron con las obras para rehabilitar el sótano de la escuela, en mayo de 2024, los habitantes de la zona no creían que realmente fueran a construir un espacio seguro en medio del conflicto. “Viven traumatizados, han vivido la guerra y han visto cosas terribles y les cuesta trabajo creer en cosas buenas”. La OHCHR anotó en su informe que las autoridades encontraron 451 cuerpos enterrados en el bosque de Izium, no muy lejos de este pueblo. La mayoría murieron por “las hostilidades o causas naturales”, pero 17 de ellos presentaban indicios de haber sido asesinados. El Instituto para la Información sobre la Guerra y la Paz informó que al menos 30 cuerpos tenían señales de tortura.
El espacio dentro del refugio subterráneo es frío. Aunque hay calentadores, la gente ignora el perchero en la entrada y utiliza sus abrigos. La primera habitación tiene bancos colocados contra las paredes, una bandera ucraniana y globos azules y amarillos decorándola. La segunda habitación es una sala de juego con tapetes de hule espuma y asientos tipo “puff”, pequeños y de varios colores. La última habitación es un aula que funciona como auditorio o espacio para talleres. Hay una pizarra inteligente que estaba antes en algún salón de clases, así como un proyector. Pupitres, sillas y escritorios, también rescatados, funcionan de butacas para este pequeño foro.
Veintiséis personas de la comunidad llegaron al refugio este mediodía para ver a Artem Dvorzhanskyi. A su lado está uno de sus estudiantes, Timofey Bezugly, de 15 años, también medallista de ju-jitsu en Europa. Su visita causa revuelo. Dvorzhanskyi, de 29 años, es cinturón negro en su disciplina. Además de ser medallista de oro en Europa y plata a nivel internacional, actualmente entrena en su propia academia en la ciudad de Járkov. La invitación de este atleta, me explica Yol, es para dar un respiro y recordar que "hay más en la vida que la guerra".
La plática comienza a las 12:30 y Artem muestra a los asistentes las medallas que ha ganado. Los niños las revisan, algunos huelen el metal, y las pasan a alguien más. Uno de los más pequeños está sentado al frente, sobre un cojín con patrones de camuflaje militar. Él se queda con una de las medallas de oro y la inspecciona a detalle antes de colocarla en su pupitre, a lado de un juego de cubos con números de colores. Detrás de él hay otro niño levantando la mano, insistente, para hacer una pregunta tras otra, sin importar que el atleta apenas está empezando con una de sus respuestas.
Los jóvenes permanecen atentos mientras Dvorzhanskyi habla sobre su carrera. Los pequeños preguntan cómo fue que llegó a la fama, cómo empezó a ganar dinero como atleta, y si es posible vivir de eso. Él les habla sobre su entrenamiento y la disciplina necesaria para ser un luchador de ju-jitsu, más allá de la fuerza. La charla toma una hora antes del taller que impartirá el medallista.
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Las risas no han parado
Entre Yol y Vova trasladan los tapetes de hule espuma a la primera habitación. Es un momento jovial. Yol acomoda las piezas, que se arman y desarman como rompecabezas, y se lanza sobre ellos para unirlas. Mientras, la audiencia espera para poder sentarse alrededor del dojo improvisado.
Dvorzhanskyi se pone de pie al centro del pequeño espacio de combate. Bezugly, su estudiante, se prepara a su lado y así dan inicio a una clase de ju-jitsu, la primera de este tipo para los pequeños ahí presentes. Es una exhibición amable de diferentes movimientos del arte marcial. Entre el alumno y el maestro toman turnos para mostrar cómo sujetar al oponente, sin realmente utilizar demasiada fuerza. Es solo un instructivo. La gente mira detenidamente.
Tras una serie de demostraciones, Dvorzhanskyi invita a un adolescente a participar. La audiencia ríe de manera tímida, el joven también. Todos están divirtiéndose. Un segundo adolescente se une al ejercicio y el medallista le toma los brazos y las piernas para dirigir los movimientos hacia una llave. Uno de los jóvenes logra una posición donde su oponente ha sido sometido. La gente está impresionada. Las risas tímidas siguen, aunque un poco más relajadas, cuando dos niños pasan a realizar el mismo ejercicio.
Finalmente es el turno de Katerina, una adolescente de 14 años, residente de esta comunidad. Viste una sudadera beige y pantalón de mezclilla. Su pelo negro, largo y lacio, cubre ligeramente su cara. Sus amigas, Masha y Yulia, que también observan la clase desde una esquina, se rehúsan a participar. Sienten demasiada vergüenza. Dvorzhanskyi invita a Katerina a participar con Bezugly dejándose someter. Katerina se pone de pie feliz y revisa el video que una de sus amigas hizo mientras realizaba las llaves.
Mientras la clase continúa, Yol me dice que Katerina y sus amigas hablan inglés —el idioma con el que nos comunicamos— y pueden platicar conmigo. Yol hace la introducción para que se animen a hablar un poco sobre su vida. Enunciando claramente cada palabra en inglés, les cuenta que hace yoga y que le hubiera gustado hacer su película si no fuera por la invasión rusa. Masha toma el siguiente turno para hablar. Tiene 15 años y dice que quiere ser bombera, tiene un perro llamado Asti. Yulia tiene 14 años, comparte que tiene una hermana, un gato, una chinchilla —un pequeño roedor— y disfruta escuchar música y ver cine de vampiros. Katerina utiliza su turno para contar que tiene un hermano, una hermana y que le gusta hacer fotografía. Pregunta si puede tomar un retrato de sus amigas con mi cámara. Yol me ayuda a traducir las instrucciones a ucraniano para que haga la fotografía. “¡Perfecto!”, le dice Yol después del tiro. La joven pide que les haga un retrato a las tres juntas. Les pregunto si están felices con este espacio. Responden que sí.
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La clase ha terminado y la gente corre para tomarse una foto con Dvorzhanskyi. Lo abrazan, le dan la mano, sonríen y poco a poco se retiran del lugar hasta que queda vacío. Al fondo, en la sala donde Dvorzhanskyi se presentó, hay una pizarra blanca con dos columnas de números que detallan los resultados de un torneo de futbol que recientemente se organizó en la cancha de la vieja escuela. Los jóvenes todavía pueden practicar este deporte y convivir más allá de estos muros amarillos, pese a que las actividades escolares, por seguridad, son todas en línea.
Este tipo de espacios y actividades, explica Katerina Andreievna, son una responsabilidad para ella en estos tiempos de guerra. Andreievna fue directora de la escuela durante seis años antes de la invasión. Y antes de eso fue maestra de historia durante ocho años. Desde la apertura del refugio organizaron un evento por el Año Nuevo, dos conciertos —uno al que incluso asistieron adultos— y una celebración del lenguaje ucraniano. Más allá de estas actividades, está contenta de que la comunidad tenga un espacio donde las infancias puedan reunirse.
Son casi las cuatro de la tarde cuando emprendemos el camino de regreso a Járkov. Los vidrios rotos y las marcas de disparos son el paisaje que recibe a quien sale del espacio seguro, como un recordatorio de la realidad a la que esta comunidad se enfrenta. A lo lejos, Katerina y sus amigas, Masha y Yulia, pasean. Otros habitantes se dirigen a sus hogares o a resolver los pendientes del día. Mientras avanzamos, nos encontramos con las filas de casas destruidas por el incendio, y más adelante los carteles advirtiendo campos minados bajo la sombra de los árboles ennegrecidos por el fuego.
Antes de salir de la comunidad, Yol se relaja por un momento en el asiento del pasajero antes de sacar su computadora para trabajar en otros pendientes. Sin perder el ánimo alegre, dice que está emocionada por las próximas actividades dentro del sótano amarillo. “La reacción de los niños este día muestra más que lo que yo podría decir”, añade antes de que Vova tome finalmente el camino de regreso.
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Escritorios y pupitres rescatados de la escuela ahora se usan como butacas del pequeño foro en el espacio seguro.
A 30 kilómetros del frente de batalla, entre escombros y campos minados, un grupo de voluntarios reconstruyó un refugio donde los niños pueden jugar, aprender y olvidar por un momento la guerra.
“Este territorio estuvo ocupado. A partir de ahora solo hay que andar por el camino”, dice Meriam Yol. “Más allá podría estar minado”. No ha pasado ni una hora desde que salimos de Járkov, aún estamos cerca de la ciudad capital de la región del mismo nombre, en el oriente de Ucrania.
Yol tiene 30 años y sonríe constantemente. Tiene ojos verdes y una cabellera café, espesa, rayada ligeramente con algunas canas. Viaja en una caravana acompañada de otros integrantes de la organización Volonterska —que significa “voluntarios” en ucraniano—, de la que es jefa de operaciones. Con ella viene un invitado, Artem Dvorzhanskyi, medallista de oro en el arte marcial ju-jitsu en el campeonato europeo de la Federación Internacional de Ju-Jitsu (JJIF, por sus siglas en inglés) en 2024. El destino es una pequeña comunidad a 30 kilómetros del frente de batalla con Rusia, donde Yol y los voluntarios ayudaron a la población a construir un espacio seguro para las infancias.
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Meriam Yol es originaria de la ciudad de Járkov, y se ha involucrado de manera activa en servicios de voluntariado desde que Rusia inició la invasión en febrero de 2022. Desde entonces, su vida ha cambiado radicalmente. El proyecto de Volonterska, fundado en 2022 por uno de sus amigos, se ha transformado y ha tenido presencia en toda la región. Durante los seis meses de la ocupación rusa en parte del territorio de Járkov —antes de la contraofensiva ucraniana de 2022 que la liberó—, se dedicó a repartir alimentos, medicinas, artículos de higiene y generadores de energía a comunidades pequeñas, alejadas de los grandes centros urbanos. Mientras las bombas caían sobre su ciudad, ella y su equipo se dedicaron a reconstruir refugios. Más de 160 espacios seguros han surgido gracias a su trabajo.
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Pero esto no era lo que quería hacer. Apenas 10 horas antes de que la invasión comenzara, había enviado su primer proyecto de cortometraje a un concurso. “Como puedes ver, no tengo hecha una película”, dice con una carcajada. Egresada de Publicidad y Relaciones Públicas, con una maestría en Periodismo y Medios de Comunicación, Yol dejó su futuro en pausa en 2022. Con los primeros ataques, pasó más de 100 días en el sótano de un café, que se convirtió en su refugio, en el centro de la ciudad. Su esposo, un actor de teatro, se unió a las fuerzas armadas en 2024. Todavía sigue activo.
Han sido tres años dedicados a ayudar a la población local, pero ella no deja de operar casi como una productora de cine. Se encarga de conseguir lo necesario para que más voluntarios ejecuten los planes de recontrucción, y coordina reuniones con la comunidad, organizaciones y personas que puedan aportar financiamiento. Durante uno de nuestros encuentros —el 11 de febrero— en el café que le sirvió de refugio, me muestra una agenda meticulosamente preparada en su computadora, con días llenos de juntas y actividades con su organización. Decenas de comensales entran y salen del café, muchos la reconocen, la saludan y se abrazan con cariño. Ella no deja de sonreir.
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El café se llama Pakufuda y está en el centro de Járkov. Es un espacio amplio, con muros de concreto y un tapanco. Las ventanas que dan a la calle tienen una película para que no se estrellen en caso de una explosión cercana. En el exterior hay un mosaico de cristales decorando la entrada. La pieza fue elaborada por una artista local con trozos de vidrio roto de los edificios de los alrededores. Junto a la barra hay una bolsa con varios botiquines de primeros auxilios. “Todos en el café saben cómo utilizarlos en caso de que sea necesario”, dice Yol. Junto a los botiquines está la puerta que conduce al refugio. En la barra, junto a las máquinas de café y los bocadillos de pan y mermelada, hay un casco militar donde los comensales dejan la propina. También hay una vitrina con frascos de sales elaboradas con distintos vegetales o frutas que vienen de los pueblos que fueron ocupados por Rusia. Estos condimentos son parte de otro de los proyectos en los que Yol participa para incentivar la economía en las zonas rurales.
El camino minado
Este viernes 14 de febrero acompaño a los integrantes de la organización para visitar un refugio en medio de la desolación que ha dejado la guerra. En un carro viaja el medallista Dvorzhanskyi con uno de sus estudiantes de ju-jitsu. En el otro va Yol acompañada de “Vova”, Volodimir Voloshan, un chofer de 56 años que trabaja en la organización. Denis Panchenko, de 40 años, también viaja con nosotros al pequeño pueblo. Es un fotógrafo de Járkov que apoya con imágenes para Volonterska. Todos van preparados para el frío. Yol lleva un gorro negro y trae un suéter con cuello de tortuga; encima lleva un abrigo verde olivo. Va al frente, como copiloto de Vova, y responde todas las preguntas en cada punto de seguridad que el ejército ha instalado a lo largo de la ruta.
Avanzamos hacia el sureste, por una carretera que atraviesa paisajes marcados por la guerra. En el camino, Izium, una ciudad devastada, nos recibe con edificios en ruinas y calles pobladas de civiles que intentan recuperar una rutina. Siguen aquí pese a la constante amenaza de ataques aéreos. La ciudad, que tenía 45 000 habitantes antes de la invasión, fue liberada por el ejército ucraniano en septiembre de 2022. Ahora se estima que hay cerca de 25 000 residentes. Apenas a inicios de febrero un misil ruso mató a cuatro personas.
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Al salir de Izium se abre el campo en tonos ocres y pardos, con cielo azul y despejado. En el horizonte se observan más hogares destruidos, y el fotógrafo Panchenko señala las líneas de árboles donde ramas derribadas sugieren enfrentamientos pasados con las tropas rusas.
Seguimos el camino hasta Kamianka; casi todas las casas y edificios están dañados o destruidos. Flanqueando los caminos de la vía principal hay cordones impidiendo el acceso; y en algunos, carteles rojos con calaveras advierten: “¡Cuidado, minas!”. De los mil habitantes que una vez vivieron aquí, hoy quedan menos de cien. Noventa por ciento de las construcciones fueron arrasadas, según un reporte de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (OHCHR, por sus siglas en inglés) sobre las secuelas que dejó la ocupación. La única escuela que había en este pueblo fue destruida, y en el patio donde solían jugar los niños hay otro letrero advirtiendo un campo minado.
Te recomendamos leer "Entre trincheras y hallazgos arqueológicos: la batalla por la memoria de Ucrania".
Después de dos horas en auto desde Járkov, llegamos al pueblo donde se construyó el espacio seguro para las infancias. Por seguridad, solicitan no revelar el nombre de la localidad, todavía dentro del raión —o municipio— de Izium. Estamos a 30 kilómetros del frente, y aquí aún podríamos recibir ataques de drones o misiles. Esta es otra comunidad rural que antes de la guerra tenía apenas más de mil habitantes. Como Kamianka, el pueblo está en ruinas, no solo por el conflicto, sino por las secuelas.
Tropas rusas minaron la región en su retirada, según relata Yol. Aunque Ucrania realiza operaciones para desminar el territorio, los letreros en el municipio exhiben la dificultad, riesgo y tiempo que toma completar esta misión. En febrero de 2023 siete niños en el municipio de Izium fueron lesionados por una mina. Luego de la contraofensiva ucraniana y la liberación de estas comunidades, cerca de 600 personas permanecieron en el pueblo. Sin embargo, durante la época de calor en 2024, comenzó un incendio en el bosque que arrasó con la localidad. Casas que Volonterska había reparado, terminaron destruidas. Las minas enterradas en el bosque comenzaron a detonar por el calor que provocaron las llamas. El fuego creció más de lo que se esperaba y, al final, casi la mitad de la comunidad quedó en ruinas. Solo 70 personas decidieron quedarse tras el desastre.
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Poco más allá de la zona devastada por el incendio, se encontraba la escuela de la comunidad. Las instalaciones fueron tomadas por soldados rusos durante los meses de ocupación. Los techos colapsados revelan bombardeos, los agujeros en las ventanas son el rastro de las balas que cruzaron durante los enfrentamientos; cientos de libros permanecen apilados en el teatro, y hay pizarrones que mantienen apuntes de las clases antes de la guerra.
Panchenko, el fotógrafo que nos acompaña, observa los libros en el auditorio: “los rusos dicen que los odiábamos, nos acusan de terroristas, pero leíamos sus libros, no hace sentido lo que dicen de nosotros”, dice frente a las copias de los cuentos de Antón Chéjov. Yol explica que cuando los soldados ucranianos recuperaron la escuela, encontraron todos los libros apilados en una de las esquinas de la habitación. “Querían quemar todo”, dice.
Yol da la señal de que es momento de comenzar con la actividad del día. El medallista Dvorzhanskyi está listo para dirigirse a la comunidad que se ha reunido para su visita.
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El sótano amarillo
Debajo de lo que fue el centro educativo hay un refugio. El techo apenas supera dos metros de altura, hay tres habitaciones y ninguna puerta que las separe. En los libreros de cada una hay obras infantiles en ucraniano e inglés, así como materiales para dibujar y hacer manualidades, tijeras o lápices adhesivos. También hay juegos de mesa, algunos para los más pequeños y otros para adolescentes. Estrellas de colores han sido salpicadas sobre las repisas de los libreros. En los muros están pegados carteles que realizaron los niños durante actividades anteriores.
Todas las paredes han sido pintadas de amarillo, del mismo tono que se ve en las banderas ucranianas. Este es todo el refugio, un sótano que entre la comunidad y los integrantes de Volonterska rehabilitaron e inauguraron para las infancias locales a finales de 2024.
“Hicimos la reconstrucción con la gente del pueblo, hombres y mujeres que ayudaron con las reparaciones. Este proceso nos tomó más de ocho meses y el 26 de diciembre de 2024 tuvimos nuestra gran inauguración del espacio seguro para actividades deportivas, conciertos y la celebración de Año Nuevo”, explica Yol.
Cuando comenzaron con las obras para rehabilitar el sótano de la escuela, en mayo de 2024, los habitantes de la zona no creían que realmente fueran a construir un espacio seguro en medio del conflicto. “Viven traumatizados, han vivido la guerra y han visto cosas terribles y les cuesta trabajo creer en cosas buenas”. La OHCHR anotó en su informe que las autoridades encontraron 451 cuerpos enterrados en el bosque de Izium, no muy lejos de este pueblo. La mayoría murieron por “las hostilidades o causas naturales”, pero 17 de ellos presentaban indicios de haber sido asesinados. El Instituto para la Información sobre la Guerra y la Paz informó que al menos 30 cuerpos tenían señales de tortura.
El espacio dentro del refugio subterráneo es frío. Aunque hay calentadores, la gente ignora el perchero en la entrada y utiliza sus abrigos. La primera habitación tiene bancos colocados contra las paredes, una bandera ucraniana y globos azules y amarillos decorándola. La segunda habitación es una sala de juego con tapetes de hule espuma y asientos tipo “puff”, pequeños y de varios colores. La última habitación es un aula que funciona como auditorio o espacio para talleres. Hay una pizarra inteligente que estaba antes en algún salón de clases, así como un proyector. Pupitres, sillas y escritorios, también rescatados, funcionan de butacas para este pequeño foro.
Veintiséis personas de la comunidad llegaron al refugio este mediodía para ver a Artem Dvorzhanskyi. A su lado está uno de sus estudiantes, Timofey Bezugly, de 15 años, también medallista de ju-jitsu en Europa. Su visita causa revuelo. Dvorzhanskyi, de 29 años, es cinturón negro en su disciplina. Además de ser medallista de oro en Europa y plata a nivel internacional, actualmente entrena en su propia academia en la ciudad de Járkov. La invitación de este atleta, me explica Yol, es para dar un respiro y recordar que "hay más en la vida que la guerra".
La plática comienza a las 12:30 y Artem muestra a los asistentes las medallas que ha ganado. Los niños las revisan, algunos huelen el metal, y las pasan a alguien más. Uno de los más pequeños está sentado al frente, sobre un cojín con patrones de camuflaje militar. Él se queda con una de las medallas de oro y la inspecciona a detalle antes de colocarla en su pupitre, a lado de un juego de cubos con números de colores. Detrás de él hay otro niño levantando la mano, insistente, para hacer una pregunta tras otra, sin importar que el atleta apenas está empezando con una de sus respuestas.
Los jóvenes permanecen atentos mientras Dvorzhanskyi habla sobre su carrera. Los pequeños preguntan cómo fue que llegó a la fama, cómo empezó a ganar dinero como atleta, y si es posible vivir de eso. Él les habla sobre su entrenamiento y la disciplina necesaria para ser un luchador de ju-jitsu, más allá de la fuerza. La charla toma una hora antes del taller que impartirá el medallista.
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Las risas no han parado
Entre Yol y Vova trasladan los tapetes de hule espuma a la primera habitación. Es un momento jovial. Yol acomoda las piezas, que se arman y desarman como rompecabezas, y se lanza sobre ellos para unirlas. Mientras, la audiencia espera para poder sentarse alrededor del dojo improvisado.
Dvorzhanskyi se pone de pie al centro del pequeño espacio de combate. Bezugly, su estudiante, se prepara a su lado y así dan inicio a una clase de ju-jitsu, la primera de este tipo para los pequeños ahí presentes. Es una exhibición amable de diferentes movimientos del arte marcial. Entre el alumno y el maestro toman turnos para mostrar cómo sujetar al oponente, sin realmente utilizar demasiada fuerza. Es solo un instructivo. La gente mira detenidamente.
Tras una serie de demostraciones, Dvorzhanskyi invita a un adolescente a participar. La audiencia ríe de manera tímida, el joven también. Todos están divirtiéndose. Un segundo adolescente se une al ejercicio y el medallista le toma los brazos y las piernas para dirigir los movimientos hacia una llave. Uno de los jóvenes logra una posición donde su oponente ha sido sometido. La gente está impresionada. Las risas tímidas siguen, aunque un poco más relajadas, cuando dos niños pasan a realizar el mismo ejercicio.
Finalmente es el turno de Katerina, una adolescente de 14 años, residente de esta comunidad. Viste una sudadera beige y pantalón de mezclilla. Su pelo negro, largo y lacio, cubre ligeramente su cara. Sus amigas, Masha y Yulia, que también observan la clase desde una esquina, se rehúsan a participar. Sienten demasiada vergüenza. Dvorzhanskyi invita a Katerina a participar con Bezugly dejándose someter. Katerina se pone de pie feliz y revisa el video que una de sus amigas hizo mientras realizaba las llaves.
Mientras la clase continúa, Yol me dice que Katerina y sus amigas hablan inglés —el idioma con el que nos comunicamos— y pueden platicar conmigo. Yol hace la introducción para que se animen a hablar un poco sobre su vida. Enunciando claramente cada palabra en inglés, les cuenta que hace yoga y que le hubiera gustado hacer su película si no fuera por la invasión rusa. Masha toma el siguiente turno para hablar. Tiene 15 años y dice que quiere ser bombera, tiene un perro llamado Asti. Yulia tiene 14 años, comparte que tiene una hermana, un gato, una chinchilla —un pequeño roedor— y disfruta escuchar música y ver cine de vampiros. Katerina utiliza su turno para contar que tiene un hermano, una hermana y que le gusta hacer fotografía. Pregunta si puede tomar un retrato de sus amigas con mi cámara. Yol me ayuda a traducir las instrucciones a ucraniano para que haga la fotografía. “¡Perfecto!”, le dice Yol después del tiro. La joven pide que les haga un retrato a las tres juntas. Les pregunto si están felices con este espacio. Responden que sí.
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La clase ha terminado y la gente corre para tomarse una foto con Dvorzhanskyi. Lo abrazan, le dan la mano, sonríen y poco a poco se retiran del lugar hasta que queda vacío. Al fondo, en la sala donde Dvorzhanskyi se presentó, hay una pizarra blanca con dos columnas de números que detallan los resultados de un torneo de futbol que recientemente se organizó en la cancha de la vieja escuela. Los jóvenes todavía pueden practicar este deporte y convivir más allá de estos muros amarillos, pese a que las actividades escolares, por seguridad, son todas en línea.
Este tipo de espacios y actividades, explica Katerina Andreievna, son una responsabilidad para ella en estos tiempos de guerra. Andreievna fue directora de la escuela durante seis años antes de la invasión. Y antes de eso fue maestra de historia durante ocho años. Desde la apertura del refugio organizaron un evento por el Año Nuevo, dos conciertos —uno al que incluso asistieron adultos— y una celebración del lenguaje ucraniano. Más allá de estas actividades, está contenta de que la comunidad tenga un espacio donde las infancias puedan reunirse.
Son casi las cuatro de la tarde cuando emprendemos el camino de regreso a Járkov. Los vidrios rotos y las marcas de disparos son el paisaje que recibe a quien sale del espacio seguro, como un recordatorio de la realidad a la que esta comunidad se enfrenta. A lo lejos, Katerina y sus amigas, Masha y Yulia, pasean. Otros habitantes se dirigen a sus hogares o a resolver los pendientes del día. Mientras avanzamos, nos encontramos con las filas de casas destruidas por el incendio, y más adelante los carteles advirtiendo campos minados bajo la sombra de los árboles ennegrecidos por el fuego.
Antes de salir de la comunidad, Yol se relaja por un momento en el asiento del pasajero antes de sacar su computadora para trabajar en otros pendientes. Sin perder el ánimo alegre, dice que está emocionada por las próximas actividades dentro del sótano amarillo. “La reacción de los niños este día muestra más que lo que yo podría decir”, añade antes de que Vova tome finalmente el camino de regreso.
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