La novela "Las Travesías": Gilmer Mesa narra la violencia en Colombia

La violencia de Colombia en una novela: Las Travesías, de Gilmer Mesa

El novelista colombiano Gilmer Mesa ha elegido narrar la violencia generalizada que se ha vivido de forma permanente en su país. Su novela más reciente, Las Travesías, expone tanto la violencia doméstica y familiar, como la violencia de las guerras, que se libra en nombre de la nación y crea ciclos interminables de venganza y dolor.

¿Cuál es el origen de la violencia en Colombia? En la novela Las Travesías, la segunda del escritor Gilmer Mesa (Medellín, 1978), publicada por Penguin Random House el pasado septiembre, que se lee como una saga de familia y también como una historia del país, un origen podría ser éste: Cruz María García, el bisabuelo del narrador, aprovecha un receso en la guerra –una que no se nombra, pero que evoca a la Guerra de los Mil Días, el conflicto civil entre liberales y conservadores que marcó la transición del siglo XIX al XX en Colombia– para irse con su esposa Mercedes, su cuñada Carmela y algunos compañeros “hastiados como él” a una zona entre montañas cerca del pueblo de La Granja, al norte del departamento de Antioquia, “a hacer fundos, para tener algo propio, un cacho de tierra en donde pasar el resto de su vida y tener propiedad con que tapar sus huesos cuando muriera”. Allí funda la finca Las Travesías y cuando él y su familia parecen lograr la vida que buscaban, Cruz María se acuesta con su cuñada, ella queda embarazada y se desata una enemistad entre las hermanas que inaugura dos estirpes marcadas por el odio y el dolor. Sin embargo, habría otro origen de la violencia, que el bisabuelo, combatiente liberal en la guerra, arrastra y hereda a sus hijos, hijas, nietos y bisnietos: el asesinato de integrantes del bando contrario, que sus descendientes intentarán cobrar, creando un círculo interminable de venganza.

Así recuerda el narrador de la novela Las Travesías a Carolina, hija de Cruz María y Mercedes, depositaria de ambas violencias: “[…] no sabía por qué, cuál era el odio hacia ella y su familia, dónde había surgido, parecía venido de antes del nacimiento de ella y sus hermanos, incluso mucho antes de su padre y su madre, un odio eterno y complejo, se sentía desdichada por haber llegado a la vida como si estuviera signada para aguantar odios que no podía entender, ¿cómo responder a eso sino odiando también?”.

“La violencia es una forma de vinculación, tal vez la más errada de todas las que existen, que termina imponiéndose cuando las otras no funcionan de una manera natural y orgánica porque la violencia también es orgánica y natural”, dice Gilmer Mesa del otro lado de la pantalla de Zoom, al caer la tarde del miércoles 17 de noviembre. “En Las Travesías hay dos tipos de violencia: una protagónica, general, de la que los personajes hacen parte por estar instalados en un sitio en el mundo, y otra doméstica, muy jodida, que empieza con este señor metiéndose con dos hermanas, creando familia con ambas e imponiendo su voluntad. Creo que mis dos novelas exploran la violencia generalizada en la que hemos estado inmersos desde siempre. Es que no hemos conocido un día de paz. La Conquista fue violenta; la Colonia, violentísima; la organización social poscolonial, reviolentísima; y ahí vamos. Cambian los actores y los postulados, pero en el fondo es lo mismo”.

El lugar en el que ocurre la mayor parte de la novela Las Travesías es la martirizada tierra en cercanías al municipio antioqueño de Ituango, escenario de dos masacres cometidas tras la consolidación del paramilitarismo en Colombia. Así las reseña la Corte Interamericana de Derechos Humanos: “El 11 de junio de 1996 cerca de veintidós miembros de un grupo paramilitar se dirigieron al corregimiento de La Granja, Ituango, donde asesinaron a un grupo de pobladores. A pesar de los recursos judiciales interpuestos, no se realizaron mayores investigaciones ni se sancionó a los responsables. […] Asimismo, entre los días 22 de octubre y 12 de noviembre de 1997 tuvo lugar otra incursión paramilitar en el corregimiento de El Aro. Hombres armados torturaron y asesinaron”. Mataron a diecisiete personas, según el Centro Nacional de Memoria Histórica; a una la amarraron a un árbol y le sacaron los ojos y el corazón. Hoy en esa región se levanta un proyecto hidroeléctrico cuya construcción, además de daños ambientales, ha suscitado múltiples denuncias por violaciones de derechos humanos.

Gilmer Mesa nació a casi doscientos kilómetros de allí, en el barrio popular de Aranjuez de Medellín: zona agrícola a comienzos del siglo XX, después, ejemplo de planificación urbana con construcciones que son patrimonio histórico y en los años noventa, testigo de la época más feroz del narcotráfico, un problema –y un estigma– aún no resulto que, sin embargo, contrasta con el carácter trabajador de muchos de sus habitantes. El pasado julio el grupo de hip hop Alcolirykoz, también oriundo del barrio, lanzó su sexto álbum de estudio llamado Aranjuez. En el video de la canción que da título al disco –en el que aparece Gilmer Mesa fumando un cigarrillo y sonriendo, igual que hace ahora en la entrevista– se ve la vida del lugar: sus calles empinadas y las motos veloces que las recorren, sus casas de ladrillo crudo, sus grafitis, las ollas comunitarias que los vecinos arman, los partidos de fútbol improvisados en las esquinas. La canción empieza así: “Este barrio nos parió por cesárea (ajá). / Innecesaria guerra que no cesaría de Medallo parias (Aranjuez), / es el idioma de las balas, breques, precios, cifras: / aquí todo se dispara. / Las casas se abrazan cuando dormimos / tan estrechas que todos soñamos lo mismo. / Desde temprano martilla el vecino (ajá)”.





La cuadra, la primera novela de Gilmer Mesa, publicada en 2016, que por su franqueza y su distancia frente a los clichés narrativos de lo “narco” y lo “sicarial” lo ubicó como una voz robusta de la literatura colombiana, sucede en Aranjuez. El narrador, al igual que el de la novela Las Travesías, comparte rasgos con Gilmer –lo que no quiere decir que sean novelas autobiográficas o de no ficción– y recrea las décadas de los ochenta y noventa que coinciden con el paso de la niñez a la adolescencia de los personajes, sus amigos, y con la llegada al barrio de “los pillos”, auspiciada por el Cartel de Medellín, y, con ella, de una nueva forma de vida. A ese narrador, el escritor Santiago Gamboa lo definió como un sobreviviente: “alguien que estuvo ahí y que, al evocar la muerte de su adorado hermano mayor, transforma ese mundo inquietante, con toda su violencia y a la vez su extraña ternura, en un poderoso espacio literario”.

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