La llamada que nunca llegó: ¿Dónde está Paulette? - Gatopardo

La llamada que nunca llegó: ¿Dónde está Paulette?

Presentamos un fragmento del libro de Amanda de la Rosa ¿Dónde está Paulette?. El libro es el recuento personal de un testigo clave en el caso. La narradora estuvo un fin de semana en un misterioso viaje a Los Cabos con su amiga, Lizette Farah. El lunes en la mañana, mientras se hacía un tratamiento de belleza en Pachuca, recibió una llamada de Lizette: su hija había desaparecido. Este capítulo es la crónica de las horas posteriores a la infortunada desaparición de la niña.

Tiempo de lectura: 17 minutos

Tomé un camión para regresar cuanto antes a la ciudad de México. Una vez que llegué, me subí al metro y finalmente recogí mi camioneta para dirigirme a casa de Lizette. Había ido pocas veces porque yo vivo en el sur y ella en Interlomas, lo que implica alrededor de una hora y media en coche para cruzar la ciudad. Los Gebara vivían ahí más o menos desde hace cinco años.

Mauricio y Lizette se casaron en el año 2001. Fui testigo en su boda. Después los llevé al aeropuerto para que tomaran el avión a las Islas Polinesias. Regresando de su luna de miel, mi amiga me contó que estaba embarazada, cosa que la tomó por sorpresa. Nació su primera hija que se autonombró “Chez” —una niña muy bonita, despierta, con quien siempre me llevé bien—. A los tres años, la pareja se volvió a embarazar. Un día le hablé para ver cómo estaba y me contestó Mauricio:

—¿Qué onda Mau, cómo estás? —pregunté.
—Pues ya ves, la Farah Farah anda aquí… pues con todo lo que nos pasó —se escuchaba preocupado, pero sin perder la cabeza.
Me daba pena preguntar qué estaba sucediendo, pues llevaba varios meses sin hablar con mi amiga. Después de un breve silencio, Mauricio me dijo: “Es que ya nació nuestra bebé”.

No tenía ni idea si Lizette tenía tres, siete o nueve meses de embarazo. Mauricio me explicó que su niña había nacido prematura, de 25 semanas de gestación, o sea de seis meses y medio. Ya después, Lizette me contó que una noche se sintió mal. Mauricio la llevó al hospital de volada e inesperadamente nació su bebé. Estaba diminuta: medía 34 centímetros y pesaba 800 gramos, por lo que pasó cerca de cuatro meses en la incubadora. Fue un milagro de la medicina que sobreviviera, porque las expectativas para ella no eran optimistas.

Por ser una niña prematura, tuvo un derrame en el lado izquierdo del cerebro, y quedó afectada en la parte motora y del lenguaje. No tiene retraso mental, ni parálisis cerebral. Su inteligencia era normal y Lizette me dijo que como a los siete años iba a ser una niña como cualquier otra. Estaba consciente de que había que llevar la niña a terapia y cuidarla de otras maneras, pero dijo que se había puesto a investigar y se había dado cuenta de que había casos en la historia de gente que nacía prematura y luego se volvía sobresaliente.

Le pregunté a Lizette si ya tenía nombre su hija y me dijo que sólo la mitad: quería que terminara con “ette”. Le sugerí Jeannette, Claudette… y al final, decidieron bautizarla con el nombre de Paulette. “Po” —como le decían— era una niña alegre, de carácter dulce; su inocencia era conmovedora. Era imposible no quererla. Entonces, ¿por qué se habían llevado precisamente a una niña discapacitada de cuatro años? ¿Por qué a ella? Me parecía el colmo de la decadencia. No quería ni imaginar el infierno que estaría viviendo la familia. Recé por que tuvieran la entereza emocional para pasar los peores momentos de su vida y el dinero para pagar un rescate.

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