La dama del tango

María Nieves es una de las bailarinas de tango más emblemáticas de Argentina. Junto a Juan Carlos Copes, formó una dupla inolvidable.

Recoge el plato de la cena, va hasta la cocina, lo lava. Piensa, como ha pensado tantas veces, que hace demasiado tiempo que pide comida a domicilio, que eso le hace mal, la engorda. Regresa a la pequeña mesa que está contra la pared, en el recibidor, y repasa las cajas con medicamentos por ver si se ha olvidado de tomar alguno (aunque ha perdido la fe en que los medicamentos sirvan para algo). Se sienta en el sofá de la sala, la espalda contra los almohadones impecables como están impecables el modular del televisor y el pequeño baño impecable y la impecable habitación en la que duerme y en la que, sobre una cómoda, hay retratos de ella misma, untuosa, arqueada, el pelo cortísimo, los ojos solares, fumando con boquilla; como están impecables el cuarto donde guarda los vestidos de baile de los últimos años —negros, con brillos y escotes magnos— y el pequeño patio impecable con la soga de tender la ropa que lava a mano porque no tiene lavadora. Quizás le dé algunas pitadas al cigarrillo electrónico. Quizás, ahora que ha apagado la radio que permanece encendida desde la mañana, mire un programa en Discovery Channel o en Nat Geo. Quizás repase las cosas que tiene que hacer al día siguiente: ir al supermercado, llamar a alguien. La persiana del departamento —una planta baja que da a la calle en un barrio de Buenos Aires cercano a Palermo— está baja, pero siempre está baja: de día, de noche. Son las ocho. En breve se irá a dormir. Ésa es la vida ahora. ¿Ésa es la vida ahora?

* * *

En el principio es la voz. Una voz en el teléfono que suena áspera, levantisca, que dice “Hola” como quien pregunta “¿Quién molesta?”, y que apenas después se lanza en una conversación encabritada que va desde los problemas de salud a los vicios de la sociedad contemporánea.

—Yo ahora me tiño sola. Tengo el pelo tan corto que para qué voy a gastar plata. Pero ya ni me maquillo. Me tengo que dibujar las cejas, porque me las arranco desde chica, no me gustaba el ojo que me hacían y en el escenario quería unas cejas bien dibujadas. Ahora no tengo pulso y me sale una para arriba, la otra redonda. Entonces no. Para qué. Si ya dejé de bailar. Después de la película dije “Voy a descansar” y soné. Se me taparon las arterias y no puedo bailar. El médico me dijo que si me opero me pongo peor. Yo fumaba desde los once cuarenta o cincuenta cigarrillos por día, nena. Pero bailando y bailando, era una lechuguita. Ahora me duele cuando camino, empiezo a renguear y no me gusta que la gente me vea así. Yo me juré que nadie me iba a ver decadente. Antes de eso, me encierro. Igual, siempre fui bastante reticente a la prensa. Ahora, como ya tengo mi biografía y una película, digo que el que quiera saber algo de mí que vea eso. ¿Vos cómo te llamás?

—Leila.

—Ni me digas, porque ya me olvidé tu nombre. Yo me olvido del nombre de todo el mundo. A la gente le digo “nena”. Nena, nene. En el espectáculo a mí me decían la Nena. Yo le decía nena a todo el mundo. Si querés, vení y hablamos un rato.

—¿Puedo ir a su casa?

—Sí. Tenés que tomar el colectivo que te deja en la avenida Cabildo, y caminar para la izquierda…

—No se preocupe. Yo me ubico.

—Mi teléfono no se los des a nadie. Yo no tengo teléfono celular, ni internet ni nada. Ahora todo el mundo tiene la cabeza metida en esos aparatos. Hasta las viejas. Llamame el día anterior, por si me olvido.

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