La fuga de Elena Garro

La fuga de Elena Garro

Elena Garro, su exilio y el movimiento estudiantil de 1968 conforman “Debo olvidar que existí”, el libro de Rafael Cabrera sobre la escritora que más arrebatos ha generado entre la comunidad intelectual de México.

La puerta del cuartucho1 se abrió de golpe y María Collado entró furiosa y arrojó un fajo de periódicos sobre el catre donde dormían Elena Garro y su hija, Helena Paz. Era la mañana del domingo 6 de octubre de 1968. Elena tomó los diarios y vio su nombre impreso en las primeras planas. Excélsior publicó: “Señalan a Madrazo y Humberto Romero como instigadores. También acusan a Elena Garro”. Su nombre también aparecía en la portada de El Universal. En El Heraldo de México aparecía su foto arriba del cabezal: Elena miraba de perfil, con el cabello rubio en los hombros, envuelta en un abrigo claro. La nota de ocho de la prensa decía: “Prueba de complot”.

En la Ciudad de México había miedo. Cuatro días antes, el 2 de octubre, un mitin del Movimiento Estudiantil, convocado por el Consejo Nacional de Huelga, fue reprimido a disparos por soldados y agentes encubiertos en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. El número de muertos era incalculable y los detenidos se contaban por decenas.

Elena leyó los periódicos de ese domingo: la noche previa, durante una conferencia de prensa desde la prisión del Campo Militar Número Uno, Sócrates Amado Campos Lemus, uno de los dirigentes del Consejo, la acusó a ella y al político Carlos Madrazo, entre otros, de estar detrás del Movimiento Estudiantil con el oscuro propósito de derrocar al gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz. “El complot comunista para derrocar al gobierno por medio de la violencia y la agitación…”, empezaba la nota de primera plana de El Heraldo de México. La investigación era encabezada por el procurador general de la República Julio Sánchez Vargas.

Elena Garro tenía 51 años, era una mujer de mundo y había conseguido un lugar en las letras con su novela Los recuerdos del porvenir, publicada en 1963, galardonada con el Premio Xavier Villaurrutia, además del volumen de cuentos La semana de colores (1964) y el compendio de teatro Un hogar sólido (1957). También había escrito guiones de cine y artículos periodísticos. Y ahora estaba ahí, escondida en ese cuartucho, sin dinero y lejos de su casa. Helena Paz, su hija de 28 años, lloraba a su lado. El cuarto deprimía a Garro: en ese mismo espacio, el Día de los Inocentes de 1954, su primo Boni, su compañero de juegos de la infancia, se suicidó. La atmósfera era sórdida.

Afuera del cuarto, María Collado lanzaba maldiciones. Estaba arrepentida de tener escondidas, desde una semana atrás, a esas dos mujeres en su departamento en el segundo piso de Lisboa 17, en el centro de la Ciudad de México. Madre e hija estaban seguras de que habían intentado matarlas en la casona que rentaban en Lomas de Virreyes, a orillas del Bosque de Chapultepec. Elena y su hija llegaron a pie a la casa de Collado la madrugada del 29 de septiembre, clamando por asilo. Comenzaba a amanecer cuando María las metió con sigilo al cuartucho y les ordenó que se callaran. María subarrendaba la vivienda como pensión para españoles pobres que trabajaban como zapateros y sastres, y ninguno debía escucharlas. Elena Garro y Collado se conocían de décadas atrás. Elena la llamaba su “nana”: le daba vergüenza decir que, en realidad, era su tía política.2

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