Ceñir el cuerpo o "estilizar" huipiles – Gatopardo

Ceñir el cuerpo

Las vestimentas han construido y plasmado identidades y manifestaciones estéticas de culturas en todo el mundo. En uno de esos giros propios del capitalismo, no sólo hemos sido testigos de apropiación cultural indebida o abierto plagio, sino que también se recurre a hablar de “estilizar” y “modernizar” estas prendas, ocultando un desprecio.

Pensemos un momento en el cuerpo como un lugar extraño al que acabamos de llegar para habitarlo. Está dotado con un equipo de sentidos que nos envía información del exterior, de sus dimensiones y formas que van cambiando desde el nacimiento hasta nuestra muerte. Llamo a este pensamiento para acercarnos a nuestro edificio corporal con nuevas miradas, aunque nosotros seamos sobre todo cuerpo y no sea posible nuestra existencia una vez que éste perece y su contenido comienza a formar parte de otras realidades materiales.

Pero supongamos que somos un ente que habita un contenedor llamado cuerpo. Cuando mencionamos esa palabra, se erige en nuestra imaginación una silueta, un contorno que va cambiando hasta la última mirada consiente que dirigimos. Sobre todo, sus rasgos exteriores, en particular el del rostro, forman parte fundamental de la identidad. Existe también toda una serie de características que se escapan a la vista. No conocemos los órganos internos y mucho menos estamos conscientes de los procesos complejos que ahí ocurren como el pensamiento. “Mi cerebro sabe de mí, yo no sé nada de él”, apuntaba José Saramago en la novela Historia del cerco de Lisboa, y lo mismo podemos decir de muchos de los sistemas y órganos que habitan nuestro cuerpo, que llevan y traen información vital de nosotros, sin que podamos enterarnos de la existencia de su funcionamiento, hasta que fallan o cuando son objeto de estudio.

Por distintas características evolutivas que nos despojaron gran parte del pelo como protección térmica en nuestra piel, en la interacción con el clima y el entorno necesitamos cubrirnos; esa necesidad se convirtió con el tiempo en algo indisolublemente ligado a las manifestaciones culturales. Por medio de los elementos que nos cubren manifestamos pertenencias colectivas y también marcamos el carácter individual. En muchas tradiciones, los elementos con los que nos cubrimos son apoyos en la lectura del género que se nos asigna socialmente, y estas asociaciones pueden llegar a ser tan estrictas que una prenda como la falda sea tan impensable en un hombre. La vestimenta y la colocación de un rebozo, por ejemplo, puede lanzar mensajes que indique si una mujer es casada o soltera en ciertas tradiciones. Las características de un vestido blanco de boda en la tradición occidental hacen impensable ese atuendo para otra ocasión. Lo mismo sucede con los sistemas de opresión, la vestimenta se utiliza como un auxiliar en la lectura social que adscribe nuestros cuerpos a categorías de raza y clase.

La vestimenta ha cambiado a través del tiempo y se manifiesta de maneras distintas en otras tantas culturas, que influyen unas a otras. Los materiales y la vestimenta se han vuelto lienzos en los que se plasman manifestaciones estéticas de las culturas del mundo. Siendo tan importante, la vestimenta no escapa de los sistemas de opresión que ordenan la realidad. En tiempos pasados, la confección de la vestimenta occidental estaba ligada a un oficio artesanal que producía prendas personalizadas a una escala moderada; esta realidad ha sido trastocada, como todo, por la producción capitalista en serie. En la actualidad, la industria de la ropa es una de las más contaminantes en concordancia con la destrucción del medio ambiente tan asociada al sistema de producción capitalista. En una de esas contradicciones tan propias del capitalismo, la producción de ropa exclusiva con diseños especiales, personalizados e irrepetibles se ha vuelto accesible solo a las clases más privilegiadas.

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