El lujo agónico

Fiestas de quince años ostentosas, grandilocuentes, monstruosas de los nuevos millonarios brasileños

Hay luna llena y veinticinco grados en la medianoche de un viernes a mitad de noviembre en Río de Janeiro. Dos pescadores echan redes en el canal de agua que discurre entre el océano Atlántico y una laguna natural con forma de calabaza, dividiendo los barrios de Leblon e Ipanema como en un dibujo a escuadra, cartabón y compás. Enfrente, en la otra orilla de la laguna, se recorta la silueta de una montaña selvática y escarpada, en cuya cima reluce una estatua iluminada con los brazos en cruz: el Cristo Redentor del Corcovado. La escena parece una recreación romántica del trópico. Y en ese edén hay una fiesta. Cien metros al este del canal emerge una isla separada del continente por otra angosta vía de agua. Esa porción de tierra pertenece a un club de lujo llamado Caiçaras y para acceder a ella uno debe tener título de socio, al que se accede previo pago de ciento diez mil dólares, además de la cuota mensual de doscientos treinta. O bien puede entrar tras recibir una invitación para un evento especial, como le ocurre hoy a trescientos elegidos. Renata Gasparim, una chica que celebra su cumpleaños número quince, los convocó a todos para vivir junto a ella una noche paradisíaca.

Hasta hace poco más de un lustro, las fiestas de quince años servían en Brasil, como en el resto de América Latina, sólo para marcar el paso de una adolescente a la adultez. Eran eventos que atendían a la tradición de la puesta de largo de la muchacha y su proclamación como casadera. En el caso de las familias más pudientes, significaba la presentación en los círculos de la alta sociedad de lo que en Brasil llaman debutante: vestida con un traje de motivos infantiles, presidía la recepción de los invitados, y, minutos después, con otro vestido, esta vez largo, bailaba un vals, normalmente con el padre y los hermanos, con el que daba paso litúrgicamente a la adultez. Y luego comían y bebían. En esencia, el ritual iniciático no ha cambiado. Pero en el contexto de un país entregado al consumo, convertido en lujo en sus capas altas, las fiestas de quince se han vuelto muy sofisticadas. Así, se ha reinventado el concepto de la celebración a través una industria floreciente y acorde a las necesidades de la porción más opulenta de la sociedad brasileña, especialmente visible en ciudades como Río de Janeiro. Ahora, las fiestas de elite parecen superproducciones temáticas inspiradas en Hollywood, a medida del consumidor de alto standing, como es Renata Gasparim. Ella cambia hoy de etapa, pero también de estatus social. Y por eso no deja ni un detalle al azar y se ocupa como si hubiese sido anfitriona de eventos toda su vida.

La fiesta viste de rojo y calza tema clásico. En un salón amplio, una gigantografía de un gran teatro enmarca una mesa de dulces con decoración de rosas y candelabros de siete velas, todos en dorado y plata. A la medianoche, los invitados gritan y dan palmas, ahogadas por una música percusiva en el único edificio de la isla, un club house de aires coloniales. Tres horas antes, sin embargo, todo estaba en calma. Los invitados empezaban a llegar. Tras los controles, una balsa guiada por un tripulante uniformado los cruzaba por el sosegado cauce de no más de treinta metros. Al desembarcar en el club, los recibía la propia Renata, una adolescente con cuerpo de modelo, 1.80 de estatura y rostro aquilino. Renata es hija de una ex monja y un ex sacerdote, oriundos de Belém do Pará, en la desembocadura del Amazonas. Su madre, Ivanise, colgó los hábitos después de que le llamara una vocación más fuerte: la política. Del convento pasó al izquierdista (y hoy oficialista) Partido de los Trabajadores (PT), a cuya dirección pertenece, junto a sus compañeros Lula da Silva y Dilma Rousseff, y al que representa en la municipalidad de Belém como concejala. Según comenta Ivanise —rasgos amazónicos mestizos, acento cantarín—, “desde hace años que venimos ahorrando para la fiesta de Renata. La inversión es de la familia entera. Es una locura, pero en Brasil nos gusta mucho celebrar. Nosotros nunca fuimos pobres y ahora toca reunirse y hacer la fiesta”. Con solo doce años se trasladó a Río para vivir con su hermano mayor y estudiar teatro. Su desenvoltura la aleja aparentemente del manual juvenil.

—En realidad, el concepto de las fiestas de quince años como una fiesta de presentación en sociedad y todo eso es inútil, no tiene sentido. Pero cada cinco años creo que la persona debe celebrar el cumpleaños, porque sobrevivió otros cinco años, así que yo hice de diez y quince. Luego haré el de veinte, supongo.

Fiesta de quinceavos, int9

“En Brasil nos gusta mucho celebrar y no hay manera: se hace la fiesta y punto.”

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