El franquismo vive en el Valle de los Caídos

Conoce el sitio donde Francisco Franco construyó un faraónico y polémico monumento a los caídos en la guerra civil española.

La oscuridad cae de pronto en plena misa. Una penumbra repentina que parece devolver el recinto a su estado primitivo, las profundidades de un peñón de granito. Ahora es una iglesia, pero hasta hace poco más de setenta años era nada más que un risco de 1 400 metros de alto, el de La Nava. Presos y obreros asalariados lo horadaron a dinamita limpia por órdenes de un caudillo que quería hacer de la piedra un monumento faraónico que sería basílica, panteón, cripta de criptas. Apagar la luz forma parte del rito. Ocurre en el momento de la consagración. Todo es noche menos el Cristo del altar mayor: lo alumbra un foco cenital que baja de la cúpula. Se ve más prominente el gesto sufrido de Jesús, más nítida la corteza de enebro de la cruz que lo sostiene.

Son ocho sacerdotes (a veces siete), dos filas frente a frente. Dos de ellos dan la espalda a los bancos del crucero, los otros al coro. Rezan, las manos en plegaria o tocando el altar. Cuando el oficiante cita a Jesús en la última cena, se inclina y eleva la hostia hacia el Cristo, el ayudante agita una campana y las luces desaparecen. Se instala un silencio subterráneo que dura segundos, hasta que el sacerdote recita el pasaje en el que Jesús ofreció su sangre para ser derramada “por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados”. Se inclina y eleva el cáliz hacia el Cristo. El ayudante hace sonar la campana: la luz vuelve.

Es domingo 5 de febrero a las once, pero podría ser martes o viernes. Es 2017 pero así ha sido, y sigue siendo, desde 1959, cuando inauguraron este lugar: todos los días, menos los lunes, los monjes de la orden benedictina del Valle de los Caídos celebran con la misma solemnidad la misa conventual cantada. El oficiante, el ayudante y tres monaguillos entran siempre en procesión con los primeros acordes del órgano, y en procesión se van con los últimos. Visten trajes sacerdotales verde y blanco (rojos en Semana Santa). El sacerdote dice el salmo y anuncia la lectura del evangelio, cantando; el monaguillo más grande rocía los textos con incienso tres veces y otras tres lo esparce hacia los feligreses. Los niños del coro acompañan o responden con un canto gregoriano.

Cada día repite lo mismo el oficiante: “Oremos al Señor nuestro Dios”, y a continuación, entre las peticiones, lee la frase idéntica:

—Te rogamos, Señor, que preserves los destinos de España, la herencia de la fe católica y el respeto a su santa ley, bajo la protección maternal de Santa María y la intercesión de los beatos mártires cuyas reliquias custodiamos en nuestra basílica. Roguemos al Señor.

Y el coro replica:

—Te rogamos, óyenos.

Las voces resuenan en los muros de granito. Parecen agrandar las alas de los cuatro arcángeles de piedra de ocho metros de la circunferencia del altar.

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