La erosión democrática: cuatro libros para entender su desmantelamiento

Libros para entender la erosión de la democracia

Las democracias ya no caen como sucedía antes, con los viejos golpes de Estado. Entonces, ¿qué tipo de amenazas enfrentan? La clave está en el concepto de “erosión democrática”. Aquí, un recorrido por cuatro libros esenciales para entender este proceso político. A los lectores de América Latina también les conviene estar al tanto de la conversación sobre el posible final de las democracias.

Tiempo de lectura: 18 minutos

Las tendencias editoriales del presente serán la historia intelectual de mañana. Cuando los historiadores del porvenir estudien los libros publicados en inglés a inicios del siglo XXI, notarán que había una sensación de pesimismo a causa de la erosión democrática. Muchos politólogos que dedican sus vidas profesionales a analizar la democracia han decidido escribir libros para el público general, alertados sobre la posibilidad de que este sistema político esté en peligro en numerosos países occidentales. En los títulos mismos se aprecia el pesimismo que ha envuelto a la disciplina: Cómo mueren las democracias, El pueblo contra la democracia, Las crisis de la democracia, Cómo terminan las democracias. El tema no se ha circunscrito a politólogos e investigadores; filósofos, historiadores, periodistas e intelectuales que antes no se dedicaban a este tipo de análisis se han volcado a él, contribuyendo con más libros. Es probable que no se haya visto una reflexión colectiva sobre la democracia de esta magnitud desde el final de la Guerra Fría, con la diferencia crucial de que entonces el ánimo era optimista y ahora el tono es justo el contrario.

Actualmente, en el centro de la conversación está el término “erosión democrática”, es decir: el desmantelamiento pausado de la democracia. En la base de datos del corpus de la lengua inglesa de Google se puede ver que el concepto (democratic backsliding) fue casi desconocido hasta la década de los noventa –por entonces se utilizaba poquísimo en el lenguaje impreso– pero a partir de 2010 su uso despegó precipitadamente. Que tantos pensadores, de disciplinas tan distintas, se hayan volcado al tema, animados por el mismo impulso pesimista, es una muestra de que está ocurriendo una reflexión de suma importancia. Estamos presenciando una conversación que inició por un miedo común: nos percatamos de que la democracia es más frágil de lo que creíamos.

¿Qué significa “erosión democrática” y cuáles son sus rasgos compartidos? En este ensayo me detendré en tres paradas obligatorias del recorrido: 1) el distintivo compás lento y camuflado de la erosión democrática, 2) el papel crucial de las alianzas y traiciones en el proceso de erosión y 3) el desmoronamiento de la realidad compartida que acompaña a esta transformación política. Hay otros problemas inmiscuidos en este asunto, pero los que seleccioné no sólo me parecen los más relevantes, también creo que las lecciones al respecto son las que más fácilmente se pueden transportar del contexto europeo y estadounidense al latinoamericano.

En vez de resumir los argumentos de demasiados libros, escribiré únicamente sobre cuatro que abarcan una variedad de puntos de vista. Uno lo escribió la historiadora Anne Applebaum, El ocaso de la democracia; otro se pensó desde el periodismo y la narrativa personal, Sobrevivir a la autocracia, de Masha Gessen; el siguiente es un libro de dos politólogos, Daniel Ziblatt y Steven Levitsky, Cómo mueren las democracias; y, finalmente, incluyo el libro de un teórico político, Así termina la democracia, escrito por David Runciman. Además de provenir de disciplinas diferentes, esta selección abarca lecciones de distintos lugares del mundo (Applebaum habla de Polonia; Gessen, de Rusia y Estados Unidos; Ziblatt y Levitsky, de América Latina y Europa; Runciman, de Grecia y Turquía), y aunque tienen estilos diferentes, detectan el mismo fenómeno: la erosión de la democracia.

Con todo, ¿por qué los lectores debemos estar atentos a esa bibliografía? Primero, porque es difícil enfrentar la experiencia de que algunas certezas políticas se están derribando; la imaginación se nubla al pensar en las consecuencias, posiblemente enormes, de ciertos cambios. Las ideas contenidas en estos libros nos ayudan a comprender lo que está pasando y también nos arrebatan el consuelo de que en el presente no estamos viviendo sucesos trascendentales.

Aún así, ¿por qué a los lectores de América Latina nos conviene estar al pendiente de los procesos de erosión democrática? La respuesta es que nuestra región no es ajena al poder cautivador de los caudillos ni a las consecuencias de tenerlos en el gobierno –entre ellas, el desmantelamiento de contrapesos e instituciones–. Al revisar los aspectos de ese proceso, podremos pensar cuáles afectan a los países de esta región y quizá podamos averiguar cómo frenarlos. Poner atención a este debate también nos sirve para combatir el vicio de estirar conceptos. Un adagio dice que cuando uno sostiene en la mano un martillo, todo parece un clavo. Los conceptos de las ciencias sociales pueden ser útiles para descifrar la realidad… o para malinterpretarla. Hay que tener cautela ante conceptos novedosos, como el de erosión democrática, pues podrían nublar nuestra vista y hacernos creer que todos los problemas políticos de América Latina se reducen a él.

Un compás lento y camuflado

Los gobiernos democráticos del presente enfrentan un peligro envuelto en una paradoja: la democracia no se desmantela, en nuestros tiempos, con medios extralegales –por ejemplo, con el clásico golpe de Estado–, sino con procedimientos legales que se ostentan democráticos, pero que van concediéndole más poder al Ejecutivo. Las modificaciones resultan de usar las instituciones y las leyes mismas para desmontar los contrapesos  y suceden lentamente, a cuentagotas, camufladas en el discurso de que los cambios son, en realidad, una forma democrática más auténtica que la anterior. Pero la consecuencia es indiscutible: la existencia de las instituciones y los contrapesos queda reducida al papel; se convierten en fachadas o cascarones vacíos.

Quienes llevan a cabo estos cambios los defienden –como mencioné antes– diciendo que son parte de una democracia “más auténtica” porque los implementan fuerzas políticas mayoritarias que usan su popularidad para alterar las reglas del juego y congelarlas a su favor. En Cómo mueren las democracias Ziblatt y Levitsky acuden a una analogía para explicar el proceso de desmantelamiento de contrapesos: es como si un equipo de futbol se dedicara a capturar a los árbitros; sus miembros no sólo juegan a ganar, también sesgan las reglas a su favor. Esa estrategia provoca, al final, dos efectos: el presidente o el primer ministro pueden gobernar con menos contrapesos y el partido al que pertenecen se protege en el mediano plazo ante una pérdida eventual de popularidad, pues ésta no necesariamente se traducirá en su salida del poder, en cambio, es probable que logren conservar el control político porque hicieron que las reglas los favorecieran.

Conviene recordar algunos ejemplos de este desmantelamiento. De acuerdo con Ziblatt y Levitsky, cuando el partido del actual primer ministro de Hungría, Viktor Orban, ganó las elecciones de 2010 con una mayoría calificada, reemplazó al ombudsman y a las cabezas de la auditoría nacional, de la oficina de estadística del país y de la fiscalía, para poner a sus aliados políticos. El partido de Orban también aumentó el número de ministros en la Corte Constitucional de ocho a quince y nombró a gente leal en los siete puestos adicionales sin consultar a la oposición. Una vez que tuvo a la Corte de su lado, el Fidesz reescribió las reglas electorales para que la redistritación, entre otras piezas del sistema electoral, le beneficiaran. Además, prohibió que se difundieran mensajes de campaña en canales de televisión privados, lo que obligó a todas las campañas a transmitirse únicamente en canales públicos; por supuesto, Orban sustituyó a los jefes de esos canales con más personas leales al partido. Por si fuera poco, después de una larga pugna, logró expulsar a la universidad más famosa, la Universidad Centroeuropea, cuya autonomía le representaba un peligro.

Fueron evidentes los efectos de estas modificaciones: Orban y sus allegados gobiernan Hungría a su arbitrio, tienen el país a su disposición, cometen actos de corrupción que no se investigan, coartan la libertad de expresión, controlan los centros de enseñanza e investigación y hay cada vez menos intelectuales independientes. Cuatro años más tarde, el voto por Fidesz cayó de 53% en 2010 a 44.5%, pero gracias a los cambios en las reglas electorales, el partido mantuvo su mayoría calificada; en las elecciones de 2018, pese a obtener menos del 45% del voto, Fidesz preservó casi tres cuartas partes del legislativo, como consignaron Ziblatt y Levitsky.

Insisto en el punto principal: ninguno de esos cambios fue por sí mismo la estocada que le puso fin al orden democrático liberal en Hungría –hay que conservar en la mente la imagen del cuentagotas– y todos siguieron los procesos legales, aunque violaran el espíritu de las leyes del país, pero en conjunto devastaron la democracia. Además, cada cambio se hizo en nombre de una transformación que supuestamente acercaría a Hungría a una democracia más auténtica, y se hicieron lentamente, dificultando que se formara una oposición unida para proteger el régimen democrático.

Los golpes de Estado de antes al menos tenían la gracia de dejar en claro que el orden de la democracia quedaba suspendido, comenta mordazmente David Runciman en el libro Así termina la democracia. Esos golpes solían suceder con fulgor y contundencia, sin embargo, desde que terminó la Guerra Fría, prácticamente son inexistentes. La erosión democrática, en cambio, es lenta y toma tiempo, por eso no queda claro cuándo se cruza la frontera entre democracia y autoritarismo, y tampoco ayuda que el proceso se envuelve en peleas que desorientan al público. Esa falta de claridad hace difícil crear una oposición coordinada a los cambios –“a menudo hace falta la chispa que encienda el llamado efectivo a la acción”, escribió la politóloga Nancy Bermeo–. Durante la erosión democrática hay, por supuesto, oponentes que alzan la voz, que gritan ¡golpe de Estado!, pero los defensores de los líderes autoritarios responden que todo es histeria y exageración. Tampoco ayuda que algunos sucesos políticos son tan complejos que desorientan completamente a los ciudadanos.

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