Truth Farm: el performance de la verdad - Gatopardo

Truth Farm: el performance de la verdad

Un grupo de artistas de origen mexicano irrumpió en los viñedos propiedad Donald Trump en Virginia, Estados Unidos. Era el performance de una protesta colectiva, el reclamo por la falta de certezas en los últimos años. A los empleados de la Trump Organization les repartieron sudaderas que decían “No somos invisibles”.

Tiempo de lectura: 7 minutos

A Ana Teresa Fernández le gustan las empresas imposibles. Una mañana de 2002 viajó con su madre a la frontera, a las playas de Tijuana, donde la cerca parte el mar en dos. Fue a conocer las historias de los que cruzan, a ver la piel del muro que no conocía entre México y Estados Unidos. Impotente y adolorida se puso a barrer la arena y a trapear el mar, lo hizo con un vestido de tango —que era parte de un proyecto artístico que había desarrollado meses atrás—, los migrantes extrañados que veían la escena le ofrecieron ayuda y otros le dieron ánimos. Así fue su primera protesta, tenía 21 años. Fernández regresó diez años después al mismo lugar con cinco galones de pintura, un gris azulado que simulaba la neblina y con el que desapareció el muro. Comenzó a las 7 de la mañana y esa misma tarde un corredor del lado mexicano descubría lo imposible: el muro se había borrado ante sus ojos. La artista pintaba los barrotes de color cielo y la ilusión de miles engañaba al cerebro con un muro difuminado, una puerta abierta, le llamó Borrando la frontera.

Originaria de Tampico, Tamaulipas, creció entre árboles de mangos y cocodrilos de la Laguna del Carpintero. Un día su padre, cardiólogo de profesión, les dio la noticia de que se mudaban a San Diego cuando ella apenas tenía 11 años. Desde ese momento se fue del país, aunque lo seguiría habitando a la distancia, con todo lo que extrañaba y que había dejado atrás: primos, amigos, la primera infancia. En su adolescencia comprendió que no había sido tan mala idea. Movida siempre por el arte, un amigo le sugirió mostrar su portafolio a profesores del Instituto de Arte de San Francisco; lo que tenía no era un portafolio pero sí un pliego de 18 metros donde había dibujado decenas de caballos, obtuvo así su carta de aceptación.

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